La Palabra Entre Nosotros

Adviento 2017 Edición

¿Ves tú lo que María ve?

Qué hacer para ver los planes de Dios

¿Ves tú lo que María ve?: Qué hacer para ver los planes de Dios

Nazaret era una aldea pequeña. Con una población de no más que 400 almas en la época de Jesús y una superficie de apenas unos 10 acres (poco más de cuatro hectáreas), situada aproximadamente a tres millas de Séforis, una de las ciudades más prósperas y cultivadas de Galilea en aquella época, pero Nazaret misma era una comunidad apacible, principalmente agrícola. 

Nadie le daba importancia alguna, al punto de que cuando Natanael supo que Jesús venía de allí, exclamó con tono burlón: “¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?” (Juan 1, 46).

Allí, en Nazaret, fue donde el ángel Gabriel se le apareció a María y la invitó a ser la madre del Mesías. Es decir, si le preguntáramos a ella, probablemente nos diría que algo muy especial realmente vino de Nazaret. ¿Por qué? Por lo que ella vio: no sólo a un ángel, sino al mismísimo Hijo de Dios.

Ahora, imaginémonos que María nos pregunta: “¿Ves tú lo que yo veo?” Ella sabe muy bien que no muchos de nosotros hemos tenido visitas de ángeles, y también sabe que no podemos ver físicamente a Jesús, como ella y José pudieron hacerlo. Pero nosotros podemos llegar a verlo con los ojos del corazón, si nos hacemos el hábito de reflexionar y atesorar al Señor y todo lo que él ha hecho ya por nosotros (Lucas 2, 19). Entonces, intentémoslo y veamos lo que podamos descubrir.

¡Salve, llena de gracia! La mayoría de los estudiosos estiman que María tendría entre catorce y dieciséis años cuando la visitó el ángel. Como cualquier adolescente, María era relativamente inexperta en la vida, y no sabía mucho sobre cómo ser esposa o madre, excepto lo que pudo haber aprendido de su propia madre y de las mujeres del pueblo. Es decir, era, en algún sentido, poco idónea para ser la madre del Hijo de Dios. Pero Dios la escogió a ella y le confió el cuidado de su Hijo.

Entonces, ¿qué fue lo que María vio en la Anunciación? Vio a un ángel que la saludó de una extraña manera: “¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo” (Lucas 1, 28). Al verla turbada por estas palabras, el ángel trató de tranquilizarla diciéndole: “No temas” (1, 30). Cuesta creer que tales palabras le hayan sido muy útiles, porque todo lo que el ángel le dijo después era tan extraordinario que debe haberla dejado más confundida y preocupada aún. Con todo, hubo una parte del anuncio del ángel que María entendió perfectamente: que quedaría encinta, aunque ella era virgen. “¿Cómo será esto?” preguntó.

¿Te imaginas todo lo que María debe haber pensado en aquella conversación? ¿Qué van a decir de mí si quedo embarazada? ¿Me dejará José? ¿Quién me va a creer que este bebé es de Dios? ¿Cómo voy a llevar adelante esta enorme responsabilidad?

Nuevos planes, nuevos desafíos. Naturalmente, los católicos creemos que María fue concebida sin pecado original, y pensamos que esto seguramente le ayudó a decir que “sí” a Dios. Pero al mismo tiempo, ella también tenía libre albedrío. Tuvo tentaciones, como todos las tenemos; sabía lo que era el miedo y bien pudo ella haber rechazado por temor la propuesta del ángel. ¿Qué va a decir José? El plan de casarnos está confirmado y no queremos que nada lo malogre.

Es obvio que no era poco lo que le pedía el ángel. Le pedía que dejara sus planes personales y se confiara del todo en Dios y sin darle grandes detalles. ¡Con razón ella se sentía turbada! Aun así, María tuvo la fe suficiente para renunciar a su comodidad y aceptar todo lo que Dios le pedía.

El Señor también está con nosotros y nos hace preguntas similares a las que le hizo a María: ¿Quieres tú ayudar a construir mi Iglesia? ¿Estás dispuesto a ser mi luz para los pobres, los enfermos y los perdidos? ¿Quieres entregarme tu vida?

Preguntas como éstas nos ponen nerviosos; pero si tratamos de imitar el “sí” de María, veremos que suceden nuevas cosas: se nos abren los ojos a las necesidades de cuantos hay cerca de nosotros y procuramos ver cómo ayudarles. Lo más importante es ver, como María lo hizo, que “nada es imposible para Dios” (Lucas 1, 37).

Palabras de consolación. La Escritura dice muy poco sobre lo sucedido durante el embarazo de María. Nos enteramos de su visita a Isabel y Zacarías, los padres de Juan el Bautista, y sobre los milagros que rodearon al nacimiento de éste, historias que seguramente le sirvieron para tranquilizarse y reafirmar su fe.

Pero lo más reconfortante para María durante este tiempo fue lo que tuvo que ver con José, su prometido. Podríamos imaginarnos su expresión de asombro y alivio cuando José vino y le dijo: “Ya sé lo que está pasando, lo que Dios está haciendo. Un ángel me explicó todo esto. No te preocupes; me quedo contigo y no te dejaré.” Esta declaración de José debe haberla llenado de paz y alegría. ¡Ese fue probablemente uno de los días más felices de su vida!

Cuando nació el Niño Jesús, María recibió más bendiciones de Dios, que fortalecieron su fe y su confianza. Por ejemplo, ella debe haber sonreído de alegría y satisfacción cuando los pastores vinieron al pesebre y le contaron que habían visto a los ángeles que cantaban las alabanzas de Dios, y cuánto se habrá alegrado al escuchar que ellos repetían las palabras del ángel sobre su hijito recién nacido. Todos estos sucesos le sirvieron a María para ver la bondad, la promesa, la esperanza y la gloria del plan de Dios para su vida.

Ahora, María nos pregunta: “¿Ves tú lo que yo veo? ¿Ves la mano de tu Padre celestial cuando llegan personas que te levantan el espíritu? ¿Ves la faz de Dios en aquellos que fortalecen tu fe y te recuerdan que Dios es bueno y te ama? Deja que el Señor te abra los ojos, como lo hizo conmigo, para demostrarte que está contigo.”

Reflexionar y atesorar. La Escritura dice que María ponderaba y atesoraba “todas estas cosas”, todo lo que sucedía en torno al nacimiento de su Hijo (Lucas 2, 51), demostrando así que practicaba el arte del pensamiento piadoso sobre estos acontecimientos. En efecto, meditó mucho sobre la aparición del ángel; atesoró la fidelidad y la fortaleza de José y sin duda pensó mucho en el sorpresivo embarazo de su prima Isabel, ya tarde en la vida de ésta.

Sin duda, reflexionó extensamente sobre las palabras de los pastores, pensando por qué Dios enviaría un ángel con un mensaje para ellos y no para alguien importante, como Herodes. Meditó también sobre la visita de los reyes magos y el sentido de los regalos que ellos trajeron. Trató de analizar las palabras que Simeón y Ana le dijeron cuando fue a presentar el Niño en el Templo de Jerusalén. Todas estas reflexiones interiores le ayudaron a abrir los ojos de la fe para ver la mano de Dios, que obraba en su vida y en el mundo.

En cada situación, María rezaba diciendo: “Padre celestial, ayúdame a ver lo que tú ves. Muéstrame lo que estás haciendo aquí. No quiero dejar que nada de lo que sucede me pase de largo. Muéstrame cómo estos sucesos pueden ayudarnos a ser la Sagrada Familia que tú quieres que seamos.”

Si María estuviera hoy con nosotros, nos aconsejaría tener la misma actitud: “Si ustedes quieren ver lo que yo veo, dediquen tiempo para ponderar las cosas que Dios ha hecho y lo que sigue haciendo. Consideren las muchas maneras cómo él ha actuado en el mundo, pero también reflexionen en lo que él ha obrado en ustedes y en sus seres queridos. No pongan límites a su vista; abran los ojos y el corazón. Recuerden que Dios siempre recompensa a quienes lo buscan a él y su reino. ¡Él tiene mucho más que quiere mostrarles!”

Una buena fórmula para comenzar es dedicar un tiempo cada día a leer las historias del nacimiento de Jesús en la Biblia (Mateo 1, 18 a 2, 23; Lucas 1, 5 a 2, 52). Lee sólo unos pocos versículos cada día y pídele al Espíritu Santo que te abra los ojos, que te hable en la quietud de tu corazón.

Di que “sí”. El 8 de diciembre de 2016, cuando el Papa Francisco celebraba la Misa de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, se refirió a la primera lectura, que relata el hecho de que el “no” de Adán y Eva a Dios cerró el paso del hombre hacia Dios (v. Génesis 3, 9-15. 20), y en cambio el “sí” de María franqueó el paso, para que Dios viniera a nosotros (Lucas 1, 26-38).

Según el Santo Padre, la respuesta de María fue “el sí más importante de la historia.... el Adviento es una oportunidad que tenemos de renovar nuestro propio ‘sí’ a Dios, diciéndole, ‘Señor, yo creo en ti, espero en ti, te amo; cumple en mí tu buena voluntad.’” Una sencilla oración de consagración como ésta nos ayudará a ver lo que María vio. Y lo que veamos nos llenará de alegría.

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