La Palabra Entre Nosotros

Dic/Ene 2011 Edición

Una visión nueva para un año nuevo

No limitar lo que Dios puede hacer en nosotros

Una visión nueva para un año nuevo: No limitar lo que Dios puede hacer en nosotros

Al comenzar el año neuvo y pensar en los planes y propósitos que no haremos para el 2011, demos una mirada a algunas de las predicciones que se hicieron en el pasado:

• En 1873, el cirujano de la Reina Victoria, Sir John Eric Ericksen, declaró: “El abdomen, el tórax y el cerebro siempre estarán cerrados ante la intrusión del cirujano humano, por sabio que sea.”

• En 1876, el presidente de los Estados Unidos, Rutherford B. Hayes, le dijo a Alexander Graham Bell: “El teléfono es un invento asombroso, pero ¿quién va a querer usarlo?”

• En 1895, cuando Alberto Einstein estaba en la secundaria, un profesor dijo: “No importa lo que haga, nunca se va a destacar en nada.”

• En 1939, el New York Times anunció: “El problema con la televisión es que hay que sentarse al frente de la pantalla y mirar atentamente. La familia americana promedio no tiene tiempo para eso.”

• En 1949, el matemático Juan von Neumann dijo: “Parece que ya hemos llegado al límite de lo que se puede hacer con la tecnología de la computación.”

Para fortuna nuestra, las innovaciones tecnológicas como la computadora, el teléfono y la cirugía moderna tuvieron tanto defensores como detractores y llegaron a ser realidad porque hubo quienes fueron capaces de soñar con algo que fuera “posible”, en lugar de descartar algo nuevo porque los demás decían que era imposible de lograr.

Un Dios todopoderoso. Ahora bien, una cosa es cuestionar el valor de la computadora o el teléfono, pero otra cosa muy distinta es cuestionar el poder con que Dios actúa en nuestra vida. Por eso, al comenzar el nuevo año, dejemos de lado cualquier duda que tengamos acerca del Señor y creamos que Él quiere hacer una obra nueva y maravillosa en nuestra vida, y que realmente quiere abrir nuestros ojos para que veamos las realidades espirituales que nos rodean por todas partes.

Naturalmente, como sucede con cualquier propósito que nos hacemos para el año nuevo, el deseo de que el Señor nos abra los ojos se hará realidad solamente si cada uno hace su parte. Si decidiéramos bajar unas 20 libras de peso durante el año, decidiríamos comer menos y hacer más ejercicio; o si nos propusiéramos leer seis buenos libros durante el año, dedicaríamos el tiempo necesario para leer un libro cada dos meses. Así también, si queremos mantenernos alerta y con los ojos abiertos para ver y entender lo que el Señor está haciendo en el mundo, tenemos que tomar decisiones concretas y realizarlas en la práctica. Así pues, manos a la obra.

Lo primero es preguntarse dos cosas importantes: ¿Creo que Dios tiene un plan para mi vida? y ¿Creo que ese plan es que el Señor desea dirigir mis pasos y enseñarme a través de su Espíritu Santo? Luego vienen otras dos preguntas parecidas: ¿Creo que existe el diablo y que quiere separarme de Dios? y ¿Creo que el diablo también tiene planes, pero son para arruinar mi fe y mantenerme en la oscuridad? Si podemos responder afirmativamente a estas preguntas, podemos examinar nuestra vida y discernir en qué aspectos nos dejamos guiar por el Espíritu Santo y en cuáles otros cedemos a los engaños del diablo.

Propósitos malignos. Para llegar a entender mejor cuál es la influencia del demonio, daremos una mirada a algunos pasajes de la Escritura. En su Carta a los Efesios, San Pablo nos advierte: “Protéjanse con toda la armadura que Dios les ha dado, para que puedan estar firmes contra los engaños del diablo” (Efesios 6,11). Igualmente a los corintios les aconsejó cuidarse del diablo “pues conocemos muy bien sus malas intenciones.” Más adelante, en la misma carta, Pablo les pide que estén conscientes de lo astuto y perverso que es Satanás, porque “se disfraza de ángel de luz” (2 Corintios 2,11; 11,14).

¿Cuáles son estas “malas intenciones” del diablo? Más que nada, Satanás no quiere que disfrutemos del amor de Dios y procura impedir que lleguemos a establecer una relación personal y directa con el Señor, y para lograrlo él y sus demonios hacen lo posible por desacreditar al Señor, sugiriéndonos pensamientos llenos de engaño, tratando de convencernos de que Dios no existe, que en realidad no está dentro de nosotros, o que todo lo que necesitamos para ser felices podemos encontrarlo en el mundo.

A veces, las acciones del demonio son más obvias cuando nos tientan a caer en pecados de inmoralidad sexual, glotonería o avaricia. Pero otras veces, esto no es tan evidente. El diablo se presenta como “ángel de luz” y nos sugiere que hagamos algo que parece bueno y aceptable, pero que al final conduce a la confusión y al aislamiento. Tal vez convenza a un hombre que debe trabajar día y noche para ganar más dinero para su familia, lo que a primera vista parecería un propósito bueno, pero al final ese hombre no tendrá tiempo para compartir con su familia y el estrés del exceso de trabajo lo dejará gravemente marcado.

“¡Apártate de mí!” Tenemos que aprender a escuchar la voz del Espíritu Santo y distinguirla de las voces de nuestra propia naturaleza humana, del diablo o del mundo. El ejemplo del apóstol Pedro es útil para esto. Cuando Jesús le preguntó: “Ustedes, ¿quién dicen que soy?” “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente” respondió Pedro. Fue un gran descubrimiento espiritual para el impulsivo apóstol y así se lo dijo Jesús: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo” (Mateo 16,15-17).

Algo estaba sucediendo en el interior de Pedro que le permitió ver a Jesús con nuevos ojos: Lo vio como el Mesías enviado por Dios, y Jesús lo felicitó y lo premió por haber recibido esta revelación.

Pero poco después, Pedro demostró que todavía tenía mucho que aprender. El Señor empezó a decirles a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, donde las autoridades lo tomarían preso y le darían muerte, pero que resucitaría al tercer día. Cuando Pedro escuchó este anuncio —probablemente saboreando aún la revelación recién recibida— trató de rectificar lo que Jesús acababa de declarar: “¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Esto no te puede pasar!” (Mateo 16,22). En realidad, no podía soportar la idea de que el Mesías tuviera que sufrir; para él era inimaginable que Jesús quisiera entregarse para ser maltratado e incluso sufrir la muerte.

Pero la respuesta de Cristo fue rápida y rotunda: “¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres.” (Mateo 16,23). Sin duda que al escuchar tan perentoria reprimenda, Pedro se debe haber sentido aplastado. En ambos casos, su propia boca fue la que habló y su propia mente la que razonó; pero Jesús le dijo que su primera respuesta había sido inspirada por Dios, y la segunda por el demonio. Finalmente, Pedro comprendió que el Señor tenía que morir —y que de hecho quería morir— para salvarnos; comprendió que Jesús lo había reprendido porque la humanidad necesitaba urgentemente la salvación y la cruz era una parte intrínseca del plan dispuesto por Dios para la redención del género humano.

Pero no descartemos esta experiencia del apóstol Pedro nada más como otro episodio de la Biblia, porque hay que reconocer que lo mismo sucede hoy en día. Es sumamente fácil caer en la trampa de pensar que Jesús no tenía que haber muerto, o que nosotros no tenemos que lidiar con aquellos aspectos de nuestra vida que se oponen a Dios. El diablo está siempre tratando de convencernos de que basta con tratar de ser buenos por nuestros propios medios y para ello toma nuestras buenas intenciones, como las de Pedro, y nos hace pensar que todo lo que necesitamos es esforzarnos más para ir al cielo. Incluso toma nuestros actos de servicio y nos convence de que tenemos derecho a recibir agradecimiento y retribución por ellos, o si alguien nos contradice o menosprecia lo que hacemos, nos insta a sentirnos molestos y guardar el resentimiento.

Dar un solo paso. En realidad todos podemos aprender a reconocer la voz del Espíritu Santo y distinguirla de aquella del demonio. Quizá no lleguemos a ser expertos espirituales de la noche a la mañana, pero todos podemos avanzar en este sentido, y ese avance será para la gloria de Dios. Incluso si damos un solo paso este año, como decidirnos a hacernos un examen de conciencia cada noche para analizar las cosas buenas y malas que hayamos hecho, habremos logrado un gran avance.

Empecemos pues este año quitando las limitaciones que le ponemos a Dios. Renunciemos a todas las dudas e ideas preconcebidas de que no podemos escuchar la voz del Señor. Más bien, imaginémonos cómo se vería la Iglesia sí hubiera más y más gente que aprendiera a escuchar la voz del Espíritu y se mantuviera firme para rechazar la acción del diablo.

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