La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2010 Edición

Una peregrinación para Nicolás

¿Había alguna esperanza para nuestro hijo desequilibrado y violento?

By: Bernarda Nelson*

Una peregrinación para Nicolás: ¿Había alguna esperanza para nuestro hijo desequilibrado y violento? by Bernarda Nelson*

Nicolás tenía un año de edad y ya había vivido con cuatro familias adoptivas cuando mi marido Tomás y yo lo adoptamos en Guatemala. Estábamos conscientes de que el pequeñito podría tener problemas emocionales, pero teníamos muchos deseos de mimarlo y darle todo nuestro amor, junto con nuestros otros cuatro hijos.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que resultara obvio que nuestro nuevo hijo tenía graves traumas, ya que había venido pasando de hogar en hogar y de familia en familia. Durante los primeros seis meses no parecía demostrar emoción alguna, pero luego comenzó a estallar en terribles berrinches, chillando y pataleando fuera de sí; su conducta era claramente violenta e iba empeorando a medida que pasaba el tiempo.

Sumamente preocupados, comenzamos a llevar a Nicolás a médicos especialistas antes de que cumpliera los tres años, pero no fue sino hasta principios de 2008, cuando él ya tenía cinco años, que recibimos un diagnóstico concreto: "Trastorno reactivo del apego, o de la conexión" (Reactive Attachment Disorder, RAD), una grave condición emocional y afectiva causada por los traumas que sufrió desde el principio de su vida.

Por su experiencia vivida, Nicolás razonaba que no podía confiar en los adultos ni en que le dieran lo que necesitaba; sólo podía confiar en sí mismo, y a causa de esto, le era imposible sentirse unido a nosotros y no podía recibir el amor que le prodigábamos; en realidad, para él todo representaba un peligro y hacía todo lo posible por mantenerse a distancia de nosotros. Esta grave situación se manifestaba en una conducta destructiva, en el desarrollo insuficiente de su conciencia y en lo que parecía la necesidad de controlarlo todo.

Días de rabia. Era molesto y desgarrador ver que nuestra casa se había convertido en un caos total, en que todo giraba en torno a Nicolás y su comportamiento. A veces se quedaba como distante y en actitud sosegada, pero de repente explotaba violentamente ante el detalle más insignificante.

Por lo general, las rabietas las dirigía a mí, pero si sus hermanos estaban cerca, también los atacaba a ellos. Los golpeaba con palos de hockey o lo que tuviera a la mano; una vez le tomó del pelo a uno de sus hermanos y le azotó la cabeza contra la pantalla del televisor, y le lanzó unas tijeras a la cara de su hermana. Era bastante habitual que mi esposo llegara a casa del trabajo y encontrara que yo me había pasado más de tres horas tratando de controlar a un niño iracundo que no dejaba de patalear, gritar y lanzar objetos tratando de hacer algún daño.

Yo me sentía muy angustiada al ver que nuestros otros hijos sufrían mucho, sobre todo los más pequeños, que vivían presa del miedo ante los violentos arrebatos de su hermano. Y también me acongojaba el propio Nicolás, que estaba tan impedido de recibir amor y paz. Un día lo escuché murmurar algo en voz baja como si fuera normal, pero con una profunda tristeza: "No me queda más que irme al infierno."

Por mi parte, también yo me encontraba en una difícil encrucijada. Le pedía a Dios que me ayudara a amar a este niño tan difícil y aceptar la situación, pero en lo profundo de mi ser iba surgiendo mi propia cólera: "En realidad no teníamos por qué haberlo adoptado. Pero, ¿por qué lo hicimos?"

Santa Teresita nos ayuda. A pesar de todos los esfuerzos que hicimos, Nicolás no mejoró. Todo lo contrario; observamos que al parecer le gustaba causarle daño a quien fuera. Se había dado cuenta de que podía ofendernos a nosotros profiriendo insultos contra Dios y un domingo, durante la consagración en la Santa Misa, se puso a gritar: "¡Jesús tonto! ¡Jesús estúpido!" También trataba de hacerse daño a sí mismo, y a menudo intentaba saltar del auto en movimiento cuando íbamos a algún lado.

Tomás y yo teníamos el presentimiento de que a la vuelta de la esquina se avecinaba la catástrofe. ¡Había que hacer algo! Sí, pero ¿qué? Los psicólogos y psiquiatras no nos ofrecían ningún consuelo. Al contrario, dijeron que no era probable que se recuperara. A menos que se produjera alguna dramática mejoría de comportamiento en los próximos años, no podíamos hacer nada más que mantener a Nicolás en casa y hacer lo posible por evitar que se hiciera daño él mismo y que incurriera en alguna actividad delictiva. Ya desesperados, decidimos hacer una peregrinación a Lisieux, en Francia, el lugar donde nació Santa Teresita, para pedirle su intercesión.

¿Por qué Santa Teresa de Lisieux? Porque toda mi vida me he sentido cerca de ella y a menudo he experimentado su ayuda. Además, se me ocurrió que ella y Nicolás tenían algo en común. Teresita perdió a su madre cuando era niña y fue milagrosamente curada de una enfermedad que tal vez tenía algo de psicosis; además, ella también tuvo una hermana con trastornos emocionales.

Lágrimas y rosas. El tiempo que pasamos en Lisieux, en la primavera de 2008 fue corto, pero lleno de bendiciones. Durante el último día, recé un largo rato ante la tumba de Santa Teresita, sintiendo que ella estaba conmigo con tanta fuerza que no pude irme de ahí hasta la hora del cierre. Dios estaba haciendo algo en mi corazón: me estaba llevando a renunciar a la cólera y dándome fuerzas para seguir más de cerca los pasos de Teresita por el "caminito" que ella enseñaba. Esto era lo que yo me había propuesto hacer desde el principio de toda la odisea: cumplir mis deberes diarios con gran amor y con un espíritu de confianza y entrega a Dios. Pero ese día recibí la gracia de comenzar de nuevo.

Cuando salimos de la capilla, Tomás y yo pasamos frente a una estatua de Santa Teresita de tamaño natural. La miré de reojo como para decirle adiós, y me pareció ver que le caían lágrimas por las mejillas. Nos acercamos para ver mejor y, efectivamente, del pliegue del ojo derecho salían gotas de agua que caían y se acumulaban en el lugar donde se juntaba el brazo con el cuerpo. Con un pañuelo recogí tres lágrimas y al instante dejó de salir el agua y el rastro mojado sobre la cara se secó por completo.

Tratamos de encontrar una explicación. ¿Agua por condensación? No, la estatua había estado al sol todo el día y no había llovido durante varios días. ¿Rocío? También se habría secado. ¿Alguien que vertió agua sobre la estatua? Tampoco, el agua habría caído sobre el velo y no se habría acumulado en los pliegues de los ojos.

Al fin de cuentas, lo aceptamos como un signo de que Nicolás se sanaría. Comencé a rezar una novena y le pedí a Santa Teresita que me enviara rosas amarillas como señal de que el niño se iba a curar del todo.

De la angustia a la esperanza. Tomás y yo volvimos a casa a tiempo para ir a una entrevista con otra psicóloga especialista en trastorno reactivo del apego. Tras examinar la historia clínica de Nicolás durante horas, dijo en tono concluyente: "He atendido a niños como su hijo durante veinte años y todavía no he visto ningún milagro."

Salimos de la consulta y entramos al ascensor. Allí, sobre el piso, vimos un pétalo de rosa amarilla. Esa fue la primera de las cuatro "señales" de rosas amarillas que recibí durante los nueve días de mi novena.

Nicolás no cambió de la noche a la mañana. Aunque nos dimos cuenta de que nunca volvió a hacer comentarios ofensivos contra Jesús ni la Virgen María, todo el verano se comportó de manera horrible. Pero poco a poco empezaron a aparecer verdaderas señales de curación. Nos miraba con más frecuencia y ya no trataba de controlarnos tanto. Las amenazas se fueron suavizando hasta desaparecer del todo.

El otoño pasado, comenzó a demostrar una auténtica preocupación por los demás. Un día en que me vio en el suelo porque yo tenía un fuerte dolor de estómago, fue a buscar su manta, me cubrió y se alejó silenciosamente. Las lágrimas me brotaron a ríos.

"Quiero decirles que, a mi juicio, ustedes están bien encaminados a personificar una historia con un final feliz", nos dijo hace poco la psiquiatra de Nicolás. Y es verdad. Cada día vemos nuevas pruebas de recuperación y sanación.

Ahora percibimos que muchas veces Nicolás tiene gestos espontáneos de cariño; es leal con sus hermanos y si alguien sufre alguna herida, él es por lo general el primero en demostrarle su preocupación y en ofrecer ayuda para aliviarle el dolor. Además, ya está aprendiendo a controlar sus emociones. Ha mejorado tanto que, de hecho, ya no se considera que tenga la enfermedad que le diagnosticaron. Sus tres psicólogos y psiquiatras piensan ahora que se recuperará del todo o casi del todo de las dificultades emocionales y afectivas que aún le quedan.

¡Ánimo! Hace unos meses le dije a Nicolás: "¿No es asombroso que Dios, el Creador de todo el universo, piense que cada uno de nosotros es especial?" Abrió unos ojos enormes, como si por primera vez escuchara esta verdad, y exclamó: "¿En serio, mamá? ¿Tú crees que soy especial para Dios?" No hace mucho le pregunté qué pediría él si Dios le ofreciera darle lo que él quisiera: "Me gustaría tener el fuego del Espíritu Santo en mi corazón" fue su respuesta. Los ojos se me llenaron de lágrimas y el corazón de un gozo indescriptible.

No dudo ni por un instante de que Dios escuchará su petición y se la concederá. Y mientras le doy gracias infinitas a Dios por la inmensa misericordia que ha tenido con nuestra familia, no tengo duda alguna de que el Señor está atento para contestar muchas otras peticiones que se le hagan por intercesión de su sierva Santa Teresita de Lisieux. n

* Por razones de privacidad, la autora ha pedido usar un seudónimo en lugar de su nombre real.

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