La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto de 2019 Edición

Una palabra que nos eleva

¿Cómo nos habla Dios?

Una palabra que nos eleva: ¿Cómo nos habla Dios?

El 23 de marzo de 1857, la gran tienda Haughwout y Compañía de la ciudad de Nueva York inauguró el primer ascensor comercial en el mundo. Gracias al trabajo creativo e innovador de Eliseo Otis, este nuevo modo de transporte vertical permitió que los clientes subieran y bajaran los cinco pisos del edificio a la impresionante velocidad de 40 pies (poco más de 12 metros) por minuto. Con el éxito del elevador Otis, comenzó una nueva era en materia de construcción de edificios, y en menos de 15 años ya había más de 2.000 ascensores funcionando. No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a brotar los rascacielos, cambiando radicalmente el perfil de todas las ciudades importantes. Podría decirse que, de hecho, Eliseo Otis, con su invento ¡cambió la faz de la tierra!

Así fue que, gracias al ascensor, la gente ya no tenía que subir fatigosamente incontables peldaños para llegar a su destino; los trabajadores ya no tenían que arriesgar la vida izando máquinas u objetos pesados y voluminosos hasta el piso superior de una fábrica. Además, aumentó la productividad, hubo más seguridad y la innovación dio un gran salto de progreso. Se trataba de una simple receta para el éxito: no había que hacer ni siquiera la mitad del esfuerzo físico de antes para llegar a donde uno quería subir.

Esta es una magnífica manera de contemplar el espléndido regalo de la revelación de Dios. Por un lado, uno puede dedicar toda su energía a tratar de entender quién Dios y su plan de salvación y hacer lo posible para acatar sus mandamientos. Pero eso sería parecido a tratar subir escaleras interminables. En cambio, uno podría entrar en el elevador y presionar el botón para subir. ¡Listo!

Entonces, ¿dónde podemos encontrar esta revelación? ¿Dónde está el “botón para subir”? Ahora trataremos de ver tres de las formas más importantes en que funciona el ascensor de Dios: la creación, la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia.

La voz de la creación. La creación es una innegable maravilla, ¿no es cierto? Pero es también una revelación de Dios. Todo lo que nos rodea y lo que hay dentro de nosotros tiene el potencial de ponernos en contacto con la Persona que lo creó: La belleza de las flores, la majestad del firmamento, la facilidad con que podemos movernos y la sorprendente capacidad de la mente humana.

Pensemos por un momento, por ejemplo, en lo que la ciencia ha descubierto acerca de nuestro ADN. Cada célula de nuestro cuerpo lleva una molécula de ADN, la cual contiene el código genético único y exclusivo de cada persona: su altura, el color de su pelo, el color de sus ojos, sus puntos fuertes y débiles fisiológicos y gran parte del “cableado” del cerebro. Si cada molécula de ADN, que consiste en dos “hebras” que se entrelazan firmemente una alrededor de la otra, llegase a desenvolverse mediría unos dos metros de largo y si uno pudiera “desmadejar” todas las moléculas de ADN de su persona, el material sería capaz de dar vuelta ¡más de dos veces a todo el sistema solar! Asombroso, ¿no? Pero ¡todo eso está dentro de cada una de tus células! Y Dios conoce íntimamente toda la información genética que contiene cada célula; más aún, él mismo la ideó y la creó.

Esto significa que, solamente contemplando la maravilla de nuestro ADN sería suficiente para llenarnos de asombro al darnos cuenta de lo profundamente que Dios nos conoce y cuán íntimamente conectado él está a nuestra vida.

Uno podría igualmente deslumbrarse completamente al contemplar la pasmosa inmensidad del universo: más de 100 mil millones de planetas que siguen cada uno su órbita alrededor de miles de millones de estrellas, y ¡eso es solo en nuestra galaxia! Los astrónomos estiman que hay entre 100 y 200 mil millones de galaxias en el universo. Es tan difícil tratar de imaginarse esta gran inmensidad, pero ella precisamente nos habla elocuentemente de lo inmenso y majestuoso que es nuestro Dios.

Desde la diminuta perfección de nuestro ADN hasta la enorme vastedad de las galaxias, Dios siempre nos está hablando a través de la creación; siempre nos está haciendo ver la omnipotencia y la magnificencia de su ser. Pero no solo eso; también nos está diciendo que, aparte de todo eso, nos ama incondicionalmente, nos conoce y nos lleva grabados a cada uno de sus fieles en la palma de su mano.

Así pues, hermano, procura hacerte el hábito de contemplar el firmamento noche tras noche. Observa la esplendorosa hermosura de las estrellas. Si das un paseo por un jardín, un parque o un campo observa la fortaleza de los árboles, el colorido de las flores y los brillantes rayos del sol que mantiene todo en crecimiento. Contempla también la serena potencia de los océanos y los ríos caudalosos. ¿No es asombrosa la creación de Dios? Nuestro Dios y Creador, en su enorme inmensidad y la impresionante fuerza de su voluntad, nos ha permitido contemplar el espectáculo maravilloso de su gloria en su propia creación… ¡y todo eso para acercarnos a él!

Una palabra viva. Aparte de la revelación “no pregonada” de este mundo creado, también tenemos el tesoro de las palabras de la Sagrada Escritura, que nos hablan acerca de Dios. Nos dicen quién es Dios y cuánto nos ama; nos dicen que él tiene un plan perfecto para su Iglesia motivado por el amor; nos dicen que nuestro Dios, que es todopoderoso y que todo lo sabe, también es paciente, rico en misericordia y pronto a perdonar.

Además de describir los admirables atributos de Dios, la Escritura también nos presenta numerosos relatos, que nos dan a conocer el amor y la misericordia de su corazón. En ella encontramos las narraciones de cómo rescató a los Israelitas de la esclavitud en Egipto; leemos que constantemente estuvo tratando de captar la atención de su pueblo para llevarlo de regreso a su lado a través de profetas como Jeremías y Ezequiel. También encontramos a Jesús, nuestro Señor, que siempre alentaba a sus discípulos y perdonaba a personas como Zaqueo, el recaudador de impuestos, y curaba a los enfermos, como la mujer que sufría de hemorragias. Y, por supuesto, tenemos la historia de la vida, la pasión, la muerte y la resurrección del propio Cristo.

Cada uno de estos relatos, y muchos otros, nos aseguran que Dios está plenamente comprometido a cuidarnos y acompañarnos durante todo el camino hacia nuestro hogar celestial. Cada uno de esos pasajes tiene el poder de comunicarnos la voluntad de nuestro Padre y de Jesús, nuestro Salvador, y de hablar con nosotros personalmente acerca de nuestras propias necesidades y preocupaciones, esperanzas y temores.

Hay una famosa historia acerca del gran San Agustín. Siendo un hombre de gran educación, que confiaba más en lo que sabía o podía aprender, tenía dificultad para aceptar la idea de que había un Dios tierno y bondadoso que pudiera hablar con él personalmente. También le costó mucho aceptar el llamado a practicar la pureza. Pero un día escuchó la voz de un niño que le decía: “¡Toma y lee; toma y lee!” No había nadie alrededor, por lo que Agustín pensó que podría ser un mensaje de Dios, pues cerca de él había una Biblia. La tomó y la abrió justo donde San Pablo dice: “Actuemos con decencia, como en pleno día. No andemos en banquetes y borracheras, ni en inmoralidades y vicios, ni en discordias y envidias. Al contrario, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana” (Romanos 13, 13-14). Esas palabras le llegaron al corazón a Agustín en ese mismo momento y su vida cambió radicalmente. Se entregó del todo al Señor y más tarde llegó a ser un gran sacerdote, teólogo, filósofo y obispo, doctor de la Iglesia y autor de numerosos libros importantísimos.

El Señor también quiere hablar con nosotros a través de la Escritura, tal como hizo con San Agustín. Puede que no siempre uno experimente una conversión tan dramática como la de este santo, pero podemos estar seguros de que Dios quiere tomar los episodios y las enseñanzas de la Escritura e iluminar nuestro entendimiento para entenderlas. En efecto, el Señor quiere hablar contigo, si le dedicas tiempo y atención para leer el libro sagrado y orar a la luz de su Palabra.

Una tradición viva. Además de la creación y la Escritura, el Todopoderoso también se revela a través de la Sagrada Tradición de nuestra Iglesia. La “Sagrada Tradición” se refiere al modo en que los Apóstoles atesoraron y conservaron las enseñanzas de Jesús y las transmitieron a las generaciones posteriores. Cuando esta Tradición se combina con las palabras de la Escritura, nos presenta un panorama más completo de quién es Dios y cómo él quiere prodigarnos sus bendiciones con toda generosidad y llevarnos a la vida de santidad y paz para que la practiquemos según su voluntad.

Piensa, querido lector, en la manera en que posiblemente tus padres o abuelos compartieron contigo sus tradiciones y su sabiduría: en los relatos de experiencias y anécdotas vividas a través de los años, o en lo que solían hacer cuando celebraban los cumpleaños, aniversarios y otras ocasiones festivas. Tal vez hayan tenido costumbres acerca de cómo escoger los nombres para sus hijos de modo que expresaran algo de ellos, o incluso prácticas tan comunes como las oraciones o la manera de darse las “buenas noches” a la hora de dormir; incluso, lo que hacían para educar a los hijos, corregirlos, divertirse o cumplir quehaceres en la casa habla con elocuencia de cómo era su vida.

Cada una de estas experiencias y tradiciones te inculcaban algo de lo que significaba ser miembro de tu familia. Cada tradición es la encarnación de las convicciones, creencias y prácticas familiares, y precisamente porque provienen de tu familia, tienen mucho que decirte acerca de quién eres tú y cómo es tu vida.

Ahora, si ampliamos el horizonte, podemos ver que la celebración de la Santa Misa es un ejemplo perfecto de la forma en que la Iglesia ha venido viviendo las Escrituras en la práctica a lo largo de los siglos. Nuestra liturgia tiene sus raíces en las historias de la Pascua del Antiguo Testamento y en las palabras de Jesús en la Última Cena. En un sentido, cuando celebramos la santa Misa, unimos nuestras voces a las de una larga compañía de santos y creyentes que se remonta hasta Moisés en una cadena ininterrumpida de fe y adoración a Dios. Es cierto que las palabras y las diversas partes de la Misa pueden haber cambiado a través del tiempo, pero la esencia de toda celebración eucarística se ha mantenido siempre fiel a las Escrituras. Y eso hace que esta, que es la Tradición más importante, sea otra manera en la que Dios nos concede la revelación de sí mismo y de su amor.

Nuestro Dios es generoso. Hermano, piensa en todas las formas en que Dios se revela a sus hijos, y mira cuánto quiere hablarte al corazón y formar parte de tu vida. Ya no tienes que sentir como si tuvieras que subir una escalera de incontables peldaños para tratar de llegar a su lado: Él mismo ha venido a encontrarse contigo y, gracias al enorme poder de su revelación, él siempre está deseoso de elevarte hasta su presencia para comunicarte su amor y su protección. ¡Qué tierno y generoso es nuestro Dios!

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