La Palabra Entre Nosotros

Oct/Nov 2009 Edición

Una lámpara para mis pies y una luz en mi sendero

El poder liberador de la Palabra de Dios

Una lámpara para mis pies y una luz en mi sendero: El poder liberador de la Palabra de Dios

En 1985, el Papa Juan Pablo II anunció una nueva iniciativa que quedaría registrada como un punto culminante en la historia de la Iglesia: una peregrinación internacional con jóvenes de todo el mundo.

Esta peregrinación, llamada Jornada Mundial de la Juventud, ha llegado a ser un evento inamovible en el calendario del Vaticano.

Ahora, siguiendo la iniciativa de su inspirado antecesor, el Papa Benedicto XVI ha proseguido la ya tradicional Jornada. Poco después de asumir su pontificado en 2005, Benedicto visitó Colonia, en su natal Alemania, donde se realizó la Vigésima Jornada Mundial de la Juventud y posteriormente, en 2008, viajó a Sydney, Australia, para celebrar la XXIII Jornada donde se reunió con una multitud estimada en más de 200.000 jóvenes. Haciéndose eco de esta gran iniciativa para la juventud de hoy, La Palabra Entre Nosotros desea repasar las cartas que el Papa Benedicto ha escrito a los jóvenes desde 2005. En conjunto, estas cartas permiten vislumbrar los temas generales que el Santo Padre presentó en su peregrinación.

Como las ideas que se plasman en estas cartas son muchas, nos detendremos sólo en algunos de los puntos tratados, procurando relacionar lo que escribió el Santo Padre con lo que dice la Escritura y con el tipo de vida que Dios quiere que lleven los jóvenes, y en realidad todos nosotros.

¿Qué es la libertad? En la carta que dirigió a la Jornada Mundial de la Juventud de 2006, el Papa Benedicto XVI puntualiza la importancia de leer la Escritura diariamente, y para ello obtiene su inspiración de un salmo bien conocido: “Tu palabra es una lámpara a mis pies y una luz en mi camino” (Salmo 119,105). Meditando en la multiforme fuerza con que la palabra de Dios ilumina los pasos del cristiano, el Santo Padre puso de relieve la manera en que la Escritura alumbra nuestro caminar hacia la libertad.

“No es fácil —escribió— reconocer y encontrar la auténtica felicidad en el mundo en que vivimos, en el que el hombre a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen, a pesar de creerse ‘libre’, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes. Urge ‘liberar la libertad’, iluminar la oscuridad en la que la humanidad va a ciegas.”

Como dice Benedicto, en el mundo abundan las filosofías y las ideologías, todas las cuales presentan la promesa de la felicidad, pero no llegan a hacerla realidad. Estos razonamientos presentan la ilusión de la libertad, pero en realidad conducen a las personas a diversas formas de cautiverio y esclavitud. El uso recreativo de las drogas, el abuso del alcohol y la práctica casual de las relaciones sexuales son ejemplos de promesas vacías que llevan consigo el peligro de esclavizar a los jóvenes. También lo son las filosofías que nos aconsejan buscar la felicidad y la realización personal en la acumulación de dinero o en el número y clases de bienes que poseemos. Y están también las filosofías más radicales que procuran captar el interés de los jóvenes idealistas: filosofías extremistas, tales como el nazismo o la “guerra santa” del Jihad, que prometen un paraíso terrenal para sus seguidores si logran eliminar a todos los que no piensan como ellos.

Todas estas filosofías pretenden fascinar a los jóvenes que están empezando a cuestionar la condición de la sociedad y que buscan algo emocionante o prometedor en qué creer. Pero en su búsqueda de libertad y felicidad, terminan por enredarse y alejarse cada vez más de la libertad y la felicidad que tanto anhelan.

Libertad verdadera y falsa. Dios quiere que todos seamos libres, y esto naturalmente incluye a los jóvenes, que son el futuro de su Iglesia. Pero la libertad que Dios nos ofrece es distinta de la que presenta el mundo. La verdadera libertad es una liberación del poder del pecado, de la maldad que hay en el corazón humano —aquella fuerza que tiende a controlarnos y a llevarnos a pensar y actuar de una manera opuesta a las leyes de Dios— y una liberación que nos rescata del pecado que hay en el mundo, es decir, aquellas filosofías que se contraponen a los designios perfectos de Dios para sus hijos. Esta libertad es al mismo tiempo una fuerza que nos libra del influjo del maligno, aquel ángel caído que está siempre tratando de convencernos de que es mejor separarnos del Señor.

Cuando se trata de libertad, los cristianos, tanto jóvenes como mayores, tenemos un principio básico que debemos tener presente: Que Jesús ya nos ha librado. Todo lo que necesitamos hacer es acudir a Él para que experimentemos esta libertad y conozcamos la alegría y las promesas que ella lleva consigo. Es una fórmula sencilla: Si no conocemos a Jesús, no experimentaremos la libertad que Él concede; antes bien, seguiremos viviendo encadenados por el pecado; mientras que si conocemos al Señor, experimentaremos el poder de Dios para vencer al pecado y comenzaremos a vivir en la libertad que Cristo Jesús ganó para nosotros cuando murió y resucitó a una vida nueva.

En último término, la verdadera libertad no es aquella que invita a hacer todo lo que uno quiera y cuando quiera, sin tener que responder ante nadie por los actos cometidos. Este es un falso concepto de libertad que hemos heredado junto con el pecado de nuestros primeros padres. De hecho, se esconde detrás de todos los pecados cometidos en la historia humana (Génesis 3,1-7).

En cambio, la verdadera libertad es aquella que nos libra de la esclavitud de la rebeldía para que voluntariamente lleguemos a ser los hombres y mujeres que Dios quiso que fuéramos cuando nos creó; es la libertad que nos lleva a recibir la plena herencia que nos corresponde como hijos e hijas de Dios y templos del Espíritu Santo.

La cosecha está madura. Entonces, ¿quién les va a hablar a los jóvenes acerca de Jesús y de la libertad que Él les ofrece? Tal vez un pasaje del Libro de los Hechos nos ayude a responder esta pregunta.

Un día, el jefe del tesoro del reinado de Etiopía iba leyendo la Biblia hebrea de camino a Jerusalén, cuando se encontró con Felipe, que era discípulo de Jesús. Felipe le preguntó si entendía lo que iba leyendo y él le respondió que necesitaba que alguien se lo explicara. Tan pronto escuchó esto, Felipe se puso a explicarle quién era Jesús y lo que había hecho en la cruz. Lo hizo con palabras tan persuasivas que al etíope se le abrió el corazón y acto seguido le entregó su vida a Cristo y pidió ser bautizado allí mismo.

¿Cómo supo Felipe qué decirle a este hombre? El Libro de Hechos cuenta que un ángel del Señor le dijo “Levántate y vete al sur, por el camino de Jerusalén a Gaza” (Hechos 8,26) y Felipe obedeció sin saber lo que le pudiera esperar. No fue sino hasta después que se dio cuenta que el Señor lo estaba enviando a evangelizar a este funcionario etíope. Resulta claro, pues, que había llegado la hora precisa para que este hombre escuchara el Evangelio, por lo que Dios mandó a Felipe a encontrarse con él.

Este mismo tipo de situaciones se producen hoy en todo el mundo. Los jóvenes tienden a ser idealistas y a hacer el bien; quieren conocer el amor auténtico y la verdad. Entonces, ¿quiénes van a ser los “Felipes” de hoy? Sí, efectivamente nos toca serlo a nosotros. Si hacemos esto, podemos ser luces en el mundo y evangelizar a la juventud. Esta es la visión de la Jornada Mundial de la Juventud.

No aceptes la idea de que no estás llamado a evangelizar; rechaza la noción de que no puedes escuchar al Espíritu Santo. Lo más probable es que Felipe haya tenido nada más que una fuerte sensación de que Dios lo impulsaba a actuar y él obedeció. Recuerda también que Felipe tuvo que aprender a evangelizar, cometiendo errores y volviendo a insistir, porque no es una aptitud que sea natural en la vida. Sin duda, tuvo que esforzarse y perseverar, porque quería ser un embajador de Cristo.

Del mismo modo, si rechazamos todas las falsas ideas que nos impiden actuar, y si tenemos un fuerte anhelo de ver que los jóvenes se entreguen a Jesús, eso quiere decir que ha llegado la hora. Esta hora comienza con la relación que tenemos con el Señor y con lo que sabemos de la Sagrada Escritura; comienza cuando dejamos que la “lámpara” de la palabra de Dios ilumine nuestros pasos día a día.

Los santos del nuevo Milenio. En su carta de 2006, el Papa Benedicto XVI explica cuál es el desafío supremo: “Es urgente que surja una nueva generación de apóstoles arraigados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a difundir el Evangelio por todas partes.”

Si eres una persona joven que lee este artículo, queremos decirte que Cristo te ama mucho; que te conoce, que está contigo y que tiene un plan maravilloso para tu vida. Imagínate a Jesús: ve que te sonríe y te recibe con los brazos abiertos. Si tienes una Biblia a mano, lee el primer capítulo del Evangelio según San Juan, especialmente un versículo donde dice: “Vengan a ver” (Juan 1,39). Escucha su voz que te invita a ir con Él a conocer a Dios e iniciar una amistad personal y directa con el Señor.

Si ya has pasado la edad de la juventud, permite que las palabras del Papa Benedicto te muevan a evangelizar con renovados bríos. Una vez el Señor dijo que Él dejaría a las 99 ovejas solas con tal de ir en busca de la que se había extraviado y en esto vemos que el Señor se alegra mucho cuando una persona se entrega en sus manos. Imagínate que tú eres el pastor. ¿Qué crees que hará el Señor si tú le ayudas a un joven a entregarse a Cristo? ¡Se alegrará por ti y te prodigará a ti y al joven bendiciones inimaginables!

Jesús está ahora mismo preguntándonos a todos —jóvenes y mayores— si queremos ser sus discípulos y obedecer su palabra. Digámosle que sí y pongamos nuestra vida en sus manos; leamos la Sagrada Escritura todos los días y construyamos el templo de nuestra vida sobre el fundamento firme que es Jesús y su palabra. ¡Él es el único camino hacia la verdadera libertad! ?

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