La Palabra Entre Nosotros

Pascua 2019 Edición

Una esperanza viva

Hay muchas razones para llenarse de esperanza

Una esperanza viva: Hay muchas razones para llenarse de esperanza

¡Pobre apóstol Pedro! Al igual que los discípulos de Emaús, él también había perdido la esperanza, pues Jesús, el maestro a quien había seguido fielmente durante tres años, había sido arrestado y condenado a muerte. No fue capaz de afrontar el mismo destino y prefirió declarar que ni siquiera conocía a Jesús. ¿Habría alguna redención para este apóstol?

Pero el Señor, tal como lo hizo con los discípulos de Emaús, le ofreció a Pedro, y a los demás apóstoles, una nueva esperanza. Cuando los visitó en el cenáculo “hizo que entendieran las Escrituras” (Lucas 24, 45); les mostró cuáles eran los designios de Dios desde el principio y prometió comunicarles el Espíritu Santo, a fin de que ellos fueran una parte importante de los planes divinos.

A partir de ese momento, la esperanza y la fe de Pedro cobraron vida nuevamente. Después de haber visto a Jesús resucitado y habiendo recibido el Espíritu Santo prometido, ahora tenía todo lo que necesitaba para salir a propagar el mensaje e iniciar la construcción de la Iglesia. Pedro tuvo la mirada fija en la promesa del cielo y no dejó nunca de compartir esa promesa con todos los que quisieran escucharle.

La esperanza del cielo. Lo que sostuvo a Pedro al enfrentar el rechazo y la persecución de sus compatriotas y de los paganos fue precisamente la esperanza. La esperanza lo fortaleció cuando tuvo que resolver las divisiones surgidas entre los primeros cristianos y también le infundió valor y serenidad cuando ofreció su vida en Roma. Por eso no es extraño que, al escribir una carta a los creyentes de las comunidades cristianas que había alrededor del Mediterráneo, comenzó por alabar y bendecir al Señor porque Dios “nos ha hecho nacer de nuevo por la resurrección de Jesucristo. Esto nos da una esperanza viva”, la cual nos hace merecedores de “la herencia que Dios les tiene guardada en el cielo, la cual no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse” (1 Pedro 1, 3. 4).

Pero ¿cuál es esta herencia? ¡Es nada menos que la promesa del cielo! En la Última Cena, justo después de haber anunciado que todos lo abandonarían, Jesús trató de tranquilizar a sus discípulos diciéndoles: “No se turbe su corazón… Voy a preparar un lugar para ustedes” (Juan 14, 2-3) y les prometió que, aunque ellos perdieran la fe y aunque el propio Pedro negara haber conocido a Jesús, él volvería para llevarlos consigo y así estuvieran con él para siempre.

En cierto sentido, todo lo que Jesús enseñó e hizo apuntaba hacia la vida en el cielo. Cada uno de sus milagros señalaba cómo vamos a ser transformados en el cielo; cada sermón que predicó nos enseñaba que deberíamos vivir de un modo que el cielo bajara a la tierra. Y cada parábola que contaba pintaba un cuadro de la vida celestial que Dios quiere que comencemos a vivir desde ahora mismo.

¡Venga a nosotros tu Reino! Hermano, dedica unos momentos ahora mismo a pensar cómo va a ser el cielo. Imagínate cómo será un mundo sin más enfermedades ni sufrimiento ni dolor; un mundo donde ya no se necesitarán los médicos, ni los hospitales, ni los ejércitos, ni la policía. Imagínate un mundo en el que todas las divisiones se han reconciliado: entre los países, entre las culturas, en el seno de las familias y entre los matrimonios y las amistades. Imagínate un mundo en el que no haya temor a la muerte ni a la decadencia; un mundo donde todo ser viviente se restaura a su estado original de fortaleza, salud e inocencia. Este es el futuro que Jesús nos ha prometido. Es un futuro que compensa y supera con creces todas las dificultades que podamos encontrar en el mundo actual.

Así que, ¡confiemos en las promesas de Dios! Cada vez que reces el Padre Nuestro y digas “Venga a nosotros tu Reino”, dile al Señor que pones toda tu esperanza en él y en su redención; dile que crees que él tiene un lugar reservado para ti en su Reino. Luego, lleva a cabo tus actividades diarias haciendo todo lo posible por traer ese Reino a tu vida y la de tu familia cada día un poco más. Procura mantener la atención fija en tu hogar celestial y así verás que te llenas de más alegría y esperanza, y descubrirás que Dios tiene toda la gracia que tú necesitas para afrontar los desafíos de la vida y no perder de vista tu esperanza en el cielo.

¡Ven, Espíritu Santo! Ahora, ¿te imaginas cómo se habrían sentido los discípulos si el Señor les hubiera prometido el cielo, pero no les hubiese mostrado cómo se va hacia allá? Sería como si alguien te dijera que tienes una reserva gratuita en un restaurante de lujo para un banquete, pero no te dice cuál es ese restaurante ni dónde está. ¿No te parece que sería realmente algo malintencionado?

Pero esa no es la esperanza que Jesús dio a sus discípulos. Él les prometió darles el Espíritu Santo, enseñarles, conducirlos y guiarlos por el camino hacia el cielo. Les prometió también que el Espíritu Santo les daría la gracia necesaria para no alejarse de él y construir su Iglesia.

El Domingo de Pentecostés, el mismo Pedro que apenas 50 días antes había negado conocer a Jesús, anunció ante la multitud: “La promesa es para ustedes y para sus hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame” (Hechos 2, 39). Esto significa que la promesa también es para ti. Jesucristo te ha ungido también a ti con el Espíritu Santo, tal como lo hizo con los apóstoles.

Pero el Señor no nos prometió el Espíritu solo porque quería ser generoso. No, esta promesa la hizo porque sabe que necesitamos la fuerza del Espíritu Santo en la vida cotidiana; necesitamos su poder para sanar los recuerdos dolorosos del pasado; lo necesitamos como garantía de la misericordia de Dios cuando hemos cometido pecado; necesitamos su paz cuando nos encontramos atrapados en situaciones difíciles y sin salida. Necesitamos su amor reconfortante cuando la vida se pone difícil, y también para recordarnos de la generosidad de Dios cuando la vida es fácil. En resumen, Jesús prometió darnos el Espíritu porque sabía que no podríamos seguirlo sin este precioso y poderoso regalo.

Cincuenta días de espera. Cada día de esta temporada te ofrecerá una nueva oportunidad para que recibas al Espíritu Santo cada vez más plenamente. Cada mañana, cuando te despiertes, pídele con toda sinceridad al Espíritu que permanezca contigo durante todo el día, con palabras que podrían ser como las siguientes: “Ven, Espíritu Santo y lléname de tu paz y tu fuerza en el día de hoy. Ayúdame a permanecer cerca de Jesús para que yo no caiga en ninguna tentación. Dame valor para compartir tu amor con mis familiares y amigos.”

Luego, cada noche antes de irte a dormir, dedica unos momentos a hacer un recuento del día. Recuerda las veces en que te sentiste mal contigo mismo por algo que hiciste, pero luego seguramente percibiste la consolación del Espíritu. Piensa en las ocasiones en que estuviste a punto de perder los estribos, pero luego vino la paz. Recuerda aquellos momentos en los que tuviste una sensación clara del amor de Dios sin causa aparente. ¿Hubo ocasiones en que quisiste reprender o regañar severamente a alguien, pero luego te mordiste la lengua y en lugar de eso le dijiste algo amable o disculpaste la situación? Todos estos casos son señales de que el Espíritu está actuando en ti.

Lo más probable es que no experimentes todas estas cosas de una sola vez, pero dale tiempo. Sigue invitando al Espíritu Santo desde la mañana que te acompañe durante el día y luego, al llegar la noche, trata de ver qué fue lo que hizo en el día. No tenemos duda de que en apenas 50 días (entre Pascua y Pentecostés) verás cambios concretos en tu conducta o tus circunstancias. Te darás cuenta de que durante el día le pides ayuda al Espíritu Santo más a menudo y verás que su ayuda te llega para saber qué hacer. Jesús te prometió el Espíritu Santo y él cumple siempre sus promesas.

No se turbe tu corazón. Una cosa es tratar de vivir esforzándose por demostrar paciencia y humildad, pero sin tener realmente esos atributos internamente, o bien tratar de cumplir los Diez Mandamientos a fuerza de voluntad, lo que no es garantía de nada. Pero, si mantienes viva en tu mente la promesa de la vida del cielo que Jesús te ha dado, verás que las cualidades y los frutos del Espíritu (Gálatas 5, 22) empezarán a florecer en ti.

En la Última Cena, Jesús les dijo a los apóstoles: “No se turbe su corazón” (Juan 14, 1). Por el camino de Emaús, les dijo a los discípulos que Dios tenía un plan maravilloso para ellos, y justo antes de su ascensión, declaró: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20). Deja que las promesas como éstas te llenen de esperanza especialmente en este tiempo pascual; deja que Jesús te diga que tú ya tienes un lugar en el cielo y que el Espíritu Santo ya vive en tu corazón. Sabiendo esto, piensa para ti mismo: “Yo estoy destinado a la gloria y por el poder del Espíritu tengo toda la gracia que necesito para llegar allí.”

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