La Palabra Entre Nosotros

Junio 2020 Edición

Una conversión gradual

La historia del padre Rick Thomas y el Rancho del Señor

By: el padre Nathan W. O’Halloran, SJ

Una conversión gradual: La historia del padre Rick Thomas y el Rancho del Señor by el padre Nathan W. O’Halloran, SJ

Se dice que la Ciudad Juárez, de México, es la ciudad hermana de El Paso, Texas. Está justo al sur de la frontera con Estados Unidos, y en el mapa ambas ciudades parecen fundirse en una sola. Si uno maneja unos pocos kilómetros al norte encuentra otra línea fronteriza: la de Nuevo México. Justo allí cerca del Río Grande, hay una poco conocida comunidad católica de laicos misioneros que practican la pobreza voluntaria y el servicio a los pobres. La comunidad se llama “Rancho del Señor” y está dedicada a trabajar para atender a las necesidades espirituales y materiales que abundan en ambas ciudades vecinas.

El Rancho del Señor fue fundado en 1975 por un sacerdote jesuita, el padre Rick Thomas. Su fe carismática centrada en el Evangelio captó la atención de misioneros laicos de muchos lugares que decidieron ir a vivir voluntariamente en comunidad. Mis padres fueron algunos de aquellos primeros misioneros. Se conocieron ordeñando vacas en el Rancho del Señor, se enamoraron, se casaron y allí me criaron a mí y a mis hermanos.

Así fue como conocí al padre Rick: era un sacerdote que montaba a caballo, usaba zapatillas negras de caña alta y le gustaba ir de campamento. Pero lo más importante es que era un sacerdote que vivió como Jesús, siendo modelo de una íntima relación de confianza en el Padre Dios. 

No pedirle nada a Dios. El padre Rick era conocido por preguntarles a los integrantes de la comunidad y a los voluntarios: “¿Qué te está diciendo el Señor?” Pero no lo hacía solo retóricamente, pues siempre trataba de seguir la guía de Dios y tenía curiosidad por saber lo que Dios les estaba diciendo a otras personas. Otra cosa que siempre decía era “¡Sean flexibles!” Con toda confianza le pedía a Dios lo que necesitaba, especialmente si estaba en apuros.

Una vez, estando de vacaciones, el padre Rick y un misionero laico llamado Miguel se fueron de campamento. Era un día soleado y caluroso. Cuando iban manejando, Miguel se dio cuenta de que se les había acabado el hielo en los baúles enfriadores. Encontrándose muy lejos de cualquier tienda de conveniencia, el padre Rick oró con confianza: “Señor, necesitamos un poco de hielo.”

Una hora más tarde, al bajar una colina vieron que sobre el recalentado pavimento había un hueco lleno de granizo. No nieve medio deshecha, sino pequeños pedazos de hielo intactos. Viendo que no había nieve ni hielo en ninguna otra parte, Miguel se quedó azorado, pero el padre Rick respondió con toda naturalidad: “¿No oramos pidiendo hielo?” 

Cuando escuchaba relatos como éste en mi infancia, yo pensaba que el padre Rick debía haber nacido siendo capaz de confiar en Dios en todo; pero después me enteré de que en su vida tuvo una serie de pequeñas “conversiones” que lo encaminaron hacia una confianza cada vez mayor en el Altísimo.

Sacerdote sin buscarlo. Rick Thomas nació cerca de Tampa, Florida, el 1 de marzo de 1928. Para la década de los años treinta, su padre Wayne se había hecho rico en la minería de fosfato, lo cual le permitió a Rick tener caballos y recibir una educación jesuita privada. Wayne quería que su hijo tomara a su cargo el negocio familiar, y eso era lo que pensaba hacer Rick… hasta que Dios le dijo que se hiciera sacerdote.

Esto sucedió cuando estudiaba la secundaria. Rick estaba sentado bajo un árbol cuando le llegaron estas palabras con firme claridad: Quiero que seas sacerdote. Fue una llamada inesperada, pero él supo que no venía de él. Ni Rick ni sus padres eran devotos y él se dio cuenta de que ellos se decepcionarían, por lo que no les dijo nada por un tiempo.

En 1945, Rick viajó a Grand Coteau, Luisiana, para unirse a los jesuitas, pero le pareció que allí el noviciado era aburrido, especialmente las lecturas espirituales. Así que oró diciendo: “Dios mío, es mejor que me aumentes el interés, porque yo no tengo.” Y Dios lo hizo. Rick comenzó a encontrar consolación en la oración y la lectura espiritual; estos fueron los primeros grados de su conversión. La desinteresada obediencia lentamente dio paso a una nueva apertura.

“Ver” a los pobres invisibles. En 1949, los superiores de Rick lo enviaron a un colegio jesuita en el sur de Alabama para estudiar filosofía. En sus horas libres, él y sus compañeros jesuitas enseñaban catecismo por las calles en un barrio afroamericano. Habiendo crecido en el sistema de la segregación racial, Rick había aceptado inconscientemente ciertos prejuicios. Pero una conversación que tuvo con una dama “muy refinada, amable y bien educada” del barrio lo cogió por sorpresa. En un momento de repentina claridad, Rick se dio cuenta de que las ideas preconcebidas que tenía eran incorrectas.

Así aprendió una valiosa lección: Para realmente ver a la gente que vive de un modo tan diferente se necesita tener un encuentro personal, cara a cara con ellos. Esa experiencia es capaz de transformar el corazón de cualquiera. Por esta razón tomó la decisión —primero en Dallas, cuando era maestro de escuela secundaria y, luego en Nueva Orleáns, después de su ordenación sacerdotal en 1958— de ir a visitar los barrios más pobres de las ciudades y llevar consigo a sus alumnos. Incluso los llevó a ver la vida suntuosa que llevaban algunas personas en contraste con la pobreza existente en los barrios pobres urbanos. Y mientras más miseria veía, más sencilla era su vida: ese fue otro grado de su conversión.

Mientras tanto, en El Paso, uno de los profesores que había tenido Rick en la escuela secundaria, el padre Rahm, otro jesuita, había estado trabajando a tiempo completo en el Centro Juvenil de Nuestra Señora. A ese sacerdote lo estaban trasladando lejos de allí y quería que el padre Rick lo reemplazara en el apostolado. El Centro ofrecía comida caliente, clases de inglés, una cooperativa de ahorro y crédito y otros servicios a los jóvenes en un distrito de bajos ingresos, condiciones que le interesaban al padre Rick. Con este fin y el permiso de su orden, se trasladó a El Paso en 1965.

Las necesidades eran enormes. Un día el padre Rick vio que dos chicos trataban de meterse en los grandes contenedores de basura del centro juvenil para pasar la noche. No querían ir a un orfanato y le pidieron más bien pasar la noche en su carro. Estos muchachos indigentes e indefensos representaban a Jesús para él. Cristo estaba sufriendo a la sombra tanto de la iglesia como de la ciudad. Ante semejante realidad, escribió una apasionada carta a sus superiores jesuitas: “Permítanme recomendar hacer varias visitas prolongadas a los barrios bajos de la ciudad. . . Mientras uno no logre conversar cara a cara y entrar en confianza con más de una familia, no se puede comenzar a entender sus actitudes y comprender sus verdaderas necesidades.”

Una nueva energía proveniente de Dios. El padre Rick estaba trabajando muchísimo y sentía el estrés, al punto de que, en 1969, le comentó a un amigo que las exigencias del sacerdocio le parecían insostenibles. Afortunadamente, ese mismo año Dios le alivió la carga con una nueva conversión, esta vez a través de la Renovación Carismática Católica.

En el otoño, tuvo que viajar a Nueva Orleáns y en esa ocasión asistió a una reunión de oración carismática. Había llegado tarde y con un terrible dolor de cabeza, así que algunos de los asistentes rezaron por él para sanación y para una nueva experiencia del Espíritu Santo que lo renovara. El dolor de cabeza no desapareció, y se fue a dormir convencido de que nada había ocurrido. Pero a medianoche, se despertó y comenzó a rezar y alabar espontáneamente. Fue una experiencia tan profunda que según dijo le había sorprendido; pero más sorprendente aun fue probablemente el fruto de esa experiencia, pues decía: “Nunca he sido perezoso, pero ahora veo que hay una fuerza en mí que no tenía antes.”

Este “bautismo en el Espíritu Santo” revivió y revolucionó el sacerdocio del padre Rick y su trabajo en El Paso. Después de un par de años, quería hacer algo más aún. Poco antes de la Navidad, él y algunos de los voluntarios estaban estudiando la parábola en que Jesús propone ofrecer un banquete a los pobres que no pueden retribuirlo (Lucas 14, 12-14). ¿Cómo podían ellos obedecer este mandamiento de Jesús? Juntos, decidieron llevar cenas de Navidad a la gente que vivía buscando alimentos en el basural de Ciudad Juárez.

Llevaron sándwiches de mortadela, jamón, burritos, tamales, frutas y dulces, lo suficiente para un centenar de personas, según pensaba el padre, y se dirigieron al basural de Ciudad Juárez. Allí nadie sabía que era Navidad, así que el padre Rick les dijo que habían venido a compartir su cena con ellos. Empezaron a servir la comida, pero pronto se vio que había un problema: la gente no dejaba de llegar. Los voluntarios contaron a doscientas personas en línea y luego trescientas. Siguieron sirviendo tajadas de jamón, repartiendo tamales, sirviendo el típico atole mexicano, y aunque la gente continuó llegando, los alimentos nunca se agotaron.

Todos vieron claramente que se estaba produciendo un milagro, y sobró tanto que, al regresar a El Paso, el padre Rick lo distribuyó en dos orfanatos diferentes. Este incidente le hizo mucho más consciente del poder del Espíritu Santo y mucho más dependiente de él.

Después de esto, no pasó mucho tiempo antes de que docenas de voluntarios católicos se sumaran al trabajo, adoptaran el estilo de vida del padre Rick y decidieran compartir sus recursos en común. Así nació la comunidad católica El Rancho del Señor, una entidad que aún existe hoy en día.

El trabajo continúa. . . en comunidad. La vida comunitaria a lo largo de cuatro décadas no estuvo exenta de pruebas y tensiones interpersonales. En algunas épocas, el número de voluntarios aumentaba; en otros se reducía a un puñado. En cierto punto, a fines de los años ochenta, el padre Rick estaba tan atribulado que decidió tomar seis semanas de descanso y le presentó sus errores y problemas al Señor.

Durante este período de discernimiento, percibió que el Espíritu Santo le indicaba que había que reorganizar el Rancho del Señor y hacerlo bajo la dirección de laicos. La comunidad pasó de producir alimentos agrícolas a proveer alimento espiritual a los visitantes. El padre Rick comenzó a ofrecer orientación espiritual, una labor que continuó hasta su deceso en 2006.

La comunidad continúa realizando su trabajo hasta el día de hoy. Los apostolados del Rancho del Señor comprenden ahora bancos de alimentos, clínicas de salud, educación preescolar, pastoral penitenciaria, un programa de catecismo, y un programa de fútbol en Juárez, así como ministerios pro-vida y una reunión semanal de oración carismática en El Paso.

Conversión por grados. El estudio de la vida del padre Rick Thomas y su generosidad con los pobres, me ha hecho ver la importancia de las pequeñas y continuas conversiones. En el lenguaje bíblico, “convertirse” significa “dar la vuelta”. La mayoría no damos una vuelta en 180 grados de una sola vez. Más bien, Dios nos ayuda a cambiar unos cuantos grados a la vez, hasta que un día, al momento de morir, concluirá nuestro camino de conversión. Quiera el Señor que cada uno de nosotros esté tan bien dispuesto a estas experiencias de conversión como lo estuvo el padre Rick Thomas, siempre con la guía del Espíritu Santo.

El padre Nathan O’Halloran es sacerdote jesuita. Más información acerca del padre Rick Thomas puede encontrarse en https://thelordsranchcommunity.com 

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