La Palabra Entre Nosotros

Junio 2012 Edición

Un momento de restauración

Palabras del Papa en el rezo del Ángelus

Un momento de restauración: Palabras del Papa en el rezo del Ángelus

"En el Evangelio vemos a Jesús que cura a los enfermos: primero, a la suegra de Simón Pedro y, luego a los enfermos de Cafarnaúm: Jesús “sanó… a mucha gente y ex­pulsó a muchos demonios” (Marcos 1,34).

Los cuatro evangelistas coinci­den en testimoniar que la liberación de enfermedades y padecimientos de cualquier tipo, constituía, junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública. De hecho, las enfermedades son un signo de la acción del mal en el mundo y en el hombre, mientras que las curaciones demuestran que el Reino de Dios —y Dios mismo— está cerca. Jesucristo vino para vencer el mal desde la raíz, y las curaciones son un anticipo de su victoria, obtenida con su muerte y resurrección.

Un día Jesús dijo: “Los que es­tán sanos no necesitan médico, sino los enfermos” (Marcos 2,17). En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad pue­de ser un momento de restauración, en el cual uno puede experimentar la atención de otros y ¡prestar atención a otros! Sin embargo, esta será siem­pre una prueba, que a veces llega a ser larga y difícil.

Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos per­manecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. La medicina ha lo­grado grandes avances en las últimas décadas, y estamos agradecidos, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad: la fe en Dios y en su bondad. Lo repi­te siempre Jesús a la gente que sana: “Por tu fe has sido sanada” (Marcos 5,34). Incluso, frente a la muerte, la fe puede hacer posible aquello que es humanamente imposible.

Pero ¿fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente el mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo el corazón inmerso en el amor de Dios. Todos conocemos a personas que han soportado terribles sufrimientos, debido a que Dios les daba una profunda serenidad. Pien­so en el reciente ejemplo de la beata Chiara Badano, segada en la flor de la juventud de un mal sin remedio: cuantos iban a visitarla ¡recibían de ella luz y confianza! Pero en la en­fermedad, todos tenemos necesidad de calor humano: para consolar a un enfermo lo que cuenta, más que las palabras, es la cercanía personal sere­na y sincera.

Hagamos también como la gente de los tiempos de Jesús: presenté­mosle espiritualmente a todos los enfermos, confiando en que Él quie­re y puede curarlos. E invoquemos la intercesión de nuestra Señora, en especial por las situaciones de ma­yor sufrimiento y abandono. María, Salud de los enfermos, ¡ruega por no­sotros! •

Extracto de las palabras que S.S. Bene­dicto XVI pronunció en febrero pasado con motivo del rezo del Ángelus, en el Va­ticano, según una noticia publicada por la agencia católica Zenit.

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