La Palabra Entre Nosotros

Octubre de 2019 Edición

Un mapa celestial

Dios quiere ampliar nuestros horizontes

Un mapa celestial: Dios quiere ampliar nuestros horizontes

Andrés y María comenzaron el día llenos de entusiasmo. Era el primer día de sus vacaciones y se dirigían en coche a la casa que habían alquilado en la playa por toda la semana. Después de un par de horas en la carretera, María preguntó: “¿Estás seguro de que vamos por el camino correcto?” “Por supuesto que sí” respondió Andrés.

Una hora más tarde, con algo más de preocupación en la voz, María volvió a preguntar: “¿Andrés, estas seguro de que no nos hemos desviado del camino?” “¡Claro que sí! Estoy seguro de que vamos bien” fue la respuesta. Habiendo pasado una hora más, María estaba realmente preocupada: “Cariño, ¿en realidad crees que este es el camino correcto? No veo ningún cartel que indique hacia la playa.” Después de un momento, Andrés respondió: “Bueno, en realidad, ahora ya no estoy tan seguro, pero al menos hemos avanzado bastante.”

A veces nos parece fácil, incluso natural, analizar lo que hayamos avanzado en la vida en forma parecida a la que Andrés analizó su viaje a la playa. Cuando se toman decisiones basadas en el instinto y lo que sucede en el mundo en general puede llevarnos a pensar que estamos en el camino correcto, e incluso que vamos avanzando bien; pero el simple esquema de la historia de la salvación —que aquí llamamos la vista panorámica— es útil para ayudarnos a mantenernos en el rumbo acertado o bien encontrar el camino correcto si nos hemos extraviado.

Guiados por una visión celestial. Ya sea que lo sepamos o no, todos tenemos aspiraciones e ideales, una especie de visión para la vida; todos tenemos ciertos conceptos o razonamientos de lo que queremos lograr en la vida y a dónde queremos llegar, y esta es la visión que guía muchas de las decisiones que tomamos y lo que hacemos.

El punto central de esta visión de la vida que cada uno tiene es el deseo de hacer aquello que pensamos que nos hará felices; por ejemplo, casarse, emprender una vocación religiosa, o dedicarnos de lleno a ejercer una profesión u oficio que nos permita vivir bien. Sin embargo, conforme vamos madurando, la visión se nos va aclarando, y al mismo tiempo empieza a ser menos egocéntrica, pues queremos dedicar más tiempo al marido o la esposa y a los hijos; o bien valoramos más los votos que hicimos en la ordenación sacerdotal o la profesión religiosa perpetua, y queremos vivirlos más plenamente. Cualquiera que sea la vocación que tengamos, por lo general deseamos tratar de ayudar a otras personas: educar a los hijos, servir en la parroquia, visitar a los ancianos o aliviar los padecimientos de los pobres. En definitiva, queremos ser buenos discípulos de Cristo. 

Conviene saber que Dios también tiene una visión para nuestra vida y no es raro que estas dos visiones se superpongan. En su realidad esencial, la vista panorámica es la visión que Dios tiene para nosotros, la cual abarca todos los buenos instintos que tenemos. Así como queremos hacer el bien a otras personas y llevar una vida recta, el designio divino nos inspira a elevar la vista al cielo y nos asegura que nuestro Padre quiere llevarnos a su lado. En él vemos que Dios nos creó, nos ha salvado, nos infundió su Espíritu para ayudarnos y nos promete venir de nuevo; en definitiva, Dios está siempre actuando para nuestro bien.

Sin embargo, a pesar de que deseamos llevar una vida recta y honesta, lo que hacemos no siempre coincide con la visión que tenemos para nuestra vida. ¿Cómo? A veces buscamos sacar ventaja a costa de los demás; tal vez mentimos o torcemos la verdad para lograr lo que queremos, e incluso podemos pecar deliberadamente; es decir, optamos por hacer cosas que contradicen lo que Dios nos ha mostrado en el panorama espiritual, con el fin de conseguir algo. 

En ocasiones como esas, cabe recordar que el Espíritu Santo está siempre actuando, y nos sigue ofreciendo la gracia de optar por la visión celestial; nos sigue ofreciendo la gracia de mantenernos firmes cuando nos llegue la tentación.

 

El Espíritu nos lleva a elevar la vista. Dios tiene siempre el deseo de concedernos todo lo que necesitamos para aceptar la visión que tiene para sus hijos, pero siempre depende de nosotros que queramos aceptar o rechazar la invitación que él nos hace de optar por la vida. Entonces, ¿vamos a ser dóciles a la inspiración del Espíritu Santo o vamos a preferir nuestro propio razonamiento?

Esta idea de “ser dóciles al Espíritu” puede parecer misteriosa para algunos, pero en realidad es muy práctica. Ser dóciles al Espíritu implica aceptar la invitación del Señor de amarnos unos a otros. También implica ser misericordiosos y estar dispuestos a perdonar a otras personas. Significa poner a Dios en primer lugar y querer hacer su voluntad antes que la nuestra (Mateo 6, 33). Cada vez que tratamos de amar, perdonar o hacer la voluntad de Dios, estamos abriendo el corazón al Espíritu Santo y su gracia.

Una de las mejores maneras de ser dóciles al Espíritu es tratar de tener siempre presente lo que Dios ha hecho por sus hijos. Esto es precisamente lo que hace la vista panorámica para nosotros: Ayudarnos a ver nuestra vida a la luz del amor y la misericordia de Dios, y ayudarnos a tomar todas nuestras decisiones sobre la base de ese amor. 

Cuando te despiertes cada mañana, recuerda decirte a ti mismo (ojalá de viva voz) que tú fuiste hecho para algo mejor que lo que te ofrece este mundo. Recuerda que eres hijo de Dios y que el cielo es tu verdadero hogar. Recuerda que tu valor no está marcado por tu trabajo, tus habilidades, tu profesión o tu educación. Lo más valioso para Dios es tu propia persona, en cuerpo y alma, y él se deleita en ti.

Haz un alto en tus actividades varias veces al día y repasa en tu mente estas verdades y otras parecidas, o bien, lee y medita el salmo de la Misa del día o reza el Padre Nuestro muy lentamente. Dios, que ve tus buenas intenciones, te quiere ayudar y te promete que el Espíritu Santo te guiará a toda la verdad y te hará recordar todo lo que el Señor nos enseñó (Juan 14, 26). Haz tu mejor intento y recuerda que el objetivo es fijar la atención en la visión celestial que Dios ha dispuesto para tu vida. 

Amplía tus horizontes. Si no ponemos cuidado, es posible que el concepto de nuestra vida sea muy limitado; es decir, que consideremos que el día no sea más que una serie de tareas y trajines que tenemos que hacer para cumplir con nuestras obligaciones o simplemente sobrevivir. La vida pasa con suma rapidez y el día se nos llena de quehaceres al punto de que, al llegar la tarde, estamos cansados y solo queremos relajarnos y descansar. Todo esto hace que sea fácil olvidarnos de la vista panorámica más amplia de quienes somos nosotros y quién es Dios, y que realmente no nos pertenecemos a nosotros mismos. 

Pero nada de esto es malo ni pecaminoso; solo es un problema de estrechez. El Padre quiere que experimentemos el gozo y el consuelo de su presencia, y no solo cuando las cosas van mal. Más aún, Dios no quiere que nos guardemos esta alegría para nosotros mismos y nos encarga que seamos sus embajadores en la construcción de su Reino aquí en la tierra.

Por lo general, cuando oímos hablar de la construcción del Reino de Dios, se nos ocurre pensar en los grandes héroes de la fe, como San Pablo, la Madre Teresa o Juan Pablo II, pero lo cierto es que el llamado es también para la gente común, como nosotros. Dios nos pide que asumamos riesgos por el bien de su pueblo; nos invita a ampliar nuestros horizontes, para que podamos asumir esos riesgos. Como lo apreciamos en la vista panorámica, Dios es todopoderoso e infinito, y quiere hacer grandes cosas en sus hijos y a través de sus hijos. He aquí algunos ejemplos de personas “ordinarias” que se atrevieron a asumir riesgos en nombre de Dios:

• Carolina Wolff se había jubilado en 1981 y deseaba retirarse en la tranquila ciudad de San Agustín, Florida, cuando se sintió inspirada a asumir un riesgo en favor de las adolescentes que eran madres solteras en la zona. Armada con su fe y su natural don de tenacidad, fundó el Campus San Gerardo, una escuela para estas jóvenes tan vulnerables y necesitadas. Hasta ahora las muchachas atendidas suman más de 50.000.

• Dalia Landau, joven judía que vivía en Israel, y Bashir al-Kharyi, un musulmán palestino, asumieron un gran riesgo cuando decidieron establecer en la ciudad de Ramle el hogar denominado Open House, un lugar donde judíos y árabes se reúnen desde 1967 para compartir sus historias familiares y culturales y apoyarse mutuamente.

• Un grupo de estudiantes de la Escuela Secundaria Católica Obispo O’Connell, situada en la zona norte de Virginia, asumieron un gran riesgo cuando en 1975 empezaron la campaña que denominaron Super Dance para reunir fondos y ayudar a encontrar una cura para la fibrosis quística, una enfermedad terminal. Lo que comenzó como una iniciativa para honrar a un compañero que había fallecido de esta enfermedad ha florecido en la mayor campaña de recaudación de fondos que se realiza con este encomiable propósito en la educación secundaria en los Estados Unidos.

Estas personas, y tantos otros creyentes “comunes”, dieron un paso de fe y Dios les recompensó por su fe y sus esfuerzos y, de paso, cambió la vida de muchísima gente. Lo mismo puede suceder con nosotros si elevamos los ojos al cielo y le pedimos a nuestro Padre que nos permita contemplar la vista panorámica que él ha desplegado para nuestro bien.

¡Sube más arriba! En la Sagrada Escritura nos encontramos con muchas personas que tuvieron una visión del cielo y luego, con su testimonio, marcaron un cambio en el mundo. El profeta Isaías contempló la gloria de Dios en el templo y esa experiencia lo transformó en un intrépido profeta (Isaías 6, 1-11). San Juan Evangelista pudo admirar la gloria de la corte celestial y sus escritos sirvieron para animar a los creyentes que sufren persecución a resistir con fe firme porque su recompensa será grande (Apocalipsis 4, 1-10). El apóstol Pedro vio la manifestación de la gloria de Dios en una pesca milagrosa, y eso lo llevó a convertirse en un gran “pescador de hombres” (Lucas 5, 1-8) y vicario de Cristo en la tierra.

Experiencias de Dios tan transformadoras como éstas no son solo para unos pocos privilegiados, pues el Señor quiere que todos tengamos un cambio de vida como lo tuvieron ellos; desea que abramos los ojos y que todo el mundo experimente su amor, que comunica la vida verdadera y pone en acción los designios divinos. Esta es la razón por la cual el hecho de contemplar esta vista panorámica del plan de Dios es una herramienta muy valiosa para todos los fieles. Como lo presentamos aquí, es un sencillo esquema de cuatro puntos, fácil de recordar; pero a la vez tan amplio que todo lo abarca y no podemos dejar de quedarnos arrobados de admiración al contemplar la asombrosa maravilla de todas las cosas que Dios ha preparado “para los que lo aman” (1 Corintios 2, 9).

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