La Palabra Entre Nosotros

Cuarsema 2020 Edición

Un joven empieza a vivir

El plan de Dios es mucho mejor

By: el seminarista James Fangmeyer

Un joven empieza a vivir: El plan de Dios es mucho mejor by el seminarista James Fangmeyer

La historia de mi vocación tiene tres capítulos: 1. Al principio yo no creía que Dios tuviera un plan para mí; 2. Luego, yo no quería el plan de Dios, y 3. Ahora, estoy viviendo el plan de Dios.

Primero, yo no creía que Dios tuviera un plan para mí. Yo construía mi vida sobra las opiniones de los demás. Me esforzaba para impresionarles y ganarme su admiración. Por lo tanto, busqué la escuela de negocios más prestigiosa que pude encontrar y me fui a la universidad. Pero, al llegar allí, la carrera de negocios no era la que estaba de moda; lo que impresionaba a la mayoría eran las ciencias computacionales. Esto me dejó frustrado y decepcionado. Me parecía que yo valía menos que aquellos otros que captaban la atención y la admiración de las empresas que venían a contratar a los estudiantes en el campus de la universidad antes de que terminaran sus estudios. Y cometí el error de dejar que algunas personas, que no me conocían y ni siquiera se interesaban por mí, dirigieran mi vida. Esto me llenó de tristeza y me sentí perturbado.

En cuanto a mi vida espiritual, dejé de rezarle a Dios antes de irme a dormir. No le daba gracias, no le alababa y ni siquiera le pedía favores. Cometer el mismo pecado día tras día llegó a ser una costumbre para mí, hasta que en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, que se celebra el 1 de enero cada año, decidí probar cuál era la vida que Dios propone. La gracia que Dios me regaló en el Sacramento de la Reconciliación me permitió romper con mis malas costumbres.

El Plan de Dios. En ese entonces yo pensé: “Tal vez mi mamá tiene razón. Tal vez Dios tiene en realidad un plan para mí.” Pensando en esto decidí asistir a Misa diariamente durante la Cuaresma. Un día después de la Misa, el padre expuso la hostia para la Adoración Eucarística, y por todo el rato me quedé mirando fijamente el Santísimo expuesto en la custodia. Fue la primera vez que asistía a una Adoración Eucarística. También fue la primera y última vez que escuché tan claramente la voz de Jesús en mi interior: “Ven y sígueme, James. Ven y sígueme.”

Yo no quería ser sacerdote, porque me gustaba tener otras opciones. Me faltaba poco para terminar la carrera y estaba muy contento con la trayectoria que llevaba en la vida. Sabía que podría conseguir un trabajo que me permitiera dar lo mejor de mí, y quería pedirle a una muchacha que se uniera conmigo y con mi familia. Esta opción me parecía muy bonita y buena. Además, se me abrió la oportunidad de iniciar el trabajo de mis sueños en Monterrey, México, gracias a la santa mano de la Virgen María. La historia es la siguiente.

En mi parroquia se organizó una procesión, con la Santa Misa y cena el 8 de diciembre en honor de la Inmaculada Concepción de María. Yo no pensaba ir, porque era justo el fin de semana antes de comenzar los exámenes finales y necesitaba estudiar. Sin embargo, mi párroco me presionó para que asistiera y fui.

Había también allí otra persona que tampoco pensaba asistir. El Dr. Cantú Ortiz que, mirando desde su hotel hacia la calle, vio una procesión en honor de la Virgen María. Estaba de visita en los Estados Unidos para participar en un congreso académico en mi universidad. De repente, se sintió impulsado a bajar a la calle y unirse a la procesión porque tenía una devoción muy fuerte a la Virgen María, y siguió la procesión hasta la Misa y después fue a la cena. En la cena nos conocimos, y me invitó a aplicar para un puesto en su equipo de trabajo en Monterrey.

Mis propios planes. En México, yo disfrutaba mucho de la vida. Me encantaba el trabajo y pensaba desarrollarme profesionalmente. Estaba tan feliz que no quería cambiar mi felicidad por el plan de Dios. Mi error fue que no reconocí que el plan de Dios es la promesa de una alegría verdadera. Los planes de Dios siempre son para hacernos alegres. Con el paso de los años en Monterrey, poco a poco fui perdiendo el entusiasmo por el trabajo, y empecé a buscar otra manera de utilizar mis energías.

Veo ahora que Dios había programado varios años de mi vida de oración, confusión y paciencia para obrar en mí muchos cambios. Hubo mi conversión inicial, cuando sentí vergüenza del pecado habitual que yo cometía y decidí volver al Sacramento de Reconciliación con nuevo ardor y fe. Experimenté una etapa de crecimiento rápido en mi vida espiritual a través de la Misa diaria. En la Adoración Eucarística sentí un llamado poderoso para “seguir” a Jesús. Entretanto, mi relación con Santa María Virgen estaba creciendo y ella me estaba ayudando bastante. Sin embargo, faltaba algo para que yo me decidiera a seguir a Jesús. Faltaba un cambio de corazón.

El cambio de corazón. Al final, no llegué a descubrir mi vocación, no vi ninguna señal que me convenciera. Más bien, dejé de buscar y empecé a vivir. Pero ahora estoy viviendo el plan de Dios. Lo que me permitió seguir mi vocación fue un cambio de corazón. Me di cuenta de este cambio la última vez que le pedí el número de teléfono a una “chava” que me gustaba. Nunca la invité a salir, porque sabía que si lo hacía no estaría dando un paso hacia el seminario y —el darme cuenta me sorprendió— pues yo quería ir al seminario.

Finalmente, Dios me había llevado al lugar donde su plan me daba alegría, donde su plan me gustaba y donde yo creía que su plan era real y bueno para mí. La mejor parte de mi vocación es que es una expresión del amor que Dios me tiene. Me siento alegre y creo que ya estoy viviendo de verdad.

Si pudiera resumir mi historia personal en una sola frase, diría: “Joven deja de trabajar y empieza a vivir.” Yo hacía todo lo posible por satisfacer a los demás, ganarme el respeto del mundo y justificarme a los ojos de otras personas y de los míos también. Pero esto no era vivir. Dejé de verme a mí mismo como un producto; dejé de estimar mi valor sobre la base de lo que yo podía producir. La vida verdadera viene cuando dejo de buscar algo más allá de mí y me pongo frente a Dios. La vida es un regalo, un don gratuito del Señor y se vive libremente. Me acordé de lo que nos dicen las Escrituras: Uno no puede comprar su vida ni redimir su alma con sus logros ni posesiones. Tengo que aceptar que Dios ama la persona que yo soy. Tengo que tener el valor de valorarme a mí mismo.

Un hombre bien formado. Si tuviera que resumir mi historia en otra frase aún más corta, sería: “Niño se hace hombre, por fin.” Porque mi experiencia es así. Cada niño quiere convertirse en algo “cuando sea grande.” Cuántos han dicho “Cuando sea grande, yo quiero ser atleta, profesional, doctor (o tal cosa).” Pero para mí, la fórmula se invirtió, pues yo digo “Cuando sea grande, quiero ser sacerdote.” O sea, no puedo imaginarme otra manera de llegar a ser un hombre bien formado si no es a través del sacerdocio.

El seminario es el lugar donde más he crecido en mi capacidad de responder con amor a mi prójimo, a mis semejantes, y por eso doy gracias y alabanza a Dios. El Papa San Juan Pablo II dijo que la responsabilidad y la caridad son lo esencial en el proceso de madurar y hacerse más humano. Para mí, mi vocación es la manera en que Dios me está permitiendo llegar a un nivel nuevo de responsabilidad y caridad. Por eso mi vocación me da tanto gusto.

Un año antes de entrar al seminario, yo ansiaba tener algún compromiso, un desafío o algo que mereciera la entrega de todo mi ser, alma, mente y energía. Dios me lo ha dado: es mi vocación al sacerdocio católico. Amigo que lees esto, espero que te hayas motivado también para comprometerte con algo —o con alguien— que valga toda tu vida. El ardiente deseo santo es la semilla de tu vocación. Dios nos da deseos santos, y los lleva a cumplirse en nosotros en vidas santas. Para cada persona, estemos donde estemos, seamos quienes seamos (en serio, ¡para mí, para ti y para cada persona!), Dios prepara un camino hacia la perfección de la responsabilidad y la caridad. No sabemos exactamente a dónde va este camino, pero la esencia del amor de Dios es la que nos lleva a responder con un “sí” incluso antes de terminar de escuchar su invitación. Este es el modelo de vocación que nuestra madre María nos dejó en su “sí”.

Hoy en día, creo que Dios me está llamando a ser sacerdote y le he dicho que “sí.” Mirando hacia el pasado, veo sus huellas en mi vida, veo que me estaba guiando. A principio, yo no conocía su plan; luego, no quería su plan, pero ahora yo estoy viviendo su plan. A veces Dios cambió las circunstancias de mi vida, pero lo más importante fue el cambio de mi corazón frente a las circunstancias. Me cambió desde adentro hacia afuera. Creo que Dios tiene un buen plan para mi futuro. Por ahora, estoy muy feliz, gracias a Dios.

James Fangmeyer es estadounidense y se prepara en el seminario San Juan Pablo II en Washington, DC y espera ordenarse en 2024. Él escribió este testimonio originalmente en español.

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