La Palabra Entre Nosotros

Enero de 2020 Edición

Un ermitaño extraordinario

San Antonio Abad vendió todo para darlo a los pobres

Un ermitaño extraordinario: San Antonio Abad vendió todo para darlo a los pobres

A muchos he engañado y a muchos he vencido; pero ahora que te he atacado a ti, como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado débil”, le dijo el Enemigo a San Antonio, después de haberlo tentado para que desertara de la vida de soledad, sobriedad, austeridad y total entrega a Dios que éste había escogido.

Conocido como San Antonio Abad o de Egipto (no confundirlo con San Antonio de Padua) nació hacia el año 250 o 251 en Comas, Egipto, en el seno de una familia cristiana. Vivió con sus padres y tuvo una hermana varios años menor que él. De niño no quiso asistir a la escuela pues prefería evitar la compañía de otros niños. Eso sí, asistía a la iglesia con fidelidad y, obediente a sus padres, escuchaba con atención la Palabra de Dios y procuraba guardar en su mente y corazón todo lo que aprendía de ella.

Unos meses después de morir sus padres y de haber quedado él a cargo de las tierras familiares y de su hermana, fue a la iglesia, donde escuchó la lectura del siguiente pasaje del Evangelio: “Jesús le contestó: ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme’” (Mateo 19, 21).

Pero a diferencia del joven rico, a quien Jesús dirigió estas palabras y que se marchó triste porque tenía muchas posesiones, Antonio acató de inmediato las palabras del Maestro. Vendió sus tierras y todas las cosas materiales que tenía, entregando la mayor parte de las ganancias a los pobres y apartando solo un poco para su hermana.

Un tiempo después escuchó nuevamente una cita de la Sagrada Escritura: “No se preocupen por el día de mañana” (Mateo 6, 34). Estas palabras resonaron igualmente en su corazón y decidió distribuir entre los pobres aquello que había guardado para su hermana. A ella la llevó a vivir con unas religiosas para que la cuidaran y educaran y él decidió dedicarse a la vida ascética.

Así que empezó a visitar a hombres piadosos que ya vivían una vida ascética para aprender de ellos las mayores virtudes: bondad, seriedad en la oración, quietud apacible, afabilidad, vigilias, estudios, paciencia, ayunar y dormir en el suelo, humildad y abstinencia; pero sobre todo la profunda devoción que tenían a Cristo y el amor que se tenían los unos a los otros. Los monjes y los habitantes del pueblo lo llamaban el “amigo de Dios” y lo amaban como a un hermano o a un hijo.

El enemigo acecha. El demonio, que no soporta la decisión de un hombre de entregar su vida a Cristo, comenzó a acosarlo día y noche. De muchas formas trató de alejarlo del camino que él había decidido seguir. Lo tentó con la propiedad que alguna vez poseyó, el cuidado de su hermana, su familia extendida; intentó hacerlo caer con el amor al dinero y los placeres de los alimentos, que no tenía, o de las cosas agradables de la vida.

Pero Antonio no dio rienda suelta a nada de esto, por lo que el diablo decidió presentarse ante él en forma de mujer durante la noche. Sin embargo, él, que se aferraba a las oraciones y al ayuno, aplacó la tentación llenando su mente con pensamientos sobre Cristo.

Habiendo derrotado al enemigo, el abad se retiró al desierto. Allí habitó en un sepulcro antiguo, donde el diablo lo visitó de nuevo y lo azotó a golpes, dejándolo prácticamente muerto. Pero Antonio se repuso una vez más, así que a la siguiente noche Satanás lo atacó nuevamente, ahora con sus legiones que tomaron formas de distintos animales que lo atormentaron furiosamente. El cuerpo de Antonio se estremecía aun de dolor, pero su mente estaba completamente lúcida y con ella podía enfrentar a aquellos espíritus que lo acosaban.

“Si tuvieran poder sobre mí, hubiera bastado con que viniera uno solo de ustedes —les dijo— pero el Señor les quitó su fuerza, y por eso están tratando de hacerme perder el juicio con su número. Porque la fe en nuestro Señor es sello para nosotros y muro de salvación.”

El abad levantó los ojos y vio un rayo de luz que atravesaba el techo de su vivienda, los espíritus huyeron espantados y todo a su alrededor estuvo en calma. “¿Dónde estabas tú? ¿Por qué no acudiste antes para aliviar mis heridas?”, le preguntó a la luz, pues sabía que era Dios mismo que lo había visitado.

El Señor le contestó: “Aquí estaba, Antonio, asistía a tu generoso combate. No tengas miedo; ahora que has aguantado sin rendirte, seré siempre tu ayuda y te haré famoso en todas partes.”

Los Padres del desierto. Todos estos encuentros que tuvo con el enemigo tuvieron como fruto la paciencia, la dulzura y una impresionante calma. Y fue así como muchos empezaron a visitar a Antonio: sacerdotes, obispos, doctores de la Iglesia, aldeanos, jueces, diplomáticos, políticos. Todos buscaban consejo y en muchos Dios realizó milagros por medio de San Antonio.

Lo que más añoraba Antonio era la vida en soledad, para ocuparse de cultivar su alma en las virtudes que vienen de Dios. Así que se internó en el desierto procurando aislarse de la gente. Aun así, muchos seguían buscándolo. Como no les abría la puerta, algunos se limitaban a dormir junto a su choza y con solo ese acto, quedaban sanados de cualquier mal que los aquejara.

Vivió en soledad unos veinte años hasta que llegaron varios de sus amigos, tratando de saber de él, pues había pasado mucho tiempo recluido. Al principio él no quería salir ni dejarlos pasar, pero luego de ver que no se movían de ahí y de su insistencia por saber cómo estaba, Antonio salió de su casa y para sorpresa de todos se veía como si los años no hubieran pasado por él.

Antonio les habló, les aconsejó y sanó a muchos de ellos y sus palabras animaron a muchos a adoptar la vida monástica. Así, estos hombres construyeron chozas alrededor de la suya, atraídos por su exhortación a preferir a Cristo por sobre las cosas de este mundo.

“En el mundo todo se vende; y cada cosa se comercia según su valor por algo equivalente; pero la promesa de la vida eterna puede comprarse con muy poco. Y aunque nuestro esfuerzo es en la tierra, no recibiremos nuestra herencia aquí, sino la que se nos ha prometido en el cielo”, decía a los monjes.

Estos hombres vivían apartados del mundo y su mayor anhelo era imitar la vida de aquel que se había convertido en su padre, poniendo en práctica la sabiduría de todo lo que les transmitía. Llegaron atraídos por el prestigio del que gozaba Antonio y ya no fueron capaces de apartarse de su lado. Vivían como él, trabajaban como él, aprendieron a orar de la misma forma en que él lo hacía y formaron grupos numerosos de religiosos que vivían en lugares apartados, dedicados a la contemplación, la oración y la penitencia.

Antonio les daba consejos y los dirigía en su vida espiritual. A aquellos que se demostraban orgullosos les decía: “A menudo nos engañamos sobre nosotros mismos, porque no conocemos nuestras faltas y nos creemos perversos siendo buenos y nos creemos buenos siendo perversos. Pero Dios conoce el secreto de la verdad. Así, hermanos, dejémoslo todo a su juicio, no oyendo sino la voz de nuestra conciencia.”

El martirio que nunca llegó. En el año 311, el emperador Maximino inició una encarnizada persecución contra la Iglesia, así que San Antonio se dedicó a acompañar a los mártires hasta su muerte, los reconfortaba mientras estaban en prisión y estaba con ellos hasta el momento mismo en que daban su último suspiro. Antonio tenía el deseo de ser martirizado y rezaba para que así fuera, y sentía pena de no ser mártir. Pero el Señor todavía lo necesitaba en este mundo para consolar a muchos más.

A pesar de no haber aprendido a leer ni escribir, su sabiduría se extendió hasta países lejanos, pues dictaba cartas y mantenía correspondencia con otros monjes, con emperadores y altos dignatarios. Los milagros que el Señor realizaba a través de él se conocían por todas partes. El monje tenía visiones o revelaciones de sucesos que acontecían a kilómetros de distancia. Predicó en contra de los herejes que surgieron en su época y fue testimonio de una fe cristiana radical.

Murió a los 105 años, el 17 de enero del año 356. Un pensamiento que dejó fue: “¿De qué nos sirve poseer lo que no podemos llevar con nosotros? ¿Por qué no poseer más bien aquellas cosas que podemos llevar con nosotros: prudencia, justicia, templanza, fortaleza, entendimiento, caridad, amor a los pobres, fe en Cristo, humildad, hospitalidad? Una vez que las poseamos, hallaremos que ellas van delante de nosotros, preparándonos la bienvenida en la tierra de los mansos.” (San Antonio de Egipto)

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