La Palabra Entre Nosotros

Enero 1- Febrero 13 de 2018 Edición

Un descubrimiento espiritual

Tres elementos esenciales de la conversión.

Un descubrimiento espiritual: Tres elementos esenciales de la conversión.

Has hecho tú un descubrimiento alguna vez? Tal vez has estado trabajando en un proyecto difícil, pero sin avanzar mucho, y de repente ¡eureka! Te das cuenta de que debes hacerlo de otra manera.

¿Te ha costado mucho alguna vez comprender un concepto nuevo, quizás en la clase de matemáticas y finalmente se te enciende la bombilla y lo entiendes?

Si has hecho un descubrimiento importante para ti, sabrás lo emocionante que es, porque te sientes más confiado y seguro y adquieres una nueva perspectiva en la vida. O bien, ¡por lo menos te sientes contento de haber avanzado en tus deberes o responsabilidades!

Ahora daremos una mirada a una persona de la Biblia que hizo una especie de descubrimiento en su vida espiritual y avanzó mucho en su conversión. Su nombre es Lidia y su historia la podemos leer en Hechos 16.

Una piadosa mujer de negocios. Lidia vivía en Tiatira, ciudad de Asia Menor, distante unos cien kilómetros de Filipos, ciudad importante de la antigua Macedonia, en territorio europeo. Lidia era, al parecer, acaudalada, pues también poseía una casa en Filipos (Hechos 16, 14. 40). Lucas dice que ella era comerciante y se dedicaba a teñir y vender telas finas de púrpura, y como la tintura púrpura era escasa y difícil de producir, por lo general estaba reservada solo para los mejores géneros, que eran los más costosos.

Además de ser acomodada, Lidia también era inteligente, porque no era fácil para una mujer progresar en la sociedad machista del antiguo Oriente Medio y en una línea de negocios muy competitiva como esa, lo cual le obligaba a mantenerse al tanto de las fluctuaciones del mercado. Lidia, aunque no era judía, no trabajaba en el día de reposo, porque lo dedicaba a orar y adorar a Dios, y el Señor la premiaba generosamente por su fidelidad.

Por eso, cada día sábado, Lidia se reunía con otras mujeres para hacer oración y adorar a Dios. Como ella observaba el sábado, la mayoría de los expertos deducen que ella era “temerosa de Dios,” es decir, una persona no judía que había adoptado la religión del judaísmo, pero lo más probable es que ella y sus amigas todavía no habían oído hablar de Jesús. Eran mujeres piadosas que amaban al Señor y trataban de complacer a Dios llevando una vida recta.

Lidia “abrió su corazón.” En la historia de Lidia leemos que Pablo y sus compañeros fueron inspirados por el Espíritu Santo para llevar su labor misionera a Macedonia, arribando a la ciudad de Filipos. En cuanto llegaron, hicieron lo que siempre hacían en un lugar nuevo: buscar la sinagoga local. Al parecer no encontraron ninguna cerca, pero se enteraron de que había un grupo de mujeres temerosas de Dios que se reunían los sábados junto al río. Por lo tanto, fueron a reunirse con ellas.

Cuando llegaron, Pablo y sus compañeros comenzaron a hablarles. No se sabe exactamente qué fue lo que dijeron, pero podemos suponer que les hablaron acerca del Señor Jesús: quién es, por qué se hizo hombre y por qué murió en la cruz y resucitó. Es posible que también Pablo les haya contado la historia de cómo el Señor se le presentó a él en el camino de Damasco.

Conforme Pablo compartía el mensaje del Evangelio, algo sucedió en el interior de Lidia: el Espíritu Santo vino sobre ella y “el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía” (Hechos 16, 14). Así comenzó la iglesia de los filipenses, la primera que hubo en el continente europeo.

Dios derramó ese día una gracia especial de conversión sobre el grupo. Tomó la escasa comprensión que Lidia tenía del Evangelio y la amplió y profundizó, ayudándole a entender y aceptar el mensaje de Pablo, concediéndole la gracia de convertirse y responder de todo corazón.

Tres elementos clave. Este episodio nos permite ver cómo se incorporaban los conversos a la Iglesia en la época de los apóstoles. De hecho, en los primeros siglos, el proceso normal tenía tres pasos consecutivos: primero la evangelización, luego la conversión y finalmente el Bautismo.

Hoy, por lo general, el orden es diferente, pero siempre existen los tres elementos: la evangelización (el Evangelio que se comparte); la conversión (la decisión de renunciar al pecado y comprometerse con Cristo), y el Bautismo (el sacramento de la gracia de Dios que nos borra el pecado original y nos convierte en hijos de Dios y miembros de la Iglesia). Analicemos ahora cada uno de estos tres elementos.

—1—

La evangelización, el espíritu y la palabra. Lo primero es la evangelización: compartir con alguien la buena noticia de que Jesucristo, el Hijo de Dios, murió en la cruz para salvarnos y resucitó. Este mensaje puede venir directamente del Espíritu Santo, como sucedió con San Pablo, o a través de un creyente que ya ha experimentado la conversión y comparte su testimonio con la iluminación del Espíritu Santo (Hechos 9, 1-19). En el caso de Lidia, el Espíritu actuó en ella a través de Pablo y sus compañeros.

Cualquiera sea el origen del mensaje, la evangelización es siempre y principalmente obra del Espíritu Santo. Solo él puede abrir el corazón de una persona, como lo hizo con Lidia, y revelar a Cristo de una forma totalmente nueva; solo él puede penetrar en el alma con la promesa de una vida nueva; solo él puede revelar el pecado y derramar el amor sanador del Padre en el corazón del nuevo creyente. Ya sea que la experiencia ocurra en un instante o durante varios días, meses o incluso años, solo el Espíritu Santo puede “evangelizar” a una persona de una manera que ésta se convierta y experimente la transformación de su vida.

—2—

Conversión, es decir, un giro en 180º. En la parábola del hijo pródigo, Jesús ilustra dos dimensiones de la conversión, diferentes pero relacionadas entre sí: la conversión inicial y la conversión continua. La primera es la decisión de renunciar al pecado y entregarse a Cristo. Esto lo vemos cuando el hijo pródigo se puso a pensar en lo que había hecho (Lucas 15, 17-18), decidió abandonar la forma de vida que llevaba y regresó a la casa de su padre.

El hermano mayor del muchacho vivía siempre en el hogar familiar. Era un hijo obediente y trabajaba arduamente en la finca de su padre. Pero tenía que lidiar con su tendencia a creerse mejor que los demás, dejarse llevar por los arrebatos de ira o guardar resentimientos, es decir, necesitaba una conversión más profunda aún para disfrutar plenamente de la vida en casa de su padre. Al igual que el dueño de casa de esta parábola, Dios, nuestro Padre, está constantemente invitándonos a tomar decisiones que nos ayuden a renunciar al pecado y acercarnos a su Hijo Jesús. Las conversiones como éstas se dan cuando uno persiste en la oración y asiste fielmente a la santa Misa, procura obedecer los mandamientos de Dios y practica la fe ayudando a los necesitados.

Lidia experimentó una conversión inicial porque tenía el corazón bien dispuesto para recibir el mensaje de Pablo y decidió aceptar a Cristo Jesús como su Señor y Salvador. Así entraba en el sendero del discipulado, un camino lleno de incontables oportunidades para experimentar una conversión cada vez más profunda.

—3—

Bautismo: miembros de un solo Cuerpo. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Bautismo nos limpia del pecado original, nos hace una nueva creación y nos incorpora a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo (CIC 1262-1270). En los primeros años de la Iglesia, el Bautismo llegaba después de que una persona había escuchado el Evangelio, confesaba su fe en Cristo y afirmaba que Jesús había resucitado de entre los muertos. Con el paso del tiempo, la Iglesia comenzó a bautizar a los bebés, encargando a los padres y padrinos la responsabilidad principal de catequizar al niño y llevarlo más tarde a una decisión voluntaria, personal y madura de entregarse a Cristo.

Después de que Lidia escuchó el Evangelio y llegó a creer en el Señor, fue bautizada junto con su familia (Hechos 16, 15). En su caso, y en el de la mayoría de los primeros cristianos, su conversión, es decir, su decisión de llevar una vida de obediencia a Cristo, quedó sellada y robustecida por la gracia de Dios a través de este sacramento.

La alegría de la conversión. La conversión es una combinación de la gracia omnipotente de Dios y de nuestras decisiones humanas. Podemos optar libremente por darle nuestra vida a Cristo, pero no seríamos capaces de hacerlo si no fuera por la acción del Espíritu Santo, que nos habilita para ver lo mucho que necesitamos al Señor.

Después de la experiencia inicial de la conversión, nos hace falta recibir la gracia de Dios de tres fuentes: la Sagrada Eucaristía; la sabiduría de la Sagrada Escritura y la misericordia en el Sacramento de la Confesión. Sin la gracia de Dios, que está constantemente disponible en los sacramentos, es probable que terminemos por apartarnos de Jesús, dejarnos llevar por la tentación y volver a la vida de pecado.

Nos imaginamos que Lidia jamás en toda su vida se olvidó del encuentro de aquel día sábado. Esa reunión había sido diferente de todas las otras, porque fue la ocasión en que el Espíritu Santo abrió su corazón al Evangelio; cuando conoció a Jesús y experimentó el poder del Espíritu Santo y el perdón de sus pecados de una manera totalmente nueva.

Esto que le sucedió a Lidia y su familia también le puede suceder a cualquier persona. Dios quiere que todos experimentemos el gozo de la conversión y la diferencia entre vivir solo para este mundo y vivir para Jesús.

Al mismo tiempo, el Señor también quiere que cada día, al despertar, entremos en la “escuela de Cristo”, para que el Espíritu Santo nos siga enseñando las verdades espirituales; porque el Espíritu quiere ayudarnos a llevar a cabo la conversión continua hasta el día en que finalmente nos encontremos con Cristo Jesús cara a cara y lo veamos con el rostro descubierto, es decir, con el corazón purificado de todos los pecados y sus consecuencias.

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