La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto de 2018 Edición

Tu Palabra es, Señor, una luz en mi camino

¿Por qué estudiar la Biblia?

By: Luis E. Quezada

Tu Palabra es, Señor, una luz en mi camino: ¿Por qué estudiar la Biblia? by Luis E. Quezada

En mi niñez y mi adolescencia yo nunca leí una Biblia.

Mi familia dejó de ir a Misa cuando yo era pequeño, así que en realidad no estuve expuesto a la Palabra de Dios. Con todo, yo había recibido los sacramentos iniciales, es decir, era católico, creía en Dios y quería ser bueno para poder llegar al cielo algún día, pero a pesar de eso la realidad de Dios era muy distante para mí; no formaba parte de mi vida cotidiana. Pero todo cambió cuando conocí y me enamoré de una hermosa chica llamada Maruja, que luego sería mi novia y después mi esposa.

Nos casamos y nos trasladamos a los Estados Unidos, donde yo ya estaba trabajando. Un día, ella me pidió que le consiguiera una Biblia en español, pero en esa época no pude encontrar una donde vivíamos. Una vez que me tocó viajar a un país latinoamericano por motivos de trabajo, al regresar le traje una y ella se puso a leerla y estudiarla ávidamente. Poco a poco, por las noches antes de dormirnos ella leía la Biblia y a veces me decía: “¡Mira qué lindo lo que dice aquí!” Y me leía un versículo o dos.

Al principio, yo no estaba tan entusiasmado, pero no quería contrariarla, así que no objetaba al hecho de que me leyera. Casi todas las noches ella empezó a leerme pequeños pasajes de los evangelios, de las cartas de San Pablo, de los salmos, o de cualquier parte en que la Palabra de Dios le hubiera llegado al corazón. Por gracia de Dios, ella nunca me presionó ni me reprochó mi poco entusiasmo; pero en realidad, debo decir que, honestamente, yo no me di cuenta de cómo ni cuándo fue que empecé a poner atención a lo que ella me leía. Es que aquello que yo escuchaba cuando ella me leía tenía sentido, era cierto y yo no podía negarlo; tenía tanta lógica y sentido común, que me empezó a interesar.

Esa fue una época de verdadera “reconversión” para mí. La verdad es que, tanto Maruja como yo nos enamoramos de la Palabra de Dios cada vez más y nos dedicamos a estudiarla, meditarla y ahora enseñarla desde hace muchos, muchos años.

¿Por qué leer la Biblia? Probablemente la mejor explicación la encontramos en la propia Palabra de Dios: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (2 Timoteo 3, 16-17). Y esto es así porque “la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4, 12).

En realidad, hay infinidad de pasajes en la propia Biblia que explican o justifican la necesidad y la conveniencia de leer y estudiar la Sagrada Escritura, como por ejemplo, la hermosa y significativa Parábola del Sembrador (Mateo 13, 1-9. 18-23).

Una de las experiencias que me tocó profundamente al leer los evangelios o las cartas de San Pablo, fue que la Palabra de Dios empezó a interpelarme y hacerme ver que esto o aquello que yo hacía o no hacía no era lo correcto, que era pecaminoso, erróneo y que debía cambiar de conducta. Es decir, para mí fue como darme una larga y cuidadosa mirada al espejo y ver si aquél que yo veía en el reflejo estaba viviendo según la verdad de Dios, una verdad que yo no podía dejar de reconocer.

Y cuando tú sientes que el Señor te dice “Eso que estás haciendo no está bien”, ¿qué puedes hacer si no cambiar? Doy un ejemplo. En varios países se ha hecho común que la gente, especialmente los jóvenes, al hablar dicen muchas vulgaridades y malas palabras en la conversación normal. Yo también las decía como algo normal de la cultura popular. Pero leyendo Efesios 4, 29 y Santiago 3, 9-10 vi que esto no era correcto y el Señor, por su misericordia, me lo fue quitando. Al poco tiempo, me había librado por completo y ahora me molesta cuando escucho que alguien habla de esa manera, tanto en español como en inglés.

Una carta de amor. En realidad, el Señor nos habla en la Sagrada Biblia porque nos ama y quiere que empecemos a escuchar, comprender y aceptar lo que él nos dice. El propio Concilio Vaticano II lo dice claramente: “En los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual” (Constitución dogmática Dei Verbum, 21).

A los que piensan que la Biblia es de otra época, yo puedo asegurarles, por experiencia propia, que por el contrario, la Palabra de Dios no está pasada de moda. ¡Al contrario, es más actual que los noticieros de mañana! y es tan vigente como lo fue al inicio de la humanidad.

Bien, entonces, si la Biblia es actual, ¿de qué me sirve leerla yo? Una analogía común que se hace es que cuando uno compra un aparato nuevo, lo normal es que venga con un “manual de instrucciones de uso” donde se explica cómo funciona, cómo se mantiene en buenas condiciones, qué hacer si se descompone, etc. Bueno, la Palabra de Dios es el “manual instrucciones de uso”. Allí, nuestro Creador, nos explica qué o quiénes somos, cómo funcionamos, cómo podemos mantenernos en buenas condiciones espirituales (e incluso físicas) y qué hacer si nos “descomponemos”.

A ver, expliquemos eso un poco. Dios nos creó no solamente como seres materiales, sino espirituales también. De hecho, cuando nuestro cuerpo físico muera, lo que subsiste es el alma, vale decir, el ser espiritual que tiene vida eterna y que nos permite pensar, razonar, entender y comunicarnos con Dios.

Y cuando nos “descomponemos”, es decir, cuando le damos cabida al pecado, la desobediencia, la soberbia y otras actitudes contrarias a Dios y destructivas para nosotros mismos, es como si al carro no le ponemos gasolina, ni aceite ni aire en los neumáticos… ¡No puede andar y así no sirve para nada! Aunque sea un carro muy bien cuidado y que luce lindo, si no le ponemos el combustible y el aceite que necesita, no nos resulta útil. Muy parecidos somos nosotros: Podemos preocuparnos mucho por nuestra apariencia exterior, pero si en el interior no tenemos el alma vivificada por la verdad de Dios, no podemos hacer nada útil ni productivo (Juan 15, 5).

Pero, ¿qué tiene que ver eso con la Biblia? El Señor Jesús les dijo a sus discípulos: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo les he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6, 63). Es decir que todo lo que necesitamos para llevar una vida útil y productiva, de paz y amor, lo encontramos en la Palabra de Dios y en las enseñanzas de la Iglesia. Por eso, la Biblia es nuestro “Manual de instrucciones de uso.”

Pero no sólo nos sirve para ser buenos y vivir bien. La Palabra de Dios está escrita en clave de amor, porque Dios nos ama y quiere que nosotros nos amemos los unos a los otros. Jesús vino a explicarnos las Escrituras con su propia vida, por eso debemos leer la Biblia como una carta de amor, no como un libro de historia. La Biblia no es un tratado de historia ni de ciencia y muchos de sus pasajes están escritos en lenguaje metafórico o simbólico precisamente para ayudarnos a entender el mensaje en cualquier época y en cualquier cultura.

El Papa Benedicto XVI lo tiene muy claro cuando dice: “En primer lugar, es preciso leer la Biblia no como un libro histórico o literario cualquiera, por importantes, hermosos o relevantes que sean sus contenidos y su autor. La Biblia hay que leerla como Palabra de Dios, es decir, entablando una conversación con Dios, que me habla y me llama a través de su Palabra. Hay que tocar a esta puerta, como afirmaba San Agustín, “he tocado a la puerta de la Palabra para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir”, con alma orante, con espíritu humilde, con disposición del corazón, con apertura de la mente.”

Hay algo que es importante nunca perder de vista: Que el tema principal de toda la Sagrada Escritura es que Dios nos ama, que nos quiere a su lado, que él hace todo lo posible para que experimentemos ese amor y para que luego nosotros mismos salgamos a contarle a todo el mundo sobre cómo el Señor ha renovado nuestro corazón por su misericordia y por medio de su palabra, a través de la Sagrada Escritura. “Ustedes ya están limpios por las palabras que les he dicho.” (Juan 15, 3).

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