La Palabra Entre Nosotros

Enero de 2020 Edición

Tu fe te ha librado

No se trata solo de curación

Tu fe te ha librado: No se trata solo de curación

Un día, un viajero pasó por donde había tres obreros que trabajaban en una cantera, cada uno cortando un bloque de piedra. Curioso por saber en qué estaban trabajando, le preguntó al primer picapedrero qué estaba haciendo. “Estoy cortando un trozo de roca”, fue la respuesta.

Como no le pareció una respuesta significativa, fue al segundo y le preguntó lo mismo. “Estoy cortando este bloque de piedra con cuidado para que sus dimensiones sean exactas y encaje justamente donde le corresponde en una pared.”

Esta respuesta fue mejor, pero aún no quedó satisfecho del todo. Así que fue al tercer obrero, que también parecía el más contento de los tres. “¿Qué estás haciendo?” le preguntó. El hombre respondió: ”Estoy construyendo una catedral.”

Este breve relato ilustra que a veces centramos la atención nada más que en aquello que tenemos delante de los ojos, sin detenernos a mirar la situación con una perspectiva más grande. Lo mismo podemos verlo cuando los padres de familia se fijan nada más que en las obligaciones y quehaceres diarios de sus hijos y no logran contemplar su alto llamado a ser formadores del carácter de sus herederos. También sucede en el trabajo, cuando nos centramos únicamente en las tareas a realizar y perdemos de vista cómo nuestro trabajo contribuye, por lo general, al bien común. Igualmente, puede suceder en nuestra vida de fe.

Pensemos, por ejemplo, en la palabra “salvación”, y comúnmente entendemos que significa que Jesús nos ha salvado de nuestros pecados. Esto, por supuesto es cierto, pero “salvación” significa mucho más que eso. Sí, claro, Jesús vino a salvarnos de nuestros pecados, pero también vino a salvarnos para darnos una vida nueva; vino a salvarnos para que nosotros seamos libres y vivamos con alegría y paz, de modo que lleguemos a ser, con el tiempo, las “piedras vivas” con las que se está edificando la gran catedral de la Iglesia de Dios.

Este es el tipo de salvación que Jesús quiso expresar cuando le dijo a la mujer: “Hija, por tu fe has sido sanada” (Marcos 5, 34). También le dijo las mismas palabras a un mendigo ciego llamado Bartimeo (Lucas 10, 46-52), al único leproso que volvió a darle gracias después de haber sido curado (17, 11-19) y a una mujer pecadora que le lavó los pies con sus lágrimas y se los ungió con perfume (7, 36-50). La palabra griega que los evangelistas utilizaron en cada uno de estos relatos es sozeo, que significa “curar” y también “salvar” e incluso “restaurar”. Entonces, observemos a las personas de estos casos de curación como con un lente “gran angular” de visión amplia, para ver “el panorama completo” y no solo de qué fueron liberados sino también para qué.

Libertad para el discipulado. Jesús y sus discípulos iban saliendo de la ciudad de Jericó rodeados de una multitud, muy ruidosa y de gran aglomeración, pero por encima del bullicio se escuchó una voz que sobresalía: “Jesús, Hijo de David, ¡ten compasión de mí!” El que gritaba a viva voz era un mendigo ciego llamado Bartimeo, que pedía limosna junto al camino. Algunos trataron de hacerlo callar, pero Bartimeo gritaba más fuerte aún.

Finalmente, Jesús escuchó la voz y le preguntó al ciego qué quería. Bartimeo respondió “Maestro, quiero ver.” Luego se oyeron las conocidas palabras: “Vete, tu fe te ha salvado.” Bartimeo fue sanado instantáneamente; pero la historia no termina ahí. Bartimeo no se fue de ese lugar, sino que siguió a Jesús “por el camino”; es decir, escogió el camino del discipulado.

Bartimeo pudo haberse ido a su casa, buscado un trabajo y dedicado a vivir su vida; pero prefirió arriesgarse a seguir los pasos de un rabino errante, Jesús. Era un camino más arriesgado, pero Bartimeo había cambiado. Su ceguera espiritual también había desaparecido y ahora veía a Jesús con ojos literalmente nuevos.

El caso de Bartimeo nos muestra que una parte del ser “salvado” significa no seguir por “nuestro propio camino” sino por el “camino” de Dios; implica ser liberado de una visión egocéntrica de la vida para iniciar una vida de discipulado; significa recibir la gracia de abrir el corazón para que Cristo nos enseñe a amar a nuestros hermanos en el Señor y saber qué hacer para llevar ayuda a los pobres y necesitados que hay cerca de nosotros.

Libertad para una relación personal con Cristo. En otra ocasión, diez leprosos le salieron al encuentro a Jesús y le pidieron que los curara. En lugar de sanarlos directamente, los envió a mostrarse al sacerdote local para que éste certificara su purificación. Por el camino, todos sanaron y debe haber sido algo increíble: la carne ulcerada e insensible y los nervios desintegrados se fueron regenerando y se renovaron completamente. ¡Todos los estragos de la enfermedad desaparecieron y todos quedaron sanos!

Sin embargo, fue uno solo de los leprosos, el samaritano, el que volvió a darle gracias a Jesús y postrándose a sus pies alabó a Dios. Conmovido por la reacción del hombre, Jesús le dijo: “Levántate y vete; por tu fe has sido sanado” (Lucas 17, 19).

Esta afirmación de Jesús sin duda dejaba entrever que había algo más que la curación física, pues la “salvación” de este ex leproso samaritano incluía algo más maravilloso aún.

Al igual que en los casos de la mujer con hemorragias y del ciego Bartimeo, la fe es la clave para entender la historia de este hombre. Para él, la fe tenía que ver con la relación personal con Cristo. No se trataba solo de creer lo increíble o de aceptar un conjunto de doctrinas; más bien, su fe le movió a entregarle su vida al Señor. No se limitó a estrecharle la mano a Jesús y decirle “Gracias por la sanación.” No, cayó a los pies de Cristo y le dio alabanza y adoración, profundamente agradecido por haber experimentado el amor de Dios, que vino a salvarlo y también a sanarlo.

Libertad para romper con el pasado. Por último, veamos la historia de una mujer que había llevado una vida de pecado y que se hizo presente en la tranquila cena a la que Jesús estaba invitado. Derramando lágrimas de arrepentimiento mezclado con amor, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. El dueño de casa se escandalizó por estas acciones, pero Cristo reaccionó de manera distinta, pues veía estos gestos como una expresión de amor y devoción, y la recibió con agrado, diciéndole a la mujer: “Tus pecados te son perdonados.” De alguna manera, ella ya lo sabía y por eso se sintió impulsada a ungir a Jesús en agradecimiento; pero él no solo quería decirle que le había perdonado sus pecados, sino también: “Por tu fe has sido salvada; vete tranquila” (Lucas 7, 48. 50).

De todos los casos que hemos citado, éste parece ser el que más resonancia tiene tanto con personas físicamente sanas, como con otras que necesitan sanación. Esta mujer no tenía ninguna necesidad física; su fe no tenía relación alguna con el poder de Jesús para curar una enfermedad, la ceguera o alguna discapacidad física. Se trataba de su necesidad de sanación interior por las heridas sufridas en el pasado. Había quedado marcada profundamente por sus propias faltas y por los pecados de cuantos habían abusado de ella, y esas cicatrices seguían doliéndole internamente. Pero su extraordinaria acción de gratitud a Jesús dejó entrever lo muy dispuesta y agradecida, incluso lo feliz, que estaba de romper con ese pasado, entregarse a Cristo y aceptar sus palabras de misericordia.

El episodio de esta mujer nos muestra que la curación física es maravillosa y muy necesaria, pero la curación espiritual es aún más sorprendente y, en última instancia, más importante. Nos muestra que la salvación que Jesús más nos quiere dar es la de nuestros pecados pasados y presentes, una salvación que nos libra de toda forma de esclavitud y nos lleva a su presencia. Es decir que, aunque estemos físicamente sanos, todos tenemos necesidades espirituales y a Jesús le gusta mucho sanarnos de eso también.

Jesús salva. Tu fe te ha sanado; tu fe te ha salvado. Dos maneras diferentes de entender la misma frase griega. Sin embargo, aunque parezcan diferentes, estas traducciones comunican una verdad maravillosa: Que Jesús vino a salvarnos del pecado para darnos una vida nueva. Vino a liberarnos y salvarnos de todo aquello que nos impide vivir esa vida nueva.

Así que, mantén la mirada fija en Jesús y sé valeroso, como los hombres y mujeres de los evangelios. Esfuérzate por superar los obstáculos que haya, ya sean dudas, temores o resignación. No dejes de clamar pidiéndole al Señor y espera que él actúe en tu vida. Esa es la clase de fe que nos sana, porque la mayoría necesita curación. Esa es la clase de fe que nos salva, ahora mismo y para la eternidad.

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