La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2010 Edición

Tarde te amé

La Conversión de San Agustín

By: Patricia Mitchell

Tarde te amé: La Conversión de San Agustín by Patricia Mitchell

Fue una broma de adolescentes: robarse las peras del árbol de un vecino. Pero muchos años después, al reflexionar sobre este incidente de su vida pasada, Agustín consideró que había sido algo reprensible. En realidad no es que hubiera querido comerse las peras, incluso se las daban a los cerdos; fue nada más que la emoción de cometer un robo con sus amigos: "Mi banquete consistió meramente en mi fechoría, pues me gozaba en la maldad" (Confesiones, Libro II,6).

San Agustín escribió el testimonio de su conversión hace más de 1600 años, pero el hecho de ser tan antiguo no merma la actualidad de sus luchas, ni de su victoria final. Era un joven brillante y apasionado, que buscó la verdad con todas sus fuerzas y que se sentía arrastrado por las tentaciones de la carne y las vanidades del mundo. Tras una encarnizada batalla por la voluntad, descubrió la verdad de Cristo y el poder de la cruz para vencer el pecado. La esencia de esta travesía hacia Dios quedó plasmada en la célebre frase inicial de su libro "Confesiones": "Nos creaste para Ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en Ti" (Libro I,1.1).

Nacido en el año 354, en la provincia africana de Numidia (hoy parte oriental de Argelia), Agustín vivió bajo la dominación del Imperio Romano. Su madre, Mónica, era cristiana devota y su padre, Patricio, era un hacendado pagano.

Más pecador que sus amigos. A los 16 años de edad, su padre lo obligó a esperar un año en la ciudad de Tagaste, donde vivía, mientras reunía dinero suficiente para enviarlo a la universidad en Cartago, tiempo durante el cual se dedicó al ocio y al pecado: "Iba desbocado, con una ceguera tal, que no podía soportar que me superaran en malas acciones aquellos compañeros que se jactaban de sus fechorías tanto más cuanto peores eran" (II,7).

Una vez estudiando en Cartago, Agustín ocupó los primeros lugares en sus estudios de retórica, al punto de que se empezó a sentir satisfecho de sus éxitos y "estaba hinchado de vanidad" (III,6). El teatro le cautivaba, pero cuando cumplió los 18 años leyó la obra Hortensio de Cicerón y su vida cambió de rumbo: "De repente me parecieron viles todas mis vanas esperanzas y con increíble ardor de corazón deseé la inmortalidad de la sabiduría" (III,7). Comenzó a leer la Biblia, pero le pareció inferior a los escritos de Cicerón, y finalmente se hizo maniqueo.

Los maniqueos se decían auténticos cristianos, pero negaban la realidad de la humanidad de Cristo, consideraban que el sol y la luna eran seres divinos y enseñaban que Mani, el fundador de la secta, era el Paráclito. Consideraban que el mal era una fuerza que actuaba fuera de ellos mismos, por lo cual no se hacían responsables de sus propias transgresiones. Como más tarde lo explicaba Agustín: "Todavía pensaba yo que no éramos nosotros los que pecábamos, sino que pecaba en nosotros no sé qué naturaleza distinta" (Libro V,18).

Agustín regresó a Tagaste a los 20 años de edad. Mónica se quedó desolada cuando supo que su hijo era maniqueo y al principio no quiso dejarlo entrar en casa, pero el consejo de un buen obispo la hizo recapacitar. Agustín se dedicó a enseñar retórica, se fue a vivir con una mujer que pronto le dio un hijo, y se interesó en la astrología. Sin embargo, cuando se enteró de la muerte de un amigo suyo muy querido se sintió devastado. Abrumado y desolado "veía en todas las cosas la muerte" (Libro IV,9). Ya no pudo quedarse en Tagaste, porque todo le recordaba a su amigo. Cuando cumplió 22 años, se fue a Cartago con su mujer y su hijo para trabajar como profesor.

Al pasar los años, comenzó a cuestionar algunas de las enseñanzas más descabelladas de los maniqueos, como también la astrología por no tener una base científica. A los 29 años decidió trasladarse a Roma para enseñar, donde se decía que los estudiantes eran menos pendencieros que los de Cartago. A Mónica le molestó tanto esta decisión de Agustín que éste tuvo que irse en silencio cuando ella dormía. Mónica no dejó de suplicarle al Señor que lo llamara a la fe y se consoló con un sueño que tuvo de que algún día Agustín se haría cristiano.

Se vislumbra una luz. Los estudiantes eran más tranquilos en Roma, pero también se iban a otros maestros cuando llegaba la fecha de pagar la cuenta por sus estudios. Agustín postuló a un cargo de profesor de retórica en la ciudad de Milán y lo aceptaron. Allí conoció a Ambrosio, un obispo muy devoto y respetado. Desde el principio se sintió interesado en el estilo de retórica de Ambrosio, y poco a poco el mensaje del obispo comenzó a penetrar en su corazón. Agustín se dio cuenta de que había juzgado mal muchas de las doctrinas de la Iglesia y descubrió que podía aceptar ciertos pasajes difíciles del Antiguo Testamento cuando San Ambrosio se los explicaba. Así fue como decidió hacerse catecúmeno en la Iglesia Católica, aunque no estaba del todo convencido. Todavía esperaba "alguna luz cuya certeza me diera seguridad" (Libro V,25).

Prosiguiendo su búsqueda de la verdad, comenzó a leer libros de algunos discípulos de Platón, en los que pudo vislumbrar algo del Dios verdadero y su corazón empezó a prepararse para las epístolas de San Pablo. Lasdificultades que anteriormente había tenido para entender el texto de la Escritura "se desvanecieron" (VII,27).

La batalla por la voluntad. Pero todavía le quedaba un último escollo: tenía que abandonar su anterior vida de pecado y corrupción y adoptar la vida de la gracia. Un día Agustín y su amigo Alipio recibieron la visita de un oficial africano de nombre Ponticiano. Éste les contó sobre la vida de San Antonio de Egipto, que había sido abad de un monasterio, y les dijo que unos amigos suyos se habían sentido tan inspirados al enterarse de la vida del santo que inmediatamente entraron a un monasterio. Mientras escuchaba, Agustín se sintió lleno de vergüenza y horror ante su propia vida de pecado y le dijo a Alipio: "¿Qué es esto que nos pasa? Levántanse de la tierra los indoctos y se apoderan del cielo, y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura, ¿nos estamos revolcando en el cieno de la carne y la sangre?" (VIII,19).

Un buen día, vio en una visión a la "casta virtud de la Continencia, serena y alegre, con cuya gravedad y compostura honestamente me halagaba para que me acercara a donde ella estaba" (VIII,27) y vio a una gran multitud de hombres y mujeres que habían llevado una vida de castidad, y la Continencia le recordó que Dios les había dado esta gracia.

La conversión. De repente escuchó una voz de tono infantil que le decía como en un cántico: "¡Toma y lee, toma y lee!" (VIII,29). Entendió que era una orden de Dios, de modo que inmediatamente tomó una Biblia y leyó el siguiente pasaje: "No andemos en banquetes y borracheras, ni en inmoralidades y vicios, ni en discordias y envidias. Al contrario, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana" (Romanos 13,13-14). Agustín sintió que el corazón se le llenaba de paz, pues "en cuanto leí esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas" (VIII,29). Así fue como él y Alipio tomaron la decisión de vivir en la luz de Cristo e inmediatamente fueron a contárselo a Mónica, que se llenó de un gozo inefable.

Agustín se bautizó a la edad de 32 años, en abril de 387, y fue recibido en la Iglesia. Su hijo Adeodato, su madre y sus amigos acordaron regresar al África, pero por el camino, cuando pasaban por Ostia, cerca de Roma, Mónica falleció.

Sacerdote y Obispo. Agustín llegó al África en el 388. Más tarde, en 391, la congregación de la catedral de Hipona lo llevó ante el Obispo Valerio para que lo ordenara sacerdote. Más tarde, fundó un monasterio en esa ciudad, se enfrentó en debates públicos con los maniqueos, escribió incansablemente en defensa de la fe católica y en 395 llegó a ser Obispo de Hipona. Fue un autor prolífico y mientras era obispo escribió sus dos más célebres obras: Confesiones y La Ciudad de Dios. Sus obras de teología siguen siendo hasta ahora la base de muchas creencias y doctrinas importantes del cristianismo. El 28 de agosto de 430, a la edad de 76 años, falleció apaciblemente.

"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua, y tan nueva, tarde te amé!", escribió Agustín en sus Confesiones (X,38). La trayectoria que siguió hacia Dios fue más larga de lo que él hubiera querido, pero el Señor no demoró en transformar la pasión natural, la energía y la lucidez de Agustín para hacerlo un valioso servidor suyo y de la Iglesia. Las incesantes oraciones de Mónica, su madre, fueron así contestadas mucho más de lo que ella pudo haberse imaginado.

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