La Palabra Entre Nosotros

Noviembre de 2018 Edición

Si escuchan hoy su voz...

Encuentro con el Señor en la Sagrada Escritura

Si escuchan hoy su voz...: Encuentro con el Señor en la Sagrada Escritura

Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. (Santiago 4, 8)

Conocemos las historias de Adán y Eva, Caín y Abel, Jacob y Esaú. Conocemos las palabras: “Tanto amó Dios al mundo…”, “Todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes…” y “Dios es amor”. Incluso conocemos los mandamientos de Dios: “No matarás…” “Honrarás a tu padre y a tu madre…” “No codiciarás…”.

Muchos de nosotros crecimos con estas historias y mandamientos, que fueron entretejiendo la trama de nuestra personalidad y por eso a veces algunas palabras y frases de la Biblia fluyen de nuestros labios con espontaneidad. Por ejemplo, decimos fácilmente: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” o “No juzgues y no serás juzgado.”

Vida y poder. Pero aun cuando uno tenga cierto conocimiento de la Biblia, para Dios eso no es más que el principio. El Señor quiere que su Palabra tenga una gran repercusión en nuestra vida práctica. Dios nunca quiso que la Biblia fuera solo un manual de reglas para guiar nuestra conducta. No, su intención fue que su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura, fuera un medio poderoso para conducirnos hacia un encuentro personal con su Divinidad. En la Escritura, él quiere hablarnos a cada uno de nosotros, en forma individual y profunda, cuando la leemos y la meditamos en oración.

A diferencia de todos los demás libros escritos en la historia humana, la Biblia contiene la Palabra de Dios y “tiene vida y poder” (Hebreos 4, 12) porque es inspirada por el Espíritu Santo y es capaz de elevarnos a la presencia del Altísimo. Tiene la capacidad de llegar al corazón, consolarnos, iluminarnos y animarnos. ¿Por qué? Porque es el Señor quien nos habla a través de ella. Por eso, refiriéndose al mandamiento, es decir a la Palabra de Dios, Moisés dijo a los israelitas:

No está en el cielo, para que se diga: “¿Quién puede subir al cielo por nosotros, para que nos lo traiga y nos lo dé a conocer, y lo pongamos en práctica?” Tampoco está del otro lado del mar, para que se diga: “¿Quién cruzará el mar por nosotros, para que nos lo traiga y nos lo dé a conocer, y lo pongamos en práctica?” Al contrario, el mandamiento está muy cerca de ustedes; está en sus labios y en su pensamiento, para que puedan cumplirlo. (Deuteronomio 30, 12-14)

En efecto, Dios ha inscrito sus palabras en el corazón humano (Jeremías 31, 33), por lo cual, cada vez que lo buscamos en la Escritura, encontramos el aliento, la esperanza y la confianza de que Dios está efectivamente presente con nosotros. Como una vez lo dijo San Agustín: “Oh Señor, heriste mi corazón con tu Palabra y te amé.”

¡Hoy es el día! Varios siglos después de Moisés, el salmista les hace recordar al pueblo de Israel cuál fue la accidentada historia que tuvieron durante sus vagabundeos por el desierto:

Escuchen hoy lo que Dios les dice: “No endurezcan su corazón, como en Meribá; como aquel día en Masá, en el desierto…” (Salmo 95, 7-8).

En siglos anteriores, el Altísimo había hablado clara y dramáticamente a sus antepasados en el Monte Sinaí, pero el salmista da por obvio que podía hablarles de nuevo en ese “hoy”. A nosotros, Dios también nos sigue hablando…incluso hoy mismo.

Entonces, ¿cómo podemos escuchar hoy la voz de Dios? ¿Qué podemos hacer para tener la certeza de que al concluir la oración o al salir de la Misa podamos afirmar: “Dios me habló hoy”? En el Libro de los Salmos —que es la guía de oración de la Biblia— encontramos una respuesta. En los dos primeros versículos del Salmo 1 encontramos una guía para escuchar a Dios y experimentar las bendiciones de su presencia:

Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni va por el camino de los pecadores, ni hace causa común con los que se burlan de Dios, sino que pone su amor en la ley del Señor y en ella medita noche y día. (Salmo 1, 1-2)

Esta es la clave que nos da el salmista: Para escuchar a Dios que nos habla en la Sagrada Escritura hay que “meditar” constantemente en su Palabra. Puede suceder que le escuchemos al leer un breve pasaje con lentitud y en oración, fijándonos en las palabras e ideas que estimulan la imaginación. Al hacerlo, se nos empiezan a formar conceptos e imágenes, pensamientos y percepciones que nos animan a perseverar en la fe, orientan nuestro proceder o simplemente nos hacen ver lo mucho que Dios nos ama.

El arte (y la ciencia) de la escucha. Si la contemplación y la meditación nos parecen ser solo un ejercicio de la imaginación, la experiencia demuestra que más productivo es hacerla de un modo deliberado que nos mantenga enfocados en el Señor y en su presencia.

Por ejemplo, no cabe suponer que se pueda leer un pasaje de la Escritura y meditarlo bien cuando uno va conduciendo por la carretera, haciendo mandados o trotando por el parque. Sí, claro, el Espíritu Santo puede comunicarnos su Palabra en cualquier lugar y en cualquier momento, pero podemos escucharle con más claridad cuanto más concentrados estemos en la presencia de Dios. Por lo tanto, si quieres orar y meditar, escoge un momento en que estés más lúcido y un lugar cómodo y libre de distracciones.

Cuando quieras meditar en un pasaje de la Palabra de Dios, no escojas una lectura demasiado larga, pues no se trata de memorizar ni analizar toda una parte de la Escritura, sino de escuchar a Dios. En este sentido, menos es mejor. Algunos eligen una de las lecturas de la Misa diaria; otros prefieren leer y meditar en uno o dos versículos de la lectura, o bien orar con un salmo cada día.

Una vez que decidas lo que quieres hacer y se haya calmado tu mente, lee el pasaje lentamente, sin prisa y con cuidado. Léelo varias veces hasta que te sientas muy cómodo con lo que te dicen los versículos. Si te encuentras con una palabra o frase desconcertante, busca la explicación en las notas al pie de página o en un buen comentario bíblico, pero no dediques demasiado tiempo a esto. Busca solo lo necesario para resolver alguna duda; luego retoma la oración.

Mantente dispuesto a aceptar cualquier impresión que te causen las palabras. El Espíritu Santo puede despertar una nueva esperanza en tu corazón conforme vayas meditando. Tal vez te sientas lleno de un profundo sentido de gratitud o de amor a Cristo; o bien inspirado a iniciar alguna actividad, quizás darle gracias a alguien, reconciliar una amistad u ofrecerle ayuda a un vecino o amigo.

Sea lo que sea que el Espíritu Santo te diga o cómo te lo diga, sus palabras siempre vendrán acompañadas por una sensación de apacible presión e intimidad. Esto no es algo que podamos fabricar nosotros; es un regalo que solo podemos recibir con gratitud y humildad; un regalo que nos llega cuando logramos tranquilizar la agitación de la mente y nos disponemos a escuchar lo que Dios quiera decirnos.

¿Por qué meditar? En el prólogo que escribió el Papa Francisco para una nueva Biblia alemana destinada a los jóvenes, alentó a sus lectores a que, al leer la Sagrada Escritura, se formulasen ciertas preguntas: “¿Me ha tocado el Señor en cuanto a mis anhelos más profundos? ¿Qué debo hacer...? Solo de esta manera puede la fuerza de la Palabra de Dios desplegarse; solo de esta forma puede cambiarnos y hacer que nuestra vida sea fructífera y hermosa.”

En cuanto a su práctica personal, el Santo Padre relató cómo hace su diaria lectura del texto bíblico: “Por lo general, leo un poco y luego lo dejo para contemplar al Señor. No es que yo vea al Señor, pero él me mira. Él está ahí y yo me permito contemplarlo. Y me parece —esto no es sentimentalismo— que siento profundamente las cosas que el Señor me dice. A veces él no habla y yo no siento nada…pero tengo paciencia y espero leyendo y orando.”

San Jerónimo, uno de los más grandes especialistas en la Sagrada Escritura que ha tenido la Iglesia, describió su experiencia de una manera similar:

¿Qué alimentos o qué miel podría ser más dulce que aprender de la Providencia de Dios, para entrar en su santuario y contemplar el interior de la mente del Creador, escuchar las palabras del Señor de las cuales los sabios de este mundo se ríen, pero que realmente están llenos de enseñanza espiritual? (Epístola a Paula, 30, 13)

El Papa Francisco y San Jerónimo nos dicen lo muy profundamente que la Sagrada Escritura puede tocar nuestro corazón; que cuando leemos la Palabra de Dios y la meditamos en oración, comenzamos a ver a Jesús como la perla de gran precio y la senda que hemos de seguir en la vida (Mateo 13, 46; Salmo 119(118), 105). En el corazón experimentamos el anhelo de permanecer junto a Cristo Jesús cualquiera sea el costo. Esto se debe a que el Espíritu Santo ha tomado el “conocimiento intelectual” que tenemos, o sea nuestros conceptos acerca de Dios, y los ha llenado de su gracia. Lo que antes teníamos en la mente se ha trasladado a nuestro corazón, y nos ha comunicado el gran gozo de conocer a Jesús, la paz de experimentar la salvación y un gran deseo de amar a Dios en respuesta a lo que él ha hecho por nosotros.

A Dios le complace mucho hablar con nosotros, y revelarnos su verdad, reafirmarnos su amor y enseñarnos sus caminos. ¡Quiera Dios que nunca nos cansemos de escuchar su voz ni de recibir su revelación!

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