La Palabra Entre Nosotros

Enero de 2020 Edición

Señor, ¡aumenta mi fe!

Cuatro maneras de fortalecer la fe en el poder sanador de Dios

Señor, ¡aumenta mi fe!: Cuatro maneras de fortalecer la fe en el poder sanador de Dios

¿Sabías, querido lector, que existen más de 200.000 clubes de salud y gimnasia (fitness clubs) en el mundo? Desde empresas locales como la YMCA del barrio hasta las grandes corporaciones internacionales que administran gimnasios, este sector económico informa ingresos de unos $84.000 millones anuales. ¡Es obvio que la gente entiende los beneficios que conlleva el ejercicio físico!

Pero ¿y el ejercicio espiritual? Si la fortaleza del organismo y la energía física son importantes, ¿cómo no va ser vital que sigamos trabajando para robustecer la fe y la vida espiritual? Conforme crece nuestra fe, adquirimos una mayor capacidad de perdonar y de mantener la paz, aparte de que una fe robusta y dinámica conduce a una mayor valentía y confianza en Dios. Pero lo más importante es que nos hace más capaces de amar.

En los dos artículos anteriores, analizamos la fe de cuatro personas que aparecen en los evangelios: la mujer con hemorragias, el mendigo ciego, el leproso y la mujer pecadora. Cada una de estas personas tuvo una fe audaz y activa; cada una asumió el riesgo de buscar a Cristo y pedirle curación y recibió una recompensa, pues el Señor le dijo a cada uno: “Tu fe te ha salvado.” Ahora, en este artículo, examinaremos las cuatro formas en que podemos fortalecer nuestra fe, y cómo el hecho de ejercer esa fe de estas formas puede acercarnos a Jesús para recibir su toque sanador.

1. Pide más. La palabra creer tiene distintos matices de significado; pero el tipo de creencia que Jesús elogia es algo más grande e importante que un mero asentimiento intelectual de que algo es cierto. Es mucho más personal que eso y es mucho más activo. Es la clase de fe que nos impulsa a actuar, una fe que nos mueve a poner en juego alguna parte vital de nuestra existencia frente a la Persona de Cristo y lo que él puede hacer en nuestra vida.

Este tipo de fe significa saber, no solo que Dios es bueno o que ama a toda la humanidad; sino que él te ama a ti personalmente. Significa confiar en que Jesús solo quiere lo que es bueno para ti, que se deleita en darte la sanación que necesites y llevarte a una nueva relación personal con él. También significa confiar en que, aun si no recibes la curación física exacta que estás pidiendo, Jesús está igualmente sanando tu corazón, y lo hace quitando de ti los temores, la angustia, la amargura o la desesperanza.

Esta no es la clase de fe que podemos conseguir por nuestros propios medios; es un don de Dios. En efecto, esta clase de fe suele pasar por alto la lógica humana. En un nivel, es completamente ilógico pensar que la hemorragia de la mujer se pudiera detener simplemente porque ésta tocara la punta de la túnica de Cristo. Sin embargo, el evangelista San Marcos nos dice que ella había oído hablar de Jesús y que las historias que escuchó la convencieron de que él podía sanarla. No fue solo su razonamiento lógico; fue su razonamiento combinado con una convicción interior que la llevó a acercarse al Señor. Esa convicción interior, aquel impulso de llegar a tocar a Jesús, le vino del Espíritu Santo.

¿Qué tipo de sanación estás buscando tú este año? Tal vez de una enfermedad o condición médica. O puede ser de un hábito de pecado del que no puedes librarte. O quizás de un arraigado sentimiento de culpabilidad o remordimiento por las faltas del pasado. O tal vez las heridas causadas por la maldad o la imprudencia de otra persona. Sea lo que fuere, Jesús te puede dar la libertad y la paz. Si no te sientes convencido, pídele al Señor la fe de creer; pídele que te conceda una porción más de su gracia para que puedas poner tu vida en sus manos más plenamente.

2. Persiste en la oración. Cuando Cristo quiso enseñarles a sus discípulos a orar por algo que necesitaban, les contó la parábola de una viuda que era muy persistente en pedirle justicia a un juez injusto e indolente. La viuda finalmente logró su objetivo porque nunca dejó de pedir. Entonces Jesús les preguntó, si este juez injusto finalmente cedió a las súplicas de la mujer, ¿no creen que Dios escuchará y responderá cuando sus hijos le imploren justicia u otra cosa?

Con todo, el Señor no quiere que pensemos que podemos conseguir lo que queramos solo importunando insistentemente a Dios, por eso finalizó su enseñanza con una pregunta: “Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará todavía fe en la tierra?” (Lucas 18, 8). Es decir, unió la oración insistente con la fe auténtica. En esencia nos estaba diciendo que las oraciones de petición deben brotar del grado de confianza y convicción que tengamos; nos decía que la mejor oración que podemos hacer es la que hizo María, su madre: “Hágase en mí según tu palabra.” Es lo mismo que decimos cuando rezamos “Venga tu reino y hágase tu voluntad…”, y también “que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mateo 6, 10; Lucas 22, 42).

Entonces, la persistencia que Jesús busca es la que se ejerce cuando uno ora: “Señor, tú sabes que quiero recibir esta curación, y tú sabes cuánto dolor sufro. Pero confío en que tú sabes qué es lo mejor para mí, así que me entrego en tus manos.”

Sabemos lo difícil que suele ser la vida espiritual. Por eso Jesús nos invita a seguir pidiendo, buscando y tocando a la puerta; sabe que a veces ponemos nuestras necesidades en las manos de Dios y luego las volvemos a tomar para tratar de resolverlas nosotros mismos.

Así que, ¡no dejes de pedirle a tu Padre celestial la sanación que necesitas! Pero, al mismo tiempo, no dejes de pedirle que profundice tu fe. Continúa orando, como lo hizo la viuda persistente, y ve cómo Dios cambia no solo tu situación sino también tu corazón. Tal vez no te conceda la curación precisa que estás pidiendo, pero con toda seguridad te acercará más a su lado para colmarte de su gracia, probablemente de una forma mucho más maravillosa de lo que te imaginas.

3. Practica el arrepentimiento. No hay nada que bloquee más la experiencia del poder sanador de Dios que el pecado no reconocido o no arrepentido. Cada mala acción y cada acto de egoísmo o desobediencia es como una capa de oscuridad que envuelve el corazón. Si no nos arrepentimos ni confesamos estos pecados, las capas se van acumulando hasta crear una barrera muy fuerte que nos separa de Dios. Cuando sucede esto, acabamos sintiéndonos tan culpables que creemos que Jesús ya no nos ama, o tenemos la conciencia tan embotada que ni siquiera nos damos cuenta de lo muy lejos del Señor que nos hemos desviado. Y cuanto más uno se aleja del Señor, más difícil es abrirse a su poder curativo.

Esta es la razón por la cual el diario examen de conciencia, el arrepentimiento y la recepción regular del Sacramento de la Confesión son tan importantes. Jesús nos pide confesar nuestros pecados, no porque quiera que nos sintamos maniatados por la culpabilidad o porque quiera mantenernos sometidos; no, lo hace porque quiere librarnos de nuestras propias malas acciones; nos quiere sanar tanto espiritualmente como físicamente. De hecho, la curación física viene a menudo después de la sanación espiritual. Por esta razón, Santiago nos exhorta: “Confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros para ser sanados” (Santiago 5, 16). ¿Por qué lo decía? Porque sabía que, si derribamos las barreras espirituales del pecado, podemos abrir una vía para acercarnos a Dios y para que él nos sane.

Pensemos en la mujer pecadora de Lucas 7. Jesús sin duda se dio cuenta de que su mensaje de misericordia y perdón había conmovido a esta mujer, y de hecho fue esta experiencia de ser perdonada la que la llevó a ungir los pies del Señor y derramar lágrimas de agradecimiento. Precisamente por haberse despojado de su vida anterior, ella se sintió libre como para situarse frente a Jesús y rendirle devoción y gratitud. Esta libertad del pecado le permitió escuchar la promesa de Cristo de que no solo había sido perdonada, sino también salvada y sanada.

Así que, hermano, no dejes que ningún pecado interrumpa tu relación con el Señor. Si has estado lejos de él por mucho tiempo, anda a la Confesión y reconcíliate con Dios. Arrepiéntete y experimentarás el poder de la misericordia de Jesús, que te quiere sanar y restaurar.

4. Ten confianza. Por último, ¡ejerce la confianza! Ten la seguridad de que tu Padre celestial sabe qué cosas necesitas, incluso antes de que se las pidas (Mateo 6, 8), y no te va dar algo malo ni dañino cuando le pidas algo bueno (v. Lucas 11, 11-12). Él quiere curarte en cuerpo y alma, incluso más de lo que tú deseas ser sanado.

Así pues, cada día que vengas delante del Señor, pídele que te conceda una fe más firme. Continúa orando por la curación de tus males, aunque tengas que pedir una y otra vez. Arrepiéntete de los pecados aun no confesados. Luego, confía en que tu Padre escucha y sabe exactamente lo que tú necesitas.

Este tipo de “ejercicios espirituales” es eficaz para fortalecer la fe, y es muy útil para llevarte a la presencia de Aquel que tiene el poder de sanarte y la sabiduría para saber exactamente cómo y cuándo hacerlo. Que Dios te bendiga con su gracia sanadora conforme se vaya desplegando el año nuevo.

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