La Palabra Entre Nosotros

Febrero 2017 Edición

RESPETO

Empieza en el corazón y llena de vida el hogar

By: Raquel Balducci

RESPETO: Empieza en el corazón y llena de vida el hogar by Raquel Balducci

Hace varios años, Pablo, mi marido, tenía que hacer un viaje fuera de la ciudad con el equipo de fútbol que él entrenaba y decidió llevar a nuestros tres hijos mayores.

Yo estaba hablando sobre ciertos detalles del viaje con uno de ellos, Charly, que entonces tenía cinco años y él quería saber exactamente quiénes iban con su papá y quiénes no iban. “Solo yo y mis hermanos, ¿cierto?” “Bueno, sí —dije yo— o sea… ¿qué quieres decir?”

“Quiero decir que vamos solo nosotros con mi papá y tú no, ¿no es así?” “¿Por qué yo no?” le pregunté para ver qué decía.

“Es que nunca podemos estar con mi papá durante el día,” explicó Charly. “Te vemos a ti, pero a mi papá solo lo vemos en la noche. De esta forma podemos estar con él durante el día. Solo nosotros y él.”

¡Estos son los momentos en que las mamás tenemos mucho poder! Habría sido muy fácil sentirme dolida y ofendida, y recurrir al “¡Ah, claro! ¿Así que yo no soy tan buena, o qué?” Pero en una fracción de segundo, mi respuesta fue de alegría. ¡Qué hermoso era el amor de Charly a su padre! El aprecio que él tenía de pasar tiempo con su papá era un regalo, y el que yo pudiera aprovechar mi influencia para reafirmar y no menoscabar ese aprecio también fue un regalo.

No es un concurso. Cuando Pablo y yo nos casamos, él ya había terminado sus estudios hacía varios años y tenía un buen trabajo en una firma local. Yo acababa de terminar mis estudios y trabajaba en el periódico local. Un día alguien en el trabajo me preguntó si era difícil estar casada con alguien que ganaba más que yo. Me sorprendió la pregunta, pero respondí simplemente: “Bueno, si él ganara menos, ¡no tendríamos con qué vivir!”

Siendo marido y esposa, Pablo y yo no competimos el uno contra el otro. Somos dos personas que han llegado a ser uno solo por el misterioso Sacramento del Matrimonio. Tenemos diferentes virtudes y talentos que usamos para construir nuestra vida matrimonial; pero es vital que reconozcamos y respetemos de verdad nuestras diferencias y nos respetemos el uno al otro. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de caer en una espiral de egocentrismo que pondría en peligro la unidad y la familia que tratamos de construir juntos.

Todo comienza en el corazón. He llegado a reconocer que para tener este respeto esencial a mi marido es necesario decidirlo y reflexionarlo bien y, en este sentido, la condición de mi corazón es sumamente importante, porque “De lo que abunda en el corazón, habla la boca” (Mateo 12, 34).

A veces en la agitación de la frustración lo único que me protege de no decir algo airado u ofensivo es la decisión de tener una buena actitud, la decisión que yo he tomado de que a pesar de que me sienta sumamente agitada, le demostraré respeto a Pablo como marido mío y como cabeza de nuestro hogar.

Si opto por guardar resentimientos o si no soy honesta con Pablo cuando me siento herida, me resulta más difícil demostrarle respeto incluso en cosas simples. Quiero llenarme tanto de amor a mi esposo que, aun cuando me sienta exasperada, he decidido no reaccionar con sarcasmo, ni poner los ojos en blanco ni reír a carcajadas. No es que no esté ahí la tentación de rebajarse de esa manera, pero que hay que resistir esa tentación.

La enseñanza del respeto. En los momentos ordinarios de cada día, en nuestras conversaciones y en nuestras acciones, tenemos innumerables oportunidades de comunicar esta actitud de respeto a nuestros hijos. Pablo y yo les enseñamos que nos deben respetar a los dos y se lo demostramos en la manera como nos tratamos el uno al otro. Cuando ha sucedido algo y nos sentimos irritados el uno con el otro, procuramos hablar del asunto cuando los chicos no están allí. No es que ellos nunca nos hayan visto enojados o en una rencilla, pero evitamos ponerlos en el medio de un desacuerdo.

El respeto es una de las formas más básicas de la relación personal o la amistad. Cuando Pablo me llama durante el día lo atiendo con alegría. Nunca quiero que los muchachos piensen que para mí es una carga atender la llamada de su papá. Cuando él regresa a casa del trabajo, dejo lo que estoy haciendo y voy a recibirlo con un beso. Y los chicos vienen a recibir a su papá con un abrazo, no necesariamente porque quieran dejar de hacer lo que estén haciendo, sino porque queremos demostrarle a Papá que él es muy importante para todos nosotros.

En este sentido, también es importante la condición de mi corazón. Al principio, cuando recién comencé a tratar de inculcar a nuestros hijos estas demostraciones básicas de amor y respeto, me di cuenta de que mi actitud hacia Pablo influía no solo en mi marido sino también en los pequeños. Cuando yo me sentía disgustada con él, me costaba más atender el teléfono con alegría y demostrar amor y entusiasmo en la conversación, y así me di cuenta de que me resultaba mucho más fácil hablarles a los niños muy bien del Papá cuando yo no tenía sentimientos negativos acerca de él.

Decisión de confiar. Uno de los modos más importantes en que he aprendido a demostrarle respeto a Pablo es confiando en él, especialmente en lo que respecta a nuestros hijos. Pablo tiene muy pocas opiniones sobre muchas de las cosas sobre las que yo sí las tengo, pero cuando se refiere a nuestros hijos, los dos siempre estamos hablando de las diferentes formas en que cada uno quiere criar a los pequeños y las distintas actitudes que tenemos al respecto. Muchas veces, cuando la cuestión se reduce a la afirmación de que “los muchachos varones son así,” yo decido respetar la opinión de Pablo. Un verano hace años, nuestros muchachos ingresaron al equipo de natación del vecindario por primera vez. El día de los primeros ensayos, Pablo me llamó desde la alberca.

“Eliot no quiere saltar,” me dijo observando que nuestro hijo de siete años no quería subir al tablón.

“¿Qué quieres decir?” le pregunté con molestia, porque en mí se despertaba mi instinto competitivo. Pablo me dijo que por todo el bullicio y los gritos de ánimo que resonaban en todo el lugar, Eliot se sentía abrumado y no quería saltar al agua. “Bueno, pero, oblígalo,” le dije tiernamente. Yo sabía que él iba a nadar. “No”, dijo Pablo tranquilamente, “No lo voy a obligar.”

En ese momento, y a pesar de mis deseos, no dije nada. Si yo hubiera estado allí probablemente habría tratado de empujar a Eliot del tablón (para su propio bien, por supuesto), pero decidí confiar en el buen juicio de Pablo. Después de todo, pensé, mi marido también fue muchacho y sabe lo que está haciendo. Aunque lo que sucedió no era lo que yo habría querido, le mostré respeto a Pablo confiando en su buen juicio. Y al final, Eliot decidió saltar y nadó muy bien.

Raquel Balducci y su familia viven en Augusta, Georgia.

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