La Palabra Entre Nosotros

Adviento de 2018 Edición

Reconstruye esta casa

San Francisco de Asís me ayudó a sanar después de la guerra

By: el padre Conrado Targonski, O.F.M.

Reconstruye esta casa: San Francisco de Asís me ayudó a sanar después de la guerra by el padre Conrado Targonski, O.F.M.

Las imágenes comunes que la gente tiene de San Francisco de Asís son, por ejemplo, de cuando él predicaba a las aves o cuando renunció a la herencia de su padre. Pero también tiene otra identidad que es especialmente significativa para mí: la de un “veterano de guerra”. Al igual que San Ignacio de Loyola y San Martín de Tours, cuando Francisco regresó del campo de batalla era un hombre cambiado. Yo, por mi parte, como veterano de la guerra de Irak, me puedo identificar con esto.

Finalmente, Dios intervino para ayudarle a Francisco a reconstruir su vida, y conmigo hizo lo mismo; solo que, en mi caso, Francisco desempeñó un papel importante en mi proceso de curación, porque él me enseñó a descubrir cómo seguir sirviendo, aún después de haber cesado en la carrera militar.

“Mantén vivo el espíritu de oración.” Mi vida en las fuerzas armadas comenzó en 1986, cuando yo vivía en Milwaukee. Hacía doce años que era sacerdote franciscano y para comenzar cada día me había hecho la rutina de leer la Sagrada Escritura y luego trotar por la ciudad, lo cual me permitía tener un momento de tranquilidad para meditar en la Palabra de Dios. Un día, durante mi recorrido, entré al Centro de Reserva del Cuerpo de Infantes de Marina pues quería tomar algo de agua. Salí con información acerca de la capellanía en los cuarteles militares.

Decidí seguir ese camino y no mucho tiempo después me comisionaron como capellán en la Marina de los Estados Unidos, una forma de ministerio sacerdotal que me pareció bien. Me gustaba el esfuerzo físico, y como yo había llegado a la mayoría de edad en la época de Vietnam (aunque nunca serví), quise “hacer mi parte.” En 2004, me llegó la oportunidad más formidable de hacerlo, pues nuestro regimiento fue destinado al extranjero para participar en la Operación Libertad Iraquí.

Nos asignaron la misión de combate más fuerte de esa guerra: la batalla de Faluya. Siendo el único sacerdote católico que había en nuestro lugar de operación, tuve que ser muy ágil en mis movimientos, incluso cuando había explosiones que herían y mataban muy cerca de mí.

Fue, claro que sí, una época difícil, pero pude mantener la salud espiritual siguiendo los consejos de mis superiores franciscanos: “Mantén vivo el espíritu de oración en toda circunstancia.” Este consejo me ayudó a mantener la cordura, ya que pasé días enteros debatiéndome en situaciones de vida y muerte. Yo rezaba la Liturgia de las Horas en los vehículos militares llamados Humvees, con un calor de cien grados; rezaba con los heridos y con los caídos. La oración constante me ayudó a seguir atendiendo a los soldados, incluso en las situaciones más traumáticas y desgarradoras.

San Francisco, el soldado herido. Durante la misión, cuando había acceso a una computadora, tenía que esperar en largas filas para leer mi correo electrónico. Esto se convirtió en otra fuente de nutrición espiritual para mí, pues mi director espiritual en los Estados Unidos me enviaba reflexiones sobre la experiencia que tuvo San Francisco de Asís en la guerra.

Me decía que Francisco había sido un joven alegre y aventurero que quería llegar a ser caballero andante, pero las grandes adversidades le hicieron entender que eso no era tan glorioso como se lo había imaginado, y la experiencia que tuvo como prisionero de guerra durante un año lo marcó para toda la vida. Cuando volvió a casa era más reservado y menos comunicativo. Años más tarde, mucho después de iniciada su vida de fraile, solía tener sueños de ratas que trepaban sobre sus piernas. ¿Habrá sufrido también de estrés postraumático? Nunca lo sabremos, pero es muy posible.

Estas luchas de Francisco tuvieron resonancia en mi conciencia. En el momento más álgido de la guerra, me enteré de que mi madre se estaba muriendo, por lo que viajé de prisa a casa para verla por última vez y despedirme de ella; luego regresé a la zona de combate. Mis familiares me dijeron entonces que yo lucía horrible; pero si me veía la mitad de lo mal que me sentía, tenían razón. Dondequiera que mirara veía muerte y, con cada tragedia que veía, yo perdía un pedazo de mí mismo. Mi director espiritual me dijo que las heridas que yo estaba experimentando eran parecidas a las llagas de Jesús, los estigmas, y me alentó a meditar más sobre San Francisco cuando regresara a casa.

En suelo sagrado. Ya terminada mi misión en Irak, cumplí otras misiones de servicio activo durante cinco años. Muy lentamente fui recuperando mi entereza, empezando con mi rutina de ejercicio físico. Según me dijo un terapeuta, mi cuerpo había vuelto a casa antes que mi alma. Realmente no fue sino hasta que me retiré de la vida militar, en julio de 2010, que he comenzado a procesar las profundas heridas interiores que marcaron mi experiencia de combate.

Para ello, pedí autorización para caminar las quinientas millas del Camino de Santiago en España, como se cree que lo hizo San Francisco. Durante esas semanas, dediqué tiempo a la oración, la reflexión y la soledad. Cuando me sentía agotado y no quería seguir, mi compañero de caminata me decía “Sigue adelante” y me parecía que era Dios quien me lo decía; de modo que continué la peregrinación, compartí mi historia con otros peregrinos y escuché sus historias también. En todo esto, el Señor me hizo ver que todos somos pobres y necesitados de curación.

Nunca olvidaré el día en que llegué a un nuevo entendimiento de San Francisco que me ayudó enormemente; se trataba de entender que los traumas de guerra son como una especie de estigmas, como las llagas de Cristo. Así como las heridas de Jesús nunca desaparecieron, ni siquiera después de su resurrección, los traumas de la guerra nunca desaparecen del todo. Esta realidad quedó gráficamente plasmada en la vida de San Francisco, la primera persona y de hecho veterano de guerra, de quien se dice que experimentó los estigmas.

Pero en los casos de Jesús y de Francisco, las heridas que les quedaron fueron redimidas mediante la bondad y la amabilidad con que sirvieron a sus semejantes. Después de su experiencia en el campo de batalla, San Francisco imitó a Jesús resucitado llevando una vida de servicio a sus frailes. Su famosa obra de reconstrucción de la iglesia de San Damián y la fundación de su orden religiosa fueron frutos de su deseo de servir, pese a las heridas que tenía. Nosotros, los veteranos de guerra, también podemos encontrar sentido en la vida disponiéndonos a servir cuando regresamos a casa, aun cuando las heridas que nos marcan no desaparecen.

“Reconstruye esta casa.” La experiencia de la peregrinación por el Camino de Santiago fue tan provechosa para mí que más tarde el director de los programas de peregrinación de los franciscanos me pidió que dirigiera más excursiones espirituales hacia Asís para los veteranos de guerra. En estos viajes, recorremos las huellas de San Francisco desde el campo de batalla hasta la prisión y luego hasta LaVerna, donde recibió los estigmas.

Una de las paradas más emocionantes del camino se encuentra en Poggio Bustone, lugar donde Francisco tuvo una experiencia del perdón de Dios que le transformó la vida por completo: Dios le perdonó todos sus pecados pasados, incluso los que posiblemente hubiera cometido en batalla. Allí es donde muchos veteranos de guerra le ofrecen a Dios la lucha implacable de su propio pasado que aún llevan en su interior y reciben la paz y el perdón de Dios.

Para ellos y para mí, este viaje sanador es una experiencia viva de lo que Jesús, nuestro Señor, le dijo a San Francisco en la derruida capilla de San Damián: “Reconstruye esta casa.” Francisco piensa que el Señor se refiere a la estructura del templo, y así es; pero Jesús también lo invita a él, y a cada uno de nosotros, a reconstruir nuestra propia vida y reconstruir el mundo entregándonos nuevamente al servicio al prójimo. En estas peregrinaciones, yo he encontrado mi nuevo lugar para servir.

El padre Conrado Targonski, O.F.M. es capellán en la Universidad Viterbo de LaCrosse, en Wisconsin. Para más información sobre las peregrinaciones militares, visite: www.franciscanpilgrimages.com.


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El padre Conrado estudió la Palabra de Dios en la incomodidad de un caluroso Humvee en el desierto de Irak a fin mantenerse en contacto con Dios. Así también, muchos miembros de las fuerzas armadas tratan de mantenerse espiritualmente arraigados mediante la oración diaria, a fin de descubrir fuentes de esperanza y aliento en su trabajo.

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