La Palabra Entre Nosotros

Febrero de 2020 Edición

Que todos sean uno

La Beata Maria Sagheddu dio su vida orando por la unidad de los cristianos

By: Ann Bottenhorn

Que todos sean uno: La Beata Maria Sagheddu dio su vida orando por la unidad de los cristianos by Ann Bottenhorn

Desde el principio de los tiempos, las divisiones han aquejado a la humanidad. Familias, ciudades y naciones enteras han sufrido los destructivos efectos de las divisiones. Y con el paso de los siglos, el cristianismo también los ha sufrido. En la mayoría de los casos, nos resignamos a aceptar estas divisiones como una condición inevitable de la vida humana, pero entre cristianos, las separaciones son como un espejo trizado que refleja lo fracturado que está el Cuerpo de Cristo.

Dios siempre ha deseado sanar y unir a su Cuerpo. A inicios del siglo XX, ese deseo empezó a inspirar a algunos sacerdotes y laicos europeos a reflexionar sobre las divisiones, y en el Concilio Vaticano II, la Iglesia misma recalcó la importancia de que el Pueblo de Dios actúe como uno solo para la salvación del mundo. Actualmente, a pesar de las diferencias doctrinales, hay grupos católicos y protestantes que oran juntos, apoyan causas comunes y disfrutan de las amistades que han forjado. Nada de esto pudo haberse pronosticado hace cien años.

Este cambio en la manera de pensar es un resultado milagroso con toda seguridad de las plegarias y sacrificios ofrecidos por la unidad de los cristianos, y de acciones como las de una sencilla y poco conocida religiosa italiana, la Beata María Gabriella Sagheddu.

Una hija pródiga. María Sagheddu nació el 17 de marzo de 1914, en la isla italiana de Cerdeña, en una familia de pastores que vivía en una comunidad católica de labradores, a quienes las campanas de la iglesia convocaban para ir a las oraciones de la tarde. Pero ella no iba.

“Vayan ustedes —le decía a su madre— yo quiero jugar” sin que nada la hiciera cambiar de parecer. Tan empecinada era que nadie podía recordar algún episodio de ternura en su infancia. Los calificativos que más se le ajustaban eran terca, irritable, obstinada e impaciente. Ella misma decía: “Solía enojarme incluso con los adoquines de la calle. ¡No era capaz de tolerar nada!” Era voluntariosa y testaruda en grado extremo, y de hecho nadie la habría considerado para una vida religiosa, y mucho menos para una vida de santidad.

No obstante, en el fondo María era generosa. En la escuela, estaba siempre dispuesta a ayudar a sus compañeros menos hábiles, que a menudo venían a su casa para que les ayudara con sus deberes, y durante la mayor parte de su niñez cuidó de su hermana, Giovannantonia, que padecía de una enfermedad crónica.

El fallecimiento de su querida hermana a la edad de diecisiete años fue para María un golpe sumamente doloroso, y de alguna manera, sirvió para que ella acudiera a Dios y le entregara su vida. Así fue como empezó a rezar y asistir a Misa diaria, rezaba las Vísperas y pasaba horas en silencio contemplativo frente al Sagrario. Este fue un giro completo y muy notable para cuantos la conocían. La madre de María, que solía reprenderla porque antes no quería asistir a la iglesia, ahora empezó a reprocharle porque pasaba demasiado tiempo allí.

Durante dos años más, María continuó orando, enseñando catecismo y sirviendo incansablemente a los pobres, los enfermos y los marginados de su pueblo. Aprendió a “armarse de paciencia” y se convirtió, según su madre, en una muchacha “dulce y calmada”. María decía que ella era como el hijo pródigo: las largas horas de oración y contemplación le hicieron recobrar el sentido. Cuando fue aceptando la misericordia y el amor de Dios, su fe creció y su semblante huraño y adusto se fue suavizando.

Vocación de rezar por la unidad. Finalmente, María dejó su hogar y a su familia para ingresar al monasterio trapense de Grottaferrata, en las cercanías de Roma. Sus amigos y familiares pensaron que no duraría mucho tiempo allí, debido a su carácter voluntarioso. Sin embargo, es posible que su misma actitud de obstinación, reorientada por el Espíritu Santo, fuera la que le ayudó a perseverar. Así fue como asumió la vida monástica y la vivió de una forma bastante ordinaria. “Simplemente cumplía la regla monástica y requería poca atención”, dijo una de las religiosas. Pero con una excepción: La asignaron a formar parte del coro, aunque no tenía talento alguno para el canto. “No sé nada de cantar”, se lamentó en una carta a su madre, “pero sí cómo desentonar”.

Aparte de este ejercicio de humildad en el monasterio, la vida de María fue apacible, hasta que un día llegó el anuncio de que se iniciaría una “Octava de Oración por la Unidad de los Cristianos”. En Francia, Inglaterra y luego en Italia se había empezado a impulsar la causa de la unidad de las iglesias, y el sacerdote francés padre Paul Couturier estaba promoviendo la octava de oración para organizar un grupo de intercesores para rezar por la unidad.

La reverenda Madre Pía Gullini, sin duda inspirada por el Espíritu Santo, resumió el panfleto a sus monjas italianas, invitándolas a ofrecerse de modo especial a rezar por esta causa, si así se sentían llamadas a hacerlo. Al principio, María no mostró interés especial, pero otra monja sí lo hizo. “Yo quiero hacer eso”, exclamó la frágil Madre Inmaculada, de ochenta y siete años. “Si me lo permiten, yo quiero ofrecer el poquito de vida que me queda.” Eso era justamente lo que le quedaba: un poquito. Al mes siguiente, la frágil Madre Inmaculada falleció.

La ofrenda de María a Jesús. Un año más tarde, de nuevo la Madre Pía invitó a las hermanas a pensar en dedicar su vida a orar por la unidad de los cristianos. La respuesta de María fue sincera: “Siento que el Señor me está pidiendo que yo lo haga”, le confió a su superiora.

Si su ingreso al monasterio trapense fue el primer “sí” a Dios, lo que vino después fue simplemente el siguiente paso de obediencia a la inspiración del Señor. Lejos de proponerse encontrar una solución teológica o práctica al problema de las divisiones, María respondió con su empecinamiento característico y con una simple obediencia a la invitación de “ofrecer su propia vida por la unidad de los fieles.” Los detalles de cómo lo haría se los dejaba a Dios y a sus superioras.

Aquella misma tarde, sintió un dolor en el hombro. “Antes, nunca le había puesto atención a este pobre cuerpo mío”, escribió añadiendo: “Después de eso, nunca más me sentí bien.” Por breve tiempo, María continuó con sus labores y su rutina normal.

“Aquí estoy.” El dolor físico y la tos fueron empeorando. Finalmente, la llevaron al hospital para exámenes, y el diagnóstico fue de tuberculosis. En el hospital María dijo que se sentía como “pez fuera del agua” y le suplicó a la Reverenda Madre: “Por amor de Dios, haga todo lo que pueda para que yo regrese al monasterio lo más pronto posible.”

Ciertamente regresó, y por los próximos quince meses sufrió las devastadoras consecuencias de su grave enfermedad. Atormentada por el dolor y esforzándose por respirar, María quería con todas sus fuerzas ser “fuerte como el hierro” pero se sentía “débil. . . como la paja.” Con todo, se mantenía firme en su voluntad: “Me he ofrecido del todo a Jesús y no he retirado mi palabra.” Conforme recrudecía el dolor, María le suplicaba al Señor que la mantuviera a salvo en su voto. “Me gustaría decir, ‘Jesús, ayúdame’, pero no puedo. En vez, digo, ‘Aquí estoy, Señor’.”

Esta simple plegaria se profundizó aún más en sus últimos meses. “Jesús, ¡te amo! ¡Te doy gracias! Te amo, aunque estoy sufriendo… te doy gracias, aunque estoy sufriendo.” Postrada en la cama de la enfermería, meditaba casi continuamente en el capítulo 17 del Evangelio según San Juan, y repetía las palabras de Jesús: “Padre santo, cuídalos. . . para que estén completamente unidos, como tú y yo” (Juan 17, 11).

La unidad de los cristianos era el objetivo que impregnaba su corazón, y el sufrimiento la acercaba cada vez más a Cristo. Era como si ella sintiera el dolor que Dios siente por la forma como los cristianos se critican unos a otros en lugar de cooperar entre sí. Sin embargo, María no sabía por qué estaba sufriendo, ni cómo se lograría la unidad de los creyentes; rezaba por obediencia más que por comprensión.

Un modelo, siempre y en todo lugar. María expiró el 23 de abril de 1939, a la edad de veinticinco años, poco menos de dos años desde que le ofreció su vida a Dios, tiempo durante el cual la plegaria de Cristo por la unidad de los cristianos ocupaba todo su tiempo y atención. Y habría podido descansar para siempre en el silencio del anonimato de no haber sido porque la comunidad del monasterio de Grottaferrata creció y necesitó trasladarse a un monasterio más grande. Los féretros de las hermanas fallecidas también tuvieron que ser removidos; por lo cual el de María fue abierto en 1957 por pensarse en una posible beatificación “algún día en el futuro.”

A su fallecimiento, la tuberculosis había desgastado mucho el organismo de María, de modo que la descomposición debía haber sido rápida, pero, para el gran asombro de todos, el cuerpo de María y su hábito estaban perfectamente intactos. María había iniciado su vida de forma independiente e indiferente al Evangelio; pero luego habiendo ofrecido toda su vida a Dios por la unidad de los cristianos, se descubrió que su cuerpo estaba incorrupto. Es posible que Dios haya querido resaltar la importancia de la unidad, y de las oraciones simples por esa unidad, como las de María.

El Papa San Juan Pablo II, al presidir la Misa de beatificación de María Sagheddu, manifestó que el ejemplo de ella es una enseñanza para todos nosotros: “Nos ayuda a comprender que no hay tiempos, situaciones ni lugares especiales para orar por la unidad. La plegaria de Cristo al Padre se ofrece como modelo para todos, siempre y en todo lugar.”

Dios ama la unidad. Cada uno de nosotros está comprendido en la oración de Cristo: “Que estén completamente unidos, como tú y yo.” Esa unidad, tan necesaria en la familia, el lugar de trabajo y en la Iglesia, parecería algo imposible de lograr; pero tenemos el ejemplo de María Sagheddu, que es más poderoso de lo que nadie fue capaz de percibir al principio.

Su simple plegaria y su ofrenda personal siguen siendo eficaces en la actualidad, como lo expresó el Papa Francisco refiriéndose a María Sagheddu en su exhortación apostólica sobre la santidad. Cuando se levantan los vientos de la división, hagamos todo lo que podamos para perseverar en la unidad y, al igual que María, dejemos los detalles en manos de Dios. Sin duda el Señor multiplicará nuestras oraciones y sacrificios, así como hizo con los de ella.

Ana Bottenhorn colabora desde hace mucho tiempo con nuestra revista.

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