La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2012 Edición

¿Por qué peregrinar al Cerro del Cubilete?: Cómo se vivieron aquellos días

testimonio personal de Adriana González

¿Por qué peregrinar al Cerro del Cubilete?: Cómo se vivieron aquellos días: testimonio personal de Adriana González

La llegada. Tuve la bendición de estar presente cuando el Papa Benedicto XVI visitó México y cuando a lo largo de todo el trayecto de más de 33 kilómetros del aeropuerto hasta León, Guanajuato, los fieles le dimos la bienvenida con banderines, mantas y globos amarillos y blancos, colores de la bandera del Vaticano.

Con un espíritu alegre, ordenado y de oración, miles y miles de peregrinos acudimos de todo México y de otros países de Latinoamérica “a recibirle, apoyarle, decirle sí a la Iglesia y reci­bir su bendición” como lo comentó un joven. Esperamos durante horas y algunos hasta pernoctamos en el par-que hasta ver pasar al Sumo Pontífice.

Era impresionante ver cómo en cada recorrido la gente se abarrotaba en las calles, arriba de los árboles, en los balcones, en las azoteas de casas y edificios, rezando el rosario, cantando, bailando y proclamando “porras”, versos alusivos, a Cristo Rey y al Papa, manifestando su amor y fidelidad a la Iglesia.

Comienza la aventura. Mi cora­zón ardía y se ensanchaba al ver tanto gesto de apoyo y amor desin­teresado, hasta el punto de arriesgar la propia seguridad y viajando miles de kilómetros, a pesar de la situación de inseguridad que vive el país. Alrededor de un millón de personas estuvimos presentes en la celebra­ción eucarística.

Nuestro grupo salió en camión desde Monterrey la noche del viernes para llegar con tiempo y acomodar­nos en el parque. Llegamos el sábado alrededor de las 4 pm y caminamos dos horas hasta llegar al parque, car­gando bolsas de dormir, mochilas con comida, chamarras y algunos hasta sillas. Los días eran caluro­sos y las noches muy frías. Mientras caminábamos, unos cantaban, reza­ban y otros platicaban; reinaba un ambiente de paz, ánimo y unidad.

Ya en el parque, ocupamos nues­tros lugares. Había personas de todas las edades y acentos de México y de otros países. No sentíamos el cansan­cio de no dormir en el camión y de caminar por varias horas. La fe y el ánimo de los presentes contagiaban una inmensa ilusión. Participamos en la Hora Santa a media noche, el rosario y la meditación de la Palabra. Los ríos de gente siguieron llegando hasta la madrugada.

Después de dormir un rato bajo el cielo estrellado y envueltos en cobijas para protegernos del frío, observamos el clarear de la mañana con el parque casi repleto. Se hubiera llenado hasta reventar, pero la guardia presidencial cerró la única entrada unas horas antes de la llegada del Papa. Mucha gente tuvo que permanecer fuera.

Constantemente se escucha­ban cantos espontáneos, oraciones y hasta porras al Vicario de Cristo como: “¡Benedicto, hermano, ¡ya eres mexicano!”, “¡Aquí está la juven­tud del Papa!”, “¡Benedicto, amigo, México está contigo!”, y también “¡Se ve, se siente, el Papa está presente!”

El Papa y los niños. La noche pre-via a la Misa pudimos ver en pantallas gigantes el recorrido del Papa en vivo y su discurso a los niños, cosa que me encantó, pues antes el Papa era una figura distante. Juan Pablo II se acer­caba a los jóvenes y ahora ¡Benedicto se acerca a los niños! En una plaza llena de cientos de niños y jóvenes, el Papa empieza su discurso y dice que los niños llevan un lugar especial en su corazón. En ese momento se escu­charon inmediatamente los gritos de júbilo de los asistentes.

Les anima a que tengan a Cristo como su mejor amigo y se dejen trans­formar por su palabra: “Si dejamos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, entonces nosotros podremos cambiar el mundo. Ese es el secreto de la auténtica felicidad”, afirmó. Eso me llenó de gozo pues pudiéramos pen­sar que los muchachos en su algarabía no le prestaban atención, pero no fue así, permanecieron en silencio escuchando y en distintas ocasiones ovacionaron en respuesta al amor expresado por el Papa. Sí, lo estaban escuchando.

El carácter del Papa. En este viaje, Benedicto XVI quiso acercarse a su pueblo. Desde el aeropuerto rom­pió protocolos, igual que Juan Pablo II, saludando, acercándose, besando a niños y enfermos y bendiciéndo­les. Parecía que no se quería ir, quería estar cerca del pueblo mexicano, que tanto dolor sufre por la violencia y la pérdida de su libertad.

Pero Benedicto no es un Papa dis­tante ni frío, es un Papa cercano al pueblo; es un pastor en cuya humilde sonrisa se refleja la ternura que hay en su corazón. Es edificante ver a un hombre de 85 años que viaja, ama, camina, sirve y entrega su comodi­dad y ancianidad por la Iglesia de Cristo, un hombre fiel al Señor y a su llamado. Basta nada más con ver las 14 horas de vuelo, el desfase hora­rio (jet lag) que traía y las horas que pasó saludando ¡ya quisiera yo tener su ánimo y fortaleza!

En la Misa. Durante la Misa, el Papa nos instó a intensificar la oración para tener un cambio interior, solo así podremos ser misioneros de la verdad.

Habló del monumento que representa a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete diciendo que las coronas que le acompañan, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden.

Habló del monumento que repre­senta a Cristo Rey en el Cerro del Cubilete diciendo que las coronas que le acompañan, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden. Lo expresó diciendo: “Su reinado no consiste en el poder de sus ejércitos para someter a los demás por la fuerza o la violencia, sino que se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que Él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio. Este es su señorío, que nadie le podrá quitar ni nadie debe olvidar. A Él, a Cristo, le pedimos que reine en nuestros corazones hacién­dolos puros, dóciles, esperanzados y valientes en la propia humildad.”

Portadores de la paz. Al mismo tiempo, nos alentó a que nos dejá­ramos tocar por la Palabra de Dios, que la meditemos, pues solo así podremos ser portadores de la paz. ¿Qué significa esto para México? Definitivamente, el Papa vino como mensajero de la paz, el amor y la espe­ranza en un momento en que tanto se necesitan. Pero, a pesar de todo, hay unidad, fe, esperanza y alegría en el pueblo de México.

Quiero pensar que esta visita ha confirmado todo esto en los cora­zones de los fieles de México, pues así lo manifestaron muchos jóvenes que asistieron al evento. México se renovará al renovarse nuestro cora­zón, al tener a Cristo como Señor, no solo proclamándolo en el canto sino viviéndolo en la rutina diaria, en mis más cercanos, dando mi vida por ellos, que no solo se diga que México ama a Cristo, sino ¡que se note! Que se note en nuestras actitudes unos con otros, en la amabilidad con que nos trata­mos, en el servicio de unos a otros, en la atención a los enfermos, en la pro­tección a los niños no nacidos, en el cuidado a toda persona humana sin importar su edad o productividad, en el apoyo a los marginados y más nece­sitados. En resumen, en la práctica de las obras de misericordia.

Algo que me impresionó. No me queda más que agradecer a Dios por el privilegio de haber podido hacer este peregrinaje. El contemplar la majes­tuosa imagen de bronce de Cristo Rey, de 30 metros de altura y 80 tone­ladas de peso, en la cima del Cerro del Cubilete, en Silao (Guanajuato), me hacía pensar en tanto már­tir y tanta sangre derramada por el deseo de tener libertad religiosa, de poder proclamar nuestra fe abierta­mente. Le daba gracias a esos mártires mexicanos que lucharon para que pudiéramos tener lo impensable, una Misa con el Papa en el mismo cerro en donde, en 1928, el gobierno dinamitó la primer estatua de Cristo Rey y pro­hibió la construcción de una segunda.

México fue el primer país en decla­rar la soberanía de Cristo como Rey en 1914 y el Papa Pio XII, inspirado por los mexicanos que habían pro­clamado a Cristo como Rey, decretó en 1925 la Festividad de Cristo Rey para la iglesia universal. “¡Que Viva mi Cristo, que viva mi Rey!” “¡Que viva Santa María de Guadalupe!” era el grito que brotaba del corazón de los fieles mexicanos en la época de la persecución religiosa, evento que para las generaciones posteriores quedó inédito y del cual nunca se habló en la historia oficial de México sino hasta muchos años después.

El regreso. Al terminar la misa y emprender nuestro caminar hacia el camión, me sorprendía ver a tantos ancianos y ancianas, jóvenes y niños caminando durante horas, cargados de cobijas, sillas y morrales, ade­más de ir cuidando a sus familias sin un rastro de queja en el rostro, sino más bien revitalizados por la pre­sencia de Su Santidad, el Vicario de Cristo, y por sus palabras de amor y esperanza.

Ruego por que, en este pueblo de México, que sabe esperar, que sabe sufrir y que sabe permanecer en Cristo, se escuche por doquier el jubiloso y esperanzado grito del cora­zón mexicano: ¡Viva Cristo Rey! Tú reinaras, este es el grito que ardiente exhala nuestra fe: Tú reinarás, oh Rey bendito, pues Tú dijiste ¡reinaré!

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