La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2010 Edición

¿Por qué celebramos esta fiesta?

Las raíces de las primeras celebraciones eucarísticas

By: el Rev. José F. Wimmer, OSA

¿Por qué celebramos esta fiesta?: Las raíces de las primeras celebraciones eucarísticas by el Rev. José F. Wimmer, OSA

Cuando Jesús se sentó a la mesa con sus apóstoles para la Última Cena aquel primer Jueves Santo, la noche antes de morir, en realidad lo hizo para celebrar la fiesta de la Pascua judía de ese año, un día antes de la fecha normal. La fecha real habría sido el sábado siguiente (según Juan 18,28), pero Él sabía que entonces sería demasiado tarde.

La Última Cena y la Pascua judía. La conexión entre la Última Cena y la Pascua judía era de importancia muy clara para Jesús. Como celebración de la obra de liberación con que Dios sacó a los israelitas de Egipto (el acto más importante de salvación ocurrido en el Antiguo Testamento), fue una prueba clara del amor y la preocupación de Dios por su pueblo, y una promesa de la futura salvación; fue el antecedente perfecto para lo que Jesús intentaba hacer: transformar la antigua alianza de Moisés en una alianza nueva.

La Pascua era también la única fiesta en la que se explicaba su significado como parte del ritual (Éxodo 12,14-27). Hasta el día de hoy, al iniciarse la celebración de la Pascua judía, el niño más pequeño de la familia pregunta: "¿Cuál es el significado de esta fiesta?" Y el padre de familia o el rabino explica la gran obra de salvación que se relata en el Éxodo y la alianza que Dios hizo con su pueblo en el monte Sinaí. Si uno de los discípulos le hubiera preguntado a Jesús en la Última Cena "¿Cuál es el significado de esta fiesta?", el Señor le habría respondido: "Esto es mi cuerpo... este es el cáliz de mi sangre". El propio Jesús sería el Cordero pascual, que se ofrecería para la liberación no sólo de Israel sino de todo el mundo, y no sólo una liberación de la esclavitud física, sino el perdón de sus pecados y la libertad de los terribles efectos de esos pecados.

Obedeciendo el mandamiento del Señor cuando les dijo "Hagan esto en memoria de mi" (Lucas 22,19; 1 Corintios 11,24-25), los apóstoles se reunían periódicamente para "la fracción del pan", como llamaban los primeros cristianos a sus cenas eucarísticas. En esas primeras celebraciones, los fieles recibían la Sagrada Eucaristía al final de una cena ordinaria (1 Corintios 11,17-24), pero poco a poco empezaron a reunirse más tarde, al anochecer, para tener una larga vigilia de oración durante toda la noche y celebraban la Eucaristía al amanecer, antes de regresar a sus hogares. Cuando se hubo separado la celebración eucarística de la cena común, se desarrolló un ritual propio para la cena del Señor. Los primeros cristianos habían mantenido algunos elementos de la Pascua judía, pero también añadieron otros que eran propios del culto judío en las sinagogas y que ellos conocían perfectamente bien.

La sinagoga. Cuando el rey Salomón edificó el templo de Jerusalén alrededor del año 960 a.C., lo estableció como morada sagrada para Yahvé Dios y lugar donde los sacerdotes judíos le ofrecieran plegarias y sacrificios. Después de las reformas introducidas por el rey Josías en el año 622 a.C., el templo pasó a ser el único lugar donde se ofrecían sacrificios de animales a Dios. Estos sacrificios estaban a cargo de los sacerdotes y a pesar de que con el tiempo algunos representantes laicos del pueblo también estaban presentes, la gente común tenía poco contacto directo con el templo. Las únicas excepciones eran las tres grandes fiestas de peregrinación: la Pascua, que se realizaba en la primavera; la fiesta de la cosecha, llamada Pentecostés, a principios del verano, y el Festival de los Tabernáculos (o las Enramadas), que correspondía al año nuevo judío celebrado a fines del otoño.

Finalmente, los hebreos laicos comenzaron a reunirse en los pueblos y aldeas para estudiar la Escritura y rezar durante el Día de Reposo en pequeños templos que llamaron "sinagoga", con el fin de "unirse espiritualmente" a la adoración sacerdotal que se realizaba allá lejos en Jerusalén.

Los primeros servicios en las sinagogas. Después de que los romanos destruyeron el templo de Jerusalén en el año 70 a.C., y dejaron de ofrecerse sacrificios de animales como parte del culto de adoración de los judíos, el pueblo continuó reuniéndose en las sinagogas, tanto en Palestina como en otras partes del Imperio Romano. Allí los judíos escuchaban lecturas de la ley y los profetas; meditaban sobre las homilías que pronunciaban sus rabinos, y hacían oraciones tanto en silencio como en voz alta y cantaban los salmos.

Las oraciones diarias, de la mañana, después del medio día y la tarde incluyen el Shema Yisrael (Deuteronomio 6,4-9; 11,13-21; Números 15,37-41) y el Shemoneh Esrech (Las 18 bendiciones). Cada oración termina con la lectura de un salmo, y también incluye una kaddish, es decir, una oración de alabanza a Dios, con varias peticiones, que originalmente pronuncia el maestro o el que preside después del estudio de la Escritura. De especial interés es el servicio matinal, que consiste en una serie de bendiciones, el estudio de la Torá, los salmos de alabanza, las plegarias penitenciales y otras bendiciones. En el Día de Reposo y durante los festivales, también se leen secciones de los profetas.

Primeras formas de la Eucaristía cristiana. Para el siglo II de nuestra era, la celebración de la Eucaristía se separó de la cena común del atardecer y se realizaba temprano en la mañana del Domingo. Fue llamada Eucharistia, palabra griega que significa "acción de gracias" y no necesariamente "fracción del pan." No era en realidad una cena, por lo que las plegarias que se ofrecían sobre el pan y el vino pasaron a ser la parte más importante del rito.

San Justino Mártir ofreció algunos detalles de las primeras celebraciones eucarísticas de los cristianos en un escrito de aproximadamente el año 150 d.C., diciendo que incluían lecturas del Antiguo y el Nuevo Testamentos, una homilía pronunciada por el celebrante, una procesión de ofertorio del pan, el agua y el vino al altar; oraciones de intercesión por los fieles, una plegaria eucarística que incluía las palabras de la institución de la Eucaristía sobre el pan y el vino, todo lo cual concluía con el gran "Amén" reafirmado por toda la congregación. Luego venía la santa Comunión, en la cual los diáconos llevaban "una parte a los ausentes." Había también una colecta de dinero, que se "entregaba al que presidía, para ayudar a los huérfanos y a las viudas."

Si bien esto tiene bastante semejanza con nuestras Misas modernas, también se aprecia una clara conexión con el servicio que se celebraba en la sinagoga judía. En ambos servicios se leían secciones de la Escritura, se pronunciaba una homilía, y se hacían oraciones y ofrendas para los pobres, reafirmándolo todo con el Amén hebreo, que significa "así sea". En la liturgia cristiana también se empezaron a usar otras palabras hebreas, tales como Aleluya ("¡Alabado sea el Señor!"), Hossana" ("Sálvanos, te suplicamos") y expresiones como "El Señor esté con ustedes" (Rut 2,4) y "La paz esté con ustedes" (Jueces 6,23). Más especialmente, los monjes esenios de Qumran rezaban el "Santo, Santo, Santo" de Isaías 6, 3, y que forma parte de la ya mencionada oración kaddish. Incluso la práctica de concluir las plegarias rituales con una alabanza a Dios, como la que dice "un solo Dios que vive y reina por los siglos de los siglos", proviene del servicio en la sinagoga.

La Birkat Ha-Mazon y otras influencias judías. Aun cuando la Última Cena fue una cena de Pascua (que se celebraba sólo una vez al año), la frecuente liturgia cristiana de la "fracción del pan" provenía de otro modelo, el de las cenas festivas de los judíos, que finalizaban con una oración especial llamada: Birkat ha-mazon. Muchos estudiosos de las Escrituras concuerdan en que la Plegaria Eucarística cristiana se deriva finalmente de esta oración. La Birkat ha-mazon se dividía en tres partes: una bendición a Dios que nos alimenta; una referencia a Deuteronomio 8, 10 sobre la necesidad de dar gracias después de la cena, y una plegaria de bendición a la ciudad de Jerusalén. En el capítulo 10 del manual cristiano del siglo I, denominado "La Didajé", también se indican tres partes: una bendición a Dios por hacer que su santo Nombre more en nuestro corazón; un agradecimiento por el alimento recibido, y una oración por la Iglesia, que es la nueva Jerusalén. Patrones similares también pueden encontrarse en otros textos eucarísticos.

Aparte del texto, hay muchos otros aspectos de las liturgias cristianas primitivas que se derivaron de la cultura judía, como por ejemplo el uso de instrumentos musicales y el canto de los salmos, muestra de lo cual es el propio Salmo 150. También existía la práctica de ponerse de pie para las oraciones. Las 18 bendiciones judías se llamaban Amidah, palabra que significa "de pie", porque la congregación se ponía de pie para rezar estas oraciones. Incluso la práctica de orar con los brazos extendidos se remonta a la época de Isaías 1,15. El requisito de usar pan de harina de trigo sin levadura para la Eucaristía data de las prácticas usadas en el templo, porque algunos de sus rituales exigían el uso de pan sin levadura "de la mejor harina (de trigo)" (Levítico 2,1; 24,5-6). En el templo también se usaban utensilios sagrados, aunque lo más probable es que, en la Última Cena, Jesús haya usado una copa ordinaria (probablemente de vidrio, como era la costumbre en el siglo I) y una cesta para el pan.

Conclusión. De modo que no debe ser sorpresa para nadie darse cuenta de lo muy arraigada que está la liturgia eucarística cristiana en sus antiguas fuentes judías. Jesús escogió la fiesta judía de la Pascua como fecha propicia para su gran don de la Eucaristía, y sus seguidores (que conocían y observaban religiosamente las costumbres de la religión judía) complementaron las posteriores celebraciones cristianas con oraciones y rituales derivados de la riqueza de su propia cultura. Es una herencia de la cual los cristianos podemos sentirnos orgullosos, porque ella celebra el constante amor y cuidado de Dios por su pueblo. n

El Padre José F. Wimmer, OSA forma parte del equipo de redacción de La Palabra Entre Nosotros.

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