La Palabra Entre Nosotros

Cuaresma 2015 Edición

Padre, perdónalos

Jesús nos enseña a perdonar

Padre, perdónalos: Jesús nos enseña a perdonar

Cuando San Pedro le preguntó a Jesús cuántas veces tenía que perdonar a quien le hiciera daño, el Señor le respondió “Hasta setenta veces siete,” lo que significaba: “Perdona siempre, todos los días hasta el resto de tu vida” (Mateo 18, 21).

Pero a veces el dolor de las heridas emocionales es tan profundo que no sabemos si queremos perdonar.

Así se encontraba Eliana: resentida, destrozada e incapaz de perdonar a su ex marido. Y su caso no es el único. Lo mismo sucede con una madre cuya joven hija fue abusada sexualmente por un familiar; o un hombre cuya esposa murió en un accidente causado por un conductor borracho; o una mujer cuyo marido perdió todos los bienes de la familia en un juego de apuestas. Situaciones como éstas pueden ser tan traumáticas que a veces los que sufren el dolor piensan que jamás podrán perdonar.

Por otro lado, hay daños u ofensas menos graves pero que, según las circunstancias, también pueden causar heridas muy dolorosas. Por ejemplo, alguien que ya ha sufrido otras heridas emocionales graves y que se entera de que la han calumniado a sus espaldas o no le han cumplido alguna promesa importante. Tal vez sean ofensas de menor importancia en comparación con las antes mencionadas, pero son heridas sobre heridas que hacen que la persona se sienta tan resentida como en los otros casos y que también se niegue a perdonar.

¿Perdonar y olvidar? Sin duda Eliana tenía sus propias faltas, pero analizándose a sí misma, su dedicación, su amor a Rubén y todo lo que hizo para tratar de salvar su matrimonio compensaba con mucho los defectos que ella tuviera. En cambio, lo que hizo Rubén pasaba mucho más allá de lo aceptable o justo. Durante casi un año, Eliana se sintió totalmente traumatizada por el dolor y la cólera.

Las cosas comenzaron a cambiar un domingo después de Misa, cuando el padre Antonio le preguntó: “Eliana, ¿cómo te sientes?” Ella no pudo evitarlo, pero se le soltaron las lágrimas y entre sollozos empezó a decirle lo mucho que todavía le dolía la situación. Finalmente, el sacerdote le recomendó hacer dos cosas. Primero, que tarde o temprano ella tendría que perdonar a Rubén y seguir adelante con su vida. Y para ayudarle en este proceso, le pidió que leyera un par de libros sobre el perdón y luego se reuniera con él otra vez en dos semanas.

Dándose cuenta de que el divorcio era una pesada carga para ella y sabiendo que todavía no podía perdonar a Rubén, Eliana decidió leer los libros y reunirse nuevamente con el padre Antonio. Durante la cita siguiente, surgieron algunas cosas que le convenía hacer. El sacerdote le sugirió que contemplara el mural de su vida y que comenzara a expresar en voz alta sus sentimientos hacia Rubén. También le aconsejó que leyera los salmos después de expresar sus sentimientos y que anotara diariamente sus pensamientos y reacciones. Finalmente, el padre Antonio le dijo que cuando llegara el tiempo adecuado, ella tendría que perdonar a Rubén.

La misericordia engendra la misericordia. El Señor Jesucristo nos enseñó a rezar diciendo: “Padre… perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Por nuestros propios medios, a veces es muy difícil perdonar, sobre todo cuando se trata de heridas o traumas profundos. Pero esto cambia cuando uno entiende la enorme misericordia que el Señor ha tenido con todos nosotros. Esencialmente, hay dos modos de aprender esto. Uno es meditar en la terrible y dolorosísima flagelación y crucifixión que Jesús sufrió para salvarnos. El segundo es aceptar sinceramente que el Señor voluntaria y generosamente decidió perdonarnos todos los pecados, por muy graves y ofensivos que hayan sido.

La Sagrada Escritura dice que Jesús se hizo igual a nosotros en todo excepto en el pecado (Hebreos 5, 15). Esto significa que él sabía lo que era sufrir el dolor del rechazo, la calumnia y la injuria. Cuando pequeño, él y su familia tuvieron que huir a Egipto para escapar del instinto homicida del rey Herodes. Más tarde, cuando Jesús inició su apostolado público, no pasó mucho tiempo antes de que la gente, motivada por la envidia, comenzara a criticar todo lo que él decía y hacía tratando de desacreditarlo y destruirlo. Finalmente, Jesús experimentó una total y absoluta soledad y abandono al encontrarse clavado en la cruz, al punto de que exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27, 46).

¿Ha sido usted humillado alguna vez? ¿Se ha burlado alguien de usted, le ha dejado en vergüenza o ha propagado chismes a sus espaldas? ¿Le ha cometido alguna injusticia o ha tratado de dañarle físicamente? ¿Se ha sentido usted alguna vez esclavizado o explotado por alguien para ganar ventaja o dinero? Todo esto le ocurrió a Jesús. Él sintió en carne propia el dolor físico y la injuria, como cualquier persona los sentiría. No hay duda de que la traición y la flagelación fueron horribles y traumatizantes, pero aun así el Señor decidió practicar lo que había predicado: Amó a sus enemigos e intercedió por ellos, incluso cuando todos exclamaban “¡Crucifícalo!” y le pidió a su Padre que los perdonara tal como él mismo los había perdonado.

Es cierto que Jesús nunca estuvo realmente solo. Su Padre celestial nunca le dejó; su madre María, su discípulo Juan y otros estuvieron allí para solidarizar con él, sufrir con él y rezar por él. La presencia y las oraciones de estos fieles acompañantes le deben haber reconfortado un poco, pero era imposible que le aliviaran mucho el enorme dolor físico y emocional que sufría.

Es posible que usted se sienta abandonado a veces, pero no olvide nunca que Jesús está siempre con usted. Él sabe lo que significa el dolor de las heridas físicas y emocionales recibidas en la vida y lo difícil que es perdonar, pero quiere ayudarle a sanarse. El Señor siempre le pedirá que perdone, pero también es paciente si usted no puede hacerlo aún y él le sigue amando tanto como antes; de hecho, le ama tanto que le ofrece su propia fuerza divina para ayudarle a perdonar. Cristo quiere verlo a usted sano, en paz y libre de todo resentimiento, para que usted pueda tener la misma misericordia con los demás que él ha tenido con usted.

Padre, perdónalos. En cada misa, el sacerdote presenta el cáliz y, en nombre de Jesús, declara: “Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.” Ahora imagínese que usted, que se considera buen católico, llega a las puertas del cielo. San Pedro abre el libro de su vida y usted ve que la lista de sus pecados es interminable. Usted se siente horrorizado y dice: “No puedo creer que yo haya cometido tantos pecados.” Cuando San Pedro comienza a leerlos en voz alta, usted teme que el resultado no le sea favorable. Pero, para sorpresa suya, ve que cuando San Pedro lee en voz alta el primer pecado, éste desaparece del libro, y luego el segundo, el siguiente y así todos van desapareciendo. ¡La misericordia de Dios triunfa y usted queda completamente perdonado!

El perdón es el padre que corre a abrazar a su hijo pródigo, que le había causado gran daño y dolor; es Dios que se compara con Oseas, el profeta que volvió a recibir a su esposa después de que ella lo engañó y cometió adulterio (Oseas 1 y 2); es Jesús que quiere darle a la samaritana un poco de su agua viva pese a que ella se había divorciado cinco veces y ahora vivía con otro hombre sin casarse (Juan 4). Es Jesús clavado en la cruz que, en su terrible agonía, suplica: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

A nadie en el mundo se le ha causado más daño que a Dios; a nadie se le ha tratado más injustamente, y nadie tiene más derecho de retener el perdón que nuestro Creador. Pero aun así, el Señor decidió perdonarnos, y decide perdonarnos una y otra vez, y tantas veces como se lo pidamos arrepentidos y con un corazón contrito, especialmente en el Sacramento de la Confesión. Tanto nos ama el Padre que envió a su Hijo único a morir en la cruz para que nos reconciliáramos con él y con el prójimo (Juan 3, 16-17).

La gracia llena el vacío. Sea usted quién sea y por muy terribles que sean sus pecados, Dios le ama y le perdona. El Señor quiere sanarle sus heridas y estrecharlo en sus brazos. Si logramos entender esta asombrosa verdad, descubriremos que somos capaces de perdonar, incluso a quienes consideramos nuestros enemigos. Así como el odio engendra más odio, el amor de Dios tiene el poder de engendrar más amor.

Cuando Eliana comenzó a entender algo de la misericordia y el perdón de Dios, sintió que la gracia divina y un sentido de consolación y relajación le inundaba el corazón. Las ocasiones en las que expresaba su dolor en voz alta pasaron a ser oportunidades para descargar de su corazón todo el resentimiento y percibir que el Espíritu Santo iba llenando los vacíos con su presencia. De esta forma, ella iba recibiendo sanación por el poder de Dios y llegando al punto donde el padre Antonio le pedía que perdonara a Rubén como Jesús la había perdonado a ella.

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