La Palabra Entre Nosotros

Octubre 2017 Issue

Nuestra Señora de Fátima

El amor a los niños, la invitación a amar el Cielo y la devoción al Santo Rosario

By: S. E. Rev. Mons. Mario E. Dorsonville

Nuestra Señora de Fátima: El amor a los niños, la invitación a amar el Cielo y la devoción al Santo Rosario by S. E. Rev. Mons. Mario E. Dorsonville

Es evidente que una de las apariciones de la Santísima Virgen María más reconocidas por la Santa Iglesia, sin lugar a duda, es la de Nuestra Señora de Fátima.

¿Qué hace que esta aparición sea tan especial y por qué el mundo católico y otros tantos sectores de la humanidad, después de cien años, continúan recordando y reflexionando en el mensaje enviado por la Santísima Madre de Dios por medio de tres pastorcitos a toda la humanidad?

Me propongo reflexionar, con el lector de este artículo, acerca de tres circunstancias que no deben pasar desapercibidas si en realidad deseamos llegar al fondo del mensaje de Fátima y el significado para nuestro tiempo.

Es importante, antes de hablar o recordar el mensaje de Nuestra Señora, centrarnos y meditar en el instrumento que ella eligió para enviarlo. En nuestro tiempo de comunicaciones cibernéticas, pensaríamos que la mejor evangelización es aquella que se hace con el mejor computador y por medio de la mejor red social. Sin embargo, esa nunca ha sido la forma más común que Dios ha elegido para comunicarse con el mundo, y es María Santísima la que nos recuerda el amor que Dios les tiene a los humildes y sencillos de este mundo, al escoger a tres niños.

La sencillez de los niños. Sí, evidentemente Lucía, Francisco y Jacinta, a su corta edad, representan el amor y la sencillez de los niños, que aunque no han estudiado teología ni han ido a una universidad, esto no les impide el poder reconocer la presencia de María y su amor, el cual les elige y les tiene deparada una misión, aunque son pequeños. En Fátima, vemos que lo ordinario, y a lo mejor lo que no cuenta, lo elige Dios para realizar los milagros, puesto que el mensajero es tan solo un instrumento del poder infinito de Dios. María es intercesora, no dadora, y el milagro se obra por la voluntad de su Hijo Jesucristo.

Esto nos debe servir a todos nosotros. Cuando tal vez encontramos cruces o retos en la vida imposibles de asumir, recordemos cómo unos niños, que apenas comenzaban a vivir, se abrieron a la aventura de la oración, del profetismo y del cumplimiento de la voluntad de Dios en sus vidas, confiados en que nunca serían defraudados por la Santa Madre de Dios.

Esto no quiere decir en ningún momento que la jornada fue fácil y que la pena y la ansiedad no se hicieron esperar, sin embargo, la profunda convicción de permanecer en la verdad les dio a estos tres niños la absoluta convicción de portar un mensaje veraz, no producto de su imaginación, sino un mensaje de María respecto al amor que Dios ofrece a hombres y mujeres, no tan sólo aquellos que vivían a comienzos del siglo pasado, sino un mensaje de constante validez para las generaciones del futuro, como hoy después de cien años lo podemos observar.

¿Qué nos dice el mensaje? Es necesario ahora contemplar y reflexionar acerca del mensaje de María Santísima. En sus mensajes, siempre está presente la promesa del cielo. Este sería el punto más hermoso del mensaje de Fátima, puesto que el presente y las circunstancias difíciles de los pueblos europeos en este momento son importantes y el mensaje se refiere a los mismos. Sin embargo, si este mundo es importante y la paz de los pueblos también, como fruto de la buena voluntad de hombres y mujeres que forja en esperanza un mundo mejor, que puede coexistir con el don de la paz, eso no debilita en ningún momento el poder de la promesa de Jesucristo: el Cielo que nos aguarda a cada uno de nosotros.

El mensaje de Fátima enfatiza la necesidad de volver a Dios como a nuestra propia fuente. Evidentemente, si seguimos y cumplimos de corazón y a cabalidad la vocación a la cual hemos sido llamados, tendremos el premio de la eternidad. Esto puede ser vivido a lo largo de toda una vida y en muchos años de existencia, como lo fue en el caso de Lucía, o bien, puede ser veloz pero igualmente intenso en el amor de Dios y la revelación de su Santa Madre, la Virgen María, como lo fue para Francisco y Jacinta, quienes murieron pocos años después de las apariciones.

¿Que hace tan especial la vida de estos tres niños y el mensaje a ellos confiado, en una sencillez singular? Es una vocación a la amistad con Dios y su Santa Madre, a agradarles con su vida, su amor a la verdad y, naturalmente, con sus obras y buenas acciones. Cuando un niño piensa que Dios es su mejor amigo, ese mismo niño, lejos del egoísmo y muy por el contrario, lo desea compartir. Es por esto que Lucía, Francisco y Jacinta no le temen a la cárcel ni a los insultos o malos tratos, porque ellos tienen en el corazón y la mente un tesoro, el cual deben compartir con todos aquellos que se abran a la fe y se sientan invitados a participar de esta misma aventura de relación y amor a Dios.

Con la mirada en el cielo. En este segundo planteamiento de Fátima, podríamos concluir que lo mejor que pudo haberles sucedido a estos tres niños es el haber encontrado, en la presencia, el diálogo y el amor de María, un claro aliciente para alimentar y fortalecer su anhelo de santidad en esta vida, que en silencio les llevaría a reiterar su profundo deseo de ser merecedores de la otra.

María enciende y alimenta en su diálogo el deseo de estos tres pequeños por la Eternidad. ¡Que alegría sentimos cuando encontramos en la vida personas que, con sus palabras, sonrisas y buena disposición, nos ayudan a saber que hay un cielo esperando por nosotros! La vocación a la Eternidad es la vocación a lo Divino, a nuestra amistad con Dios, a saber, que Dios está muy dentro de nosotros y que, si nos dejamos guiar por su Espíritu Santo, el mismo Espíritu nos hará poderosos instrumentos de ese amor de Dios en este mundo, que nos llevará a encontrar la plenitud de la Eternidad en el cumplimiento del Reino de Dios.

Es por esta razón que todos nosotros tenemos que recordar, en las apariciones de la Virgen en Fátima, sus recomendaciones e invitaciones, no tan sólo a estos pastorcitos, sino, en la persona de ellos, a todos nosotros, a amar los caminos de Dios, a no ofenderle con nuestros comportamientos, pero ante todo a encontrar en su presencia de Madre de Dios a nuestra abogada y a nuestra madre.

La oración fervorosa. Orar con el santísimo rosario es tener en nuestras manos un verdadero instrumento de comunicación con la voluntad y la misericordia de Dios. Hemos sido testigos de cómo durante estos primeros pasos del tercer milenio de la cristiandad, tres pontífices han llegado a Fátima a orar a nuestra Señora por la paz de la humanidad mediante la recitación del santo rosario.

El Santo Padre, el Papa Francisco, nos recuerda que en momentos de oscuridad debemos siempre elegir el camino de la oración, que evidentemente nos llevará siempre a la paciencia y a la esperanza en la providencia de Dios. Es por esto que, al orar por la intercesión de María Santísima y por la recitación de su rosario, encontramos en ella nuestro refugio y el camino que nos conduce a Dios.

La canonización de Francisco y Jacinta, efectuada por el Santo Padre el Papa Francisco con ocasión del centenario de las apariciones de Fátima, es tan solo un recordar, en la rica y milenaria historia de la salvación, como Jesús se continúa haciendo presente en la vida sacramental de la Iglesia, por la persona de su Santísima Madre y su Inmaculado Corazón y en la vida de los humildes, que a la imagen de estos pastorcitos, han influido con su mensaje y suscitado el amor de generaciones y generaciones al Inmaculado Corazón de María. Su testimonio y su amor a la misión a ellos encomendados, han sido una afirmación veraz y contundente de que los milagros de Dios aún se hacen presentes en la vida de la humanidad.

En el centenario de las apariciones de Fátima, no olvidemos, durante la recitación de nuestro rosario diario, el deseo de María de consagrar al mundo entero a su Inmaculado Corazón, pues así la Virgen María intercederá ante su Hijo Jesucristo para que él nos bendiga con el don de la Paz.

M. Rev. Mario E. Dorsonville es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Washington.

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