La Palabra Entre Nosotros

Cuarsema 2020 Edición

Navega mar adentro

La gracia de la obediencia

Navega mar adentro: La gracia de la obediencia

El sol matutino ya iba subiendo y Pedro estaba cada vez más inquieto. Había escuchado la predicación de Jesús, pero él estaba cansado y tenía hambre y sed. Lo que realmente quería era volver a la orilla, dejar allí al Señor y regresar a casa para comer y descansar. Pero luego, de repente, Jesús le dijo: “Lleva la barca a la parte honda del lago, y echen allí sus redes, para pescar” (Lucas 5, 4).

¿Para pescar? Pedro pensó que Jesús estaba bromeando. “El pescador soy yo, no tú. Llevo años pescando aquí y sé cuando hay peces y cuando no. ¿Por qué crees que voy a pescar algo ahora?” Pero Jesús lo miraba directamente a los ojos y, al parecer, su mirada le llegaba hasta el alma. Tanto fue así que Pedro pensó “Hay algo especial en este hombre” y respondió: “Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, ya que tú lo mandas, voy a echar las redes” (Lucas 5, 5).

Ahora piensa: ¿Qué habrías hecho tú si fueras Pedro? ¿Habrías vuelto al mar contra tu mejor juicio? A veces seguir a Cristo resulta difícil, especialmente cuando creemos que sabemos mejor cómo hacer las cosas o queremos hacerlas a nuestra manera. Pedro fue capaz de superar sus objeciones porque Jesús estaba allí frente a él en la barca, de modo que la gracia de su presencia movió a Pedro a obedecerle. 

Ahora queremos reflexionar cómo podemos parecernos más a Pedro cuando volvió a echar las redes. ¿Cómo podemos ser más obedientes a Dios? Podemos serlo mediante la gracia, la gracia de la obediencia. A veces pensamos que la obediencia es inalcanzable, pero es ante todo una gracia que cualquiera de nosotros puede pedir y recibir, simplemente porque viene de la presencia de Cristo Jesús en la “barca” de nuestra vida. Tal vez creamos que la obediencia depende del esfuerzo que hagamos nosotros, pero en realidad la gracia de Dios y su presencia son las que actúan y nos permiten decir que sí. 

Navega mar adentro. La Cuaresma nos ofrece una oportunidad perfecta para hacer nuestras las palabras de Cristo a Pedro: “Lleva la barca a la parte honda del lago” (Lucas 5, 4). En estas seis semanas, Dios nos invita a ayunar, orar y dar limosna; nos invita a tener una experiencia más profunda del amor que nos tiene, una experiencia profunda de arrepentimiento y una mejor y mayor disposición de entregarle la vida más plenamente. 

Navegar mar adentro a la parte honda puede ser aterrador. Es más fácil quedarse en las aguas “poco profundas” de nuestra vida, donde nos sentimos seguros y en control. Pero mantenerse seguros en la parte superficial no nos acerca al Señor, por eso cuando él nos dice “navega mar adentro”, no nos está haciendo solo una sugerencia sutil; nos está llamando a ejercer mayor confianza, a confiar en su protección, porque él no ha terminado aún con nosotros. Nos llama a fiarnos de él y a obedecerle.

Entonces, ¿qué es lo que Jesús te está pidiendo ahora? Estas pueden ser algunas posibilidades: “¿Vas a decidirte a buscar mi presencia más profundamente en la oración?” “¿Me vas a obedecer aunque lo que te pida te cause temor?” “¿Lo harás incluso si no deseas hacerlo?” “¿Vas a renunciar al resentimiento que todavía tienes o vas a librarte finalmente de ese persistente hábito de pecado?” “¿Vas a decidirte a dejar algo de tiempo para ayudar a tu ser querido que está sufriendo?”  Es posible que todo esto nos parezca superior a nuestras fuerzas o capacidad, pero Dios nunca nos pide que hagamos algo sin darnos la gracia para hacerlo. Veamos algunas opciones en las que podemos abrirnos a la gracia de la obediencia que el Señor nos ofrece esta Cuaresma. 

Primer paso: Echar las redes. Todo indicaba que Pedro era un judío fiel, pero el Señor quería llevarlo más allá. Por eso, cuando le dijo que llevara la barca a las aguas más profundas, le estaba pidiendo que diera otro paso más en su camino de fe. 

De manera similar, la Cuaresma nos ofrece a nosotros la oportunidad de echar la red en aguas profundas. ¿Cómo? Ofreciendo cada parte de tu vida al Señor, y eso comienza con la oración. Comienza cuando te pones en contacto con el Señor con una actitud de entrega y le preguntas qué es lo que él quiere que tú hagas. Mientras más tiempo pases en su presencia, él te ablandará el corazón y sus deseos pasarán ser los tuyos. Incluso si te pide hacer algo difícil para ti, su presencia en tu vida hará que tú desees obedecerle por encima de todo lo demás.

La gracia de echar las redes comienza con la oración, pero se prolonga en las decisiones que tomamos día a día. Piensa en Cristo. Seguramente hubo días cuando él se sentía completamente agotado de todo el caminar cotidiano, la predicación continua o los enfrentamientos con sus detractores; pero él insistía en que quería hacer la voluntad de su Padre. Toda su vida en la tierra fue un acto de obediencia tras otro, y fue capaz de hacer cosas difíciles porque cada mañana pasaba un tiempo en oración, sometiendo sus propios deseos a los de su Padre.

Jesús no decía ni hacía nada que no fuera la voluntad de su Padre. Esta es la gracia de la obediencia, y el Señor quiere dártela a ti también. Así que búscalo en la oración y cree que, si le pides, él te dará una dimensión adicional de esta misma gracia.

Segundo paso: Adopta un corazón arrepentido. Cuando Pedro vio la gran cantidad de peces, cayó de rodillas delante de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” (Lucas 5, 8). El Papa Francisco tuvo una reacción similar cuando un entrevistador le hizo una pregunta inesperada: “¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?” Después de una breve pausa, contestó: “El mejor resumen, el que viene desde dentro y que siento más cierto es este: Yo soy un pecador, a quien el Señor ha mirado.”

Estos ejemplos transmiten la misma lección: La única actitud correcta cuando estamos en la presencia del Señor es una de profunda humildad. Delante de Dios, nos vemos bajo una nueva luz. En contraste con su hermosura y santidad, nos reconocemos pecadores, como personas que no merecen todo lo que Dios ha hecho por nosotros, y podemos preguntarnos: ¿Quién soy yo para presentarme delante del Rey de reyes y Señor de señores? Así como Moisés, que se quitó las sandalias ante la zarza ardiente, y como Saulo, que quedó ciego por la gloria del Señor, nosotros también nos sentimos perdidos.

Las Escrituras nos enseñan que la actitud de arrepentimiento complace al Señor, pues vemos que elogió al recaudador de impuestos que oró diciendo: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador” (Lucas 18, 9-14). También halagó a la mujer que le ungió los pies con sus lágrimas (7, 36-50), y manifestó que el Padre acoge a todos aquellos que, al igual que el hijo pródigo, vuelven a su lado arrepentidos y con humildad (15, 11-32). 

Cuando navegamos mar adentro, como Pedro, seguramente reconoceremos cuánto nos falta aún. Tal vez descubramos actitudes incorrectas, resentimientos ocultos o hábitos que están dañando nuestra relación con el Señor o con otros. Si sucede esto, podemos sentirnos reconfortados sabiendo que Dios está siempre listo para darnos la bienvenida en el Sacramento de la Reconciliación. Él siempre está dispuesto y deseoso de prodigarnos una mayor medida de su misericordia.

Incluso si no vemos nada que tengamos que confesar, siempre es importante tener una actitud de contrición en el corazón. Esto no significa darse golpes de pecho ni sentirse culpables todo el tiempo. Significa reconocer que, ante la infinita santidad de Dios, nosotros somos totalmente indignos. Y una oración que podemos ofrecer es como esta: “Señor, tú eres absolutamente santo y perfecto, y yo no soy más que un pecador, y no merezco llamarme hijo tuyo. Sin embargo, también sé que tu perdón y tu misericordia son muchísimo más grandes que mis debilidades.” 

Al Señor le agrada mucho una actitud como ésta, porque demuestra un corazón sumiso, dócil. Cuando reconocemos lo muy compasivo y clemente que es el Señor y cuánto lo necesitamos, su gracia puede ejercer todo su efecto en nosotros. 

Tercer paso: “ Hagan todo lo que él les diga.” ¿Recuerdas las palabras de la Virgen María en las Bodas de Caná (Juan 2, 5)? Esto es algo que todos podemos hacer día tras día, incluso en cosas que nos parecen insignificantes. El llamado a la obediencia abarca todas las partes de nuestra vida, todo deseo del corazón y toda palabra que sale de nuestra boca. Es un llamado que nos invita a hacer lo posible por complacer al Señor en todas las decisiones que tomemos y en todo lo que hagamos diariamente, aunque sea poco importante. 

Pero eso no es todo. Cada vez que le dices que “sí” a Dios, también te abres a la gracia divina. Cada vez que dialogas amablemente con tu marido o tu esposa, o controlas tu temperamento con uno de tus hijos o compartes tu fe con un compañero de trabajo, estás cooperando con Dios y él contigo, pues hasta el más pequeño acto de obediencia es valioso para él. Y cuando sabes que aquello que haces es agradable a Jesús y a tu Padre, también viene a ser una enorme satisfacción y placer para ti. 

Por todo esto, confía en que Dios está siempre contigo donde quiera que estés, ya sea que te encuentres agobiado por el pecado o el desconsuelo, o si te sientes cerca del Señor. Confía en que el Señor nunca te pediría obedecerle si no fuera a estar en la barca contigo para ayudarte. E incluso si tú has tratado durante años de cambiar un aspecto determinado de tu vida y no has podido, no te rindas. Pídele ayuda a Cristo, tu Salvador, y luego avanza con la confianza de que él te dará la gracia necesaria para hacerlo.


Vuélvanse a mí de todo corazón

Hace muchos siglos, el profeta Joel instó al pueblo de Israel a volverse al Señor con arrepentimiento sincero: “Desgárrense el corazón en vez de desgarrarse la ropa” (Joel 2, 13). Cuando el pueblo lo hizo, Dios los perdonó y volvió a recibirlos en su presencia abriendo para ellos las compuertas de su amor y su protección.

Dios también quiere abrir las compuertas de su misericordia para nosotros en esta Cuaresma, y por eso nos pide que nos volvamos a él de todo corazón, y que nos hagamos un profundo examen de conciencia, para confesar todo aquello que nos mantiene alejados de él. El Señor nos promete que, si lo hacemos, nuestra culpa desaparecerá y, mejor aún, descubriremos la paz y la confianza que nos invaden cuando encontramos la misericordia de Dios.

¿Cómo podemos prepararnos para este encuentro? Hay miles y miles de aspectos específicos que podemos examinar, pero al final de cuentas, todo se reduce a los dos mandamientos más importantes: amar a Dios con todo tu corazón y amar al prójimo como a ti mismo. A continuación sugerimos algunas preguntas que te servirán para el examen de conciencia; pero recuerda: estos son apenas unos pocos aspectos que considerar. Comienza con esto, y pídele al Espíritu Santo que te ayude a reconocer otras cosas que necesitas presentárselas al Señor.

Ama al Señor con todo tu corazón
• ¿Dejo tiempo cada día para rezarle al Señor y asistir a Misa los domingos?
• ¿Prefiero mis intereses egoístas antes que la necesidad de seguir a Jesús y hacer su voluntad?
• ¿Me doy cuenta de que a veces no veo ni amo a Cristo en mis semejantes, especialmente los solitarios, los pobres y los necesitados?
• ¿He ofendido al Señor usando expresiones vulgares o irrespetuosas contra Dios u otras personas?

Ama a tu prójimo como a ti mismo
• ¿Soy generoso con el tiempo que dedico a quienes tengo cerca o me aíslo concentrándome solo en el trabajo o los aparatos electrónicos?
• ¿Guardo rencores o resentimiento contra alguna persona en lugar de tratar de perdonarla?
• ¿He mentido, falseado la verdad o caído en chismes o calumnias contra otras personas?
• ¿He guardado la pureza y la castidad en mis relaciones personales?
• ¿Hay alguien a quien yo haya ofendido y a quien necesite pedirle perdón?

Vuélvete al Señor, confiesa tus pecados a Dios, porque su corazón está abierto para ti, sus brazos están dispuestos a abrazarte. Deja que él te colme de su misericordia.

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