La Palabra Entre Nosotros

Febrero de 2019 Edición

Muchas experiencias de gracia

El Espíritu Santo infunde vida a los Sacramentos

Muchas experiencias de gracia: El Espíritu Santo infunde vida a los Sacramentos

Cuando una madre abraza a su hijito pequeño, ese abrazo es una señal visible y tangible del amor que ella le tiene. Ese abrazo le dice al niño: “Te amo.” Cuando una estudiante de medicina se gradúa, el diploma que recibe es una señal visible y tangible que trasmite una verdad invisible, pues ese diploma anuncia que ella “tiene ahora la formación y la experiencia suficientes para comenzar a practicar la medicina.”

Esta es una manera de entender los sacramentos y el modo como el Espíritu Santo actúa en ellos. Los siete sacramentos utilizan ciertas realidades visibles: agua, aceite y sal en el Bautismo; pan y vino en la Comunión, la imposición de manos y el crisma en la Confirmación. Todas estas son señales visibles que representan la obra interna que realiza el Espíritu en el alma de los fieles. Pero por el poder del Espíritu Santo, estas señales se transforman y realizan efectivamente la obra de Dios que significan los sacramentos: el agua nos limpia realmente del pecado; el pan y el vino se convierten realmente en el Cuerpo y la Sangre de Jesús; y la unción con el santo crisma nos sella realmente con el don del Espíritu.

Ahora, supongamos que el niño que recibe el abrazo de su madre acaba de tener una rabieta fuerte y todavía está enojado con su madre. ¿Hace esto que el abrazo materno sea menos real? ¿Significa algo menos porque el niño no está dispuesto a recibir el amor que ella le expresa? No. El amor de la madre es auténtico y está claramente allí; lo que sucede simplemente es que el niño no está cambiando mucho su actitud.

Del mismo modo, San Agustín enseña que la gracia de cada sacramento se derrama siempre sobre nosotros cuando lo recibimos. ¿Qué significa esto? Que si un niño está dormido cuando lo bautizan, de todos modos el sacramento lo hace una “nueva creación” (2 Corintios 5, 17), y aunque el sacerdote que escucha nuestra confesión esté inmerso en su propio pecado, siempre somos verdaderamente perdonados cuando él pronuncia las palabras de la absolución. Incluso si estamos totalmente distraídos durante la Misa, siempre recibimos a Cristo Jesús, en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía.

La gracia sacramental atada y desatada. Se ve claramente que hay una correlación entre los efectos que los sacramentos causan en la vida del creyente y el nivel de apertura y receptividad de éste frente al Señor. Como lo han dicho muchos padres de la Iglesia, los sacramentos pueden estar “atados” por la condición de quien los recibe. Esto significa que el efecto de la gracia divina es limitado; es decir, que el creyente no experimenta la gracia que siempre está presente en el sacramento. Ya se trate de indiferencia, dureza de corazón, práctica de pecado o incredulidad, las actitudes y disposiciones que tenemos marcan una diferencia crucial.

Es, en realidad, una fórmula sencilla. Si llegamos a la confesión sabiendo cuánto necesitamos la misericordia de Dios estamos mejor dispuestos a experimentar esa misericordia, de una manera que nos ayuda a cambiar. Si vamos a comulgar llenos de gratitud por la muerte y la resurrección de Jesucristo, cuando lo recibimos en la santa Comunión su amor nos reanima el corazón.

Por el contrario, si no le dedicamos tiempo suficiente al Señor, si preferimos seguir cometiendo pecados, o si nos acercamos al sacramento con apatía y sin esperanza, eso nos hará sentir que no hemos recibido nada. ¿Recuerdas a Judas Iscariote? Él recibió el Pan de la vida en la Última Cena, pero no tuvo ningún efecto real en su mente ni le hizo cambiar de decisión.

Los sacramentos no son mágicos. No son como la aspirina que tomamos para aliviar un dolor. Nuevamente, San Agustín nos dice: “El que nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros.” Los sacramentos son portadores de la gracia de Dios, pero la eficacia de esa gracia depende de que queramos someternos a Dios y decirle que “sí”. Dios nunca se impone sobre nosotros; lo que hace es esperar a que abramos el corazón y le digamos: “Señor Jesús, sé que necesito tu gracia y quiero pedirte que me la concedas.”

El Espíritu y los sacramentos. El Espíritu Santo está íntimamente involucrado en cada uno de los sacramentos. Esta verdad se destacó de manera especial en el tiempo del Concilio Vaticano II. Un teólogo del siglo XX, el padre François Durrwell, escribió: “Los sacramentos individuales son instituidos en el Espíritu y al mismo tiempo son los canales a través de los cuales actúa el Espíritu Santo” (El Espíritu Santo de Dios: Un ensayo sobre teología bíblica, pág. 91).

La Escritura misma nos exhorta diciéndonos “llénense del Espíritu Santo” (Efesios 5, 18) y sean “llenos del Espíritu Santo” (Hechos 6, 3). La Palabra nos habla de la promesa de Dios de “derramar” su Espíritu sobre todo ser viviente (Hechos 2, 17. 18) y de nuestra necesidad de ser “revestidos” del poder del Espíritu Santo (Lucas 24, 49 BJ).

Todas estas exhortaciones, así como las reflexiones de numerosos teólogos, transmiten la idea de que algo diferente —el Espíritu Santo— viene a nosotros y se hace parte de nosotros. Todos dicen que el Espíritu desea transformarnos por medio de los sacramentos, a fin de que seamos cada vez más “semejantes” a Cristo. Todos ellos dicen que el Espíritu Santo, que recibimos en el Bautismo, libera más de su gracia y su amor en la vida de los fieles. Este “llenarse”, este “derramamiento”, este “revestirse” del poder del Espíritu es la esencia misma de cada sacramento y es la obra fundamental que cada sacramento realiza en el alma y el corazón del creyente.

Experiencias de gracia. Cuando el padre Karl Rahner, otro influyente teólogo del Concilio Vaticano II, explicó la obra del Espíritu Santo, expresó: “Aquí abajo [en la tierra] el hombre puede tener experiencias de gracia que le confieren una sensación de liberación que abre totalmente nuevos horizontes para él, dejando una profunda impresión en su alma, que lo transforma y da forma, incluso por un período prolongado, a su actitud cristiana más profunda. No hay nada que nos prohíba llamar a esa experiencia ‘bautismo en el Espíritu’” (Meditación sobre Pentecostés, 1977).

Esta descripción se parece mucho a lo que podemos esperar cada vez que recibimos un sacramento, ¿no es así? Claro, porque el Espíritu Santo es la “médula” de toda la gracia que los sacramentos comunican. Podríamos incluso llegar a afirmar que cada celebración de un sacramento es para nosotros una oportunidad de ser “bautizados”, o sumergidos de nuevo en el amor y la gracia del Espíritu Santo.

Este tipo de “experiencia de gracia” es lo que pasó cuando Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús (Lucas 24, 13ss). Es lo que le hizo a Ignacio de Loyola llorar de alegría cuando finalmente pudo celebrar la santa Misa como sacerdote. Por eso el Papa Francisco se preocupa de confesar sus propios pecados ante de escuchar la confesión de otros.

Estando consciente de todo esto, hermano, cada vez que participes en un sacramento, recuerda adoptar una actitud de apertura y docilidad al Espíritu Santo tanto cuanto puedas hacerlo. Recuerda que él siempre está ahí, dispuesto a actuar en lo profundo de tu ser. Pídele que “abra horizontes” totalmente nuevos para ti y que haga una “impresión profunda” en ti con cada sacramento que recibas. Pídele que te “transforme” por “un largo tiempo”, para que llegues a conocer el cálido abrazo de tu Padre celestial.

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