La Palabra Entre Nosotros

Adviento de 2019 Edición

Liberado: ¿Por qué defiendo la vida?

El nacimiento de un hijo trae sanación

Liberado: ¿Por qué defiendo la vida?: El nacimiento de un hijo trae sanación

Mi hija tiene ahora 36 años, pero en 1998, cuando ella tenía quince años, quedó embarazada. La noticia nos pilló desprevenidos a mí y a mi esposa. Todavía estábamos trabajando y el aborto era legal. El costo sería de solo $250, es decir, un pequeño precio por los años de penurias que todos podríamos evitar, o al menos eso pensábamos.

Antes de entonces, yo no había reflexionado mucho sobre el aborto y no sabía qué hacer en esta situación. Nadie me había enseñado a ser provida, es decir, defender la vida: ni familiares ni amigos, ni compañeros de trabajo y ni siquiera los feligreses de nuestra parroquia católica, y si alguna vez lo intentaron, yo probablemente no estaba escuchando.

Llegó el día en que llevé a mi hija a hacerse el aborto. Para mi sorpresa, cuando sucedió, sentí como si una mano hubiera entrado en mí y me hubiera arrancado el corazón. A partir de ese momento, hubo un cambio completo en la vida de nuestra familia. Mi hija sufrió depresión durante meses y comenzó a tomar medicamentos, y cada vez que yo escuchaba que alguien hablaba del aborto, automáticamente cerraba los oídos y me alejaba. Sentía como si todos supieran lo que yo había hecho.

Tiempo de regresar a casa. Yo sabía que había pecado; pero a pesar de que le pedía perdón a Dios cada día, no podía creer que él me hubiera perdonado. Durante los doce años siguientes, a pesar de que yo iba a Misa cada semana y era ministro de la Sagrada Eucaristía, no podía enfrentarme al Sacramento de la Confesión.

Un día, por pura casualidad, llegué temprano a Misa. De pie en el vestíbulo de la iglesia, vi un folleto titulado Una Confesión Imaginaria en un estante. Era el caso de una señora casada que había tenido un aborto muchos años antes. Después de más de una década, ella le contaba su historia al sacerdote en la Confesión. La lectura me hizo casi sentir el dolor de esta señora, el dolor que me causaba el aborto de mi propio nieto, el cual se había convertido en un gran peso de culpa y vergüenza dentro de mí.

Cuando terminé de leer el folleto y lo puse en su lugar, al lado vi otro que se titulaba Cómo hacer una buena confesión. ¿Coincidencia? No lo creo. Era Dios que me estaba diciendo: “Michael, es tiempo de regresar a casa.”

No estamos aquí para condenar. Hacía tanto tiempo que ni siquiera me acordaba de cómo era el acto de contrición, pero ya no tenía ninguna excusa. El sacerdote estaba en el confesionario y no había nadie esperando en línea. Respiré hondo y entré, con la idea principalmente de pedir perdón por haber llevado a mi hija a tener un aborto. Recuerdo claramente que el sacerdote me dijo: “Dios no está aquí para condenarte, sino para perdonarte,” y me recordó lo mucho que Dios me amaba y me dio la absolución.

Cuando salí del confesionario, sentí un gran alivio y una paz que me invadió por completo. Hice mi oración de penitencia y al salir de la iglesia, en la acera había una mesa con anuncios de la Marcha por la Vida en la Costa Oeste. Casi ni lo pude creer, pero después de pensarlo un minuto, me dirigí con cierta timidez y me inscribí.

Unos meses más tarde, nuestra hija nos informó que se iba a casar. Al año siguiente, ella y su esposo nos regalaron un libro acerca de cómo ser abuelos. Era su manera de decirnos que estaba embarazada. Era obvio que yo debía estar muy contento, pero en todo lo que yo podía pensar en ese momento era en el nieto que había sido abortado hacía años. ¿Había sido yo realmente perdonado por mi egoísmo?

Una nueva ola de sanación. Cuando a mi hija le llegó el momento de dar a luz, su marido estaba fuera de la ciudad por trabajo. Mi esposa se quedó en casa viendo a otro nieto nuestro, por lo que yo llevé a nuestra hija al hospital y esperé con ella.

Después del alumbramiento, me llamaron a la habitación del hospital y la enfermera le preguntó a mi hija si quería cortar el cordón umbilical. Demasiado agotada, ella dijo: “No. ¿No lo quieres hacer tú, papá?” Me quedé pasmado mirándola y ella asintió con la cabeza como diciendo: “Está bien, papá, hazlo.” Cuando finalmente corté el cordón umbilical y estreché a mi nuevo nieto en mis brazos sentí como una ola de amor que me inundaba por completo, y por primera vez, creí que sí estaba realmente perdonado.

En ese momento de profunda quietud en el hospital, una voz dentro de mí me preguntó: “¿Qué estás dispuesto a hacer ahora?” Lo pensé por un par de semanas y finalmente me llegó una respuesta. Me acerqué a nuestra hija, que estaba con licencia por maternidad, y a su marido y les dije: “Si necesitan quien les cuide el bebé, yo estoy disponible.” Ellos aceptaron. Mi jubilación de dos años estaba a punto de terminar.

Salvado por una vida. He estado cuidado a mi nieto cinco días a la semana desde que tenía tres meses de edad y yo… ¡60 años! Un segundo nieto llegó dos años más tarde y empecé a cuidarlo a él también. La guardería infantil de todo el día es agotadora, pero me ha acercado más a Dios y cada vez que veo a mis nietos, pienso cómo ellos han salvado mi vida con su vida, y estoy sumamente agradecido.

Michael Rivera vive en West Sacramento, California.


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Las jóvenes atribuladas por un embarazo no planeado suelen sentirse temerosas y solitarias. Cuando sus familiares y amigos no saben qué hacer, el aborto puede parecer la mejor solución. Pero con la ayuda del Espíritu Santo, los creyentes podemos tender brazos de misericordia a personas como Michael y su hija y decirles: “No te desesperes. Nosotros te ayudaremos con el bebé.”

Aquí, en Compañeros, oramos para logar el fin del aborto. Gracias al generoso apoyo de nuestros lectores enviamos La Palabra Entre Nosotros y el folleto titulado Después del aborto a hombres y mujeres en centros de crisis por embarazos y a ministerios de ayuda posterior al aborto. Pero necesitamos la ayuda de ustedes para continuar enviando estos materiales a 122.000 personas en circunstancias difíciles y cambiarles la vida: encarcelados, fieles de parroquias de zonas muy pobres, militares y estudiantes universitarios. ¿Nos quieres a ayudar?

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