La Palabra Entre Nosotros

Octubre de 2019 Edición

¡Levantemos el corazón!

La oración y la vista panorámica

¡Levantemos el corazón!: La oración y la vista panorámica

Cada domingo, en Misa, el sacerdote nos hace esta invitación: “Levantemos el corazón”, y nosotros contestamos: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Debido a que pronunciamos estas palabras tan a menudo, tal vez se nos ocurre que no son más que una expresión rutinaria; pero si reflexionamos en ellas, aun por un momento, tendremos un atisbo de la promesa que ellas contienen: Levantar el corazón nos acerca “al Señor”. Este no es simplemente un ejercicio simbólico o emocional; en realidad es capaz de remontarnos hasta la presencia de Dios.

Entonces, ¿cómo es exactamente que podemos levantar el corazón? Hay varias formas de responder a esta pregunta, pero nos concentraremos en la vista panorámica que hemos descrito como una respuesta muy prometedora. Lo que haremos es analizar cómo podemos experimentar la presencia de Dios cuando rezamos y reflexionamos en las verdades medulares del plan de Dios para la salvación del género humano.

La paradoja de nuestra vida. La vista panorámica es de gran utilidad, pues nos lleva a centrar la atención en cuatro intervenciones esenciales: eventos que son partes fundamentales del deseo de Dios de llenarnos de su amor y acercarnos a su presencia.

Uno de los aspectos más importantes de la vista panorámica es la diferencia entre Dios y el ser humano. Cada una de estas cuatro intervenciones nos muestra el amor infinito y trinitario de Dios; nos muestra que su anhelo más preciado es llevarnos al cielo. Al mismo tiempo, al contemplar dicha vista panorámica nos damos cuenta de que los humanos somos seres finitos y creados, capaces de demostrar amor verdadero, pero al mismo tiempo propensos a dejarnos dominar por las tentaciones y cometer pecados.

Esta doble realidad revela una paradoja que es parte intrínseca de la vida humana: todos aspiramos a experimentar el amor de Dios, pero también sabemos que el pecado tiene bastante influencia en nosotros. Esta tensión entre lo que deseamos y lo que hacemos es la razón por la que nos resulta muy útil reflexionar en la vista panorámica. Al meditar en las cuatro intervenciones señaladas, veremos que Dios desea fortalecernos en la lucha entre el pecado y la santificación: lo hace a través de la resurrección de Cristo, del auxilio del Espíritu Santo y de la promesa de una morada en el cielo, donde ya no habrá pecado, ni maldad ni sufrimiento.

Jesús, nuestro modelo. La vista panorámica deja en claro que nuestra esperanza de transformación radica en la resurrección de Jesús, nuestro Señor; pero también que él es nuestro ejemplo más patente de cómo podemos nosotros experimentar esa transformación. Jesús estaba en constante contacto con el cielo; siempre teniendo presente la vista panorámica, el plan de su Padre, y ese plan le fue guiando en su modo de pensar y vivir. Una y otra vez insistió en que no hacía nada sino lo que el Padre le mostraba o le decía que hiciera (Juan 5, 19; 8, 28; 14, 31).

Sin embargo, así como estaba en contacto directo con el cielo, el Señor también estaba en pleno contacto con el entorno en el que actuaba. Por eso, admiraba todo lo hermoso que hay en el mundo y las muchas formas en que la creación revelaba el amor de su Padre; también veía la realidad del pecado y los nocivos efectos que éste tiene para todos. Cristo estaba perfectamente consciente de que este mundo era su hogar temporal, aunque muchos piensan que esto es lo único por lo que vale la pena trabajar. Pero más importante que eso es que Jesús era capaz de combatir contra todo ese pecado: la oposición de los jefes de Israel, la fragilidad de la fe de sus discípulos y las insistentes demandas de quienes acudían a él pidiendo curación o soluciones, y aun así nunca perdió la paz. Nada de esto le impidió mantenerse siempre en contacto directo con su Padre celestial.

No hay duda de que al Señor le gustaba comer; sin embargo, también ayunaba; que apreciaba dormir bien, pero a veces pasaba toda la noche en oración. Era hombre tal como nosotros en todo excepto en el pecado, y ciertamente quiso tener amigos muy cercanos, pero pese a eso estuvo dispuesto a sufrir la pérdida de algunos amigos a fin de cumplir fielmente el cometido recibido del Padre. Y precisamente por haberse mantenido en contacto con el reino celestial, experimentó siempre el poderoso auxilio del Espíritu Santo.

Esto significa que, si tenemos siempre presente la vista panorámica, nosotros también podemos aprender a mantener los ojos fijos en el cielo, como lo hizo Cristo; podemos seguir su ejemplo, que confiaba plenamente en su Padre y en la presencia de Dios. En resumen, poco a poco podemos irnos asemejando a Jesús hasta el día en que él regrese en gloria y podamos contemplarlo cara a cara.

Un corazón enternecido. Cuando levantamos el corazón y contemplamos las verdades divinas que nos presenta la vista panorámica, suceden dos cosas: Primero, llegamos a una apreciación más profunda del plan que Dios tuvo para la creación y, segundo, esa apreciación nos lleva a trabajar para adelantar ese plan.

San Pablo expresó que: “El amor de Cristo se ha apoderado de nosotros desde que comprendimos que uno murió por todos… para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él, que murió y resucitó” (2 Corintios 5, 14-15). ¿Qué significa esto? Que Pablo elevó su vista espiritual, y vio que Jesús era su Salvador; esta visión le infundió el profundo deseo de compartir las buenas noticias con todos los que quisieran escucharle.

Querido hermano, el hecho de contemplar la vista panorámica no necesariamente te va a convertir a ti en un apóstol como San Pablo y tampoco te presionará para que vayas cada día a predicar el Evangelio; pero sí te ablandará el corazón para que seas más cariñoso, generoso, paciente y compasivo con quienes tienes cerca de ti. Y eso es todo lo que necesitas para marcar una diferencia positiva en el mundo.


Contemplemos el panorama en oración

He aquí algunas formas prácticas en que podemos elevar el corazón hacia la vista panorámica para que sus verdades nos ayuden a ablandar el corazón.

• Reafirma las verdades cada mañana. Antes de levantarte cada mañana, consagra tu vida y todo el día a Cristo Jesús. Declara que Dios te ha creado; que Jesús ha vencido el pecado y la muerte; que gracias al poder del Espíritu Santo tú puedes llevar una nueva vida, y que sabes que Cristo vendrá nuevamente en gloria. Memoriza estas verdades o escríbelas y dile al Señor que quieres que ellas sean tu guía para las decisiones que deberás tomar el día de hoy.

• Busca la vista panorámica en la Liturgia. Cuando estés en Misa, pon atención a las menciones del plan eterno de Dios y de las cuatro intervenciones principales de esa vista, a saber: la Creación del mundo, la Venida de Jesucristo a la tierra como hombre, el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés y la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos. Fíjate especialmente en que el Credo es como una meditación rezada sobre estas verdades. Observa el modo en que la Plegaria Eucarística pone de relieve la gloria del plan de Dios. Piensa que estas oraciones, y todas las demás, declaran y reafirman las bendiciones que Dios ha prodigado sobre sus hijos durante toda la historia de la salvación.

• Purifícate del pecado. Al final de cada día, hazte un examen de conciencia y pide perdón por cualquier falta o error que hayas cometido en el día. Pídele al Espíritu Santo que te ayude a ver en qué actuaste en contra de la voluntad de Dios para ese día. Ve a recibir el Sacramento de la Reconciliación con frecuencia, sabiendo que “si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1, 9), y procura perdonar a quienes te hayan ofendido, perjudicado o defraudado, así como Dios te ha perdonado a ti, y no dejes que la falta de perdón te impida tratar bien a otros, pues si lo haces será más difícil que esas personas levanten los ojos al cielo. Por eso, da el paso siguiente y renuncia a seguir guardando cualquier resentimiento o rencor.

• Intercede por tus familiares y conocidos. Reza por tu marido o tu esposa, tus hijos, tus otros familiares, o bien por tus hermanos sacerdotes o religiosas, tus vecinos y compañeros de trabajo; intercede también por los enfermos, los pobres, los habitantes de la calle y los abandonados, especialmente los que son incapacitados o ancianos. Preséntale estas personas al Señor Jesús y pídele que cada una de ellas llegue a conocer más profundamente el amor de Dios. Ora para que el Espíritu Santo les lleve a levantar el corazón y la vista hacia el cielo y así aprecien la maravilla de los planes del Todopoderoso.

Tú le perteneces a Dios. El concepto de la vista panorámica es muy útil para contemplar la vida humana como Dios la ve; para aumentar nuestra fe y confiar más en el amor y la providencia de Dios. Además, nos ayuda a levantar el corazón al Señor y convencernos de que Dios nos creó por amor, que Jesús vino a salvarnos, que el Espíritu Santo vive en nosotros, y que Jesús vendrá otra vez para llevarnos a su hogar celestial. Esto te llenará de alegría y gratitud, porque así sabrás que tú le perteneces a Dios y él te pertenece a ti. El Señor te ama y mucho desea que tú estés con él para siempre.  ¿Qué noticia puede ser mejor que ésta?

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