La Palabra Entre Nosotros

Octubre de 2019 Edición

La vista panorámica

El plan de Dios para nuestra salvación

La vista panorámica: El plan de Dios para nuestra salvación

A veces suceden cosas que nos llevan a hacernos preguntas de difícil respuesta, como: ¿Qué tipo de vida estamos llevando yo y mis seres queridos? ¿Tiene algún sentido lo que cada uno hacemos cada día? ¿Nos llevará todo esto a ser felices en el futuro?

Por lo general, nos resistimos a analizar honestamente estas interrogantes, pero la verdad es que ellas pueden conducirnos a una respuesta muy esperanzadora y entusiasta. ¿Por qué? Porque nos llevan a encontrarnos cara a cara con Dios mismo, nuestro Padre y creador de nuestra vida. Solo él puede ver las luces y oscuridades que cada uno lleva en el corazón; solo él puede gobernar el mundo con amor y justicia verdadera; solo él puede ayudarnos a entendernos a nosotros mismos y la buena noticia es que él quiere llevarnos a conocernos a nosotros mismos, y a compartir su sabiduría y sus designios divinos con todos sus hijos.

Por todo esto, en la edición presente, le pediremos a nuestro Padre celestial que nos permita contemplar la vista panorámica que él mismo tiene desde el cielo. 

Contemplar el panorama. Lo más común entre los creyentes de hoy es tener un buen concepto de Dios y honrarlo y respetarlo, pero solamente recurrir a su ayuda en ocasiones de crisis. Solo cuando sucede algo terrible, como una enfermedad terminal, graves problemas familiares, una catástrofe natural o el peligro de la ruina financiera, recurrimos al Señor para pedirle ayuda, fortaleza y orientación.

Sin embargo, leemos una y otra vez en la Sagrada Escritura que Dios quiere ampararnos y guiarnos en todo momento, no solo cuando surgen las tribulaciones, sino también en las ocasiones buenas y malas que nos sobrevengan; quiere que nos comuniquemos con él para compartirle las esperanzas y aspiraciones que tenemos, como también las dificultades y frustraciones que nos preocupan.

En las páginas siguientes proponemos un concepto simple, en forma de cronología, para aclarar lo que queremos decir. A este esquema le llamamos “el panorama”, pues presenta una perspectiva panorámica del plan general que Dios ha preparado para toda la creación. En este panorama se destacan cuatro eventos emblemáticos de la intervención de Dios en la historia de la salvación, a saber: la Creación del mundo, la Encarnación de Jesucristo en la tierra, el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés y la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos.

Es obvio que la Palabra de Dios describe muchas otras “intervenciones” del Señor, como el éxodo de Egipto o cada uno de los milagros de Jesús o la conversión de San Pablo, y también podríamos fijarnos en la forma en que Dios ha intervenido en nuestra propia vida. Pero los cuatro “eventos emblemáticos” citados se destacan por los efectos que han tenido o tendrán sobre toda la creación en su conjunto. Se podría decir en efecto que los dos primeros (la Creación y la Venida de Cristo) son hitos importantísimos que encuadran el inicio y el fin de una época de preparación del plan de Dios, y los dos posteriores (Pentecostés y la Segunda Venida) constituyen los hitos inicial y final de la era del cumplimiento de dicho plan. Así que los invitamos a explorar cada una de estas intervenciones para ver qué podemos aprender de ellas.

 

La Creación. En los relatos de la Creación, se aprecia que la verdad esencial de lo que sucede es que el amor engendra el amor. Así como los esposos tienen hijos como señal y prolongación de su amor mutuo, el amor de Dios también engendra un fruto maravilloso. El amor de Dios rebosa vida y creatividad constantemente y los seres humanos somos el fruto de ese amor. Desde el primer instante de la creación, Dios quiso compartir su amor con criaturas que fueran capaces de conocerlo y lo recibieran con alegría y amor en el corazón, y esas criaturas somos los fieles.

Creemos que Dios creó al hombre y la mujer de una manera muy especial, vale decir, con la capacidad de aceptarlo, amarlo y llegar a asemejarse a él. Como lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “De todas las criaturas visibles solo el hombre es ‘capaz de conocer y amar a su Creador’; es la ‘única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma’; solo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios.” (CIC 356)

Cuando Dios nos creó, nos dio a cada uno un conjunto propio de dones y talentos. ¿Por qué? Porque el Señor nos quiere encomendar la construcción de un mundo en el que se refleje la luz de su gloria. Por eso nos invita a unirnos a él en la obra de la creación de un mundo que se caracterice por la justicia, la paz y la misericordia.

La maravilla de nuestra creación revela que Dios es un Padre tierno y bondadoso, que se deleita en compartir su amor con su pueblo. También nos dice que todos los creyentes somos hijos de Dios, miembros muy queridos de su familia, y un pueblo que él considera de su propiedad. Así pues, todos podemos convertirnos en “co-creadores” con él conforme trabajemos para construir un “hogar” aquí en la tierra que sea digno de Dios, nuestro generoso y buen Padre.

La Encarnación. Todos conocemos la historia del Jardín del Edén, y sabemos que nuestros primeros padres desobedecieron a Dios y cometieron el gravísimo pecado de querer “ser como dioses”. Ahora, para poder cumplir los perfectos designios divinos, era necesario destruir el poder del pecado y zanjar el abismo abierto entre Dios y su pueblo. Es importante reconocer que, incluso cuando estábamos perdidos y esclavizados por el pecado, Dios nunca dejó de amarnos; nunca dejó de querer estrecharnos en su tierno abrazo; es decir, jamás abandonó el plan original que tuvo al crearnos. De hecho, nos amó tanto que envió a su Hijo unigénito a morir para salvarnos, aunque no lo merecíamos.

Los humanos desobedecimos a Dios, en cambio Jesús aceptó y cumplió cabalmente la voluntad del Padre (Juan 5, 30; Lucas 22, 42). En la cruz, Cristo murió al pecado y así nos rescató de las garras del pecado (Romanos 6, 10; 1 Pedro 1, 18-19), y al resucitar, dio a conocer el poder que él tiene sobre la muerte misma. Así fue como se volvió a abrir para nosotros el paso hacia Dios. 

Mediante la Encarnación, Dios dejó en claro que el pecado humano no le hizo renunciar a sus planes ni abandonar a sus fieles. Enfatizando este trascendental acontecimiento, de que el Hijo de Dios vino a morir para salvarnos, el panorama celestial nos prueba que Dios nos ama. 

Pentecostés. Quizás más que las dos intervenciones anteriores, el evento milagroso de Pentecostés demuestra que Dios nos ama de verdad y quiere, con la efusión de su Espíritu Santo, estrecharnos en sus brazos amorosos. Hablando a la muchedumbre que se había congregado, el apóstol Pedro anuncia: “Esta promesa es para ustedes y para sus hijos, y también para todos los que están lejos; es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2, 39). El don del Espíritu Santo no se dio solo a los apóstoles, ni era solo para quienes habían conocido a Cristo, ni solo para los judíos. Dios estaba derramando su Espíritu “sobre toda la humanidad” (2, 17).

Gracias a la acción del Espíritu, cada uno de los fieles puede experimentar la presencia de Dios de una manera personal e íntima; todos podemos recibir su amor, que nos infunde la fuerza necesaria para renunciar al pecado y asemejarnos más a Jesús. El Espíritu nos inspira a aceptar y cumplir el plan de Dios, para que el mundo llegue a ser un claro reflejo de la hermosura del Altísimo, de la justicia y de la paz. El Señor nos congrega en su Iglesia y nos envía a compartir su amor con todos aquellos con quienes tenemos contacto.

Año tras año, Dios continúa adelantando su plan mediante la acción del Espíritu Santo, y ahora este plan nos involucra a todos los fieles. Sí, porque los fieles tenemos un papel vital que desempeñar, porque todos nosotros, los que hemos sido redimidos por Cristo, renovados por el Espíritu Santo y congregados en la Iglesia, podemos contribuir a la edificación del Reino de Dios en la tierra hasta aquel día triunfal en que Jesús regrese en gloria.

La Segunda Venida. Ahora bien, sabemos que el plan de Dios no se cumplirá sino hasta el final de los tiempos, cuando Cristo vuelva para establecer un cielo nuevo y una tierra nueva (Apocalipsis 21, 1). Entonces, Dios será “todo en todos” (1 Corintios 15, 28). La muerte será destruida, y la pobreza, la guerra y las enfermedades desaparecerán para siempre. Ya no habrá más odio, ni guerras, ni aborto, ni asesinatos, ni corrupción, ni abusos de ningún tipo. Dios mismo enjugará todas las lágrimas (Apocalipsis 21, 4), y viviremos llenos de su vida y su amor.

Pero eso será solo al final. Cuando todos estemos totalmente unidos a Dios, veremos en forma clara y detallada cómo todo lo sucedido en la vida humana fue contribuyendo al cumplimiento del plan divino; solo entonces, cuando demos una mirada retrospectiva a través de los ojos de nuestro Padre celestial, podremos apreciar su sabiduría y su divina providencia.

Esta es la razón por la cual todo aquel que conoce la vitalidad del Espíritu Santo en su vida, se siente movido a orar diciendo: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22, 20). Todo lo que Dios quiso conceder a su pueblo llegará a su plenitud cuando Dios y su creación queden unidos mediante un vínculo indisoluble y eterno de amor auténtico. 

Prueben y vean. La Creación, la Encarnación, Pentecostés, la Segunda Venida: Estos cuatro acontecimientos emblemáticos comprenden el plan perfecto de Dios para sus hijos, pues nos explican de dónde venimos y nos orientan hacia dónde vamos. 

Dedica, hermano, un tiempo a contemplar esta vista panorámica del designio de Dios y pídele al Espíritu Santo que te permita llegar a una comprensión nueva y más profunda del papel que a ti te toca desempeñar en este plan. Pídele que te permita ver cuánto quiere él que tú experimentes su presencia en tu cotidianidad. En pocas palabras, deja que el Espíritu Santo te eleve a un plano superior y te permita apreciar la vista del panorama celestial.

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