La Palabra Entre Nosotros

Oct/Nov 2011 Edición

La virtud de la castidad

¿Es posible llevar una vida casta hoy?

La virtud de la castidad: ¿Es posible llevar una vida casta hoy?

Los hinchas deliraban viéndolo jugar. Dominaba la pelota con elegancia y avanzaba velozmente pasando a uno, dos, tres adversarios y fi nalmente, en una artística demostración de pericia deportiva, lanzaba un certero disparo batiendo al guardavalla: ¡Goooool!

Nadie lo superaba en estado físico; practicaba incansablemente para endurecer los músculos y agudizar los refl ejos. Cada día se entrenaba corriendo, levantando pesas y practicando con sus compañeros. Al comer, vigilaba atentamente cada caloría, carbohidrato y gramo de materia grasa… sin excepciones.

Pero eso no era todo. Nadie lo superaba porque era más diestro y veloz que los demás. Le fascinaba el fútbol y se entregaba por completo a jugarlo, poniendo en ello todos sus talentos y deseos de superación. Conocía el deporte a la perfección, no solo sus complejidades, sino el espíritu y las técnicas del juego, es decir, todo lo necesario para jugarlo bien y ganar.

Disciplina e inspiración. El ejemplo de este jugador ideal puede servirnos para entender la virtud de la castidad. Para los antiguos griegos, la virtud era la perfección con que una persona realizaba lo que consideraba bueno o correcto. El deportista modelo es considerado virtuoso, porque entiende el deporte en sus mínimos detalles y se disciplina para jugarlo a la perfección. Los músicos notables son otro ejemplo. El amor a la música los mueve a practicar con dedicación y disciplina, y así llegan a ser virtuosos.

Los que no practican no pueden desempeñarse bien, ni en la música ni en los deportes, por mucho que lo deseen. Los atletas y los músicos deben practicar constantemente para adquirir las condiciones físicas y mentales que les permitan rendir al máximo y a la perfección. Pero la auténtica virtud también implica tener una inspiración interior, la habilidad de aplicar una destreza bien desarrollada, que exprese algo más que una sola disciplina; se requiere una cierta capacidad creativa para que el hábito obedezca a la intuición y le confi era una vía de expresión.

Vida virtuosa. ¿Qué puede decirse de la persona cuya perfección va más allá del ámbito del arte, el deporte o el trabajo intelectual, llegando a abarcar la totalidad de su ser, en cuerpo y alma? Tales personas, diríamos, llevan una vida virtuosa. Han comprendido lo que es correcto en todas sus relaciones y en cada aspecto de su vida. Y no solo entienden lo que es bueno, correcto y verdadero, sino que en su forma de vivir y relacionarse con los demás expresan las virtudes que han adquirido.

Aquí se ven las dos dimensiones de la virtud: una percepción bien comprendida de la verdad y el hábito disciplinado que surge de la obediencia a esa verdad. A veces una persona quiere demostrar valor, paciencia y amor pero, si no “practica”, no podrá continuar haciéndolo diariamente. Si alguien no controla sus impulsos internos que luchan contra la virtud, y conscientemente decide actuar según lo que sabe que es correcto, será como una mujer con sobrepeso que pretenda ser bailarina de ballet: la aspiración sin disciplina lleva a la frustración.

Por otra parte, una persona puede disciplinarse para actuar en forma correcta en cualquier circunstancia, por ejemplo un buen padre, un maestro o una enfermera, o alguien que esté decidido a actuar siempre rectamente. Pero si no hay una profunda apreciación del sentido, la bondad y la autenticidad que equilibran tal disciplina, el resultado no pasará de ser una actividad rutinaria. La disciplina sin inspiración resulta triste, desabrida y deshumanizante.

Para el cristiano, la virtud es la capacidad madura y estable de actuar según la naturaleza que Dios nos ha dado, incluida la nueva naturaleza que recibimos al ser bautizados en Cristo. Esto implica no sólo que siempre hemos de comportarnos correctamente, sino que también debemos poseer la espontaneidad creativa que nos permite entender y expresar la veracidad de nuestra relación con Dios y con los demás en todo lo que hacemos.

La virtud de la castidad. Los primeros filósofos griegos, y posteriormente los padres de la Iglesia, consideraban que había cuatro virtudes esenciales para todas las personas, virtudes que constituían los ejes sobre los cuales gira toda la vida humana: 1) la prudencia: la capacidad de entender la verdad tras una situación determinada y saber qué hacer al respecto; 2) la justicia: la capacidad de reconocer los derechos y la dignidad de los demás en toda circunstancia; 3) la fortaleza: la capacidad de vencer los obstáculos que nos impiden vivir según la verdad y defender la verdad del Evangelio y los derechos de los demás, y 4) la templanza: la capacidad de dominar las apetencias naturales de acuerdo con la finalidad auténtica de la vida.

A continuación analizaremos uno solo de estos “ejes de la vida”, la templanza, y específicamente lo relativo a la conducta sexual, y veremos la estrecha relación que tienen todas las virtudes entre sí. En este análisis, reflexionaremos sobre esa parte de la templanza que llamamos “castidad”.

Quizá no haya en nuestro tiempo otra virtud tan mal entendida como la castidad. Aunque sí se la reconoce en ciertos círculos, esta espléndida “hija” del verdadero amor a Dios y al prójimo es rara vez comprendida correctamente. En pocas palabras, la castidad es la forma en que nosotros entendemos que Dios quiere que expresemos nuestra sexualidad a la luz del Evangelio, combinada con la capacidad de vivir según lo que hayamos entendido.

Es erróneo pensar que la castidad sea la negación de todo placer sexual. El Creador nos dio la sexualidad como parte integrante de nuestra personalidad y como medio para expresar y transmitir la vida. Cuando se confunde la castidad con la abstinencia sexual, se proyecta una nube que ensombrece la vida conyugal. Muchos están confundidos por este falso concepto y, dado que se sienten incapaces de alcanzar la castidad, viven frustrados y resignados a ceder en sus principios.

Un matrimonio casto. Como todas las virtudes, la castidad es virtuosa solo cuando es prudente, es decir, sometida a la verdad. La auténtica castidad entiende y defi ende la verdad en toda relación. Por ello, hay una castidad propia del matrimonio y otra propia de las demás relaciones. En el matrimonio, la castidad pone en orden las tendencias egoístas y dominantes del impulso sexual, tendencias que revelan lo mucho que la humanidad ha sido afectada por el pecado y la conducta del mundo. Bajo esta luz podemos ver que sin la castidad, el verdadero significado y el sentido nupcial del cuerpo humano (del hombre y la mujer) quedan desfigurados y el resultado es que la sagrada unidad que debe existir en el matrimonio queda mancillada (Génesis 2,24).

Minimizar la importancia de la dimensión sexual del matrimonio, o tenerle recelo, sería contrario a la castidad. Tal idea niega la autenticidad de la relación conyugal tanto como lo hace una sexualidad matrimonial equivocada que degenere en lujuria.

La castidad fuera del matrimonio. La castidad controla todo intento de satisfacer cualquier impulso sexual, o afán de manipular o dominar a otra persona a partir del atractivo innato que Dios nos ha dado respecto al sexo opuesto. Inmersos como lo estamos en un ambiente de exagerada orientación sexual en los medios de comunicación, la moda en la vestimenta, el cine y los planes de estudio en las escuelas, estamos acostumbrados a considerar “normal” el hecho de sentir frecuentes impulsos de tonalidad sexual. En este contexto, la castidad significa controlar tales sentimientos y no ponerlos por obra, sino reprimirlos. Esta decisión de frenar la apetencia sexual es, en realidad, parte de una virtud menor llamada “dominio propio”.

La verdadera castidad consiste en controlar las emociones y los sentimientos de una manera que nos lleve a liberarnos de los deseos sexuales desordenados. Esto normalmente no podemos hacerlo solo con nuestras fuerzas humanas, pero con la fuerza del Espíritu Santo sí podemos. Lo que hace falta es actuar con fe y decisión y pedirle ayuda al Señor y también a la Virgen María.

Señor, ayúdame a desarrollar mi virtud. “Señor Jesús, cuando fui bautizado adquirí una nueva naturaleza apta para recibir tu gracia transformadora. Por tu Espíritu Santo que vive en mí, abre mi corazón y mi mente para comprender cómo es esta nueva naturaleza. Ayúdame, Señor, a controlar y disciplinar mis pensamientos y acciones, para que Tú actúes con libertad en mi interior y hagas de mí un fiel hijo de Dios. Amado Salvador, ayúdame a demostrar prudencia, fortaleza, justicia y templanza en mi vida. Especialmente, ayúdame a vivir castamente en medio de este mundo, tan oscurecido por el pecado y las tentaciones, que no reconoce ni busca los tesoros de la paz y la esperanza que provienen de la pureza, la humildad y la rectitud en todas las relaciones. Amén.”

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