La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto 2012 Edición

La Virgen María, ícono de la dignidad humana

Cómo revela la mujer la dimensión femenina de Dios

La Virgen María, ícono de la dignidad humana: Cómo revela la mujer la dimensión femenina de Dios

En el sentido bíblico, la palabra “icono” o “imagen” signi­.ca algo que hace visible una realidad invisible. “Adán”, como representante del género humano, fue imagen de Dios, porque en cierta forma hizo pre­sente a Dios aquí en la tierra.

¿Qué es lo que hacía presente Adán? El hecho de que se le dio autoridad para gobernar al resto de la creación. Fue una ima­gen de Dios que hizo presente la voluntad, la generosidad y el amor de Dios para toda la creación. A diferencia de los ani­males, podía proveer el cuidado y ejercer el gobierno que necesi­taba el mundo para avanzar en la dirección que le señalaba el plan de Dios.

En el mismo sentido, Adán fue rey, pero rey según el concepto hebreo. Para los hebreos, el rey tenía el deber principal de manifestar la volun­tad de Dios entre los hombres y, de modo particular, cuidar al huérfano, la viuda y el indigente. Igualmente, la dignidad de todo ser humano consiste en su capacidad de hacer realidad el plan de Dios en su propia vida y también en la de otras perso­nas. Jesús es el ejemplo perfecto de esta generosa realeza, porque tomó a su cuidado toda la creación y la llevó a la plenitud que el Padre había dis­puesto para ella.

Imagen de Dios: digna de comu­nión. Otro significado del término “imagen” que nos enseña el texto del Génesis es la llamada a vivir en comu­nión con Dios y con el prójimo. Este es el fundamento de nuestra dignidad. Al final del primer relato del Génesis, vemos que Dios estableció el Shabbat (día de reposo) y lo santificó (Génesis 2,2-3) y al santificarlo, lo hizo fruc­tífero. Esta comunión con Dios, que se realiza en la adoración, es nuestra dignidad suprema: podemos tener una relación personal y directa con Dios, adorarlo, obedecerle y poner en Él toda la confianza y obediencia de nuestro corazón. De esta forma, hace­mos realidad nuestra vocación de ser imágenes de Dios.

En realidad, no hay límite a la comunión que podemos lograr con Dios, ya que la Sangre de Jesús fue derramada en favor nuestro y su muerte nos ha reconciliado con el Padre. El Espíritu Santo que habita en nosotros nos lleva a esta comunión íntima con Dios Padre en la Persona de su Hijo. Por el Espíritu Santo, esta comunión con el Señor, esta adoración a Dios, llega a ser una comunión per­sonal y directa con el Todopoderoso que supera todo lo que jamás haya­mos imaginado. Ahora mismo somos imagen de Dios, de un modo sublime, porque somos partícipes de la propia vida de nuestro Creador.

Asimismo, en la comunión mutua de los unos con los otros, también somos imagen de Dios. En la medida en que nos damos a los demás con amor, genuina disposición, deseo de servir con desinterés y de cultivar amistades auténticas, somos imáge­nes de Dios. En esto hacemos realidad nuestra vocación. Desde el momento mismo en que Dios formó a Eva, los seres humanos hemos tenido necesi­dad el uno del otro para hacer realidad la plenitud de nuestra vocación.

La imagen de Dios la proyectamos cuando representamos esta generosi­dad propia de la realeza del Señor en el mundo, cuando vivimos con una profunda comunión personal con el Altísimo, cuando lo amamos por sobre todas las cosas y cuando practi­camos una amistad y una convivencia fraternal con los demás, caracterizadas por la solidaridad y el desinterés.

La Virgen María, imagen de Dios. De un modo singular, María es imagen de Dios en cuanto ella repre­senta la generosidad de la realeza del Señor en la tierra. Dependiendo de Jesucristo y en colaboración con Él, que es la imagen suprema de Dios (Colosenses 1,15), la Virgen María personifica y hace presente la magna­nimidad de Dios, que se entregó con tan extraordinaria humildad y desinte­rés para hacerse uno de nosotros.

Cuando hablamos de los reyes, pensamos que ellos son totalmente soberanos e independientes, porque un rey gobierna sin tener que rendir cuenta de nada a nadie. Pero no es así con Dios. El propio Jesucristo, el Rey de todo el universo, dice de sí mismo que no hace más que lo que ve hacer al Padre y lo que el Padre le encargó que hiciera (Juan 5,30.36).

Dios hace presente en la Virgen María la generosidad real de Jesucristo. María demuestra esta generosidad mediante su total acep­tación de la voluntad del Padre. Incluso antes de que Dios la invitara a ser la madre de su Hijo, seguramente la Virgen había aceptado ya el plan de Dios; ella ya había concebido al Verbo Divino, por la fe, en su mente antes de concebirlo físicamente.

Dios no obliga a nadie. En el momento mismo de la Encarnación, el Todopoderoso invitó a María, sin forzarla, a ser la Madre de Dios. Pero esta maternidad no fue un aconteci­miento puramente biológico, porque ella sería madre en el sentido com­pleto del término. Así, como solían indicarlo los Padres de la Iglesia, toda la historia del mundo dependía del “Sí” con que libremente aceptó María la voluntad de Dios. San Ireneo dijo: “Así como la raza humana cayó en la servidumbre de la muerte por medio de una virgen (Eva), así también es rescatada por una virgen (María); la desobediencia virginal ha quedado anulada en la balanza opuesta por la obediencia virginal” (Tratado contra las herejías, 5.19.1).

La comunión de María con Dios y con nosotros. La Virgen María hizo realidad su vocación de persona humana partícipe de la vida divina por su profunda comunión con Dios. Habiendo visto su intimi­dad con Dios y la excelencia de su obediencia y confianza en Él, trate­mos de pensar en la profundidad y la pureza de su adoración al Padre; imaginemos cómo rebosaba su cora­zón del reposo sabático durante su diario vivir. En la vida de la Virgen María, según el testimonio de las Escrituras, se nos presenta ese res­plandeciente momento en que, con todo su ser, ella le da el “Sí” a Dios. Pero ese sublime momento de gracia solo pudo brotar de la comunión que mantenía con el Todopoderoso, que saturaba su vida entera.

María también tiene comunión con nosotros, como lo sabe por expe­riencia propia todo el que le ora a ella. También leemos en el Evangelio de San Juan el momento en que ella acepta ser la madre de Juan y en que el discípulo la recibe como tal (Juan 19,26-27). Por su parte, ella recibe, en él, a toda la Iglesia como hija suya.

Esta comunión de la Virgen María con nosotros y su tierno cuidado para con la Iglesia, ha sido siempre objeto de alabanza y admiración para los cris­tianos que han llegado a conocerla. Si alguien desea descubrir lo muy pro­funda que es la comunión de la Virgen María con nosotros, puede comenzar por orar: “Señor, Dios todopoderoso y eterno, si nunca tuve la amistad con la Virgen María que Tú quieres que tenga, te digo que ahora deseo tenerla.” De esta forma, cada cual puede llegar a saber personalmente que María es imagen de Dios, no solo por la íntima comunión que ella tiene con Dios, sino también por su comu­nión con nosotros.

La naturaleza femenina de María. Orígenes, uno de los gran­des padres de la Iglesia, dijo una vez: “¿De qué nos habría servido que Cristo hubiese venido en la carne si no viene también a nues­tra alma?” (Homilías sobre San Lucas, 22.3). Esta noción de que nosotros también estamos llamados a ser por­tadores de Cristo, y de esa forma hacer realidad nuestra dignidad de imágenes de Dios, es un tema que constantemente trataron de definir los grandes teólogos y místicos de la Iglesia. San Agustín dijo: “Por lo tanto, los miembros de Cristo dan a luz a Cristo, en el espíritu, tal como la Virgen María lo dio a luz en su seno: de este modo, ustedes serán madres de Cristo” (Sermones 72,8). San Máximo el Confesor añade, por su parte que: “Cristo nace siempre en forma mística en el alma, haciéndose carne en los que somos salvados y haciendo del alma una madre virgen” (Comentarios sobre el Padre Nuestro).

Ya sabemos que el ser humano es masculino o femenino. Cada per­sona, por su constitución física es hombre o mujer. Esta cualidad satura y condiciona toda su existencia emo­cional y espiritual.

En la Virgen María se hace rea­lidad de modo excelente aquella dignidad humana que significa el ser imagen de Dios expresada en forma femenina. María concibió a Jesucristo en su vientre bendito y esta es la vocación de la mujer: ella lo dio a luz, lo crió, lo cuidó, lo educó y lo protegió; fue la representación de la amorosa ternura de Dios Padre para el Niño en su forma de tratarlo. Todo esto fue algo propio de ella en su condición de mujer y madre. En su femineidad, María demostró que todo ser humano tiene algo de la ter­nura maternal que viene de Dios. Podemos pues reconocer nuestra propia dignidad siguiendo el ejem­plo de la Santísima Virgen María, para saber cómo recibir de Dios todo lo que Él quiere darnos para ser per­sonas humanas completas. •

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