La Palabra Entre Nosotros

Noviembre 2017 Issue

La Virgen María en el mundo hispano

Continuación

By: Mons. Agustín Aleido Román

La Virgen María en el mundo hispano: Continuación by Mons. Agustín Aleido Román

Nota del editor: Este artículo, por su longitud, fue dividido en dos partes. La primera parte apareció en la edición de octubre de 2017 de La Palabra Entre Nosotros.

La Purísima, 1562. Santa Teresa de Jesús obsequió a un hermano suyo, don Lorenzo de Cepeda, una hermosa imagen de la Virgen Inmaculada para que la llevara consigo a América y fuera su protectora en los comienzos de la evangelización. Lorenzo la llevó siempre por tierra y por mar. Establecido en Chinandega, Nicaragua, la imagen despertó en los indios la devoción de la Madre del Señor. Después de varios años fue trasladado a Perú y quiso llevar la imagen consigo, pero los habitantes del lugar, llamado “El Viejo” se le opusieron. Pensó partir y salió una, dos y tres veces, pero las tempestades no le dejaron continuar el viaje y tuvo que regresar. Hasta que decidió dejar la imagen y entonces pudo partir. El Santuario de Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo es de gran celebridad en la América Central.

Chiquinquirá, 1565. Antonio de Santana hizo construir una pequeña capilla pidiendo al pintor Alonso de Narváez que le copiase en mayor tamaño la imagen de una deteriorada estampa que tenía consigo. En una rústica manta tejida por los indios, con colorantes naturales, Narváez hizo una hermosa pintura de la virgen del Rosario que fue colocada en una capilla. Más tarde por abandono del lugar, se deterioró el cuadro de la virgen. El pueblo cuenta el prodigio de que un 26 de diciembre de 1586 la pintura fue reparada milagrosamente.

Copacabana, 1588. En la población de Copacabana, de Bolivia, en la ribera del lago Titicaca, un descendiente de los incas llamado Tupac Yupanqui, tuvo la idea de esculpir una estatua de María con la apariencia y la vestimenta de una princesa inca. El rostro de la Virgen y el Niño Jesús que lleva en los brazos tienen una encantadora expresión de dulzura que inspira devoción.

María de Caacupé, 1600. Cierta mañana un grupo de indios de una tribu enemiga de los misioneros franciscanos que evangelizaban en Paraguay buscaban en los montes espesos a un guaraní convertido para matarlo. El guaraní, devoto de la Virgen Inmaculada, se escondió en el tronco de un gran árbol e imploró a la Madre del Señor que si se salvaba haría de aquel tronco una imagen para que fuera venerada. Se salvó y así lo hizo. La imagen corre de familia en familia, se pierde y aparece en 1750. La devoción le hace levantar el Santuario de Caacupé, donde hoy se venera.

María del Quinche, 1604. El poblado indígena de Oyacachi, en Ecuador, había recibido ya el Evangelio y oraba a la Virgen para que les librara de los osos que atacaban y devoraban a los niños. Llegó un día el artista Diego Robles ofreciéndoles una hermosa escultura de la Virgen mestiza, que los caciques dijeron ser idéntica a la que ellos habían visto en apariciones. Junto a aquella imagen comenzó la oración que cada mañana subía al cielo venerando a la Madre de Dios. Después de 13 años de devoción, en el año 1604, la trasladaron al poblado del Quinche, a unos 50 km de Quito. La iglesia ecuatoriana lo declaró Santuario Nacional el 16 de junio de 1985.

Virgen de la Caridad del Cobre, 1612. Dos indios y un niño morenito que habían ido a la bahía de Nipe, en el norte de Cuba, en busca de sal para la conservación de la carne de res, sufrieron una tormenta en el mar y se encomendaron a la Virgen. Al terminar los tres días de tormenta, aparece sobre el mar una imagen de la Virgen flotando sobre una tablita donde se leía: “Yo soy la Virgen de la Caridad.” La llevaron a la finca de la que venían y más tarde a la iglesia parroquial. La imagen desaparecía y volvía a aparecer, lo que hizo que el pueblo le construyera una capillita sobre un cerro. Así comenzó una devoción que rápidamente se extendió por toda la isla de Cuba. Los veteranos de la Guerra de la Independencia pidieron al Papa Benedicto XV que la proclamara Patrona de Cuba, así lo hizo éste en 1916.

Nuestra Señora de Luján, 1630. En Argentina, un devoto portugués que residía en la ciudad de Córdoba del Tucumán, erigió una capillita a la Virgen inmaculada y le pidió a un amigo suyo que residía en Brasil que le enviara una imagen. El buen amigo le envió dos estatuas en sendas cajas de madera. Las llevaban en una carreta de Buenos Aires a Tucumán, y al llegar al río Luján, se detuvieron los bueyes y no quisieron seguir ni con la ayuda de otra yunta. Bajaron una de las dos cajas que contenían las imágenes, pero los bueyes continuaban resistidos. Subieron la caja y bajaron la otra con la imagen y continuaron los bueyes sin dificultad. Entendieron ellos que la Virgen quería que su imagen se quedara en ese lugar y allí le construyeron el santuario.

Nuestra Señora de los Ángeles, 1636. Una india anciana salió de la pobre choza en que habitaba en Cartago, Costa Rica, para recoger leña seca en el monte vecino, según era su costumbre. Aquel día la anciana descubrió sobre una roca la hermosa imagen de la Virgen con el Niño en brazos. Gratamente sorprendida por el hallazgo, se olvidó de la leña, y envolviendo la imagen en su chal, regresó de prisa a su choza para guardarla. Al día siguiente, al ir en busca de leña, encontró otra vez la imagen sobre la misma piedra y la llevó de nuevo. Llena de temor, la llevó al cura párroco, pero la imagen desapareció también de la casa cural, apareciendo sobre la roca. Allí el pueblo construyó el santuario donde hoy se venera la imagen aparecida en la festividad de los Santos Ángeles. Por decreto de la Asamblea Constituyente, la Virgen de los Ángeles fue declarada Patrona Nacional de Costa Rica.

Nuestra Señora de Coromoto, 1652. Cuando los franciscanos cumplían su labor evangelizadora en la región de Guanare, Venezuela, con grandes éxitos, un cacique no sólo rehusaba convertirse sino que instaba a sus súbditos a apartarse de la fe. La Virgen se le apareció al indio en la quebrada de Coromoto y le pidió que aceptara la evangelización y recibiera el Bautismo, pero él no aceptaba. Un día 8 de septiembre de 1652, cuando el cacique se dirigía con 600 indios a la entrada de la cañada de Coromoto para establecer un poblado, se le apareció la Virgen y el indio le arrancó un pedacito del manto donde quedó estampada su imagen. Hoy se venera la reliquia de la imagen estampada en el pequeño pedacito del manto en el Santuario Nacional de Guanare.

Nuestra Señora de la Paz, 1682. En esa época, unos mercaderes encontraron una caja de madera que no se podía abrir junto a las playas del sur de El Salvador. Llevaron la caja tierra adentro sobre un asno. Al llegar frente al templo de San Miguel, el asno se detuvo y no quiso caminar. Le bajaron la caja y entonces fue fácil abrirla. Guardaba una hermosa imagen de la Virgen con el Niño. La noticia cundió rápidamente y las multitudes vinieron a verla. Hasta el momento, los vecinos mantenían una lucha fratricida, pero con la llegada de la imagen se inició un período de paz. La colocaron en el templo de la villa de San Miguel, que contaba con un siglo de fundada, y el pueblo comenzó a llamar a la Virgen con el título de Nuestra Señora de la Paz.

Nuestra Señora de Suyapa, 1747. Anochecía un sábado de febrero y un humilde labrador, por nombre Alejandro Colindres, regresaba de sus labores de la aldea del Piligüin, en Honduras, al lugar de su residencia, la aldea de Suyapa. Al llegar la noche quiso pernoctar, pero un objeto duro no le dejaba dormir. Pensando que era una piedra, tomó el objeto y lo lanzó lejos. A la noche siguiente, se repitió el suceso. Entonces, tomó el objeto y lo guardó en su mochila. Al llegar a su casa, descubrió que el objeto era una escultura de la Madre de Dios. Allí comenzó la devoción a la Virgen de Suyapa.

La Virgen de los Treinta y Tres, 1825. El 19 de abril desembarcaron en la playa de la Agraciada, en Uruguay, 33 patriotas con el propósito de libertar a su pueblo. Se dirigieron a la localidad de Florida e imploraron la gracia de la libertad delante de la imagen de María Santísima. Al conseguir la tan deseada liberación, le consagraron la patria naciente. El pueblo llamó a esta imagen la Virgen de los Treinta y Tres.

Nuestra Señora de la Providencia, 1853. El 2 de enero se establece en Puerto Rico el culto a la Virgen de la Providencia por el Obispo Estéves y Tomás. En 1892 declara la Diputación Provincial el 2 de enero fiesta religiosa del pueblo puertorriqueño. En 1913, al celebrarse el IV Centenario del comienzo de la Evangelización, se acuñó una medalla con estas palabras: “Nuestra Señora de la Providencia, Patrona de Puerto Rico.”

Recemos el Rosario y el Ángelus, recordando lo que nos decía el Santo Padre:

“Yo me digo a mí mismo: un hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad; que desea eficazmente y procura por todos los medios encender en todo el mundo el fuego del amor divino. Nada le atemoriza, se goza en las privaciones, aborda los trabajos, acepta los sacrificios, se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino en cómo seguirá e imitará a Jesucristo, en trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.”

Mons. Agustín Aleido Román fue Obispo Emérito de Miami y fundador de la Ermita de la Caridad en esa ciudad.

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