La Palabra Entre Nosotros

Noviembre de 2018 Edición

La vida antes y después de la muerte

Lo que es realmente importante

By: Por Mons. Peter Magee

La vida antes y después de la muerte: Lo que es realmente importante by Por Mons. Peter Magee

Solamente cuando algo termina uno puede hacerse un buen juicio al respecto. Por ejemplo, al final de la vida de alguien es cuando surge la imagen completa de quién era y lo que fue esa persona.

Tuvimos un funeral en San Alberto esta mañana y, como usualmente lo hago, traté de describir los dones de la señora fallecida, lo que ella representó para sus conocidos y seres queridos, y luego traté de conectarlo con lo que el Señor quiere de los que aún permanecemos vivos. Ahí es donde la vida real de alguien difiere de los dramas populares de la televisión.

Nosotros podemos analizar a alguien, pero no podemos juzgarlo. Solo el Señor puede hacerlo. Y si bien, para los difuntos, su vida en la tierra ha cesado, su vida real, su vida en el cielo, apenas está comenzando. Nunca terminará y ya nunca más morirán, y tampoco van a ser juzgados de nuevo. Al igual que todos aquellos que ya se han ido a Dios, no necesitarán ningún otro juicio. Cada cual será totalmente transparente para todos los demás. Conoceremos tal como somos conocidos por Dios, y conoceremos a Dios y los unos a los otros como Dios nos conoce.

El Evangelio (Mateo 25, 31-46) nos habla del clímax, el último episodio de la historia humana. Nos habla de las últimas cosas: la muerte, el juicio, la resurrección, el cielo y el infierno. Es como un toque de trompeta que nos llama al aproximarse el final de otro año. Efectivamente, llegará un momento en que los años terminarán, el tiempo dejará de existir. Esa trompeta quiere despertarnos para que no nos precipitemos hacia la muerte, para que no vivamos como sonámbulos al llegar al Juicio Final.

El mensaje que ese llamado quiere hacer penetrar en nuestra sordera es el siguiente: que la vida de todo ser humano y toda la historia encuentran su significado en el amor de Cristo. Más aún, su significado se encuentra en ver a Cristo y amarlo en aquellos que están en necesidad. El Cristo en el pobre atrae al Cristo en los ricos, para que éstos y aquéllos reconozcan a Cristo en el prójimo y lo amen.

La humanidad propiamente es el pobre. No tenemos nada que podamos decir que es realmente nuestro. El cuerpo y la mente son dones de Cristo. Cuando Cristo nos invita a dar a los pobres, visitar a los enfermos, etc., nos pide que hagamos lo que Dios ya ha hecho por nosotros al crearnos. No éramos nada y de la nada él nos lo dio todo, incluso él mismo. Y cuando nos volvimos aún más miserables, como consecuencia del pecado y de la muerte, él nos comunicó su Espíritu de amor y de vida eterna a través del anonadamiento de sí mismo en la cruz.

Para alguien que puede darle algo a un vecino pobre, el hecho de no hacerlo es como decir que Dios se negaría a socorrernos. Es la negación de la cruz; de hecho, es una negación de quién es Dios en sí mismo, es el rechazo del propio Dios.

En la vida humana, siempre hay algunos que pueden dar y otros que no pueden hacerlo. Y puede ocurrir fácilmente que los roles cambien, porque sea que tengamos mucho o poco, nunca se puede estar seguro de que siempre vamos a tener bastante. Por muy pobres que seamos, no podemos excluir la posibilidad de que cambie nuestra suerte. Este dar y recibir, quien sea a quien sea, es el molde de la existencia social humana.

Cada persona tiene una necesidad innata y esa necesidad es un reflejo de la naturaleza de Dios, pues el Padre y el Hijo están eternamente dando y recibiendo el uno del otro. En consecuencia, en la raíz misma de nuestra condición humana se encuentra la condición divina y si negamos lo humano, también negamos lo divino. Si negamos los derechos humanos, negamos la divinidad. Y Cristo nos juzgará para arrojar luz sobre la sentencia que ya hayamos pronunciado para nosotros mismos.

A quienes por cuenta propia ya hayan optado por la condenación, rechazando a Dios, Cristo les dirá: “Apártense de mí, los que merecieron la condenación” por su persistente negación de lo humano y de lo divino. En cambio, a aquellos que ya hayan decidido ir al Reino del Padre diciendo sí a lo humano y a lo divino, les dirá: “Vengan ustedes, los que han sido bendecidos por mi Padre.” Cristo no hace más que declarar la sentencia que nosotros mismos hayamos pronunciado para nuestro futuro en ejercicio de nuestra libertad de elección.

La generosidad. Algo que también cabe observar en la parábola del Juicio Final es que Cristo sabe cada vez que decimos que sí o no a la verdadera generosidad cristiana. Él no está lejos de nuestra vida personal; de hecho ¡está muy cerca! Algunos piensan que a él no le interesan nuestros asuntos triviales, pero eso es absolutamente falso. El Señor conoce cada acto de caridad que hacemos, por secreto que sea, como también cada vez que deliberadamente nos negamos a hacer algún acto de caridad, porque él está presente en cada persona realmente necesitada que también busca verlo en aquel que puede ayudarle.

Jesucristo es el Rey, no solo del universo, entendido en términos de espacio, sino también el Rey de la historia, de todos los tiempos. La eternidad no es algo que venga después de la historia, sino algo que la impregna plenamente, la atraviesa y pasa a través de ella como un rayo de sol que se proyecta a través del panorama e ilumina el horizonte ante nuestros ojos. Precisamente como Rey del espacio y del tiempo, Jesús está presente en cada espacio y tiempo; por lo tanto, está presente en su amor y su sabiduría divina para cada persona en todas las circunstancias de cada momento.

Por consiguiente, optar por negar el amor, en la simple forma descrita en la parábola, significa violar la presencia de Cristo, rechazarlo. Probablemente, la mayoría de nosotros somos “una mezcla” de tales decisiones. Nos proponemos amar, pero la debilidad nos detiene y la apatía nos domina; luego acudimos a él en busca de ayuda y encontramos una nueva fortaleza para amar. Nosotros somos así: como el vaivén de un péndulo. Sin embargo, es nuestro deber esforzarnos siempre para demostrar mayor amor, no ser perezosos y abandonar la carrera. Por eso, necesitamos esta parábola; porque nos despierta y nos exhorta a esforzarnos más. Solo podemos trabajar, orar y esperar con paciencia hasta que el Señor venga a llevarnos junto a sí. Entonces él iluminará nuestro corazón, alma y conciencia con la luz de su juicio y recibiremos de él el veredicto definitivo acerca de quienes somos.

En esta vida ninguno de nosotros tiene certeza alguna de cuál es nuestra condición delante de Dios y no podemos presumir que obtendremos su misericordia, pues eso sería una grave ofensa en su contra. Pero sí podemos tener una ferviente esperanza y confianza en él, las cuales, si son sinceras, nos motivarán a seguir intentando y seguir avanzando por el camino del amor. En realidad, necesitamos orar urgentemente pidiendo la gracia de nuestro Redentor. San Pablo nos dice que Dios mismo es quien nos infunde la voluntad de actuar y hacer las buenas obras que él ha preparado para nosotros. Por lo tanto, hemos de pedírselas constantemente.

Me siento inspirado a concluir con una oración: “Señor, concédeme el deseo de amar, te lo ruego. Ayúdame a hacer obras de amor. Por la esperanza que tengo en tu infinita ternura pese a mi debilidad, dame la capacidad que necesito para cumplir tu voluntad. Perdona las muchas veces que me niego a reconocer tu presencia en mi prójimo. Sáname de mi propia apatía y preocupación de mí mismo, te lo ruego. Alza mis ojos hacia arriba y hacia fuera para percibir mi vida como tú la ves. No permitas, Señor, que yo muera enfrascado en mis pequeñas preocupaciones. Corrige y dirige mi razón para pensar en lo que es realmente importante, es decir, lo que tú quieres de mí. Líbrame de mis prejuicios y de los dogmas y principios que yo mismo me invento, que únicamente me encierran en la vanidad. Jesucristo, mi Rey, permite que yo te ame como tú me amas, Señor; que yo ame a los demás como tú los amas. Que te vean a ti en mí, mientras yo te sirvo a ti en ellos. Reina sobre mí y en mí, omnipotente Salvador mío, porque sin ti ¿qué hay allí, quién está allí y qué o quién soy yo? Solamente tú sabes quién soy yo realmente, y yo sé que solo en ti puedo ser realmente quién debo ser. Jesucristo, Rey y Señor mío, deseo ser tuyo para siempre. Ten misericordia de mí. Amén.”

Homilía pronunciada por Mons. Peter Magee el 27 de noviembre de 2017. Mons. Peter Magee es Vicario Judicial para la Iglesia Católica en Escocia y párroco de la Parroquia San Alberto en Glasgow, Escocia.

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