La Palabra Entre Nosotros

Octubre 2012 Edición

La promesa de la salvación para la familia: La Sagrada Familia de Nazaret nos muestra el camino

Por Mons. Diego Monroy

La promesa de la salvación para la familia: La Sagrada Familia de Nazaret nos muestra el camino: Por Mons. Diego Monroy

La palabra “salvación” es muy usada y de tanto usarla se le ha vaciado de su contenido teológico y su sentido profundo: “Me salvé de esto, me salvé de esto otro, etc.” De modo que cuando hablamos de la salvación de Dios y de la familia, las palabras casi no nos dice nada.

Ahora hablaremos de la salvación de Dios, de que el Padre es tan bueno y nos ama tanto que nos hizo a su imagen y semejanza. La Palabra de Dios, en el Libro del Génesis, nos dice: “Ahora, hagamos al hom­bre…”, porque el ser humano es producto del diálogo amoroso entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Nadie nació por casualidad; todos nacimos como respuesta al plan amo­roso de Dios. Somos hechura suya y Él nos hizo bellos. Cada cual es her­moso o hermosa a los ojos de Dios, porque el Señor nos hizo como si cada uno fuese el único hombre o mujer del mundo. Tú, hermano, eres único e irrepetible, porque Dios te hizo “en serio” no “en serie”, y cuando Dios te hizo a ti, rompió el molde para que jamás hubiera otro igual a ti, porque te ama personalmente.

Cuando Dios creó al hombre, lo hizo parecido a Dios mismo. Hombre y mujer los creó y les dio su bendi­ción: “Tengan muchos, muchos hijos.”

El secreto es el amor. Dios formó al hombre de la tierra misma y sopló en sus narices y le dio vida. Así el hombre comenzó a vivir y Dios lo puso en el Jardín del Edén. Luego dijo el Señor Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a hacer alguien, que sea una ayuda adecuada para él.” Entonces, el Señor Dios hizo caer al hombre en un sueño profundo y, mientras éste dormía, le sacó una de las costillas y de la costilla hizo Dios a la mujer.

¿Que hay entre las costillas? ¡El corazón! Esto significa que la mujer debe estar siempre en el corazón del hombre. ¡Ay de ti, hombre, si tratas mal a tu mujer! Porque Dios no la sacó de tus pies, para que no la piso­tees; la sacó de las costillas, donde está el corazón, para que la ames. Mujercita, tú vales tanto como el hom­bre; tú eres de la misma condición, de la misma naturaleza y de la misma grandeza y dignidad del hombre. Por eso, el mismo Dios, cuando decidió hacerse humano escogió a una santa mujercita: ¡la Señora del cielo!

Ahora bien, ¿qué significa que la familia sea salvada? Significa que la familia debe ser imagen de la Familia Trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde las relaciones son de amor y de diálogo continuo. Así debe ser siempre en la familia, porque la familia es fuente de vida, manantial de vida, fuente de bendición.

La Sagrada Familia. Cuando el Hijo unigénito del Padre, el Verbo eterno, quiso hacerse humano lo hizo en las entrañas benditas de una joven­cita de Nazaret, llamada María, aquella que con una fe absoluta y entrega total dijo: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.” En ese momento se realizó el milagro más grande que los hombres pudiéramos imaginar: ¡Dios se hizo uno de noso­tros! ¡El Todopoderoso, el Altísimo, se hizo frágil y vulnerable! Dios se abajó a nuestra humanidad para impulsarla y promoverla. ¡Esta es la buena noti­cia; esta es la salvación! Así, pues, la familia es salvada cuando vive la vida que Dios dispuso para ella.

Desde el momento en que el Verbo eterno se hizo humano y vivió y creció en una familia, la familia tomó una gran dimensión sobrena­tural, porque desde el momento en que el Verbo se hace humano, santi­fica a la familia.

Yo les invito a que se acerquen más a la Sagrada Familia de Jesús, María y José y la contemplen para descubrir el sentido existencial de esta familia para nosotros, los hombres y mujeres del Tercer Milenio. Padre de familia, ¿qué tanto te pareces tú a San José? Señora, ¿qué tanto se parece usted a la Virgen María? Hijos e hijas, ¿qué tanto se parecen ustedes al Niño Jesús? No crean que esto es un imposible; es en realidad un modelo que las familias deben imitar con la gracia de Dios

Jesús era un hijo obediente, tra­bajador y sumiso a sus padres. José y María no discutían ni reñían; no se insultaban, se respetaban mutua­mente y se amaban entrañablemente. También amaban y respetaban al Hijo, que se preparaba para una misión ingrata, una misión misteriosa.

Iglesia doméstica. Una de las realidades más bellas y edificantes de la vida humana es la institución de la familia, pues toda familia pro-cede del Padre Dios y está llamada a ser una manifestación del amor del Padre Dios, porque es fruto del diá­logo amoroso del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, naturalmente, como todas las cosas humanas, tam­bién puede perder luminosidad y quebrantarse, porque la familia arrastra una pesada carga de errores y pecados.

La familia es también iglesia doméstica, un santuario donde siem­pre está presente el Señor, porque Jesús está siempre en el centro de la familia. Allí donde están el esposo, la esposa y los hijos, allí está el Señor, sacramentalmente presente en el amor que viven aquellos esposos ben­decidos por Dios. Allí también está la Virgen María y San José; están los san­tos y los ángeles en ese santuario que es la iglesia doméstica de la familia.

La familia: Sacramento de san­tificación. La mejor escuela de humanismo que existe es la familia; pero, como todas las cosas muy valio­sas, se nos puede estropear por la costumbre, la rutina, las incompren­siones, los abusos y la violencia. Por eso, la familia ha de ser reflejo de la Familia Trinitaria, que es manantial y fuente de vida. Hoy en día la fami­lia se ve bombardeada por el hombre egoísta y ciego de placer, que quiere apartarse de todo lo que sea sagrado.

Si nos impresionan los bombar­deos que hay en el Medio Oriente, más deberían impresionarnos los bombardeos que se están haciendo hoy contra la familia en nuestra propia sociedad, porque desgraciadamente la familia está bajo ataque y bombar­deada por los que defienden el “amor libre”, el divorcio, una mal entendida planeación familiar y el aborto, que claramente es un infanticidio, y una salvaje secularización.

El Papa Benedicto XVI ha insistido en que la familia está bajo el bombar­deo de un relativismo galopante o un hedonismo o sensualismo desenfre­nado. Como decía, la familia debe ser una hoguera, un fuego que caliente a todos los que la forman, pero hoy sopla sobre ella una gran masa de aire polar, que congela los corazones de los esposos y los hijos.

El otro día un joven me dijo: “Padre, ya no quiero vivir en mi casa, porque mi papá y mi mamá se han aplicado la ley del hielo, y ya no se hablan. Llevan meses así, de modo que en la casa se siente un frío polar que nos está enfermando. Por eso ya no quiero vivir en mi casa.” ¡Qué lástima! Este chico percibía que su familia estaba lejos de ser un hogar como la Sagrada Familia de Nazaret. Este modelo de unión, de trabajo, de religiosidad y de paz ha quedado para muchos en la bodega de las cosas inútiles, o incluso reducida a un cuadrito que la familia tiene en la recámara.

Nuestro modelo. Ojalá todos tengamos el cuadrito de la Sagrada Familia en la casa, pero es para que esa imagen nos recuerde que noso­tros debemos ser imagen de esa santa familia. Lamentablemente, hoy en día la familia está viviendo un pro­fundo proceso de secularización. Lo que tradicionalmente era un pueblo o una pequeña ciudad se ha convertido ahora en una gran metrópolis, donde los cambios se perciben en diferentes manifestaciones, lo cual va alterando la situación de la mujer, el sentido de la vida matrimonial, la crisis de la pobreza, la crisis de valores, la pér­dida del sentido de la vida humana. Cuando se va perdiendo la unidad familiar, por las nuevas circunstancias que se viven en el hogar, en el tra­bajo y en la escuela, crece el egoísmo y el distanciamiento, aparece el des­amor, se rompe la integración familiar y en demasiados casos se provoca el divorcio, el abandono del hogar y la oportunidad de asumir otros compro­misos e hijos fuera del matrimonio.

Yo los invito a todos a mantener viva la esperanza y la confianza en el Señor. Pidámosle al Señor que ben­diga a nuestras familias y démosle gracias a Dios por ellas y por todas las familias, precisamente a las que más les falta el vino nuevo del Espíritu Santo:

Te damos gracias, Señor, por las familias y por la abundancia de tus bendiciones. Te pedimos, Señor, por las familias divididas, con problemas de comunicación y entendimiento, para que experimenten la reconcilia­ción y superen sus crisis. Te rogamos también por tantas familias que han sido marcadas por la injusticia, la exclusión y la discriminación, para que encuentren ayuda y solidari­dad. Te pedimos, además, Señor por nosotros mismos, para que sepamos defender los valores de la Sagrada Familia.

Conferencia de Mons. Diego Monroy, Rector de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe (México), pro­nunciada en el Congreso de Católicos Unidos por la Fe organizado en 2006 por el Ministerio El Sembrador, en California. Usada con permiso.

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