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Pascua 2018 Edición

La persecución de los cristianos: Una tragedia de hoy

Una religiosa valiente que da su vida por Jesús

La persecución de los cristianos: Una tragedia de hoy: Una religiosa valiente que da su vida por Jesús

En esta narración late pleno de esperanza el corazón de una mujer enamorada de Cristo… hermana, religiosa, amiga, que sirve en tierras donde ella y sus hermanas religiosas eran blanco fijo para ser asesinadas brutalmente por los terroristas del Estado Islámico (Daesh).

La Hna. Sabria Momika O.P. cumplía su apostolado en Qaraqosh (Irak) cuando, el 6 de agosto de 2014, tuvo que huir precipitadamente, con toda su comunidad y todos los cristianos del lugar, ante la inminente toma de la ciudad por parte del autodenominado Estado Islámico. Una y otra vez se emociona al recordar los dolorosos acontecimientos vividos por miles de cristianos. Pero asimismo se rehace y continúa narrando, pues quiere proclamar a todos lo que allí se vivía.

El origen del caos. La Hna. Sabria pertenece a la Congregación de Hermanas Dominicas de Santa Catalina de Siena, una comunidad nacida en Irak en el año 1887 y que tenía su Casa Generalicia en la ciudad de Mosul. Los del Daesh ya habían destruido 23 conventos de estas religiosas, arruinando así cientos de proyectos de servicio a la población local. “Toda la comunidad está compuesta por ciento dieciséis hermanas… Hemos dejado veintitrés conventos y proyectos, que son tantísimos, en la llanura de Nínive”, ratifica la hermana Sabria, recordando cómo fue que se inició el caos, después de la partida de las fuerzas de los Estados Unidos y sus aliados.

“La situación antes de 2003 era muy buena. Después de la caída del régimen de Saddam Hussein, hubo una gran confusión; mucho desorden en todos los niveles. Se perdió todo el orden. Entonces comenzaron muchos problemas con los musulmanes… No sabemos cómo surgieron. No eran así antes. Pero después del 2003 cayó todo eso. Empezamos a tener muchos problemas con ellos en el trabajo, en los hospitales, para buscar trabajo, para obtener documentos. Todos estos problemas aparecieron después de la caída del régimen de Saddam. De repente, surgió toda esta violencia, no sabemos por qué. Pero hubo ciertas intervenciones, de Irán y de Arabia Saudita. Los de Arabia Saudita son sunitas y los de Irán son chiitas. Porque hay dos sectas musulmanas en Irak, chiitas y sunitas, que están enfrentadas porque cada una tiene sus propios intereses. Las intervenciones de estos dos países, Arabia Saudita e Irán, crearon esta confusión.”

Tiempo de huir. El 6 de agosto de 2014, una fecha que jamás olvidará la Hna. Sabria. Ese día celebrarían, como todo el orbe católico, la Fiesta de la Transfiguración del Señor. Pero también se verían forzadas a huir. “Desde las cuatro de la mañana escuchamos un bombardeo muy fuerte. Fuimos a Misa tranquilamente, a pesar de este ruido. Después de Misa volvimos para desayunar, pero el bombardeo continuó durante casi toda la jornada. La gente preguntaba: ‘¿Qué pasa? ¿Qué es este bombardeo?’ De pronto, un misil explotó frente a una casa cercana causando la muerte a una joven y dos niños. Murieron ahí mismo. El misil también causó muchos heridos y destruyó muchas casas. Esta chica se había comprometido en matrimonio ese mismo día.

“Por la tarde, después del funeral, la gente estaba muy asustada y empezaron a pensar en marcharse, porque la situación se hacía más caótica. Alrededor de las siete oímos voces y ruido de gente que salía. No pensamos que nosotras —las religiosas— tuviéramos que marcharnos. Hacia las once, casi a medianoche, decidimos salir de Qaraqosh porque habíamos recibido varias llamadas que nos decían: ‘Hermanas, tienen que irse, porque la situación es muy peligrosa para ustedes.’ Así que nos preparamos rápidamente para salir.”

La Hna. Sabria guarda silencio, conmovida. Las lágrimas anegan sus ojos al recordar esa huida, en la que apenas se llevaron unos bocadillos para la cena y algo de ropa en una pequeña maleta. No había tiempo para más. La entrada de los terroristas del Estado Islámico en Qaraqosh era inminente: “Salimos a la medianoche y vimos un gran río de gente que huía. ¡Madre mía, un río de gente! De todas las ciudades, de todos los pueblos salía gente: de Qaraqosh, Ba’ashika, Bartallah y otros pueblos. De la otra parte, del norte: Tall Kayf, Bakufa, Batnaya, Telskuf. Iban en bicicleta, a pie, en tantos medios. Había niños, ancianos, enfermos, minusválidos. Fue realmente una noche negra y peligrosa. Una noche oscura, tan oscura. Con el calor de agosto, sin agua, sin nada.”

Las hermanas tardaron casi diez horas nada más que en salir de la ciudad. Iban extraviadas en medio de la noche, sin saber hacia dónde ir. Los controles de entrada al Kurdistán (región del norte de Irak) eran muy estrictos pero, finalmente, consiguieron llegar al convento de su comunidad en Ankawa: “Nuestras hermanas nos recibieron con lágrimas y llanto. Gracias a Dios, que él nos acompañó en esta noche tan trágica.”

Cargando su cruz. Pero las hermanas no estaban solas. Miles de cristianos llegaban agotados al Kurdistán buscando refugio, y ellas no dudaron en lo que debían hacer por amor a Cristo. “Fuimos por todas partes. Las hermanas nos distribuimos de dos en dos por los campos, escuelas, iglesias, calles, jardines para atender a los que llegaban. Algunos venían enfermos, otros habían sufrido caídas. ¡Tantos, tantos problemas!

“Había quiénes dormían en las calles, esperando que les dieran agua, comida, porque no habían llevado nada de sus casas. Dejaron allí todo. Todo lo que tenían lo habían dejado: casas, muebles, dinero, oro, todo. Poco a poco reunimos a la gente e hicimos oración con nuestro obispo, con los sacerdotes. Celebramos una misa. No habíamos llevado el mantel del altar. Una hermana cortó su escapulario y lo puso sobre una mesita. Celebramos así la misa, en el jardín. La gente lloraba.”

Hacinadas como estaban ellas mismas en su convento de Ankawa, estas valientes mujeres encarnaban lo que implica ser madres espirituales. Entregándose al servicio de los perseguidos fueron organizando a la comunidad. “Al día de hoy, las hermanas siguen con los desplazados, les han acompañado a todos los pueblos en los que se han ido distribuyendo. Fuimos con ellos de dos en dos para acompañarles, para no dejarles solos y no se sintieran tan dispersos, pues pensamos que el sufrimiento quizá tocaría su fe y perderían su fe en Dios, en la comunidad cristiana, en la Iglesia.”

Así la vida adquirió, entre los refugiados, un pequeño brillo de esperanza, aferrados a su fe, arropados por la solidaridad de las hermanas que sufrían con ellos. La fortaleza, dice Sabria, la encontraban “en la oración, la Misa, los sacramentos.” Bautizando a los niños, formando a los novios, los matrimonios, la Primera Comunión, estando en los funerales… nutriendo desde los sacramentos. “Dios nos dio fuerza”, puntualiza.

Hasta dar la vida si fuera necesario. Viviendo así su consagración con pasión, recuerda que se olvidaban de sí mismas. “No pensamos en ninguna otra cosa que no fuera la gente: para que no perdieran su fe, para que fueran fieles a su fe, y conservaran esa fe que habían recibido de sus padres y madres.”

Dieciocho hermanas fallecieron desde que se inició la huida, cuenta Sabria; dieciocho testigos fieles que no temieron el agotamiento, ni la enfermedad, ni a los terroristas del Daesh. Ellas ofrecieron su vida al Señor, para que la bendición de Dios descendiera sobre su pueblo golpeado por la persecución y el sufrimiento. Las hermanas estaban muy, muy preocupadas por los cristianos. Pensaban en la gente, los que estaban sufriendo en esta desgracia.

“Una de las hermanas, que ya tenía casi 82 años, me pidió: ‘Hna. Sabria, te pido ir contigo para ver a esta gente. No puedo soportar el estar aquí en el convento y saber que la gente está sufriendo.’ Lloraba y lloraba. Me acompañó y vimos a mucha gente que rezaba ante una estatua de la Virgen. Estaban todos rezando en la plaza. Ella, al ver esto, exclamó: ‘Madre mía.’. Volvió a casa y lloraba, lloraba. Cuando murió, encontramos un papel en el que había escrito: ‘No puedo soportar el ver el gran sufrimiento de la gente. Prefiero morir en su lugar’.”

La Hna. Sabria no puede reprimir las lágrimas; pero de inmediato retoma las fuerzas y continúa el relato. “Las hermanas ancianas rezaban mucho, muchos rosarios durante el día, rezaban y rezaban. Nos esperaban cuando volvíamos a la casa: ‘Cuéntennos, hermanas, ¿qué hicieron hoy? ¿Qué fue lo que vieron?’ Cada día querían escucharnos, saber qué habíamos hecho, cómo estaba la gente.”

La Iglesia orante, Madre de los perseguidos. También en Irak no son los poderosos del mundo, ni sus gobiernos, sino la comunidad creyente de los fieles, la Iglesia allí presente, la que muestra el rostro compasivo de Dios a los perseguidos.

“Realmente la Iglesia se ha preocupado mucho de la gente. Pero no hemos visto esta preocupación en el gobierno. Muchos eran los que estaban dispersos y perdidos y no sabían qué hacer, pero la Iglesia les ha reunido, les ha acompañado, ha hecho que esta gente no perdiera sus valores cristianos ni su fe. Damos muchas gracias a Dios y a la Iglesia, y le pedimos a Dios que conserve así a la Iglesia, este celo de los sacerdotes, de los obispos y los patriarcas. Damos gracias a Dios y a ellos, por la forma en que han cuidado al pueblo.”

¿De dónde han sacado fuerzas para entregarse así? La respuesta de la hermana Sabria no viene sino a confirmar lo que millones de cristianos han vivido durante siglos: “De la oración, de la Santa Misa, de rezar cada día el Santo Rosario con la gente, en los campos… La oración nos ha fortalecido mucho. Solamente la oración, nada más que la oración nos ha hecho tan fuertes. Hemos compartido una verdadera cruz; hemos vivido el Calvario, y podemos decir, el Viernes Santo. Realmente hemos vivido así este tiempo y esperamos poder resucitar como Cristo resucitó.”

Publicado en www.portaluz.org. Usado con permiso.

El Señor es mi luz y mi salvación; ¿A quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida. ¿De quién tendré temor? Cuando los malhechores vinieron sobre mí para devorar mis carnes, ellos, mis adversarios y mis enemigos, tropezaron y cayeron. Si un ejército acampa contra mí, no temerá mi corazón. Si contra mí se levanta guerra, a pesar de ello, yo estaré confiado. (Salmo 27, 1-3).

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