La Palabra Entre Nosotros

Adviento de 2019 Edición

La peregrinación de María en el Adviento

Caminando con María hacia la casa de Isabel

La peregrinación de María en el Adviento: Caminando con María hacia la casa de Isabel

¿Cómo sería nuestra celebración de Navidad si la Virgen María fuera solamente un personaje secundario en este drama? Cuando pensamos en María, casi de inmediato vienen a la mente dos historias: la Anunciación y la Visitación. ¿Quién puede olvidar el relato de la visita del ángel en la que ella recibió la promesa de que tendría un Hijo que heredaría el trono del rey David? ¿Y quién puede olvidar su hermosa respuesta: “Que Dios haga conmigo como me has dicho” (Lucas 1, 38)? ¿Quién no recuerda el Magníficat, la ferviente oración de alabanza que pronunció María cuando visitó a su prima Isabel?

Pero eso no fue lo único que sucedió en medio de estos dos encuentros: el primer viaje de Adviento. La Escritura nos dice que después de que el ángel se alejó, María “se fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lucas 1, 39-40). Este viaje a Judea, a una distancia de alrededor de unas 100 millas (unos 160 kilómetros), debe haberle tomado a María aproximadamente una semana, por lo que tuvo mucho tiempo para rezar y reflexionar, y ahora ella misma nos invita a acompañarla en este viaje. Así que piensa que tú vas caminando junto con María y en lo que podría estar pasando por su mente.

Reflexionar en las promesas de Dios. Desde luego, no sabemos exactamente en qué iba pensando María, pero sí sabemos que era una joven de oración (Lucas 2, 19. 51), y seguramente iba reflexionando en todo lo que acababa de experimentar y tratando de encontrarle sentido.

Sin duda recordaba las palabras del ángel y tal vez rezó: “Señor, tú prometiste darme un hijo, incluso antes de que José y yo nos unamos en matrimonio. Yo te dije que sí, aunque por eso podría perder a José, pero continuaré diciéndote que sí, cualesquiera sean las consecuencias. Señor, ayúdame a comprender mejor este llamado que acabo de aceptar.”

El Magnificat. En cuanto llegó a donde iba, María saludó a Isabel y luego hizo una bella oración de alabanza, el Magnificat (Lucas 1, 46-55). Esta oración debe haber fluido de todo lo que ella iba pensando mientras viajaba, una reflexión sobre todo lo que Dios le ayudó a entender durante su travesía.

María empieza proclamando que su alma “alaba la grandeza del Señor” y que su espíritu “se alegra en Dios” (Lucas 1, 46-47). Es sorprendente que ella estuviera tan alegre y confiada. Su vida acababa de dar un giro total. Con la noticia de un embarazo no planeado, su matrimonio con José estaba ahora en riesgo y ella incluso se enfrentaba a la posibilidad muy real de morir apedreada. Sin embargo, su alegría parecía brotar libremente de su corazón. ¿Por qué estaba tan alegre? Entre muchas posibilidades, hay dos que sobresalen:

Primero, que María podía ver que Dios estaba cumpliendo sus promesas a Israel. Cuando Isabel la saludó como “la madre de mi Señor”, su fe debe haber aumentado en su interior (Lucas 1, 43). Las palabras del ángel eran ciertas: ¡la salvación estaba cerca! Posiblemente recordaba uno de los salmos: “[El Señor] ha tenido presentes su amor y su lealtad hacia el pueblo de Israel” (98, 3). Así pues, María se regocijó en la fidelidad del Señor: “Ayudó al pueblo de Israel, su siervo, y no se olvidó de tratarlo con misericordia. Así lo había prometido a nuestros antepasados” (Lucas 1, 54-55). María sentía que su propio Hijo, que era realmente “el Señor”, cumpliría la antigua promesa de Dios de que rescataría a Israel (43).

Segundo, que María se regocijó por la forma inesperada en que Dios actuó. Su reino vendría a través de los débiles, no de los poderosos. Ella había sido testigo de cómo los soberbios “gobernantes” romanos abusaban del pueblo de Dios, y veía que los soldados usaban las amenazas y la violencia para mantener el orden en Israel. También sabía que el rey Herodes era paranoico y asesino. Y Dios la eligió a ella, una sencilla joven de Galilea, para humillar a “los orgullosos” y exaltar a “los humildes” a un puesto de honor (Lucas 1, 51. 52). María sabía que de alguna manera Dios iba a utilizar a su Hijo para que todo esto sucediera.

Al igual que Isaías y muchos de los profetas antes que él, María vio que Dios amaba de modo especial a los humildes: “Yo vivo en un lugar alto y sagrado, pero también estoy con el humilde y afligido” (Isaías 57, 15) y que Dios tenía al humilde y al afligido cerca de su corazón. Así que debió sentir un gozo inefable al ver que Dios se había fijado en su “humildad” y que su propio Hijo cumpliría las promesas de Dios de traer consuelo a aquellos que se encontraban en necesidad (Lucas 1, 48).

El cántico de María es una oración de reverente admiración al ver que Dios estaba poniendo la salvación al alcance de todos: ricos y pobres, poderosos y débiles, educados y sencillos por igual. Dios no hace distinción entre las personas; no favorece a los ricos por encima de los pobres, como algunos de su tiempo creían. No, Dios nos ama a todos por igual. De hecho, el Señor quiere enseñar a los orgullosos a recibir la gracia que no pueden obtener por su propia cuenta, y mostrar a los humildes la profundidad del amor que les tiene y su deseo de sanarlos.

Promesas que perduran. Todos estos pensamientos deben haber cruzado por la mente de María nueve meses después mientras cabalgaba con José hacia Belén. Cuando llegaron al pueblo, eran simplemente otra pareja pobre de Galilea, desconocida para quienes se encontraban ahí. Peor aún, nadie les daba posada; nadie les tenía ninguna consideración ni compasión. Como nunca antes, ellos eran de los humildes y afligidos.

Cuando llegó el momento del alumbramiento de Jesús, todo lo que encontraron fue un pesebre y unos pocos pastores. Con seguridad María entendió la sabiduría de que el Todopoderoso vendría a este mundo de una forma extremadamente humilde. Ciertamente esto le trajo consuelo a pesar de la incomodidad que experimentaba. Sin duda podía apreciar la fidelidad de Dios en el rostro del Niño Jesús.

María probablemente recordó las proféticas palabras varios años después, cuando su Hijo empezó a predicar “la buena noticia a los pobres. . . libertad a los presos”, y liberación a “los oprimidos” (Lucas 4, 18). ¡Cómo se debe haber llenado de gozo al ver que Jesús sanaba, liberaba y perdonaba a toda clase de personas!

Finalmente, vemos a María, muchos años después, junto a su Hijo crucificado. Siendo su madre, desde luego el dolor le atravesaba el corazón; pero siendo mujer de oración, contempló cómo él se dirigía humildemente hacia su crucifixión. Ella lo escuchó exclamar “¡Padre, perdónalos!” (Lucas 23, 34), una petición que tal vez ella misma le había enseñado y vio cómo su Hijo se estaba entregando al sacrificio por todos; estaba exaltando a los humildes y a todos los que con dificultad soportan el peso de sus pecados. Levantado en la cruz, Jesús estaba derrocando la tiranía del pecado, que nos había mantenido esclavizados a todos. Ahí, en sus palabras de perdón, él estaba levantándonos a todos y removiendo la carga de nuestra culpa. Así, él cumplió la promesa de Dios de salvar a su pueblo.

La historia de María es nuestra historia. El cántico de María es nuestro también, es el cántico de la Iglesia; es el canto de todo el que haya experimentado la sobreabundante generosidad y gracia de Dios. María misma era libre del pecado original, pero ella entona el cántico de cada persona que se ha visto agobiada por sus propias faltas y errores y ha encontrado a un Dios que prodiga misericordia y perdón, un Dios que nos acoge y limpia nuestra conciencia. Es el cántico de cada uno de los que comienzan a ver que Dios los ama en forma individual, personal e incondicional y pueden decir: “Dios me ha elegido a mí. A pesar de mi pecado y de que mi fe es débil, él me ama y me valora. Sí, mi espíritu se goza en Dios mi Salvador.”

No solo el cántico de María es nuestro, sino también su historia. La mayor parte de su vida transcurrió en un pueblo pequeño, en el que se pasaba el día lavando ropa, cocinando y cuidando a su familia. ¿No es también algo así como transcurre la vida para la mayoría de nosotros? Nos pasamos el día atendiendo a nuestras responsabilidades e intentando vivir en paz con nuestros familiares y vecinos.

Pero a pesar de llevar una vida en el “anonimato”, ella desempeñó un papel vital en el plan de Dios. Cada vez que demostraba amor y bondad, cada vez que era testimonio de paciencia o misericordia, cada vez que rezaba le enseñaba a su Hijo, con sus palabras y acciones, a comprender el llamamiento especial que Dios tenía para él. De la misma forma, cada vez que nosotros rezamos con nuestra familia, cada vez que decidimos ser misericordiosos y no guardar resentimientos, cada vez que damos en lugar de pedir o exigir, todas estas actitudes influyen en cuantos nos ven y nos escuchan y ayudan a traer la presencia de Jesús a nuestros hogares y lugares de trabajo. Cada vez que alabamos y bendecimos al Señor, especialmente cuando humildemente compartimos la fe con quienes deseen escuchar contribuimos a que el mundo sea un poco mejor.

Ven y acompaña a María. En su cántico de gozo y gratitud, María nos enseña que cada uno de nosotros, por muy incapaz que se considere, puede ser portador de Cristo en este mundo. Así que, imagínate que vas caminando al lado de María en este Adviento. Comparte con ella tus razones para estar alegre. ¿Cuáles aspectos de tu vida te impulsan a alabar la grandeza del Señor? Cuéntale también en qué cosas hay “pequeñez” en tu vida, algo que refleje la docilidad de María. Finalmente, trata de imitar su humildad en tus relaciones familiares, en el trabajo o en tu parroquia.

Cuéntale todo esto a María, tu madre, y luego escucha lo que ella quiera decirte. Permite que sus palabras en la Escritura, el ejemplo de su vida y su sí a Dios te enseñen a regocijarte en Jesús, tu Salvador.

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