La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2012 Edición

La Palabra de Dios y el católico de hoy: Es urgente volver a las fuentes del Cristianismo

Por Ricardo Grzona

La Palabra de Dios y el católico de hoy: Es urgente volver a las fuentes del Cristianismo: Por Ricardo Grzona

Cuando el Papa Benedicto XVI convocó al "Sínodo sobre La Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia", rea­lizado en 2008, muchos académicos reaccionaron rápidamente y de variadas formas.

Sin embargo, la temática era muy clara: No se trataba de hacer nuevas elucubraciones sobre la Biblia, sino de considerar la función que la Palabra de Dios ha de cumplir en la vida de la Iglesia y en su misión específica.

El mencionado Sínodo (al que tuve el gran honor de ser invitado personal de Su Santidad en calidad de auditor) se desarrolló en un ambiente de cor­dialidad, en el que se compartieron las experiencias de las iglesias parti­culares, con miras a ver cómo volvía la Palabra viva, después de más de 40 años de la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, a tomar un puesto preeminente en los distintos continentes.

Dicha Constitución nos asegura que: “En los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual.” (21).

Marco referencial. En los comien­zos, el Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga, S.D.B., Arzobispo de Tegucigalpa, Honduras, realizó una síntesis de lo ocurrido en la historia de los cinco siglos de presencia católica en América. Nuestro continente tuvo un encuentro con el Cristianismo, justo cuando comenzaba el momento de la “hibernación de la Palabra”. Sin embargo, grandes figuras del Nuevo Mundo han hecho que, de una u otra forma, la Palabra viva de Dios fuera recordada por muchas generaciones.

Los esfuerzos por poner el texto ins­pirado en lenguaje comprensible para las diversas culturas han dado mara­villosas fuerzas a los traductores, que han puesto énfasis en diferentes aspectos, para que la Biblia sea enten­dida por todos. Es interesante anotar que el español es el idioma que tiene más traducciones aprobadas por la Iglesia Católica y se siguen haciendo nuevas experiencias de traducción bíblica. Hoy contamos con cerca de 30 diversas traducciones, que circu­lan aún en nuestros días. El inglés, el francés y el portugués también tienen buenos servicios, pero nunca tanta cantidad de traducciones de los tex­tos originales.

La intervención del Cardenal Rodríguez, titulada “La Biblia y su comprensión en América”, hace refe­rencia a los últimos acontecimientos registrados en la vida de la Iglesia en el Continente, citando cómo la Biblia ha ido pasando desde los docu­mentos de Medellín, Puebla y Santo Domingo hasta llegar a Aparecida. Especialmente este último, lleno de un gran entusiasmo bíblico y por los métodos de lectura orante de la Biblia, influiría mucho en el desarrollo del Sínodo de la Palabra.

Muchos son los católicos que nunca han leído la Biblia y se han pri­vado de los tesoros espirituales que contiene el texto sagrado, no solo en términos de gracia y misericordia, sino del poder espiritual que conlleva una fe iluminada y fortalecida por las promesas y afirmaciones de Dios.

¿Cómo y por qué leer la Biblia? Cuando el fiel católico lee la Escritura lo hace porque de esa manera se rela­ciona con nuestro Señor Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que habla a través de una Palabra escrita. ¡Éste es tal vez el gran desafío! Volver un poco la mirada al Señor de la Historia, para que podamos encontrarnos, no con un libro que habla del pasado y que es solo historia antigua, sino con la Palabra viva de Dios, para que a través de su lectura —tal como lo ha enseñado sabiamente la Iglesia— podamos entender el proyecto de Dios en nuestras vidas; entender el rumbo y el proceso por el cual nues­tra vida llevará a un estilo, una forma determinada de ser cristiano, que nos diferencie de los demás.

En los testimonios escuchados durante el Sínodo hubo una corriente, que tal vez fue la más importante de todas. Llegó un momento en que se hablaba más de Lectio Divina (a lo que me referiré más adelante), que de Biblia. Y es que esta es la gran nove­dad del Sínodo de la Palabra. Al final del Sínodo, se sacó un hermosísimo mensaje al Pueblo de Dios que con­viene leerlo, tanto por su brevedad, como por su belleza literaria. Allí se nos presentan, en forma muy poé­tica, cuatro pilares fundamentales que debemos tener en cuenta:

1. La Voz de la Palabra: La Revelación

2. El Rostro de la Palabra: Jesucristo

3. La Casa de la Palabra: la Iglesia

4. Los Caminos de la Palabra: La Misión.

Este mensaje fue como una hermosa catapulta, para que todos los que trabajan por la difusión del conoci­miento de la Biblia se sientan acogidos y bendecidos. Hay muchas expresio­nes que han sido verdaderamente reveladoras en estos años. Pero, sin duda alguna, las más notables tienen que ver con la espiritualidad cristiana que surge de la Biblia y el método de “lectura orante”, también llamado Lectio Divina.

Entrevista. Inmediatamente ter­minado el Sínodo, me hicieron una entrevista en el servicio informativo católico Zenit (octubre de 2008), en la que expresé unas ideas que quiero recalcar:

Zenit: El Sínodo: De una pastoral bíblica a una animación bíblica de toda la pastoral.

RG: Con el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra, celebrado en el Vaticano del 5 al 26 de octubre, se pasa de una pastoral bíblica a una animación bíblica de toda la pasto­ral, como constata uno de los oyentes en la asamblea episcopal: “Como balance de este Sínodo, se ha dado voz a los catequistas, delegados de la Palabra y laicos animadores de la Lectio Divina en el ‘Continente de la esperanza’.”

Zenit: ¿Ha servido de algo el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios?

RG: Este es el fruto más claro. La Iglesia quiere que toda la pastoral y todos los estudios, en particular los teológicos, tengan una base bíblica. En segundo lugar, creo que se ha dado la experiencia de que contamos con la riqueza de la “Constitución sobre la Divina Revelación” del Concilio Vaticano II, la Dei Verbum, pero no ha sido conocida, aunque no ha perdido su actualidad. Muchos católicos, incluso seminaristas y ser­vidores que participan en la Iglesia, no conocen esta constitución y, por supuesto, no la aplican. Un Sínodo de esta naturaleza nos ayuda a volver a centrarnos en algo específico de la fe católica, lo expuesto en esa consti­tución, que es dogmática y no todas las constituciones del Concilio son dogmáticas.

Zenit: El Sínodo ha presentado 55 pro­posiciones al Papa. ¿Cuáles cree que son las que más impacto tendrán?

RG: En primer lugar, queda claro que toda la formación de los ministros ordenados o no ordenados debe tener un sustrato bíblico.

En segundo lugar, el Sínodo está diciendo que no hay que tenerle miedo a la Biblia, porque de Biblia se habla mucho, pero se conoce poco. Creo que esto ofrece grandes posibi­lidades. Hay que empezar a conocer un poco más las Sagradas Escrituras, no solo con cursos y talleres bíblicos, sino también con todo lo que implica la Biblia para la vida y la misión de la Iglesia.

En este sentido, un aspecto fun­damental, que salió en los grupos de trabajo, es que la Palabra de Dios es la base para la oración. Yo insisto en esto: los católicos sabemos rezar, pero no sabemos orar; no tenemos práctica de oración. Son muy pocas las comunidades contemplativas. En general, la mayoría se ha confor­mado con una religiosidad popular.

Algo que llamó poderosamente la atención en el Sínodo fue el interés que se da por las revelaciones pri­vadas. Hay supuestos videntes que envían mensajes a listas de difusión con todo tipo de “revelaciones”. Y a esto algunos les dan el mismo valor que a la Palabra de Dios. Este Sínodo ha ayudado a subrayar la diferencia entre revelación privada (propia de las apariciones) y la reve­lación pública, presente en Cristo, la Palabra, en la Escritura.

La oración es la respuesta a Dios que se comunica hoy conmigo, con nosotros, ahora. Al ser un diálogo, una respuesta a Dios, debe llevar indefectiblemente a un cambio de vida. La oración es diálogo, no monó­logo, y Dios toma la iniciativa. Por este motivo, el método que ha favo­recido el Sínodo es la Lectio Divina, la meditación orante de la Palabra de Dios. Sin exagerar, se ha mencionado en el aula unas 800 veces.

Zenit: ¿Por qué se ha hablado tanto de la Lectio Divina?

RG: Porque las pocas experiencias que existen han sido totalmente trans­formadoras para las comunidades. La Palabra no solo nos habla, sino que nos alimenta. La relación entre Eucaristía y Palabra, que tanto se ha mencionado en el Sínodo, se descu­bre con la Lectio Divina.

Lectio Divina: Cómo entender el mensaje de Dios para nues­tra vida. Pasaron dos años antes de que el Santo Padre diera publici­dad a su Exhortación Postsinodal. Un gran énfasis del documento está en la segunda parte, donde el Papa se refiere expresamente a la vida eclesial y habla directamente sobre el tema: Leemos en la Exhortación Apostólica Verbum Domini:

“El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fun­damental de la vida espiritual de todo creyente, en los dife­rentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la Lectio Divina.

En efecto, la Palabra de Dios está en la base de toda espiritua­lidad auténticamente cristiana… Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompa­ñar la oración.”(VD 86)

La lectura de la Biblia debe lle­varnos a la oración. Aunque se ha escrito mucho sobre el tema de Lec­tio Divina —y yo mismo he escrito varios artículos— me parece más que oportuno terminar con las palabras textuales que el Papa expresa en la Verbum Domini:

“En los documentos que han preparado y acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor atención a la Lectio Divina, que es verda­deramente ‘capaz de abrir al fiel no solo el tesoro de la Palabra de Dios, sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra Divina y viviente’.” (VD 87)

Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: Se comienza con la lectura (Lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido autén­tico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta solo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos.

Sigue después la meditación (Me­ditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno, tanto personalmente como comunitariamente, debe de­jarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente.

Se llega sucesivamente al mo­mento de la oración (Oratio), que supone la pregunta: ¿Qué le decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración de petición, intercesión, agradecimiento y ala­banza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia.

Por último, la Lectio Divina concluye con la contemplación (Con­templatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos pregunta­mos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en su Carta a los Romanos, dice: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su ma­nera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (12,2). En efecto, la con­templación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros “la mente de Cristo” (1 Corintios 2,16).

La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento: “Es viva y eficaz, más tajante que la es­pada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y es­píritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón” (Hebreos 4,12).

Conviene recordar, además, que la Lectio Divina no termina su proceso mientras no se llega a la acción (Ac­tio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad. (VD 87). Este es un mé­todo sencillo y probado de estudio y reflexión bíblica que habilita al cató­lico laico a conocer mejor y defender su fe y avanzar por el camino de la pu­rificación y la santificación.

Ricardo Grzona es Presidente de la Fundación Ramón Pane, de Honduras, y consultor católico de Sociedades Bíbli­cas Unidas de los Estados Unidos.

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