La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto 2012 Edición

La oración por la paz: La historia de Fátima

Por Hallie Riedel

La oración por la paz: La historia de Fátima: Por Hallie Riedel

En la primavera de 1916, tres niños que vivían en una comarca rural de Portugal iban a una colina a cui­dar los rebaños de ovejas de sus familias. Sin tener la menor idea de que su país estaba en guerra y que el Papa Bene­dicto XV estaba pidiendo que la Virgen María intercediera por lo que él consideraba “el suicidio de Europa”, los niños iban can­tando, bailando y jugando alegremente.

Un día como cualquier otro, en que cuidaban las ovejas, empezó a llo­ver, por lo que fueron a cobijarse en una gruta que había en la roca y allí se dedicaron a rezar el Rosario como lo hacían todos los días. Como deseaban volver pronto a sus juegos, solamente decían las primeras palabras de cada oración, al pasar las cuentas con los dedos: “Padre nuestro, Dios te salve María, Dios te salve María, Dios te salve María…”

¿Quien se habría imaginado que estos niños, tan comunes y corrien­tes, se encontraban en el umbral de una trascendental experiencia que los transformaría radicalmente y que daría a luz un mensaje de paz que todavía sigue resonando hasta el día de hoy? Pero aquella cálida tarde, Lucía dos Santos, de 10 años de edad, y sus primos Francisco y Jacinta Marto, de 9 y 7 años respectivamente, vieron la primera de tres visiones de un ángel, visiones que luego les harían experimentar algo mucho más extraordinario aún: las apariciones de Nuestra Señora de Fátima.

Mensajes del cielo. El mensajero celestial se identificó como el Ángel de la Paz y les dijo que era importante que rezaran y ofrecieran sacrificios por los que no creen en Dios. En la apa­rición final, el ángel sostenía en las manos la Sagrada Eucaristía y se las ofreció a los niños diciendo: “Tomen el Cuerpo y beban la Sangre de Jesu­cristo.” Luego, los invitó a interceder por aquellas personas cuyos pecados ofendían al Señor.

Aun cuando no entendían plena­mente lo que el ángel les decía, los niños respondieron con una sincera simplicidad, y Jesús pudo llenarles el corazón de su deseo de llegar a todos los incrédulos. Así fue que los niños comenzaron a rezar y buscar oportuni­dades para hacer pequeños sacrificios a modo de intercesión.

Nuestra Señora del Rosario. Pocos meses después, el 13 mayo 1917, cuando los niños pastoreaban a sus rebaños en un campo de propie­dad del padre de Lucía, se sintieron atemorizados al ver el súbito resplan­dor de un relámpago. Creyeron que venía una tormenta y corrieron a buscar refugio. Pero al segundo relám­pago, vieron algo que parecía una bola de luz que bajaba sobre la copa de un árbol, y en esa luz vieron a una her­mosa Señora.

Cuando la Señora les dijo que venía del cielo, Lucía le pidió que los llevara a ellos también. Para su deleite, la Señora prometió que Jacinta y Francisco irían pronto, pero que Lucía debía permanecer “por un tiempo más”. La Señora les pidió luego a los niños que acepta­ran los sufrimientos que tuvieran en la vida y los ofrecieran como inter­cesión por todos los que rechazaban Dios y también para “consolar” al Señor. Los niños aceptaron. “Uste­des van a sufrir mucho”, les advirtió la Señora, “pero la gracia de Dios les dará fuerzas”. Les aconsejó que reza­ran el Rosario todos los días por la paz del mundo y, de paso, les corri­gió su manera “abreviada” de rezarlo. Luego, la Señora desapareció, no sin antes prometerles que regresaría el día 13 del mes durante los próximos cinco meses.

En la segunda aparición, el 13 junio, la Señora les mostró una visión del infierno, cosa que les hizo tem­blar de miedo. Les enseñó a rezar una oración para que añadieran al final de cada década del Rosario: “Oh mi buen Jesús, perdona nuestros peca­dos, sálvanos del fuego del infierno y lleva a todas las almas al cielo, espe­cialmente a las más necesitadas de tu misericordia.” Con cada aparición, la Señora pidió que los creyentes enco­mendaran el mundo a su Inmaculado Corazón y rezaran el Rosario todos los días pidiendo por la paz y la conver­sión de los pecadores.

La noticia de las apariciones se propagó rápidamente por toda la comarca y el resto del país, y las mul­titudes empezaron a aglomerarse en Fátima. El gobernador local, que era ateo, decidió poner fin a esta “estu­pidez”. El 13 de agosto, metió a los niños en una celda húmeda y fría de la cárcel y les amenazó con freírlos en aceite hirviendo a menos que negaran haber tenido las visiones. Pero ellos se mantuvieron firmes y la Señora se les volvió a aparecer el 19 de agosto, des­pués que los dejaron en libertad.

La Señora les había prometido que el 13 de octubre la verían nuevamente y que ese día ocurriría un milagro, por lo que unas 70.000 personas se con­gregaron para verlo. Aquel día estuvo lloviendo sin parar, pero a la hora anunciada, salió el sol y tanto el suelo barroso y las ropas de los peregrinos se secaron milagrosamente. Enton­ces, la gente vio que el sol empezaba a girar con fuerza y luego parecía pre­cipitarse hacia la tierra. Los testigos veían diversos colores que iban cam­biando constantemente a su alrededor y muchos cayeron de rodillas pidiendo perdón por sus pecados.

Poco después de aquella impresio­nante aparición, tanto Francisco como Jacinta contrajeron la mortífera “gripe española”, a causa de la cual final­mente fallecieron.

Estos dos hermanitos fueron bea­tificados el 13 de mayo de 2000 en presencia de Lucía. Unos días más tarde, el Papa Juan Pablo II explicaba por qué Francisco y Jacinta habían sido considerados dignos de este elevado honor: “Ellos vivieron las virtudes cristianas en grado heroico, a pesar de la corta edad que tenían” dijo. Era un “heroísmo de niños, pero un heroísmo verdadero.” Ade­más, el Papa añadió que su santidad no dependía de las apariciones, sino “de su fidelidad y su firme voluntad de responder al don extraordinario que habían recibido del Señor y de María… Por su fidelidad a Dios, son un brillante ejemplo para los niños y los adultos de cómo se ha de cumplir de una manera sencilla y generosa con la acción transformadora de la gracia divina.”

Francisco: Hacer feliz a Jesús. Antes de sus encuentros con la Virgen María, Jacinto Marto no tenía nada de extraordinario. Lucía comentaba que su primo era muy tímido, al punto de ser apocado. Rara vez se defendía; una vez, cuando otro niño le quitó un pañuelo, Francisco no intentó siquiera recuperarlo y dijo “Que se lo lleve. No me importa.” A Francisco le encantaban los animales; de hecho, una vez en que dos muchachos más grandes torturaban a un pajarito, les dio el poco dinero que tenía para que se lo entregaran.

Tampoco era muy espiritual; rezaba diariamente el Rosario, pero no dudaba en hacerlo de la forma abreviada como lo rezaba Jacinta. La primera vez que vio a la Señora, le dijo a Lucía que le arrojara una piedra para ver si era real.

Pero Francisco cambió después de ver a la Virgen. A menudo se iba a un escondite a rezar y se negaba a salir a jugar mientras no terminara su Rosa­rio. También les propuso a las niñas que como sacrificio los tres les dieran el almuerzo a las ovejas (más tarde Jacinta mejoró la idea y les daba el almuerzo a niños pobres).

Cuando fueron arrestados, Fran­cisco se mantuvo firme sin vacilar. Convencido de que realmente los iban a echar al aceite hirviendo, le dijo a Lucía: “Si nos matan ahora, ¡estare­mos en el cielo en pocos minutos! ¡Qué suerte! No me importa nada. Solo espero que Jacinta no tenga miedo.”

Francisco se sentía conmovido al pensar que Jesús se afligía por nues­tros pecados. Una noche estaba sollozando y su padre le preguntó qué le pasaba. Francisco le dijo: “Estaba pensando en Jesús, que se siente tan triste por los pecados que la gente comete en contra suya.” A su modo tan sincero e infantil, quería consolar a Jesús para que se sintiera feliz.

En los años posteriores a las apa­riciones, Francisco pasaba mucho tiempo frente al Santísimo Sacra­mento. Cuando iban caminando hacia la escuela, le decía a Lucía: “Tú sigue hasta la escuela; yo me quedaré aquí en la iglesia. No vale la pena que aprenda a leer, porque pronto me iré al cielo.” Atesoraba estos momen­tos que pasaba con “Jesús oculto” y aprovechaba de meditar en los men­sajes celestiales que le había dado la Virgen.

¿A qué se debió un cambio tan profundo en un niño tan pequeño y simple? Al parecer, la respuesta radica en la manera en que él recibía las reve­laciones que se le habían dado. Con sencillez y generosidad, se dedicaba a una intensa vida de oración y renun­ciaba voluntariamente incluso a los inocentes gustos de los niños.

Jacinta: Decidida a socorrer a los perdidos. Jacinta era de faccio­nes parecidas a Francisco, pero su temperamento era muy diferente. Era vivaz, alegre e impulsiva, le gustaba bailar y jugar. Juntaba flores y abra­zaba a los corderitos, pero también no dudaba en competir. “A la mínima discusión… se taimaba y se iba a un rincón” recordaba Lucía, y para que volviera a jugar, “había que dejarla que ella escogiera el juego y con quién quería jugarlo.”

Pero a Jacinta le impresionó muchí­simo la visión del infierno que vieron el 13 de junio. A partir de entonces, no perdía oportunidad de rezar y ofrecer sacrificios por los demás. No era suficiente que a ella misma se le hubiera garantizado el cielo; lo que quería era que nadie fuera al infierno. Y para ello hacía el sacrificio de ofre­cerles el almuerzo a los niños pobres y, en lugar de eso, comía bellotas, que eran amargas, y aceitunas sin madu­rar. Dejó de bailar y no quería tomar agua, aunque el calor del verano era sofocante.

Durante su enfermedad, su relación con la Virgen María se pro­fundizó. Cuando Francisco estaba moribundo, la Virgen le preguntó si estaba dispuesta a sufrir e interceder un poco más, a lo que Jacinta acce­dió. Más tarde, cuando María le reveló que moriría sola en un oscuro hos­pital, ella respondió: “Jesús, ahora puedes convertir a muchos pecado­res, porque este sacrificio es realmente grande.” En Lisboa, cuando la opera­ron sin anestesia general para quitarle dos costillas, los médicos escucha­ron que ella decía: “Es por tu amor, Jesús mío… ¡Ahora puedes convertir a muchos pecadores!”

Es realmente inconcebible que una niñita tan pequeña hiciera algo tan heroico, pero el corazón infantil de Jacinta estaba consumido por el amor al Señor y por el deseo de que todos fueran a pasar la eternidad en el cielo. La manera en que ella respondió a la gracia de Dios le permitió soportar sacrificios inimaginables con amor y paciencia, siempre intercediendo por aquellos que estaban en peligro de caer en una eterna separación de Dios.

Paz para el mundo. El mensaje de Fátima nos invita a todos a cumplir lo que nos toca hacer para traer la paz al mundo y al corazón de cada persona, orando diariamente el Rosario e inter­cediendo por los que no creen y los que rechazan al Señor.

Parece algo muy difícil de lograr, por todos los peligros y dificultades que hay en el mundo moderno, por­que nos identificamos sin demora con las palabras que Juan Pablo II pronunció en Fátima en 1982: “Se me oprime el corazón cuando veo el pecado del mundo y toda la variedad de amenazas que se ciernen como una nube oscura sobre la humanidad.” Pero el mensaje de Fátima nos invita a hacer nuestras también las palabras que añadió el Papa, cuando dijo que a pesar de los negros nubarrones, su corazón “también se regocijaba con la esperanza.”

El testimonio de Francisco y Jacinta nos exhorta hoy a decirle sí a Dios con el mismo gran amor y de la manera tan cabal como ellos lo hicie­ron. A cada cual le toca decidir lo que hará. Como lo expresó Juan Pablo II en octubre de 2000: “Podemos con­vertir este mundo en un hermoso jardín, o reducirlo a un montón de escombros… Hoy, como nunca en el pasado, la humanidad se encuentra en una encrucijada, y una vez más, Oh Santísima Virgen María, la salvación sigue estando completa y singular­mente en tu Hijo Jesús.”

Hermanos, ¡la misericordia de Dios nos llena de esperanza! El poder de la oración, como ha quedado demos­trado en la vida de los dos pequeños Francisco y Jacinta Marto, es para todos una gran inspiración. Seamos como estos niños y dejemos que el corazón se nos llene del amor de Cristo Jesús y de su preocupación por la salvación de todo el mundo. Ore­mos por la paz y hagamos nuestra parte para marcar una diferencia en el mundo.

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