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Adviento de 2018 Edición

La Inmaculada Concepción

Significado del dogma de la Inmaculada Concepción

By: Luis E. Quezada

La Inmaculada Concepción: Significado del dogma de la Inmaculada Concepción by Luis E. Quezada

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en los siguientes términos:

“Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.” (Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)

¿Qué quiere decir esto? Que la Virgen María fue preservada por Dios, desde el mismo instante de su concepción —por los méritos de la redención de Cristo—, del pecado original con que todos los seres humanos nacemos como consecuencia de la transgresión de Adán y Eva. Y, ¿por qué hizo esto Dios? Lo hizo a fin de que Aquella que sería la madre de su Hijo unigénito fuera la más pura y perfecta madre posible.

La Inmaculada Concepción de María constituye para todos los católicos una buena noticia de esperanza en la liberación del pecado lograda por la redención que nos mereció el sacrificio de Jesucristo en la cruz del Calvario.

Cuatro años después de proclamado el dogma, en 1858, la Virgen María se le apareció a Bernardita Soubirous en Lourdes (Francia) y le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción,” confirmando de esa manera, en forma rotunda, la proclamación del Papa Pío IX.

La concepción humana. Pero ¿qué es la concepción? El clásico manual de Embriología Médica Langman, utilizado en las Facultades de Medicina para el aprendizaje del desarrollo humano inicial, explica de manera sencilla el proceso de la fecundación: “Una vez que el espermatozoide ingresa en el gameto femenino, los pronúcleos masculino y femenino entran en contacto estrecho y replican su ADN”. Esa unión genera una nueva célula, que posee (ya desde ese primer momento) una identidad genética propia, diferente a la de quienes le transmitieron la vida (humana), y la capacidad de regular su propio desarrollo, el cual, si no se interrumpe, irá alcanzando cada uno de los estados evolutivos del ser vivo hasta su muerte natural.”

Esto significa que la vida del ser humano comienza en el momento mismo de la concepción. Pero hay más. El ser humano es, como todos lo sabemos, un compuesto inseparable de materia y espíritu, de cuerpo y alma. Entonces, ¿de dónde viene el alma y en qué momento la adquiere la nueva criaturita?

Viene de Dios. Él es el Creador “de todo lo visible y lo invisible”, como lo afirmamos en el Credo y él, que es el Creador de cada alma humana, la une, por su voluntad perfecta y su poder infinito, con la materia física desde el primer momento en que un embrión humano es concebido.

El problema que hemos tenido todos los humanos desde el principio del mundo, como lo enseña la Iglesia Católica, es que, debido a la desobediencia de Adán y Eva, todos nacemos con la mancha del pecado original; es decir, contaminados “de pecado” e inclinados a la rebeldía y la soberbia.

Y el pecado, que reside y actúa en el propio ser humano, es la causa de todas las desavenencias y conflictos que surgen entre las personas, los matrimonios, las familias y los pueblos. Con el paso del tiempo, esto desemboca en ofensas y maldiciones, violencia, revoluciones, guerras, terrorismo y todo tipo de injusticia, maldad y oscuridad, como le llama el texto bíblico. No hace falta ser filósofo ni sociólogo para darse cuenta de que esta ha sido la triste realidad del género humano cuando éste queda librado, sin control alguno, a sus propios designios.

La Inmaculada Concepción. Pero Dios, en su infinita sabiduría, quiso que Aquella que sería la Madre de su Hijo (Jesús, que es Dios encarnado) fuera una mujer pura, libre de toda mancha de pecado, un vaso inmaculado de diáfana pureza, digno de la excelsa santidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se iba a encarnar en ella.

Aun cuando la concepción de María no fue virginal, pues ella tuvo padre y madre humanos, fue una concepción muy especial y privilegiada pues, como dijimos, Dios quiso preservarla “inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción”, como lo explica elocuentemente la bula Ineffabilis Deus.

Por eso, el Catecismo de la Iglesia Católica señala que “Para ser la Madre del Salvador, María fue ‘dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante’.” (CIC 490).

Sobre la pureza de María, el Papa Emérito Benedicto XVI decía el 8 de diciembre de 2009: “María Inmaculada nos ayuda a redescubrir y defender la profundidad de las personas, pues en ella se da una perfecta transparencia del alma en el cuerpo. Es la pureza en persona, en el sentido de que el alma y el cuerpo son en ella plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios.

Y añade el Catecismo: “Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (Panaghia), la celebran “como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo” (Constitución Lumen Gentium 56). Además, por la gracia de Dios, María permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.” (CIC 493)

La Iglesia nos enseña que en la Virgen María resplandece la santidad de la Iglesia que Dios quiere para todos sus hijos. En ella, la Iglesia ha llegado ya a la perfección, por eso acude a ella como “modelo perenne” (en palabras de la encíclica Redemptoris Mater de San Juan Pablo II), en quien se realiza ya la esperanza escatológica de la vida futura.

Y más aún, para entender mejor el significado de la pureza de María como resultado de su Inmaculada Concepción, el Catecismo nos enseña que: “Esta ‘resplandeciente santidad del todo singular’ de la que ella fue ‘enriquecida desde el primer instante de su concepción’, le viene toda entera de Cristo: ella es ‘redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo’. El Padre la ha ‘bendecido [...] con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo” más que a ninguna otra persona creada. Él la ha ‹elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor› (Efesios 1, 3. 4).”

Grandes santos de la Iglesia comentan sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen María

San Alfonso María de Ligorio dice: “Grande fue la ruina que el pecado de Adán trajo a los seres humanos, pues al perder la gracia o amistad con Dios se perdieron también muchísimos bienes que con la gracia iban a venir, y en cambio llegaron muchos males. Pero quiso Dios hacer una excepción y librar de la mancha del pecado original a la Santísima Virgen, a la que él había destinado para ser madre del segundo Adán, Jesucristo, el cual venía a reparar los daños que causó el primer Adán.

El beato Juan Duns Escoto brindó la clave para superar las objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó en María el acto de mediación más excelso, preservándola del pecado original. De ese modo, introdujo en la teología el concepto de “redención preservadora”, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado.

San Atanasio llama a María: “Nueva Eva y Madre de la vida”, en contraposición a la antigua Eva, que nos trajo la muerte. San Teófilo le dice: “Salve, tú que has alejado la tristeza que Eva nos había dejado”. San Basilio la llama “Pacificadora entre Dios y los seres humanos” y San Efrén la felicita como: “Pacificadora del mundo”.

Convenía que María fuese exenta de la mancha del pecado original porque ella estaba destinada a llevar entre sus brazos a Aquel que iba a pisar la cabeza del enemigo infernal, según la promesa que Dios hizo en el Paraíso terrenal, cuando le dijo a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya, y la descendencia de ella te pisará la cabeza” (Génesis 3, 15).

Para que María fuera la madre pura que daría a luz a Aquel que iba a aplastar la cabeza de Lucifer, convenía que ella no estuviera ni siquiera por un poco de tiempo mancillada con el pecado con el cual Lucifer manchó el alma de nuestros primeros padres. En efecto, convenía que Aquella que nos iba a ayudar a librarnos del contagio de pecado estuviera absolutamente libre de toda mancha de pecado.

Pero la razón principal por la cual convenía que el Padre celestial librara a María de todo pecado es porque la tenía destinada a ser Madre de su Hijo santísimo. San Bernardino decía que, si no hubiera otras razones, bastaría la siguiente: que por el honor de su Hijo, que es Dios, al Padre celestial le convenía librar a María de toda mancha de pecado.

Santo Tomás enseña que lo que se consagra totalmente a Dios debe ser santo y libre de toda mancha. ¿Y qué creatura humana ha sido consagrada más perfectamente a Dios que la Virgen María? El rey David decía que un templo no se consagra para los seres humanos solamente, sino principalmente para Dios (1 Crónicas 29) y así también el Creador, que formó a la Santísima Virgen con el fin primordial de ser la Madre de su santísimo Hijo, sin duda alguna adornó el alma de ella con los más bellos adornos, y entre todos, el mejor: el de estar libre de toda mancha de pecado, para que fuera digna morada, en la cual el Salvador del mundo viviría nueve meses.

Y algo parecido dice la liturgia de la Iglesia cuando reza: “Oh Dios Omnipotente que por medio del Espíritu Santo has preparado el cuerpo y el alma de María como digna morada de tu Hijo, concédenos a los que la invocamos, vernos libres de todo mal. Amén.”

Por eso, proclamamos con nuestros hermanos nicaragüenses: ¿Quién causa tanta alegría? ¡La concepción de María!

Fuentes consultadas: www.aciprensa.com; https://es.aleteia.org

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