La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2019 Edición

La esperanza de la glorificación

No hay nada que nos pueda separar

La esperanza de la glorificación: No hay nada que nos pueda separar

En diciembre de 2015, la profesora Eliat Mazar y su equipo de arqueólogos se encontraban realizando una excavación en Jerusalén cuando desenterraron un artefacto que exhibía una impresión del sello real del rey Ezequías, que reinó en Judá hace 2.700 años. La impresión se encontraba en un sitio de desechos cerca del muro del Templo que da al sur. El sello, que en la antigüedad se utilizaba para sellar las cartas, era ovalado, como se ve aquí y estaba estampado en una pieza de arcilla de media pulgada. Solo el rey podía utilizar el sello oficial, lo que significa que este hallazgo es más importante aún pues fue seguramente el propio Ezequías, uno de los reyes de Israel más santos y fieles a Dios, el que realizó esa impresión.

El sello garantizaba la autenticidad de la carta o el documento en el que se colocaba y por eso conllevaba gran autoridad y nadie discutía la importancia del documento que lo llevara. Esta imagen del sello real es a la que se refería San Pablo cuando dijo a los creyentes de Éfeso que ellos estaban “sellados con el Espíritu Santo” (Efesios 1, 13), y cuando les enseñó a los corintios que Dios “nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestro corazón al Espíritu Santo como garantía” (2 Corintios 1, 22).

Según Pablo, este sello del Espíritu es “el anticipo que nos garantiza la herencia” (Efesios 1, 14). En otras palabras, el don del Espíritu Santo es solamente una muestra de la gloria que experimentaremos cuando estemos con Dios en el cielo. Ya hemos estudiado la teología de San Pablo sobre la justificación por medio de la fe y su teología de la santificación. Ahora, al estudiar el don y el sello del Espíritu, queremos repasar la enseñanza de este apóstol de que Dios también quiere glorificarnos. Este es el don final que Dios quiere otorgarnos y es el más importante.

Un gran tesoro. La profesora Mazar, cuando la entrevistaron sobre su descubrimiento en Jerusalén, declaró: “Este sello es el artículo más importante que jamás he encontrado.” Le pareció que este descubrimiento era un verdadero tesoro porque sabía lo valioso que era. Pero al parecer otros no se habían percatado del verdadero valor del artefacto y por eso terminó descartado como deshecho. Es curioso que una persona, por no reconocer el valor de un objeto, lo considera inútil y lo descarta, mientras que otra, que sí reconoce lo valioso que es, lo considera un tesoro.

Los creyentes entendemos que el sello del Espíritu es uno de los regalos más importantes que hemos recibido en la vida porque hemos empezado a experimentar la alegría, la esperanza y la gloria del cielo. El Espíritu nos ha abierto el corazón y sentimos una cercanía con Dios que antes no teníamos y un mayor deseo de vivir para honrar al Señor. Sin embargo, otras personas no logran valorar este sello porque no comprenden que, en su Bautismo, Dios les ha concedido un don imborrable de incalculable valor.

Seguramente todos sabemos que podemos experimentar más profundamente la acción del Espíritu Santo, para lo cual la clave es pedirle al Señor que nos ayude a reconocer el tesoro que hemos recibido. Como decía San Pablo: “Pero cuando una persona se vuelve al Señor, el velo se le quita.” Es en realidad una fórmula sencilla: Cuando le pedimos al Señor que nos abra los ojos, él lo hace. Luego Pablo añade: “Todos nosotros, ya sin el velo que nos cubría la cara, vamos transformándonos en su imagen misma, porque cada vez tenemos más de su gloria, y esto por la acción del Señor, que es el Espíritu” (2 Corintios 3, 16. 18). Este ciclo de una santificación cada vez más profunda es el que nos hace cambiar nuestros conceptos y actitudes y nos llena de la gloria de Dios.

Una obra del propio Dios. San Pablo utilizó muchas expresiones diferentes para darnos a conocer lo que debemos hacer si queremos experimentar esta gloria, como se lo dijo a los cristianos romanos: “Revístanse ustedes del Señor Jesucristo” (Romanos 13, 14) y a los colosenses les aconsejó: “Piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra” (Colosenses 3, 2); a los efesios les dijo: “Ustedes deben renunciar a su antigua manera de vivir. . . que se ha corrompido a causa de los deseos engañosos. . . y revestirse de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura” (Efesios 4, 22. 24).

Pero ¿quién de nosotros puede realmente tener presente constantemente la forma como Dios quiere que pensemos y actuemos todo el día? Sin embargo, crecer en santidad no consiste solamente en tratar por todos los medios de hacer lo correcto sino en pedirle al Espíritu Santo que nos transforme. Se trata también de confiar en que “el Señor conoce a los que le pertenecen” y que “Dios, que comenzó una buena obra en ustedes, la irá llevando a buen fin hasta el día en que Jesucristo regrese” (2 Timoteo 2, 19; Filipenses 1, 6).

Hermano, recuerda siempre que tú has recibido el sello indeleble y permanente del propio Espíritu Santo, el sello que te convierte en un tesoro valioso para Dios, porque él te ha llamado por tu nombre, te ha sellado con su propio Espíritu y te promete amarte con “amor eterno” (Jeremías 31, 3). Este sello es un tesoro muchísimo más valioso y significativo que el sello del rey Ezequías que encontró la profesora Mazar como artefacto arqueológico.

No hay nada que nos pueda separar. Alguien llamado Jaime nos escribió hace poco para contarnos su experiencia con el Espíritu Santo y la gloria de Dios. A pesar de que su familia asistía fielmente a la iglesia, Jaime nunca se había sentido realmente cerca de Dios y cuando tenía 20 años, sus padres le comunicaron que se estaban divorciando.

La noticia fue devastadora para él. Siendo hijo único, Jaime tenía una relación muy cercana a sus dos padres, y ahora se sentía perdido, no amado y abandonado. El párroco de su iglesia vio cuánto estaba luchando él con estos sentimientos y un día lo llamó aparte antes de la Misa, y le dijo que Jesús quería reconfortarlo y ayudarle a afrontar esta gran tribulación; pero le dijo que primero tenía que decidirse a invitar al Señor a entrar en su corazón: “Solo dedica unos minutos cada día para hablar con Dios con tus propias palabras y reafirma una y otra vez en tu mente la promesa de San Pablo: ‘¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús, nuestro Señor!’ (Romanos 8, 38-39).”

Ese mismo día, Jaime se quedó rezando después de misa, arrodillado en el reclinatorio, y repitió este pasaje una y otra vez. Así fue como empezó a sentir que algo se agitaba en su corazón y los ojos se le llenaron de lágrimas. Una nueva sensación de paz vino sobre él y percibió que el amor de Dios le llenaba el corazón. Ese día Jaime emprendió un nuevo caminar junto al Señor. Cada día separó unos minutos para rezar y leer las Sagradas Escrituras; también empezó a acudir con regularidad al Sacramento de la Confesión y le pidió al párroco que le recomendara un par de libros que pudieran ayudarle en su situación.

“No hay nada que pueda separarme del amor de Dios,” nos comentó Jaime en su carta. “Finalmente sé quién soy: un hijo de Dios. Aún sigo en contacto con mis dos padres, y cada día rezo para que ellos se reconcilien. Ahora tengo una esposa y tres hijos y me esfuerzo mucho por ser tan bueno y cariñoso con ellos como me sea posible. Todo lo debo a que estoy lleno del amor de Dios.”

Lo que le sucedió a Jaime puede sucedernos a cualquiera de nosotros, incluso a ti, querido lector, si te parece que no tienes una relación tan íntima con Cristo y si aceptas el consejo que el párroco le dio a Jaime: Decidirte a invitar al Señor a entrar en tu corazón y luego iniciar una vida de oración, de estudio de la Palabra de Dios y de participación en la vida sacramental y comunitaria de la iglesia.

La magnífica noticia del Evangelio. San Pablo nos dice que Dios nos ha dado el Espíritu Santo y que él “se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que ya somos hijos de Dios” (Romanos 8, 16). Esto es algo que podemos experimentar cuando aceptamos la justificación que Jesús ganó para nosotros en la cruz.

Luego el apóstol señala que el Espíritu nos dice que “somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo” (8, 17 BL). Esta es nuestra herencia y podemos crecer en ella cuando emprendemos personalmente el proceso de santificación.

Finalmente, San Pablo nos asegura que “los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después” (8, 18). Es cierto que la vida suele ser difícil, que las tentaciones son a veces bastante fuertes, y que a cada paso encontramos dificultades de cualquier tipo; pero si nos mantenemos unidos al Señor, cada una de estas situaciones puede significar para nosotros una mayor experiencia de la gloria que el Señor nos tiene reservada.

La herencia celestial. Desde luego la teología de San Pablo no se limita simplemente a creer en Cristo y tratar de llevar una vida santa, porque también tenemos la promesa de la herencia celestial, parte de la cual es que el Señor “cambiará nuestro cuerpo miserable para que sea como un cuerpo glorioso” (Filipenses 3, 21). Estar convencidos de que estamos destinados a vivir en el cielo significa saber, sin lugar a dudas, que nuestro Padre celestial nos tiene reservadas solo cosas buenas, y que también podemos llenarnos de su gloria, aquí y ahora mismo, e irradiar esa gloria a todas las personas con quienes tengamos contacto.

Hermano, tú has sido justificado por la gracia de Dios y te estás santificando según cooperes con el Espíritu Santo, lo que significa que un día llegarás a la glorificación con la gracia de Jesucristo, nuestro Señor. ¿No te parece que esta buena noticia del Evangelio es absolutamente magnífica e insuperable?

Comentarios