La Palabra Entre Nosotros

Oct/Nov 2011 Edición

La comida sólida es para los maduros

Tres obstáculos que nos impiden crecer en la fe

La comida sólida es para los maduros: Tres obstáculos que nos impiden crecer en la fe

Era un día muy importante para la pequeña Emilia. Acababa de recibir su Primera Comunión y ahora volvía a su casa con su familia para celebrar el acontecimiento.

Cuando todos se reunieron en la sala de estar, Emilia se presentó con su hermoso vestido blanco y frente a todos recitó en alta voz el Ave María y el Padre Nuestro, mientras su padre la fi lmaba. Luego, fue respondiendo rápidamente a las preguntas que le hacían sus padres y abuelos acerca de la Misa y los Diez Mandamientos, acerca de Jesús y la Virgen María. Todos estaban sumamente orgullosos de ella y la premiaron con un gran aplauso antes de servir la torta que le tenían preparada y darle los regalos que le habían traído.

¡Qué orgullosos se sentían todos por lo bien que la niña sabía lo que le habían enseñado en el catecismo! Pero qué lamentable y decepcionante sería que, 20 años más tarde, esto mismo que Emilia había aprendido a los siete años fuera todo lo que ella supiera acerca de su fe a los 27 años. Esto es lo que quería enseñar a sus lectores el autor de la Carta a los Hebreos cuando los instaba a mantener los ojos fi jos en Jesús.

En este artículo, consideraremos las fi guras de la leche y la carne en la vida cristiana según lo que leemos en la Carta a los Hebreos. Si leemos con cuidado el pasaje del capítulo 5, versículos 11 a 14, veremos que el autor de esta carta estaba preocupado de que sus lectores no hubieran avanzado todo lo que podían en la vida cristiana. Pero también les ofrece una salida, que es tan útil para nosotros como lo fue para ellos. La idea es hacer lo necesario para crecer y llegar a comer la carne del mensaje de Cristo.

Abre tu entendimiento. Ustedes son lentos para entender. (Hebreos 5,11) Parece que todos tenemos un mecanismo de desconexión que se activa cuando nos sentimos sobrecargados. Veamos, por ejemplo, el caso de un estudiante que simplemente no quiere o no puede asimilar más información en la clase, o los jugadores de un equipo de fútbol que va perdiendo el campeonato y que ya han escuchado demasiadas veces lo que les dice el frustrado entrenador. En situaciones como ésta, se llega a un punto en que todo lo que se diga es inútil.

Algo como esto es lo que nos enseña el autor de la Carta a los Hebreos. Estaba tratando de decir a sus lectores que su fe tenía que crecer y pasar más allá de un entendimiento básico del Evangelio. Había mucho más que quería decirles, pero ellos se habían “desconectado” de la enseñanza superior: “Tenemos mucho que decir sobre este asunto” (Hebreos 5,11), pero ellos no estaban preparados para escuchar.

Tenía más que decirles, pero ¿acerca de qué? Acerca de Jesús, el gran Sumo Sacerdote que es el resplandor de la gloria de Dios. Quería contarles acerca de Jesús, que es muy superior a Melquisedec, Moisés e incluso los ángeles; quería decirles que Jesús sostiene toda la creación y es el cumplimiento del plan perfecto de Dios para su pueblo (Hebreos 1,3-4; 3,3; 4,14-15; 5,8-10). Quería que sus lectores abrieran los ojos y vieran a Jesús bajo una luz completamente nueva.

Entonces, a nosotros nos toca preguntarnos: “¿Tengo yo mis ojos abiertos? ¿Tengo mis oídos abiertos? ¿Estoy deseoso de escuchar? ¿O me contento con ir a Misa sin esperar que Dios haga nada en mi vida?” A veces uno tiende a limitarse a escuchar las mismas cosas una y otra vez (que Dios es bueno, que Satanás es malo, que debemos esforzarnos más, que tenemos que ayudarnos los unos a los otros) y no sentir un deseo fuerte de adentrarse en las profundidades de quién es realmente Jesús, el Hijo de Dios. Es tentador sentirse satisfecho con un conocimiento superficial de nuestra fe; pero es mucho más fructífero y satisfactorio sumergirse de lleno en las Escrituras, en el amor y en la misericordia del Padre hasta perderse en la inmensidad de Dios.

En esta carta leemos que la Palabra de Dios “tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4,12). Decidamos pues abrir los ojos y los oídos para ver y escuchar al Señor; leamos la Escritura para que su Palabra escudriñe nuestro corazón y nos muestre cómo podemos quitar de nuestra vida todo lo que no sea de Él, mientras nos dedicamos a crecer en la comprensión de los dones y la gracia que ya hemos recibido.

El tiempo no determina la madurez. Ustedes ya deberían ser maestros (Hebreos 5,12). El autor de la carta decía a sus lectores que con toda la enseñanza y la ayuda que habían recibido —y con todo el tiempo que llevaban como creyentes en Jesús— ya deberían ser maduros como para enseñar a los demás; pero no lo eran. Es como la historia de dos hombres que estaban compitiendo por un cierto empleo. Uno tenía 20 años de experiencia, el otro sólo tenía 10. A primera vista uno pensaría que el de mayor experiencia sería el contratado, pero no fue así. El que sólo tenía 10 años había aprovechado mejor el tiempo, había estudiado y practicado sus aptitudes a la perfección; en cambio, el hombre de los 20 años de experiencia se había quedado estancado, sin perfeccionarse. Así, aunque parezca una paradoja, el de menos años de experiencia estaba mejor califi cado y fue contratado.

De modo similar, el autor de la Carta a los Hebreos amonestaba a sus lectores diciéndoles que ellos se limitaban a pasar el tiempo en lugar de profundizar en la práctica de su fe. Entonces, hagamos nosotros lo que sea necesario para no caer en la trampa de vivir de manera rutinaria; más bien, usemos el tiempo con prudencia para que nosotros también lleguemos un día a ser maestros para Jesús.

El don del discernimiento. “La comida sólida es para los adultos, para los que ya saben juzgar, porque están acostumbrados a distinguir entre lo bueno y lo malo” (Hebreos 5,14). El mundo está lleno de una gran variedad de filosofías, métodos y teorías acerca de la vida, muchas de las cuales prometen felicidad, diversión, buena salud y cosas por el estilo. Pero San Pablo nos aconseja “probarlo todo” y aprender a distinguir lo bueno y lo malo (1 Tesalonicenses 5,21; Romanos 12,2). Del mismo modo, San Juan nos advierte diciéndonos: “Queridos hermanos, no crean ustedes a todos los que dicen estar inspirados por Dios, sino pónganlos a prueba, a ver si el espíritu que hay en ellos es de Dios o no. Porque el mundo está lleno de falsos profetas” (1 Juan 4,1).

El Señor quiere que seamos prudentes y que sepamos reconocer esas filosofías, para discernir cuáles son útiles y cuáles son perjudiciales. El autor de la carta estaba preocupado de que sus lectores aceptaran cualquier doctrina que el mundo les ofreciera sin analizarla con detenimiento; que no estuvieran protegiendo su mente de enseñanzas erróneas ni poniendo a prueba estas doctrinas contra las verdades del Evangelio.

Hoy en día también escuchamos doctrinas y teorías que son contrarias a la fe cristiana y muchas veces no las rechazamos. ¿No es cierto que aceptamos conceptos que Dios condena y rechazamos principios que Dios aprueba a veces sin siquiera darnos cuenta? Las películas y los shows de televisión, los carteles de publicidad y la música popular, los sitios de Internet y las salas de chateo están plagados de opiniones y valores diferentes y a veces censurables, y el mundo nos alienta a aceptarlos sin mayor cuestionamiento. Pero Dios quiere que aprendamos a controlar todo pensamiento y someterlo a Cristo (v. 2 Corintios 10,5); que continuemos creciendo en nuestra fe para que tengamos la mente acostumbrada “a distinguir entre lo bueno y lo malo” (Hebreos 5,14).

“Señor, ¡yo creo!” Si queremos llegar a ser cristianos maduros y aptos para comer carne, es preciso que practiquemos nuestra fe. La madurez cristiana se produce cuando salimos de nuestros ámbitos de comodidad y dedicamos tiempo y esfuerzo a crecer sobre un fundamento sólido construido sobre la roca, que es la Persona de Cristo. El autor de la Carta a los Hebreos les advertía a sus lectores que no consideraran obvio todo lo que habían recibido y no volvieran a caer en el pecado, para que no fueran a enfrentar un juicio más severo aún (Hebreos 6,4-8). Así pues, en lugar de desestimar estas advertencias y pasarlas por alto, meditemos en estos pasajes, que nos exhortan a orar con fe y fortalecer nuestro compromiso con el Señor, tal vez haciendo oraciones como las siguientes:

“Dios mío, sé que he recibido tu iluminación. Mis ojos se han abierto y he saboreado el asombroso don celestial de la salvación que conseguiste para mí.

“También creo que me has dado una porción de tu propio Espíritu Santo, y quiero que el Espíritu no se limite a ser solo una infl uencia ocasional en mi vida, sino que sea mi Compañero, mi Consolador y mi Guía.

“Amado Señor, he saboreado la dulzura magnífi ca de la Palabra de Dios y cuando medito en tu Palabra, empiezo a experimentar algo del poder y la gracia que recibiré en plenitud aquel día glorioso en que Tú vendrás en gloria. Creo que el cielo ya está aquí, aunque ahora no podamos ver más que un pequeño vislumbre de él.

“Señor Jesús, gracias por todo lo que has hecho por mí, porque ahora estoy preparado para aprender las verdades de mi fe; ya estoy listo para comenzar a compartir la fe con otras personas, y así como la tierra absorbe la lluvia, así yo quiero recibir el agua refrescante y nutritiva de tu gracia. Señor y Salvador mío, quiero crecer, fl orecer y dar fruto en toda la medida de mi capacidad para dar gloria a tu santo Nombre. Amén.”

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