La Palabra Entre Nosotros

Febrero 2014 Edición

La Alianza en imágenes

Los mosaicos que ilustran la Palabra de Dios

La Alianza en imágenes: Los mosaicos que ilustran la Palabra de Dios

No todos nos detenemos a pensar en lo muy importantes que son las ilustraciones o figuras cuando se trata de entender nuestra fe católica.

Claro, todos sabemos que tenemos que entender las verdades de la fe y las doctrinas de la Iglesia, pero sin imágenes, ejemplos ni ilustraciones, estas verdades a veces parecen frías y abstractas.

Por ejemplo, ¿acaso no es útil imaginarse al Espíritu Santo como una paloma, una llama de fuego o un viento fuerte? El mismo Señor utilizó imágenes de la vida diaria —un labrador, un pescador, el marido y la esposa, el patrón y el servidor— para enseñar acerca de la vida nueva que él había venido a inaugurar para el género humano. Incluso la frase “el Reino de Dios” es una idea ilustrativa que enseña sobre la paz, la protección y el sentido de fraternidad que Dios quiere comunicar a cuantos le siguen.

Cuando pensamos en el amor generoso y desinteresado que Dios ha prometido demostrar a sus hijos, la Escritura pinta dos imágenes muy claras: el matrimonio y la familia. Exploremos, pues, estas imágenes para ver qué podemos aprender de ellas.

La imagen de la familia. En el primer relato de la creación se ve lo muy arraigada que está en el corazón de Dios la noción de la familia, la célula fundamental de la sociedad humana. De hecho, el primer mandamiento que Dios le dio al hombre y la mujer fue “Sean fecundos y multiplíquense” (Génesis 1, 28). Luego, conforme se desarrolla la historia, nos enteramos de lo que sucedió no sólo con la primera pareja, sino también con sus hijos y sus nietos.

Cuando Dios le propuso a Abraham que sería “padre de muchas naciones” (Génesis 17, 5), sin duda tenía en mente un plan de una magnitud mucho más grande que simplemente la bendición de un solo patriarca, y en el trato que tuvo con Abraham y los descendientes de éste, dio claras muestras de que su propósito es tratar a todos los que formen parte de su pueblo como hijos suyos. El Señor dejó en claro que quiere que todos seamos “su pueblo” de un modo no limitado simplemente al cumplimiento de sus leyes y preceptos, sino hijos suyos que reflejen su imagen y sean su “familia” para el mundo entero.

En los Evangelios, Jesús dice una y otra vez que Dios es su Padre celestial, y también nuestro Padre celestial: “Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios” (Juan 20, 17). Nos enseña a llamar Padre a Dios en la oración y nos insta a perdonarnos los unos a los otros como nuestro Padre nos perdona a nosotros.

Los tesoros de un padre. La imagen del Padre celestial, que sólo quiere cosas buenas para sus hijos, nos ayuda a entender la alianza que Dios ha hecho con su pueblo. Nos muestra que Dios nos atesora de un modo muy parecido al de cualquier padre bueno que ama a su hijos. También nos dice que nuestro Padre se ha unido a nosotros por medio de una alianza tan íntima y eterna como es el vínculo de amor entre los padres y sus hijos.

La verdad es que para Dios todas las personas son sumamente valiosas, incluso aquellas que no lo conocen, no creen en él o no practican su fe, porque también forman parte de su familia, como lo enseñó Jesús con la parábola del hijo pródigo. Después de haber llevado una vida de pecado, el joven de esta parábola seguramente se sintió indigno de reincorporarse a su familia. Pero su padre no pensaba así. Apenas vio que su hijo volvía a casa, le dio la bienvenida con los brazos abiertos. ¡Incluso mandó hacer una gran celebración como si el muchacho nunca se hubiera rebelado y marchado!

El hecho de saber que nuestro Padre eterno se ha comprometido mediante una alianza y nos considera hijos suyos puede ser algo muy reconfortante. ¡Pero más reconfortante aún es saber que cuantos se extravían del camino siempre pueden volver y ser recibidos con amor y generosidad! Por eso, no hay que perder nunca la esperanza, ni dejar nunca de rezar por aquellos amigos o familiares que tal vez se han desviado del camino o han caído en la incredulidad. Su Padre celestial no ha perdido la esperanza y tampoco debemos hacerlo nosotros.

La imagen del matrimonio. En el Génesis leemos que Dios le dio una compañera al primer hombre, una mujer que le ayudara en la tarea de cuidar el jardín. Como señal de lo que Dios quiere para el matrimonio según su voluntad, el Génesis nos dice que estos dos serían “una sola carne” (Génesis 2, 24), una idea que ilustra la esencia misma de la alianza matrimonial que Dios dispuso para el hombre y la mujer. Cuando el novio y la novia se presentan ante el sacerdote e intercambian sus promesas conyugales, desde ese mismo momento se comprometen a mantener, proteger y defender su unidad matrimonial para toda la vida e inician un estilo de vida que es completamente nuevo y diferente al anterior. Prometen vivir unidos “como una sola persona”; prometen amarse mutuamente, ser fieles el uno al otro, servirse, respetarse y expresarse cariño recíproco en la salud y la enfermedad, en la prosperidad y la adversidad, hasta que la muerte los separe.

Pero con lo hermoso que suele ser el día de la boda, con la liturgia sacramental y la recepción, eso no es nada más que el principio. Los votos que esta pareja ha intercambiado ahora deben vivirlos en la práctica día tras día. San Pablo se refería a este cometido cuando decía a los maridos y las esposas: “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo” (Efesios 5, 21). Los cónyuges —explicó san Pablo— deben expresarse mutuamente un amor incondicional; cada uno debe ayudar al otro a llegar a ser santo e intachable, y cada uno debe servir al otro y esforzarse por apoyar al otro “porque somos miembros del Cuerpo de Cristo” (5, 31).

Pero hay que reconocer que cumplir estas obligaciones a veces resulta difícil; aunque tratamos de hacerlo lo mejor posible, muchas veces fallamos. Por mucho que queramos la unidad, a veces caemos en rencillas; queremos hacer lo correcto, pero una y otra vez cedemos a la tentación, y cuando sucede esto, terminamos por trastornar la paz en el hogar.

De todos modos, san Pablo usó esta imagen del matrimonio —aunque en la práctica no todo sea perfecto— y la aplicó a Jesús y su compromiso con su Iglesia. Lo más probable es que Pablo haya hecho esta comparación para destacar una diferencia significativa: Jesús es el Esposo perfecto, que nunca dejará de amarnos; nunca dejará de atendernos ni de esforzarse por ayudarnos a crecer en la santidad; nunca dejará de cumplir su alianza con su Esposa, la Iglesia. Este es el mejor modelo que pueden seguir los esposos en la vida matrimonial.

Si observamos la lista de deberes que nos da san Pablo y la aplicamos a Cristo, los resultados son extraordinarios. Siendo el marido y la cabeza de la Iglesia, Jesús dio su vida para que su Pueblo llegara a ser una Novia pura y santa. Por medio de la cruz, dio muerte al pecado que nos separaba de él. Su Sangre preciosa —la Sangre de la Alianza nueva y eterna— nos purificó por completo para que comenzáramos una vida nueva. Y por medio de su resurrección y el don del Espíritu Santo, nos ha dado todo lo que necesitamos para crecer en la santidad.

Esta imagen del matrimonio nos permite ver que Jesús ama a su Iglesia profundamente: a cada uno de nosotros en forma individual y a todos en conjunto. A pesar de todas las debilidades y fracasos que tenemos, Jesús nos ama con amor perfecto, sincero e ilimitado. Mientras mejor entendamos la profundidad de este amor, mejor entenderemos la profundidad de la alianza que Dios ha hecho con sus hijos.

Extasiados en el amor de Dios. Matrimonio y familia: éstas son las dos relaciones humanas más importantes y profundas que alguien puede tener; por eso no es sorprendente que Dios las utilice para enseñarnos a entender el amor comprometido que nos tiene. Ambas realidades implican un nivel de intimidad, compromiso y permanencia que describe muy claramente el modo como Dios quiere relacionarse con nosotros. El Señor no quiere que pensemos que su alianza no es más que una especie de contrato legal, convenido para proteger los intereses de cada parte contratante; tampoco quiere que examinemos su alianza con una lupa, tratando de encontrar cláusulas de excepción para eludir la responsabilidad. La esencia misma de la alianza de Dios es el amor, no la obligación; la compasión, no la imposición.

El Señor desea que los fieles entendamos lo que realmente es su alianza: el compromiso eterno del Padre que ama entrañablemente a sus hijos y sólo quiere lo mejor para ellos; es la devoción del Marido que se sacrifica por hacer todo lo necesario para proveer para a su Esposa y protegerla de todo peligro.

Estas imágenes tomadas del matrimonio y la familia nos enseñan que el Señor no es un Dios distante, desconocido o indiferente. Es una Trinidad de Personas y toda su vida es de una absoluta comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Más aún, esta vida de comunión se proyecta más allá de sí mismo para abarcar a cada una de las personas que habitan en la faz de la tierra. Por eso, el Señor ha establecido una alianza con sus hijos.

¡Tú le perteneces a Dios! Como cualquier padre humano bueno, el Padre celestial quiere que todos sus hijos disfruten de la vida en su familia. Por eso, hay que dedicar tiempo a darle gracias y alabarlo por haber establecido una alianza viva y eterna con sus hijos. Digámosle que queremos que la Iglesia sea su Esposa bella e intachable, y especialmente, recordemos todo lo que el Señor nos ha concedido en esta alianza: su amor, su perdón, su protección y su vida misma. ¡A él le pertenecemos y somos su tesoro!

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