La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2104 Edición

La alegría del Evangelio

El Santo Padre nos exhorta a vivir la alegría de ser cristianos

By: el padre Jacobo Muñoz

La alegría del Evangelio: El Santo Padre nos exhorta a vivir la alegría de ser cristianos by el padre Jacobo Muñoz

“La alegría del Evangelio” es el título de la primera exhortación apostólica del Papa Francisco; pero es más que nada una propuesta, una invitación que el Santo Padre quiere hacer a todo el mundo.

Cuando el Cardenal Jorge Bergoglio se asomó al balcón de san Pedro, nadie se imaginaba cómo iba a ser lo que la Iglesia ha vivido en este primer año de su Pontificado. La popularidad y la estima de la que goza el Pontificado, haciéndolo más cercano, más humilde y entrañable.

Siguiendo el magisterio del Concilio Vaticano II y las pautas marcadas por sus dos antecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Papa Francisco imprimió desde el inicio su sello personal, ganándose la admiración y el cariño del mundo católico y no católico.

Comenzó su misión saludando con un sencillo “Buona sera” y agachando la cabeza para pedir a todo el mundo que rezáramos por él y le diéramos la bendición. Poco a poco, con sus gestos, con su manera directa de comunicar y explicar la Palabra de Dios, se ha ido ganando más y más seguidores, haciendo más accesible ese mensaje de salvación para todo el mundo.

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento. Con Jesucristo siempre renace la alegría” (AE 1).

La nueva evangelización. Esta es la Buena Noticia que Cristo nos viene a traer y que el Papa Francisco quiere proclamar con los brazos abiertos. La nueva etapa evangelizadora deberá estar marcada por esa alegría. Cuando uno tiene una alegría profunda, quiere comunicarla, celebrarla, compartirla, es algo que viene espontáneo. Así debe ser nuestra experiencia personal de Cristo.

El Santo Padre comienza diciendo que la alegría es algo profundamente evangélico: “La alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana” (AE 4). La Biblia nos habla en numerosas ocasiones de la profunda alegría que nace del saberse amados por Dios, de su cercanía. Lo vemos tanto en las figuras del Antiguo Testamento, en los profetas y reyes, como en el Evangelio, en la Santísima Virgen, en Isabel, en Jesús, en los discípulos y en las personas que se encuentran con él. La vemos en los apóstoles que, después de la Resurrección, proclaman con valentía y sin temor la alegría que nace del encuentro con Jesucristo. No es la alegría superficial y pasajera que muchas veces ofrece el mundo, sino ese contacto con Dios que se convierte en feliz amistad y que permanece en el tiempo.

La alegría es el mejor antídoto contra las enfermedades de la sociedad actual: el egoísmo, el encerramiento, el pesimismo estéril o la guerra entre nosotros. Ante los inmensos problemas con que nos enfrentamos hoy día, qué fácil es encerrarnos en nosotros mismos, aislarnos para que esas circunstancias no nos duelan, vivir como en unas islas, donde no nos afecte lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos volvemos insensibles a las necesidades de nuestro prójimo.

El peligro del aislamiento. Hace poco veía un anuncio en la televisión en la que un deportista, ante las aclamaciones o protestas de los fans, se colocaba unos auriculares para escuchar su música preferida y olvidarse de toda la gente que le rodea. El Papa llama la atención ante ese aislacionismo egoísta que no quiere salir al encuentro del hermano necesitado.

Por otra parte, el pesimismo estéril nos lleva a preguntarnos ¿por qué tratar de hacer el bien si siempre habrá una infinidad de tragedias, de personas que sufren, de pobreza? Basta con encender la televisión y escuchar las noticias para quedarnos con la tristeza de saber del avión desaparecido en Malasia con más de 250 personas a bordo, el Ferry en Corea del Sur o el conflicto en Ucrania. ¿De qué sirve mi esfuerzo? Qué fácil es también caer en una forma de pesimismo donde todos nuestros esfuerzos y la entrega de los demás nos parecen inútiles.

Al mismo tiempo, otro obstáculo que con frecuencia nos detiene y nos lleva a perder energías son los conflictos entre los mismos católicos, las comparaciones, las críticas, en vez de tratar de construir entre todos una sociedad mejor, colaborando, dialogando, compartiendo lo bueno que hay en cada persona. El Santo Padre nos pone en guardia contra estos males de la sociedad; pero sobre todo nos anima a mirar a nuestros alrededor con gran esperanza y entusiasmo.

La alegría, por el contrario, nos impulsa a la misión, a salir al encuentro. El gozo del Evangelio es misionero por naturaleza propia. El gran tema que está ligado al gozo de vivir el Evangelio es la misión. El Papa llama por tanto a una transformación misionera de la Iglesia. Una Iglesia en salida: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual” (AE 27).

“Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a la propias seguridades” (AE 49).

La alegría nos lleva a salir de casa, a transformar las estructuras que sean necesarias en clave de misión, los programas pastorales de las diócesis, las parroquias, a abrir los ojos a las necesidades de nuestro alrededor, a encontrar a la gente allí donde están. Es conocido el hecho de que el Papa es el primero que nos da ejemplo, queriéndose quedar en la Casa Santa Marta para estar más cerca de la gente, trasladándose en Metro o en autobús cuando era Arzobispo de Buenos Aires.

¿Quién, yo? Todos estamos llamados a vivir esta alegría evangelizadora. No se trata solamente de los obispos, los sacerdotes o los religiosos. Toda la Iglesia, todos los fieles están llamados a evangelizar, a compartir su experiencia de Jesucristo. Se trata de un esfuerzo común de evangelización, donde se incluyen los diferentes carismas, las diócesis, las congregaciones religiosas, los nuevos movimientos y asociaciones de fieles, donde se unen las modernas maneras digitales de llegar a los fieles, el iPhone, Twitter, Facebook, etc., con las tradiciones de la religiosidad popular que llegan al corazón del pueblo, las procesiones, las novenas, los santuarios, la riqueza y variedad de las devociones que alimentan la fe del pueblo y le llevan a refrescar constantemente el mensaje del Evangelio. La pluralidad, la diversidad de los carismas, de las maneras de evangelizar, mientras sean fieles al Evangelio, son una gran riqueza para la Iglesia, fruto del dinamismo del Espíritu Santo, que no deja de suscitar nuevas formas de evangelizar.

En esta misión, el Papa también subraya el lugar privilegiado que deben tener los pobres y los menos favorecidos en la evangelización. Cuando le hemos visto a él dándole un abrazo a un peregrino en san Pedro con el rostro desfigurado por la enfermedad, haciendo sencillas llamadas telefónicas para apoyar y agradecer a los fieles, escogiendo para celebrar el Jueves Santo un Centro para discapacitados para lavar los pies de 12 enfermos y ancianos o visitando en Lampedusa, Italia los centros de acogida de los inmigrantes, nos está explicando con su propio testimonio esa prioridad que Cristo da a los más necesitados.

Un mismo corazón y una misma mente. En esta exhortación apostólica, el Papa Francisco trata además el tema de las desigualdades sociales, de la preocupación prioritaria por los más pobres, de las injusticias de un sistema de libre mercado sin referentes éticos, donde van creciendo cada día más las diferencias entre una minoría, donde esas desigualdades irán inevitablemente generando violencia. Hay que poner en primer lugar a la persona, renunciando a la idolatría del dinero o a un dinero que gobierna en lugar de servir.

Esto me trae a la mente las primeras comunidades cristianas de las que nos hablan los Hechos de los Apóstoles en el Nuevo Testamento. Su caridad, su oración en común, su unión (tenían entre todos un solo corazón y una sola mente), el partir el pan de la Eucaristía como fortaleza y alimento espiritual, el entusiasmo evangelizador y su valentía en medio de la persecución.

Dios quiera que todos los católicos experimentemos esa alegría de la experiencia de Jesucristo, que nos dejemos tocar por su fuerza transformadora y sepamos comunicarla. Que escuchemos en el interior de nuestra alma esa valiente invitación del Papa Francisco a salir, a darnos a los demás sin miedo, a compartir, a proclamar sin cesar el Reino de Dios.

El Padre Jacobo Muñoz pertenece a la Congregación de los Legionarios de Cristo y ejerce su ministerio en el Centro de Retiros que mantiene la Congregación en Bethesda, Maryland (Estados Unidos).

Comentarios