La Palabra Entre Nosotros

Abril/Mayo 2011 Edición

Iconos vivos de Cristo

Los sacerdotes, agentes de transformación

Iconos vivos de Cristo: Los sacerdotes, agentes de transformación

Los sacerdotes, a quienes se les ha confiado la misión de ser mediadores de la presencia de Cristo en el mundo, están consagrados para servir a la Iglesia en todo sentido: como reconciliadores, instrumentos de la cura de almas, maestros y amigos. Es una vocación exigente y a menudo ingrata, que sería imposible cumplirla sin la gracia que ellos reciben del Señor, sobre todo la que emana de la celebración de la Sagrada Eucaristía.

Creemos que cuando un sacerdote cumple la orden de Jesús “hagan esto en memoria de mí” (Lucas 22,19), lo hace actuando en la persona de Cristo mismo. Y no solo actúa en nombre propio, como si la Eucaristía fuera un acto privado de devoción entre el sacerdote y Cristo; no, el sacerdote lleva consigo al altar a todos aquellos fieles a quienes sirve, tal como lo hizo Jesús en la cruz. Hoy, el sacerdote lleva al altar a todos sus feligreses, con todos los pesares y dolores que ellos tienen, y también todas sus satisfacciones y alegrías, y se los presenta al Padre, para que Él los transforme por su gracia y su misericordia. En este sentido, el sacerdote es un icono vivo de Cristo, una imagen viva de nuestro Salvador.

Jesús, nuestro Gran Sumo Sacerdote. Para entender cómo actúa el sacerdote “en la persona de Cristo”, hace falta primero definir lo que queremos decir cuando afirmamos que Jesús es el Sumo Sacerdote. El sumo sacerdote de los judíos entraba en el santuario del Templo de Jerusalén llevando la sangre del sacrificio, a fin de librar al pueblo de sus pecados. Al cumplir esta función, actuaba como mediador, porque presentaba las necesidades del pueblo ante Dios y luego administraba la gracia y el perdón de Dios hacia el pueblo.

Jesús también fue un mediador, como el sumo sacerdote; lo hizo llevando las necesidades del pueblo a la presencia de Dios y luego siendo portador de la redención y la salvación en favor del pueblo. Además, tal como lo hacía el sumo sacerdote, Jesús también vive para hacer intercesión por nosotros, rogando por nosotros ante el trono de Dios (Hebreos 7,25).

Pero si bien es cierto que Jesús es como los sumos sacerdotes de Israel, su ministerio también supera con mucho el de aquellos (Hebreos 8,6). En primer lugar, los sumos sacerdotes ofrecían “la sangre de chivos y becerros” para hacer expiación por el pueblo, pero Jesús ofreció “su propia sangre”, una sangre inmaculada y preciosa, llena del poder y la gracia de Dios (Hebreos 9,12-13).

La sangre de Cristo es superior también en una segunda dimensión. Se suponía que la sangre de los animales sacrificados que ofrecían los sumos sacerdotes tenía “poder para consagrarlos y purificarlos por fuera” (Hebreos 9,13), es decir, en su cuerpo y era un acto de expiación por los pecados cometidos durante el año pasado, de modo que el pueblo tenía la posibilidad de comenzar de nuevo. Por contraste, el sacrificio que Jesús ofreció fue el de su propio cuerpo y lo hizo de “una sola vez y para siempre” (10,10), y fue tan superior que no solo expió los pecados del pasado, sino todos los pecados pasados, presentes y futuros.

Llamados a ser iconos de Cristo. Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles “Hagan esto en memoria de mí”, los destinó a ser sacerdotes según su imagen. Fue como si estableciera un nuevo sacerdocio para los que serían ministros de su Nueva Alianza. De allí en adelante, creemos que por el Sacramento del Orden Sagrado los sacerdotes reciben una unción especial para continuar el sacerdocio de Jesucristo en la tierra y seguir representando a Jesús ante el pueblo, pronunciando sus palabras y ejerciendo su ministerio en nuestro medio.

Podríamos decir que los sacerdotes son iconos de Jesús que le representan de un modo especial, porque libremente deciden renunciar a una vida de independencia para encontrar su identidad, no en sus logros personales, sino en el Señor. Como icono de Cristo, cada sacerdote, a pesar de su imperfección y su debilidad, está consagrado a Dios. No es una opción de carrera; es una misión divina, una llamada directa de Dios y esta vocación es la razón por la cual el que la recibe busca la ordenación. A esto se debe también que esté habilitado para asumir la autoridad de Jesús y actuar en la persona de Cristo en nuestro medio.

Un mediador entre Dios y su pueblo. La esencia misma de la autoridad y la responsabilidad que se le ha confiado al sacerdote es ejercer su función de mediador, que manifiesta de un modo especial en la santa Misa. Es allí, en el altar, donde el sacerdote prosigue el ministerio sacerdotal de Jesús con mayor plenitud; es allí donde él entra en el santuario de Dios y ofrece el sacrificio del pan y el vino; es allí donde se hace portador de la gracia y el favor de Dios para el pueblo que se congrega a su lado; es allí donde se hace presente una y otra vez el milagro del Calvario.

Como mediador, el sacerdote tiene el privilegio de unir lo humano con lo divino, y en esa unión presenta la llamada y los mandamientos de Dios a su pueblo: su deseo de que participemos de su cuerpo y sangre, su invitación a recibir su amor y su llamada a seguir sus pasos y sus enseñanzas. Al mismo tiempo, también le presenta a Dios las necesidades y peticiones que tenemos, las alabanzas que le damos, los pesares que nos angustian y los sacrificios que hacemos. Siguiendo el ejemplo de Jesús, el sacerdote actúa como nuestro intermediario ante Dios.

Pero los sacerdotes también entregan su propia vida en un ofrecimiento muy personal, por medio del cual ellos reafirman su vocación y su dedicación a Dios. Ellos mismos se presentan al Padre celestial como sacrificio por la Iglesia y por su pueblo. Así, unido al sacrificio perfecto de Cristo, el sacrificio imperfecto que hace el sacerdote de su vida lo lleva más cerca del Señor y le confiere una gracia continua para su ministerio.

Un intercambio divino en memoria del Señor. Jesús dijo una vez: “El que pierda su vida por causa mía, la salvará” (Mateo 10,39). Durante el Ofertorio, le entregamos nuestras vidas al Señor, junto con nuestras imperfecciones, temores, defectos, esperanzas y anhelos, representados en las ofrendas que llevamos al altar. Luego, cuando nos acercamos al mismo altar para la comunión, recibimos, en el cuerpo y en el corazón, la vida divina y resucitada de Cristo Jesús. En este intercambio divino hay algo muy poderoso que sucede: No solo nos entregamos voluntariamente a Jesús y recibimos su vida misma, sino que Él nos devuelve la vida que le entregamos durante el Ofertorio. En efecto cuando “perdemos nuestra vida” en Cristo, “la encontramos” en Él; pero la vida que encontramos es una vida transformada, no la misma vida que le ofrecimos.

Jesús murió y resucitó al tercer día, y cada vez que celebramos la santa Misa ocurre un intercambio humano y divino similar. En la comunión, podemos experimentar lo que significa ser llevados junto a Cristo y ser resucitados con Él. Lo sabemos en el corazón por la reverencia que sentimos en la comunión; lo sabemos porque podemos percibir su presencia en nuestro ser. ¡Sabemos que hemos sido transformados por la gracia de Dios!

Ver a Cristo en los sacerdotes. Queridos hermanos, tratemos de pensar que cuando vemos a un sacerdote, especialmente cuando celebra la santa Misa, vemos a Cristo. Es fácil pensar que el sacerdote no es más que “un hombre bueno” dedicado a una causa noble; pero Dios quiere hacernos levantar la mirada para que veamos a Jesús que actúa a través de su servidor, un hombre imperfecto que ha sido consagrado por el Señor y para el Señor.

Jesús, nuestro Gran Sumo Sacerdote, ha ofrecido su vida por nosotros, una vida como la nuestra en todo, salvo en el pecado; y nuestros sacerdotes también han ofrecido su vida por nosotros, vidas como la nuestra en todo, incluso en el pecado. Cuando nos unimos al sacrificio que ellos ofrecen, también podemos depositar nuestra vida sobre el altar y siendo un solo cuerpo, unido con el Señor, cada uno de nosotros puede ser transformado en cada Misa y acercarnos más y más a Jesús, nuestro Redentor.

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