La Palabra Entre Nosotros

Dic/Ene 2011 Edición

Hijo de David, Hijo de Dios

Cristo cumple todas las promesas de Dios

Hijo de David, Hijo de Dios: Cristo cumple todas las promesas de Dios

Mientras continuamos reflexionando sobre los relatos de San Lucas acerca del nacimiento del Niño Jesús, tratemos de captar una visión más amplia, más panorámica.

En el artículo anterior, dijimos que Lucas escribió las narraciones de la infancia de Jesús muchos años después de que el Señor hubiera muerto y resucitado. En efecto, en el tiempo transcurrido, Lucas se dedicó a reflexionar sobre la venida de Cristo y entenderla como el cumplimiento de todo lo que ya se había anunciado en la Biblia hebrea. Ponderando estas realidades, Lucas se propuso demostrar cómo se iba cumpliendo el plan de Dios a través del tiempo hasta culminar en la persona de Jesús. Es decir, no fue por casualidad que Lucas consultó lo que escribieron los profetas del Antiguo Testamento, como Isaías, Miqueas y Elías, y utilizó sus palabras e imágenes para describir a Jesús y su misión. &

Si bien los profetas no pudieron conocer los detalles específicos de la obra de Jesús, Lucas usó el conocimiento inspirado por el Espíritu Santo para reconocer que las palabras proféticas le ayudaban a preparar el terreno para el milagro de la Navidad. Y al pensar en esto, vemos que lo hizo de tres maneras distintas. Primero, demostró que Jesús es el cumplimiento del profundo y antiguo anhelo del pueblo de Israel, de tener un rey ideal: un rey que trajera la paz, los librara de sus opresores y unificara toda la nación, como lo había hecho el Rey David. Segundo, Lucas pone énfasis en que el reino de Jesús no tendrá fin, a diferencia del reino de David, que desapareció poco después de la muerte de su hijo Salomón. Y, tercero, Lucas presenta a la Virgen María como el Arca de la Nueva Alianza, el nuevo Tabernáculo de la presencia de Dios en la tierra.

Un nuevo David. Lucas dice que Jesús nació en Belén, ciudad en la que también nació el Rey David, y señala que José “era descendiente de David” (Lucas 2,4); le pareció esencial poner de relieve este lazo de parentesco entre Jesús y David, y efectivamente este lazo con la dinastía de David fue útil para que la iglesia primitiva reconociera que Jesús era un rey que tenía un auténtico linaje real.

Al principio de su reinado, David recibió la visita del profeta Natán, que le dijo de parte de Dios: “Cuando tu vida llegue a su fin y mueras, yo estableceré a uno de tus descendientes y lo confirmaré en el reino. Él me construirá un templo, y yo afirmaré su reino para siempre. Yo le seré un padre, y él me será un hijo… Tu dinastía y tu reino estarán para siempre seguros bajo mi protección, y también tu trono quedará establecido para siempre” (2 Samuel 7,12-14.16).

De acuerdo con San Lucas, cuando el ángel Gabriel le habló a María, le dijo: “Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin” (Lucas 1,31-33).

En esto se ve claramente el paralelo que Lucas establece entre las promesas que el profeta Natán le comunica a David y la promesa que el ángel Gabriel le comunica a María. Jesús es el heredero del rey David; es Aquel que será rey eterno y cuyo “trono quedará establecido para siempre.” (2 Samuel 7,16).

Un nuevo reino. Otro punto que vale la pena ponderar se refiere a la palabra “gran” o “grande”. En el Antiguo Testamento, esta palabra se usaba con un énfasis religioso muy especial, por ejemplo, cuando Dios le dijo a Abram: “Con tus descendientes voy a formar una gran nación” (Génesis 12,2). En el Antiguo Testamento, esta palabra se usaba muchas veces para describir al propio Dios (Deuteronomio 10,17; Salmos 96,4; 145,3; 147,5; Malaquías 1,11). Por eso, algunos comentaristas afirman que cuando el ángel Gabriel le dice a María que su hijo será “un gran hombre”, está poniendo énfasis en que Jesús viene de Dios y que en realidad es el Hijo de Dios.

San Pablo dice que Jesús es el Rey eterno, inmortal, invisible y único Dios (v. 1 Timoteo1,17) y el libro del Apocalipsis presenta a Alguien sentado en el trono del cielo mientras los seres vivientes lo alaban diciendo: “¡Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso” (Apocalipsis 4,8). Todos sabemos que el Señor Dios es el Rey de todo el universo y Rey de los reyes de la tierra. De hecho, el mismo Cristo le dijo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo… soy rey. Yo nací y vine al mundo para decir lo que es la verdad” (Juan 18,36.37).

Todos estos versículos dejan en claro que Jesús ha venido a inaugurar un nuevo reino, el cumplimiento de todo lo que el pueblo había deseado experimentar en el reino de David. Pero a diferencia de ese reinado, el de Jesús no es “de este mundo”, es un reino celeste, espiritual, lleno de todas las gracias y bendiciones de Dios. Es un reino en el cual todo sufrimiento y temor, e incluso la muerte desaparecen para siempre; es un reino donde lo que existe es la pureza, la unidad y la santidad, y donde no hay lugar para la maldad, el engaño ni la soledad.

Es muy fácil quedarse apegado nada más que a este mundo presente y nos resulta “lógico” dedicar todas las energías a construir un hogar aquí en la tierra; pero la verdad es que estamos destinados a ocupar un hogar celestial y vivir en un reino que no es “de este mundo”. Pero no nos engañemos: no es malo querer trabajar y esforzarse para que este mundo terrenal sea mejor, y tampoco es malo tener el deseo de disfrutar de lo bueno que este mundo puede ofrecer. Jesús no nos priva de disfrutar correctamente de este mundo, pero quiere que nos preparemos para emigrar hacia el mundo venidero. Y mientras eso sucede, el Señor también quiere que cada uno haga su parte para que este mundo sea un reflejo del reino eterno.

Un nuevo tabernáculo. Otra conexión que Lucas hace entre el nacimiento de Jesús y el Antiguo Testamento se refiere a la Virgen María. Cuando el ángel Gabriel le anunció que Dios quería que ella fuera la madre de Jesús, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios” (Lucas 1,35).

Estas palabras son asombrosamente parecidas a la descripción de la tienda del encuentro que contenía el arca de la alianza en el libro del Éxodo, en el que leemos que cuando Moisés construyó la tienda de acuerdo a las instrucciones de Dios, “la nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó el santuario” (Éxodo 40,34). ¡Era Dios mismo que venía a habitar en el Arca de la Alianza y hacer su morada en medio de su pueblo!

Utilizando estas ideas e imágenes, Lucas presenta a María como el nuevo Tabernáculo del Señor, la nueva Arca de la Alianza; por eso creemos que María fue concebida sin pecado original: ¿Cómo podía un tabernáculo contaminado de pecado ser morada del Señor? La morada de Dios tenía que ser inmaculada, purísima, libre de toda imperfección, y así fue María.

Un poco más adelante en la historia, Lucas nos cuenta que la Virgen visitó a su prima Isabel: “Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se le estremeció en el vientre, y ella quedó llena del Espíritu Santo. Entonces, con voz muy fuerte, dijo: ¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo!” (Lucas 1,41-42). Nuevamente en este caso, la concordancia con el Antiguo Testamento es elocuente.

La criatura que Isabel llevaba en el vientre brincó ante el saludo de la Virgen María, lo que nos hace recordar al Rey David, que brincaba y danzaba de gozo cuando traía el Arca de la Alianza a la ciudad de Jerusalén (2 Samuel 6,14-15). Al terminar esta gozosa y triunfante procesión, David preguntó: “¿Cómo va a venir a mí el arca de Yahvé?” (v. 6,9, Biblia Cantera-Iglesias), palabras muy similares a las que pronunció Isabel cuando preguntó: “¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor?” (Lucas 1,43).

Lucas señala estas coincidencias entre María y el Arca de la Alianza para decirnos que ella tiene un lugar muy especial en el plan de Dios: ella es el Tabernáculo del Señor de una manera muy singular, que nos trae la presencia de Cristo Jesús a todos los que quieran aceptarlo. Pero con estas narraciones, Lucas también nos dice que Jesús está con nosotros y que podemos percibir su presencia. Así como el Señor permaneció nueve meses en el seno de su madre, también habita en el corazón de sus fieles, por lo que cada uno de nosotros viene a ser un tabernáculo vivo del Señor. Más aún, así como el niño Juan saltó de gozo en el vientre de Isabel cuando se aproximó María, que llevaba a Jesús en su propio vientre, nosotros también podemos llenarnos de gozo al experimentar la presencia de nuestro Señor. Dios ha venido a hacer su morada entre nosotros y a librarnos del pecado. ¡Qué razones tan excelentes para llenarnos de alegría!

Cada promesa se ha cumplido. Al celebrar esta temporada de Adviento, abramos la mente y el corazón para que las hermosas narraciones que Lucas nos ofrece acerca de la infancia de Jesús nos convenzan de que Cristo Jesús es el Hijo de Dios, el cumplimiento de todas las promesas contenidas en el Antiguo Testamento.

El Rey David se preguntaba: “¿Cómo es que va a venir a mí el arca de mi Dios?” e Isabel también se preguntaba: “¿Cómo es que soy tan favorecida que la madre de mi Señor venga a verme?” Y nosotros podemos hacer una pregunta similar: “¿Por qué vino Dios a un pueblo tan infiel y pecador como nosotros? ¿Por qué vino a una raza tan desobediente e ingrata? La respuesta es: Porque el Señor nos ama con amor eterno e incondicional, y porque quiere sanarnos y restablecernos por completo.

Durante esta época especial de preparación, Jesús nos pregunta: “¿Eres tú capaz de ver que estoy presente en el tabernáculo de la Sagrada Eucaristía y también en el tabernáculo de tu propio corazón? Si puedes, conocerás mi alegría y sabrás que Yo Soy el Señor y Rey del universo. Te postrarás delante de mí y me adorarás, porque Yo Soy tu Rey y mi reino no tendrá fin.”

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