La Palabra Entre Nosotros

Octubre de 2019 Edición

“He mantenido la fe”

La formación y prueba del Papa San Pablo VI

By: Kathryn Elliott

“He mantenido la fe”: La formación y prueba del Papa San Pablo VI by Kathryn Elliott

El lugar era Roma, y el entorno universitario era secular. El capellán, Don Battista, vio claramente que los estudiantes eran espiritualmente analfabetos y que dudaban de la existencia de Dios. Por esto, para reavivar la fe de los jóvenes, organizó retiros de fin de semana. Con este propósito, llevó al primer grupo de estudiantes a la basílica de San Pablo Extramuros. Allí, admirando la hermosa decoración de las murallas y los cielos rasos y paseando por los jardines con ellos, Don Battista les fue predicando y enseñando. Años más tarde, sus alumnos todavía recuerdan la elocuencia de sus palabras.

“Cuando explicaba los escritos de San Pablo, con fascinante agudeza y apasionado fervor, las palabras cobraban vida y hacían realidad la presencia de Cristo en la Iglesia”, comentó un estudiante. “Su predicación se concentraba en las verdades esenciales y las llenaba de una calidad poética y profética,” añadió otro.

Valiéndose de su educación jesuítica, el joven sacerdote enseñaba a sus estudiantes a rezar el Padre Nuestro en forma lenta, meditando en los pasajes del Evangelio. Con su guía, la fe de los alumnos floreció, a pesar de que la policía estatal comenzó a amenazarlos con impedir sus reuniones. 

Años más tarde, este mismo sacerdote llegó a ser el Papa Pablo VI, cuyo nombre quedó grabado en los 16 documentos del Concilio Vaticano II y quien escribió la encíclica Humanae Vitae, así como la importantísima exhortación apostólica Evangelii nuntiandi sobre la evangelización en el mundo moderno. Fue el hombre de Dios cuya fe profunda y coraje orante marcó para la Iglesia Católica un nuevo derrotero en los tiempos modernos, el mismo que fue declarado santo en octubre del año pasado en Roma.

Una mente preclara. Nacido en 1887, Giovanni Battista Montini siempre tuvo un pensamiento analítico e incisivo, incluso cuando, a los 16 años de edad, redactaba sermones para su párroco. En 1916 ingresó en el seminario, pero por su precaria salud tuvo que realizar gran parte de sus estudios en casa con un tutor.

Afortunadamente, su hogar era un lugar animado. Giorgio, su padre, era abogado, periodista y publicaba un prominente periódico católico; además, fomentaba el debate político entre sus amigos y colegas. En esa época era arriesgado ser católico en Italia, pues durante décadas hubo hostilidad contra la Iglesia y eso significaba que el gobierno fascista no permitía que los católicos votaran ni participaran en la vida política.

Este entorno de hostilidad forjó la personalidad de Giovanni. Después de su ordenación sacerdotal, vivió en Roma y continuó escribiendo acerca de los temas de la política pública. Tras cumplir los 25 años, fue uno de los diplomáticos más jóvenes nombrados para representar la Secretaría de Estado del Vaticano. Más tarde, cuando el Papa Pío XI suscribió un convenio para la independencia del Estado Vaticano frente a Italia, elogió al joven Monseñor Montini por la comprensión que éste tenía del asunto.

En 1923, Pío XI lo nombró capellán de los universitarios católicos en Roma, cometido que Mons. Montini recibió con gran beneplácito, pues le agradaba enseñar la fe a los estudiantes y pasó a ser un orador habitual en conferencias y retiros. En un discurso, instó a los estudiantes a prestar mucha atención a la Liturgia cuando estuvieran en Misa, pues “no es suficiente seguir las ceremonias con los ojos físicos —les decía— es preciso ‘aplomarlos’ con el más profundo sentido espiritual; si no, es una pérdida de tiempo.”

Una nación en guerra. Aunque colaboraba estrechamente con el Papa, Montini solía pensar que no hacía más que cumplir un rutinario trabajo de oficina, aunque intentaba tratarlo como su campo de misión. En un retiro en 1930, le pidió a Dios que le quitara su orgullo espiritual y le ayudara a dar más atención a las personas: “Uno debe estudiar las necesidades reales de la gente... y tratar de satisfacerlas”, escribió en su diario. 

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, en 1939, la preocupación de Giovanni Montini cobró mayor urgencia y quiso hacer algo al respecto. Su superior, el Secretario de Estado, acababa de ser elegido Papa Pío XII, y Montini pasó a ser el prosecretario de Estado. En esa época había un cúmulo de “necesidades reales” que golpeaban a las puertas del Vaticano, y Mons. Montini solía hacerles frente con plena decisión.

Por ejemplo, agilizó las obras socorristas del Vaticano con motivo de la guerra, pidiéndole al Papa convertir una de las residencias pontificias en albergue para 15.000 fugitivos que huían del régimen nazi en busca de asilo. También consiguió que un cineasta, en cuyo reparto había muchos judíos y refugiados políticos, prolongara las filmaciones en el Vaticano durante varios meses hasta que llegaran los aliados y terminaran con la amenaza nazi.

A sus padres les escribió diciéndoles que sentía el peso de su labor: “Más que nunca se vive con la esperanza de la misericordia divina” y añadió “Las condiciones del mundo intensifican en cada persona el sentido del sufrimiento y el desconcierto.”

Durante algunos de los años más difíciles que vivió Italia, Mons. Montini trabajó arduamente y con gran discreción para que se lograra el mayor bien posible. Era sin duda un trabajo ingrato y prácticamente anónimo, pero él se sostenía recurriendo a la oración y el recogimiento interior.

En 1954 falleció el Arzobispo de Milán, quedando vacante el cargo para alguien que encabezara la diócesis más grande del mundo en ese momento.  El Papa Pío XII escogió a Mons. Montini para desempeñar ese cargo.  Así fue como asumió la nada fácil tarea de la reconstrucción de Milán, cuya población y sus iglesias habían sido diezmadas por el intenso bombardeo durante la guerra. Antes del fin del año, Mons. Montini fue consagrado Arzobispo, nombramiento cuya responsabilidad le hizo sentirse agobiado y no bien preparado, pues era algo tan diferente al trabajo que cumplía en la Secretaría de Estado. A un amigo sacerdote le escribió diciéndole que veía “una infinidad de dificultades” que le causaban cierta inseguridad. Pero al comenzar su misión, redobló su compromiso de abandonarse a la bondad y la providencia de Dios.

Cómo reavivar la fe en Milán. Esta era la gran ciudad industrial del norte, cuyos habitantes católicos, cansados de la guerra, se sentían un poco desatendidos por la Iglesia. Consciente de esto, Montini pidió que sus asistentes le programaran visitas personales a aquellos lugares donde laboraban los obreros. Allí estrechó la mano de los jornaleros industriales, habló con muchísimos de ellos mirándolos a los ojos, a veces hostiles, con serena firmeza. Pronto lo apodaron el “arzobispo de los trabajadores.”

El paso siguiente fue reunir al clero de Milán para un retiro, donde utilizó la antigua estrategia que usaba con los estudiantes: “Los envío al mundo” les dijo. “Ustedes deben compartir las esperanzas y sufrimientos de la gente, no sus bajezas ni sus vulgaridades. Ustedes deben ser sus guías espirituales.” 

Conforme realizaba visitas por toda la ciudad, Giovanni comprendió que lo que la gente necesitaba era saborear un auténtico mensaje evangélico, para que se sintiera a gusto en la Iglesia, para que allí Dios los renovara. Con este fin, en 1957, anunció una iniciativa inédita: la “Misión a Milán”. 

Durante tres semanas, bajo la orientación del arzobispo, miles de sacerdotes fueron a las esquinas de los barrios y los centros comunitarios de la ciudad y predicaron un Evangelio simple. Incluso en las zonas comunistas, fueron invitando a hombres, mujeres y niños a regresar a la Iglesia. Montini pensaba que era preciso que la gente viera que la Iglesia era su madre, a fin de que llegaran a reconocer que Dios era su padre. 

“Pensemos que cada iglesia es la casa de Dios, donde vecinos y amigos se visitan para disfrutar y compartir las amistades y sentirse bienvenidos”, les dijo. En los años siguientes, Montini construyó más de 40 iglesias nuevas, y se preocupó mucho de visitar personalmente cada una de las 900 parroquias de la arquidiócesis y en todas partes iba pronunciando sermones nuevos, fruto de su oración personal y de los libros que leía.

Atrapados en el medio. El tiempo que Giovanni Montini pasó en Milán no fue prolongado. Su antiguo amigo y colega en la Secretaría de Estado, el Cardenal Ángelo Roncalli, había sido elegido Papa Juan XXIII en 1959, y una de las primeras decisiones de éste fue crear Cardenal a Mons. Montini, tras lo cual anunció su ambiciosa iniciativa: Convocar un concilio de los obispos de todo el mundo para dilucidar cómo podía el Espíritu Santo insuflar nueva vida en la Iglesia Católica.

Apenas había transcurrido un año de los cuatro del Concilio, cuando falleció Juan XXIII y Giovanni Montini fue elegido para sucederle. El nuevo Sumo Pontífice adoptó el nombre de Pablo VI, en memoria del gran “Apóstol de los gentiles”, cuyas epístolas bíblicas eran para él un verdadero tesoro.

Algunos obispos le pidieron a Pablo VI que diera por cerrado el Concilio, mas él se comprometió a proseguirlo. Al inaugurar el siguiente período de sesiones, el nuevo Papa planteó tres objetivos: la reforma de la Iglesia, la unidad de los cristianos y el “diálogo de la Iglesia con el mundo contemporáneo.” El propio Pablo VI marcó la tónica de las deliberaciones en su discurso inaugural, pidiendo perdón públicamente a los observadores protestantes, sentados en lugares de honor, por la participación que la Iglesia Católica hubiera tenido en su separación.

El trabajo del Concilio siguió adelante, pero en los años que vendrían, Pablo VI fue ampliamente criticado. Los tradicionalistas arremetieron contra sus reformas litúrgicas, mientras los progresistas se burlaban de su firme argumentación en contra del uso de los anticonceptivos, como lo explicó en su encíclica Humanae vitae. Pero Pablo VI no cedió. Las críticas y los ataques personales fueron la cruz que le tocó llevar. Su confesor, el padre Paulo Dezza, dio testimonio de que esos últimos años (si no los anteriores) habían sido los que verdaderamente lo hicieron santo.

“Sus sufrimientos le causaban un profundo dolor interno, pero... yo me sentía edificado por su actitud hacia aquellos que le causaban tanto pesar. No había ningún enfado; solo el perdón y el amor evangélicos,” comentaba el padre Dezza. Cuando un cardenal lo censuraba públicamente, Pablo VI respondía: “Díganle cuanto me aflige, pero también cuanto afecto le tengo.” 

“He mantenido la fe.” Poco antes de fallecer, en 1978, Pablo VI meditaba en el mensaje final del apóstol San Pablo a Timoteo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4, 7 BL). Estas palabras pasaron a ser las últimas del Papa.

En 1978, la realidad mundial había cambiado drásticamente. Italia había transitado de una dictadura fascista a una república democrática. La Segunda Guerra Mundial había terminado, solo para ser sustituida por la guerra fría. Los asesinatos de políticos prominentes desencadenaban disturbios en las calles, mientras la revolución sexual daba al traste con la moral tradicional. Y en medio de todo, Pablo VI se esforzó con denuedo para llevar al pueblo la buena noticia del Evangelio en medio del mundo que iba sufriendo cambios vertiginosos.

Kathryn Elliott es redactora de artículos especiales de La Palabra Entre Nosotros.

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