La Palabra Entre Nosotros

Cuaresma 2019 Edición

“Hagan esto en memoria de mí”

Catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa

By: Maria Vargas

“Hagan esto en memoria de mí”: Catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa by Maria Vargas

El Papa Francisco impartió una catequesis sobre la Santa Misa para ayudarnos a comprender su valor y significado, para que así podamos “crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha dado en la Eucaristía. La Eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la Misa ‘es vivir otra vez la pasión y muerte redentora del Señor’.” Hemos querido recopilar algunos de los temas abordados por el Santo Padre para que todos podamos profundizar más en ella.

“La Santa Misa, es el memorial del Misterio Pascual de Cristo, que él llevó a cumplimiento con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, y que nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte. Así, la Eucaristía hace presente el sacrificio que Cristo ofreció en la cruz, de una vez para siempre, y que permanece perennemente actual, realizando la obra de nuestra redención.”

Esta celebración es la vida misma de la Iglesia, que nos reúne para escuchar la Palabra de Dios y para congregarnos en torno a la mesa del Señor para compartir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Un sacrificio vivo. Posiblemente, tú y yo asistimos a la celebración eucarística de la forma más natural; incluso hacemos planes para tener una comida familiar o un paseo luego de la Misa.

Sin embargo, muchos hermanos a lo largo de la historia han sacrificado mucho con tal de poder celebrar la Eucaristía. En diversos lugares ha estado y sigue estando prohibido reunirse en un templo o en cualquier otro lugar para conmemorar la muerte y la resurrección del Señor. Muchos otros hermanos han perdido la vida en atentados perpetrados durante la celebración. Pero ellos se han convertido en un testimonio patente de que la vida en este mundo puede entregarse a cambio de la Eucaristía, pues ella nos da vida eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último.” (Juan 6, 53-54)

Nos dice el Papa Francisco: “¿Estamos buscando esa fuente de la que ‘fluye agua viva’ para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la Santa Eucaristía, que significa ‘agradecimiento’: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.”

La Misa es oración. Nos enseña el Papa que la participación en la Eucaristía es vital para el cristiano pues “nos permite unirnos a Cristo, tomando parte de su victoria sobre la muerte y gozar de los bienes de la resurrección.”

Y añade, al iniciar una de sus catequesis, que “para comprender la belleza de la celebración eucarística [debemos] empezar con un aspecto muy sencillo: la Misa es oración. Es más, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y al mismo tiempo la más ‘concreta’. De hecho, es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.”

La oración es un diálogo en el que exponemos al Señor nuestra vida y nuestras necesidades, y le damos gracias por todo aquello que nos ha dado. Además, es un tiempo para escucharle. Al igual que para mantener la relación de amor en nuestra familia o con los amigos es preciso tener una comunicación frecuente, así también es necesario mantener un diálogo constante con Dios para cultivar nuestra relación de amor y fe con él.

Es así que el silencio se convierte en un elemento indispensable. El silencio nos permite recoger el corazón y entrar en la presencia del Padre para escucharlo. Por esta razón, hay ciertos momentos de silencio durante la misa. El primero es cuando entramos al templo; permanecemos en silencio, pues nos preparamos para iniciar la celebración. Luego, durante el Acto Penitencial, el sacerdote ofrece otro espacio para que en silencio nos reconozcamos pecadores y pidamos perdón a Dios.

Después del “Gloria” se hace la oración colecta, en ese momento el sacerdote dirá: “Oremos” y se hace otro silencio con la intención de que presentemos al Señor nuestras necesidades. Esta oración es “colecta”, pues recoge todas las intenciones del pueblo. También luego de la homilía, habrá otro momento de silencio para que interioricemos las lecturas que acabamos de escuchar. Finalmente, después de la comunión se ora en silencio; ese es un buen momento para alabar a Dios.

La Liturgia de la Palabra. Luego de los ritos de iniciación (la entrada, el saludo, el Acto Penitencial, el Señor ten piedad, el Gloria que no se canta en la Cuaresma ni en el Adviento y la oración colecta) nos aprestamos a escuchar la Palabra de Dios.

En la misa dominical se hacen tres lecturas: la primera es tomada del Antiguo Testamento; la segunda, de alguna de las epístolas de los apóstoles o del Apocalipsis según el tiempo litúrgico en que nos encontremos y la tercera es el Evangelio. De esta forma, se unen el Antiguo y el Nuevo Testamento reflejando la historia de nuestra salvación, cuyo centro es Cristo. Además, entre la primera y la segunda lectura se lee (o se canta) el Salmo responsorial “cuya función es favorecer la meditación de lo escuchado en la lectura que lo precede.”

“La Palabra de Dios hace un camino dentro de nosotros. La escuchamos con los oídos y pasa al corazón; no permanece en los oídos, debe llegar al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras.” Luego de las lecturas, el sacerdote pronuncia la homilía, la cual es una explicación de los textos que se acaban de leer. Una vez terminada, se hace la profesión de fe (el Credo); y para finalizar la Liturgia de la Palabra se reza la oración universal (o de los fieles).

La Liturgia Eucarística. La segunda parte de la Misa es la Liturgia Eucarística. “En ella, a través de los santos signos, la Iglesia hace continuamente presente el Sacrificio de la Nueva Alianza sellada por Jesús sobre el altar de la Cruz (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 47). Fue el primer altar cristiano, el de la Cruz, y cuando nosotros nos acercamos al altar para celebrar la Misa, nuestra memoria se dirige al altar de la Cruz, donde se hizo el primer sacrificio.”

Primeramente, se presentan las ofrendas, el pan y el vino, que muchas veces son llevados al altar por manos de los fieles. Luego se inicia la Plegaria Eucarística, la cual contempla la consagración en la cual ‘este pan y este vino’ se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, cumpliendo así el mandato de Jesús de hacer esto en memoria suya.

Luego comienzan los ritos de la Comunión. Primero, todos juntos rezamos la oración del Padre Nuestro: “Esta es la oración de los hijos de Dios: es la gran oración que nos enseñó Jesús. De hecho, el Padre Nuestro hace resonar en nuestro ser esos mismos sentimientos que había en Cristo Jesús. Cuando nosotros rezamos el Padre Nuestro, rezamos como rezaba Jesús.”

Pedimos en esta oración, que Dios nos perdone y nos libre de todo mal. Dice el Papa Francisco que “imploramos también el ‘perdón de nuestras ofensas’ y para ser dignos de recibir el perdón de Dios nos comprometemos a perdonar a quienes nos hayan ofendido… Perdonar a las personas que nos han ofendido no es fácil; es una gracia que debemos pedir: ‘Señor, enséñame a perdonar como tú me has perdonado.’ Con nuestras fuerzas nosotros no podemos hacerlo; es una gracia del Espíritu Santo perdonar. Así, mientras nos abre el corazón a Dios, el Padre Nuestro nos dispone también al amor fraternal. Finalmente, le pedimos nuevamente a Dios que nos ‘libre del mal’ que nos separa de él y de nuestros hermanos. Entendemos bien que estas son peticiones muy adecuadas para prepararnos para la Sagrada Comunión (v. Instrucción General del Misal Romano, 81).”

Damos así paso al signo de la paz, que es una expresión de “la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión sacramental» (IGMR, 82)”. Inmediatamente después, el sacerdote procede a la fracción del pan y a la invitación para que los fieles acudan a participar de la Comunión. Este es el punto culminante de la celebración, en el cual nos unimos con Jesús. “La Eucaristía es un alimento sencillo, como el pan, pero es el único que sacia, porque no hay amor más grande. Allí encontramos a Jesús realmente, compartimos su vida, sentimos su amor; allí tú puedes experimentar que su muerte y su resurrección son para ti. Y cuando adoras a Jesús en la Eucaristía recibes de él el Espíritu Santo y encuentras paz y alegría.” (Papa Francisco, Homilía de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 3 de junio de 2018).

Ritos finales. Para terminar, el sacerdote reza la oración después de la comunión, imparte la bendición y despide al pueblo. De la misma forma en que se inicia la Misa con la señal de la cruz, así termina también: invocando a la Santísima Trinidad.

Como sabemos, al terminar la Misa comienza nuestro testimonio. Dice el Papa: “Al finalizar la Misa, también nosotros saldremos. Caminaremos con Jesús, que recorrerá las calles de esta ciudad. Él desea habitar en medio de vosotros. Quiere visitar las situaciones, entrar en las casas, ofrecer su misericordia liberadora, bendecir, consolar.” (Papa Francisco, Homilía de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 3 de junio de 2018). Y también nos dijo, para finalizar su catequesis: “Salimos de la iglesia para ‘ir en paz’ y llevar la bendición de Dios a las actividades cotidianas, a nuestras casas, a los ambientes de trabajo, entre las ocupaciones de la ciudad terrenal, ‘glorificando al Señor con nuestra vida’.”

Por eso, “cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Corintios 11, 26).

Extractos de la catequesis del Papa Francisco sobre la Misa impartida en las audiencias públicas celebradas entre el 8 de noviembre de 2017 y el 4 de abril de 2018 y ciertas homilías. María Vargas integra el equipo de La Palabra Entre Nosotros.

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