La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2018 Edición

Habla menos y escucha más

Dios utiliza a quienes son accesibles

Habla menos y escucha más: Dios utiliza a quienes son accesibles

En la homilía de su primera Misa como Sumo Pontífice, el Papa Francisco habló de que los católicos tenemos el llamado constante de “caminar”, “construir” y “dar testimonio de Jesucristo”.

Desde ese día, el Papa Francisco no deja de decirnos que estamos en camino, el camino de la santidad, que es un viaje a las periferias para ayudar a los necesitados, y un viaje a todo el mundo, a fin de que podamos compartir el Evangelio con más y más personas.

Pero no vamos solos en este caminar. Otra de las palabras favoritas del Papa es “acompañar” y nos invita a caminar juntos y ayudarnos mutuamente para llegar a nuestro destino.

El Papa Francisco les dijo a los obispos de Brasil: “Necesitamos una Iglesia que sea capaz de encontrar a los fieles en su camino,” y lamentó que hay tantos que han abandonado la Iglesia porque les parece “demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial”, y les instó a trabajar para que la Iglesia “haga arder el corazón” de los fieles y la gente sea “capaz de redescubrir las entrañas maternas de la misericordia” para todos los que nos rodean (discurso pronunciado el 28 de julio de 2013).

Acompañar. Esta es la visión del Papa Francisco de cómo Dios quiere utilizarnos. El Santo Padre sabe que tenemos que estar dispuestos a acompañar a las personas, estar disponibles para ellos, para que podamos transmitirles la buena noticia del Evangelio; porque no basta simplemente con hablarles de Jesús o de la Iglesia; es preciso demostrar con acciones concretas y con muestras de compasión cuánto los ama el Señor. Como Jesús dijo: “En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros” (Juan 13, 35).

Durante toda su vida pública, la Santa Madre Teresa instaba repetidamente a los creyentes a ser accesibles a los demás. “Difunde el amor dondequiera que vayas —les decía— Sé la expresión viva de la bondad de Dios: bondad en tu rostro, bondad en tu mirada, bondad en tu sonrisa, bondad en tu cálido saludo.” Por lo tanto, veamos cómo podemos seguir sus consejos.

Ojos sonrientes. Los científicos dicen que la sonrisa nos hace más atractivos y que es capaz de levantar el ánimo de otras personas, y el nuestro también. Los psiquiatras han encontrado que cuando sonreímos, aun si es una sonrisa forzada, se liberan en nuestro interior elementos neurotransmisores de “felicidad”, como la dopamina, serotonina y endorfinas, lo cual nos hace más apacibles y optimistas. Dicen que la sonrisa es contagiosa y que por lo general genera una sonrisa en respuesta.

Dicen otros estudios —y el sentido común también— que las personas que miran a los ojos son más dignas de confianza y sinceras que las que no miran a los ojos o cuyo rostro revela una expresión indefinida o negativa. Cuando tú miras a los ojos a alguien le estás diciendo que te interesas por su bienestar; que lo respetas y que estás dispuesto a escucharle y ofrecerle comprensión y amistad.

Así pues, decídete a sonreír. Cuando hables con alguien, acuérdate de fijarte si estás demostrando una actitud positiva y acogedora, e indícale a la otra persona, con tu lenguaje corporal, que estás dispuesto a acompañarla en su caminar de fe.

La conversación trivial. Si deseas acompañar a alguien, es preciso que tú también vayas caminando en la misma ruta, lo cual no siempre es fácil, pero eso puede generar resultados magníficos. Especialmente cuando acatamos la exhortación del Santo Padre de acompañar a quienes están “en las periferias”, tal vez no nos sintamos muy cómodos haciéndolo, pero hay que estar dispuestos a encontrar un terreno común con todos aquellos con quienes nos encontremos. A veces pensamos que las conversaciones sobre cosas triviales (el tiempo, el tráfico, etc.) no tienen valor alguno, pero es una manera muy útil para ponernos en contacto con otras personas, iniciar una amistad y ponernos a disposición de ellos. 

Así que, hermano, demuéstrale a alguien que tienes un interés real en él o ella, que te importan sus dificultades y sus victorias. Por ejemplo, menciona alguna actividad de la parroquia en la que posiblemente viste a esa persona o comparte algo acerca de tu familia y busca aspectos en los que tu vida familiar tenga algo en común con la del otro. Demuéstrate dispuesto a alternar con esa persona en forma personal y poco a poco verás que nace y crece la amistad. Así verás que esa persona ha pasado a ser un compañero de viaje, simplemente porque los dos comparten los mismos sueños, esperanzas, preocupaciones y frustraciones.

Es innegable que las conversaciones cotidianas pueden abrir la puerta hacia amistades más profundas, porque sirven para encontrar terrenos comunes en los que podemos compartir las realidades vividas mientras vamos viajando juntos. Sirven para desarrollar amistades sinceras en las que ambos comienzan a influirse recíprocamente. Además, nos ayudan a conocer a otras personas, aprender de ellas, abrir el corazón para ayudar a los demás y compartir las experiencias de vida con ellas. ¿No es esto lo que significa que Dios nos utilice para compartir la presencia de Jesús con otra persona a quien has conocido y aprendido a apreciar?

Por lo tanto, busca la manera de entablar conversaciones con personas de tu barrio o tu parroquia, aunque no te parezca que tienen algo en común, porque una conversación puede llevarte a descubrir algo especial.

Escucha con atención. Por supuesto que toda conversación es en ambos sentidos: hablar y escuchar. Escuchar es probablemente la forma más eficaz en la que podemos acompañar a otra persona. San Lucas relata que Jesús resucitado acompañó a los dos discípulos de Emaús, y si te fijas con cuidado, verás que al principio Jesús se limitó a hacer preguntas: “¿De qué van hablando ustedes por el camino?” “¿Qué ha pasado?” (Lucas 24, 17. 19). Claro que Jesús sabía de qué venían hablando, pero quiso que los dos discípulos le contaran la historia según su entendimiento.

Escuchando su relato sobre su crucifixión y muerte, Jesús dejó que los dos discípulos expresaran su pesar y su sentimiento de pérdida. Así, escuchando, ingresó en el mundo de ellos como un amigo compasivo, pero no se quedó allí. Precisamente por haber hecho ya un contacto, fue capaz de sacarlos de su congoja y renovar su fe. Incluso antes de que reconocieran a Jesús, ellos empezaron a sentir que el corazón les ardía de entusiasmo. Cristo logró formar un vínculo con ellos escuchándolos con atención, lo cual hizo que ellos a su vez recibieran con mejor disposición lo que él les empezó a decir. 

Esta narración es un excelente ejemplo de acompañamiento. Sin darse a conocer, Jesús demostró todos los ingredientes clave de quien sabe acompañar: entró en el mundo de ellos, escuchando con atención y respeto, y luego hablándoles al corazón. ¡Y es muy posible que se haya preocupado de sonreír y mirarlos a los ojos! Ninguno de nosotros es tan talentoso ni preocupado como Jesús, es cierto, pero siempre podemos obtener resultados positivos si aprendemos a ser buenos oyentes. 

¿Opiniones de quien? Una señora y su marido charlaban con unos amigos cuando surgió el tema de la consejería matrimonial. “Nosotros no necesitamos consejería —dijo ella— mi marido y yo tenemos una excelente relación conyugal. Él estudió comunicaciones en la universidad, y yo artes teatrales. Así que él se comunica bien y yo sé actuar como si estuviera escuchando.”

Posiblemente sonriamos ante un caso como éste, pero la verdad es que los estilos de comunicación suelen centrarse muchas veces en la manera en que nosotros presentamos nuestras opiniones en lugar de escuchar las opiniones del otro, y esta costumbre puede llevarnos a perder oportunidades y mantener amistades superficiales. También posiblemente nos impida acatar el llamado del Papa Francisco de “hacer arder” el corazón de las personas. ¿Cómo podemos ser de utilidad a otras personas cuando no dejamos de hablar de nosotros mismos? ¿Cómo podemos “hacer arder” el corazón de otros con el mensaje del amor de Dios si no tratamos de descubrir lo que hay en su fuero interno?

Lo siguiente puede parecer algo demasiado planificado, pero se trata de lo que hace un hombre llamado Rubén para estar disponible para el Señor. Cada domingo al terminar la Misa busca por lo menos una persona nueva y se presenta de una manera informal y amistosa valiéndose de unas pocas preguntas para iniciar una conversación: ¿Dónde vives? ¿A qué te dedicas? ¿Desde cuándo vienes a esta parroquia? Lo hace con el fin de abrir la posibilidad de hacer amistad. Luego escucha las respuestas, hace otra pregunta y trata de fijarse hacia donde los va llevando la conversación. 

Con el tiempo, Rubén se gana la amistad y la confianza de las personas, porque se sienten libres de compartir sus inquietudes e intereses. Y como él les ha escuchado con atención y sin interrumpirlos, las personas le escuchan también cuando él les cuenta de su amor al Señor. Así ven la fe de él y se sienten inspirados a acercarse un poco más a Cristo. Ven lo comprometido que él está con su parroquia, y se sienten más animados a participar ellos también.

Una fórmula sencilla. Si tú quieres que el Señor te utilice como instrumento, habla menos y escucha más. Si quieres ayudar a otros en su camino de fe, busca un terreno común y acompáñalos en su caminar. Así los dos llegan a conocerse mutuamente, y se crea una mayor confianza entre ambos. No solamente tú influirás positivamente en la vida del otro, sino que el otro lo hará en la tuya también. De pronto te darás cuenta de que tienes muchos más hermanos en Cristo de lo que te habías imaginado, y así es como se edifica el Reino de Dios. ¡Alabado sea el Señor!

Como la cierva anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente; ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios? (Salmo 42, 2)

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