La Palabra Entre Nosotros

Junio 2012 Edición

Fortaleza para el cuerpo y el alma: El Sacramento de la Unción de los Enfermos

Por el Padre Juan Puigbó

Fortaleza para el cuerpo y el alma: El Sacramento de la Unción de los Enfermos: Por el Padre Juan Puigbó

“Sanen a los enfermos…” Todos los miércoles tengo la oportunidad de visitar a los pacientes del Hospital Prince Williams en la ciudad de Manassas, Virginia.

Llevo conmigo el Óleo de los Enfermos y la Sagrada Comunión. Es un privilegio y un honor llevar a Cristo “médico” y asistir a Cristo “enfermo” cada vez que entro en una de esas habitaciones.

El Concilio Vaticano II dice que “con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y a contribuir, así, al bien del pueblo de Dios” (Lumen Gentium 11).

Es este un sacramento misterioso, no solamente porque cada sacramento contiene un misterio particular, sino porque detrás de él se esconden otros misterios: el del dolor, el de la enfer­medad, el de la sanación, el de la pasión de Cristo, el de la muerte, el de la vida eterna… En todo caso, estos no son solo misterios de nuestra vida, sino realidades propias de nuestra humanidad que tienen que ver direc­tamente con nuestra fe.

Recuerdo que un día fui a visitar a un señor al hospital y me preguntó: “¿Qué hace usted aquí? No me estoy muriendo.” Muchas personas tie­nen la errónea concepción de que la Unción de los Enfermos es para los moribundos. En realidad, así era en el pasado y por eso se llamaba “Extrema-unción.” Hoy, la Unción de los Enfermos es un sacramento no solamente para aquellos que se encuentran en el último momento de su vida, sino para todos aque­llos bautizados que pueden estar en peligro de muerte, por enfermedad o por vejez, ante una intervención quirúrgica o alguna situación que pueda poner en riesgo su vida. Se llama “unción” porque la persona es ungida con el óleo sagrado.

Esta Unción de los Enfermos fue instituida por Cristo como sacra­mento, relatado por San Marcos (6,13) y recomendado por Santiago (5,14-15). Este último texto dice: “Si alguno está enfermo, que llame a los ancianos de la iglesia, para que oren por él y en el nombre del Señor lo unjan con aceite. Y cuando oren con fe, el enfermo sanará, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados.”

El misterio de la enfermedad. Ya sabemos que la enfermedad, el dolor, la muerte son misterios que afectan de manera particular a nuestra vida. Cada uno, de diferen­tes maneras, se ha sentido afectado por alguna de estas realidades, muchas veces por la debilidad del propio cuerpo o porque algún fami­liar o amigo cercano esté enfermo. Otras veces, porque algún ser que­rido ha fallecido repentinamente en un accidente o por una enfermedad agresiva.

Aunque es cierto que el fin de la vida representa un final irreversible, siempre me han cuestionado las pala­bras de aquel doctor que decía: “No hay nada que hacer. Prepárense para lo peor.” ¿Cómo que no hay nada que hacer? Y ¿qué es lo peor? Creo que no es correcto decir eso. Lo peor realmente es perder la vida eterna. Ya sabemos que estamos de paso en este mundo. Entonces, lo que realmente hay que hacer es llamar al sacerdote y prepararse para “dar el salto” hacia la otra vida.

Cristo, que conoce lo más hondo de nuestro corazón, nos consuela en la enfermedad y atiende a nues­tros gemidos, ante la angustia y la desesperación de nuestra alma, ante el dolor que nos agobia.

La enfermedad puede ser, entonces, una bendición. En la enfermedad no solamente nos descubrimos depen­dientes totalmente de Dios, sino que es un punto de encuentro precioso con Aquel que todo lo puede. Cristo se muestra compasivo hacia los enfer­mos y se identifica con ellos hasta el punto de afirmar: “Estuve enfermo y me fuiste a visitar” (Mateo 25,36). Asume consigo mismo nuestros sufri­mientos y carga con ellos: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nues­tras enfermedades” (Mateo 8,17). Su victoria sobre la enfermedad no se muestra en que sana todas las enfer­medades, sino en que Él es nuestra esperanza definitiva y en que la enfer­medad nos une más fuertemente a su pasión y muerte.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “Cristo invita a sus dis­cípulos a seguirle tomando a su vez su cruz. Siguiéndole, adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos.” La enfermedad no es una “maldición” y puede ser una “bendición”. Es un regalo de Dios que nos asocia a los misterios de su vida. El enfermo tiene el privilegio de unirse de manera particular a Cristo, que padece en la cruz.

Por eso es que nuestro sufrimiento también puede ser redentor. A los enfermos les digo con frecuencia que ofrezcan sus sufrimientos, que miren a Cristo sufriente y se unan a Él, para la salvación del mundo. ¡Qué miste­rio tan escondido! Cuando más sufre nuestro cuerpo, cuando más débiles nos encontramos, experimentamos una intimidad con Aquel que todo lo sana y todo lo hace nuevo. Entonces, el sufrimiento también purifica. Nos purifica de nuestros pecados y nos ayuda a purificar los pecados de los demás.

Efectos de la Unción de los Enfermos. El enfermo abandonado a sus propias fuerzas estaría tentado a desesperar. Por eso, el consuelo de Cristo le encuentra para rescatarle y acompañarle en la angustia del dolor físico y, muchas veces, espiritual. Por la Unción de los Enfermos, Cristo ofrece la ayuda necesaria para que el combate en la enfermedad produzca frutos de sanación y de purificación espiritual, de modo que podamos recobrar cualquier amistad perdida con Dios.

El sacerdote que administra la Unción de los Enfermos actúa “in per­sona Christi,” es decir, en el nombre del mismo Cristo, que acompaña al que sufre y desespera, devolviéndole la paz y trayéndole la esperanza de sus hijos. Es así como, por este sacra­mento, se nos ofrece un aumento particular de la gracia santificante, la restauración de la salud corporal cuando conviene a la salvación del alma, el perdón de los pecados venia­les y la desaparición de las secuelas del pecado.

Hace unos años, tuve ocasión de visitar a María en el Hospital de Washington. Estaba muy enferma. Los doctores no sabían qué más hacer para ayudarle a restablecer la salud. Todo parecía un enigma sin respuestas. Todo fue de la noche a la mañana. Enfermó de pronto y sin ninguna explicación con­creta. Cuando le vi, en la Unidad de Cuidados Intensivos, estaba incons­ciente. Le administré la Unción de los Enfermos y recé por ella unos minutos. Al día siguiente se recuperó sin explicación médica. A los dos días estaba caminando y a la semana había recobrado totalmente la salud.

Los misterios de Dios son insonda­bles. La enfermedad es un momento particular para dejarse amar por Dios y descubrir sus milagros escondidos. Por la Unción de los Enfermos expe­rimentamos la mano sanadora de Dios y su poder consolador en estos momentos de incertidumbre.

Aunque este sacramento no es necesario por sí mismo para la sal­vación del alma, su recepción ofrece unas gracias particulares que ayudan en el momento delicado de la enfer­medad, cuando el cuerpo parece cansado. Claro está que no debe ser tratado como “el último remedio que nos queda”, como me dijo alguien al teléfono cuando solicitaba este sacramento.

No se acude a Cristo como último recurso, sino como al Médico de nues­tros cuerpos para obtener de Él las fuerzas para seguir respondiendo a su plan de amor en nuestra vida. Al recibir la Unción de los Enfermos nos mostramos dependientes de Dios y necesitados de su ayuda. Es por ello que no debemos esperar hasta “la última hora” para acudir a Dios en ayuda por nuestra salud. Mientras más pronto mostremos nuestra nece­sidad de Él, más pronto sentiremos su esperanza y auxilio en la debilidad de nuestro cuerpo.

Dado que, en la Unción de los Enfermos, Dios quiere asistir a sus hijos en los momentos de debilidad, es un sacramento que se puede reci­bir varias veces en la vida.

Preparando el viaje. La muerte es uno de los misterios de los que venimos hablando. En la mayoría de los casos la muerte está precedida de una enfermedad. San Josemaría Escrivá afirma que “en la Unción de los Enfermos… asistimos a una amorosa preparación para el viaje, que termina en la casa del Padre” (Es Cristo que pasa, 80).

Acudir a la Unción de los Enfermos es también una obligación, porque estamos obligados a prepararnos bien para este viaje. Es una responsabili­dad de los familiares de los enfermos llamar al sacerdote para que le admi­nistre este sacramento tan especial. Siempre que las circunstancias lo per­mitan, es oportuno que, al recibir la Unción de los Enfermos, los católicos se confiesen y obtengan el perdón de sus pecados.

Efectivamente, en esta vida esta­mos de paso. Es un viaje de unos años pero es siempre un viaje. Y como todo viaje, por muy placentero que sea, tiene un final, un objetivo, un destino. Nuestro destino defini­tivo en este viaje es el cielo. Allí nos encontraremos con Cristo Jesús, para gozar con Él en la fiesta que no se acaba. Allí “Secará todas las lágri­mas… y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (Apocalipsis 21,4).

Bendecimos a Dios, Padre eterno, por haber pensado en todo lo necesa­rio para prepararnos para conquistar el cielo. Al Hijo, por ser el Médico que nos sana y nos consuela. Y al Espíritu Santo, por darnos la gracia que nos santifica y nos fortalece. •

El padre Juan Puigbó ejerce su ministe­rio sacerdotal en la Parroquia Todos los Santos, en Manassas, Virginia.

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