La Palabra Entre Nosotros

Febrero de 2020 Edición

Enviados, como lo fue el Maestro

Como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes

Enviados, como lo fue el Maestro: Como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes

Los últimos días habían sido muy ajetreados para Jesús. Leyendo los casos específicos que Mateo nos narra, Jesús llevó a cabo siete sanaciones, dos exorcismos y una resucitación. Mateo también nos cuenta que Jesús “sanó a todos los enfermos” que acudieron a él aquella primera noche; al día siguiente empezó a recorrer los pueblos aledaños y “curaba toda clase de enfermedades y dolencias” (8, 16; 9, 35). Y no olvidemos que también calmó una violenta tormenta en el mar, llamó a Mateo para que fuera su discípulo y ayudó a los seguidores de Juan el Bautista a aceptar su ministerio, todo esto en apenas dos días.

Uno pensaría que después de todo ese trabajo, Jesús seguramente quería descansar. Y tal vez al principio lo hizo, pero Mateo dice que “al ver a la gente, sintió compasión de ellos” (Mateo 9, 36). ¡Tanta gente necesitada, tanto sufrimiento, tanto dolor y pérdida! ¿Cómo podía dedicarse a descansar cuando era tanto lo que todavía quedaba por hacer?

El Señor sabía que no podía estar en todas partes al mismo tiempo; por lo que escogió a doce de sus más cercanos seguidores para enviarlos a hacer el mismo trabajo que él hacía. Pero antes de despedirlos, les dio instrucciones sobre cómo debían servir y cuidar a la gente que encontrarían. Veamos cuáles fueron algunas de sus palabras, para ver cómo se pueden aplicar a nosotros para que sepamos servirnos unos a otros.

El servicio comienza en casa. No vayan a las regiones de los paganos ni entren en los pueblos de Samaria; vayan más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. (Mateo 10, 5-6)

Esta fue la primera instrucción que Jesús les dio a los discípulos, la cual es muy lógica en términos estratégicos. Jesús sabía que los apóstoles todavía no estaban listos para asumir el trabajo misionero en otras partes del mundo que él tenía planeado para ellos, pues había demasiadas culturas, idiomas y religiones diferentes, y los apóstoles apenas estaban empezando a aprender a anunciar el Reino de Dios. Era mejor comenzar con la gente que ellos conocían, para que sus palabras tuvieran más aceptación. Más adelante tendrían la oportunidad de aventurarse fuera de Israel y llevar la buena nueva a los gentiles.

Lo mismo sucede con nosotros. Cuando se trata de dónde y cómo servimos, generalmente es mejor empezar por algo sencillo y aprender a dar tiempo y atención a aquellos que conocemos o con quienes tenemos algo en común.

Pero lo sencillo no es necesariamente sinónimo de fácil. El dibujante y humorista Charles Schulz (autor de las conocidas caricaturas de Charlie Brown) puso una vez estas palabras en boca de uno de sus personajes: “Me encanta la humanidad; pero a la gente no la soporto.” De cierta forma, es más sencillo solidarizar con “la gente necesitada” en forma colectiva, pero cuando se trata de atender o ayudar a una persona determinada que vive en nuestra propia casa o que es de nuestra parroquia o vecindario, la tarea se nos hace cuesta arriba. Cuando brindamos ayuda a personas desconocidas, podemos regresar a la comodidad y la tranquilidad de nuestro hogar; pero cuando se trata de atender con bondad y paciencia a personas más cercanas a nosotros, tenemos que comprometernos con una clase de amor y servicio, que es más exigente e incesante.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, en 1979, Santa Teresa de Calcuta expresó lo mismo que Jesús dijo a sus apóstoles y que hoy también nos quiere decir a nosotros:

El amor comienza en casa y no se trata de cuánto hacemos, sino de cuánto amor ponemos en lo que hagamos. Todo depende de Dios Todopoderoso, porque lo importante no es cuánto hagamos nosotros, porque él es infinito, sino cuánto amor pongamos en el servicio. Es cuánto hacemos por él, que está en la persona a la que servimos… Encuentra primero a los pobres que hay allí en tu propio hogar, y empieza a amarlos allí donde ellos están.

Haz que el amor de Dios sea real. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los leprosos y expulsen a los demonios. (Mateo 10, 8)

Jesús mandó a los apóstoles a realizar milagros físicos, como sanar a los enfermos; y también milagros espirituales, como expulsar demonios. Eso era exactamente lo que él había estado haciendo. Atendía a las personas preocupándose no solamente de su vida espiritual sino también de sus necesidades humanas concretas, y para eso quería atenderlos en todo cuanto necesitaran, y esperaba que sus discípulos hicieran lo mismo.

De manera que, cuando hagas un servicio en tu propia familia, o ayudes a alguien en tu parroquia o en cualquier otro lugar, recuerda que la tarea que hagas tiene repercusiones espirituales y físicas. Mantente alerta a ambas, y no te limites a ofrecer oraciones por alguien que necesita ayuda práctica; pero al mismo tiempo, no ofrezcas solamente ayuda práctica, como comida o ropa, ofrece también rezar por esa persona, ofrece el regalo de tu compañía. Siempre trata de combinar lo físico y lo espiritual. Asegúrate de que el amor de Dios sea algo que la persona pueda ver y sentir.

Da sin rendirte nunca. Ningún discípulo es más que su maestro, y ningún criado es más que su amo. (Mateo 10, 24)

Jesús, nuestro Maestro, dedicó toda su vida a servir, y él nos manda que sirvamos sin rendirnos nunca. Cuando entregamos la vida propia por otra persona, como él lo hizo, estamos siguiendo sus pasos.

Desde luego, no siempre es fácil ser tan desinteresado como Jesús. Tal vez hemos estado sirviendo a una persona por mucho tiempo y ya estamos cansados; o quizás la persona a la que servimos no parece apreciar ni reconocer lo que hacemos, por lo que seguramente preferiríamos utilizar el tiempo haciendo algo por nosotros mismos y no por otra persona.

Jesús perseveró tanto en la predicación de la buena noticia como en el cumplimiento de su misión, y ahora él nos pide a nosotros, sus fieles, que nos mantengamos sirviendo y dando de la misma manera. De esta forma, somos testigos de su amor. Siempre y en cualquier lugar, él quiere que adoptemos su corazón, el corazón de un servidor, de un pastor que entrega la vida por sus ovejas.

Así, pues, querido lector, persevera, da y no te rindas, no dejes de orar y servir, porque tu perseverancia revelará el amor y la fidelidad de Dios.

No estás solo. Lo bueno es que Jesús ha prometido estar siempre junto a todo aquel que se disponga a ayudar a otro en su nombre, y promete bendecir y animar a todo el que quiera servir y amar como él mismo sirvió y amó. No hay nadie que actúe solo cuando intenta compartir la presencia de Jesús de alguna manera.

Recuerda, entonces, que en cualquier servicio que hagas, Jesús está contigo y él te ayudará a llevar la carga; te guiará a lugares y situaciones en los que él quiere que prestes ayuda, y te mostrará cómo servir con alegría y con un corazón bien dispuesto. También te mostrará que nunca eres demasiado joven ni demasiado anciano para servir en su Reino. Además, las plegarias y sacrificios que hagas marcarán la diferencia. Pidamos al Señor que nos conceda a todos la gracia de crecer como verdaderos servidores suyos.

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